Dos caras de la soledad
Almudena se quedó frente al espejo, mordiendo ligeramente el labio inferior. Sus dedos jugueteaban con un mechón de pelo, apretándolo una y otra vez en un moño perfecto, como si de eso dependiera algo crucial.
Treinta y cinco. La edad que en los anuncios llaman el florecimiento, y en los diarios íntimos la crisis. Carrera exitosa, piso acogedor en el centro de Madrid, amigas que siempre están dispuestas a charlar de política global o del último tono de crema hidratante.
Pero cuando por la noche la puerta se cerraba y el móvil silenciaba, el silencio crecía como la marea, más fuerte que el ruido de la ciudad que late fuera de la ventana.
Otra cita suspiró, mirando su reflejo.
Vestido elegante, ceñido sin resultar vulgar. Maquillaje ligero, sólo para resaltar los ojos sin parecer esforzada. Tacones altos, pero no tanto como para sentirse desesperada. Cada detalle pensado como si fuera a un examen que la evaluara con rigurosos criterios.
Sabía lo que quería: no solo una relación, sino amor verdadero, ese que penetra los rincones más ocultos del alma, donde no hacen falta palabras, basta un vistazo, un roce para entenderse. Pero cada vez que en un café o restaurante se sentaba frente a un desconocido, en su cabeza resonaba una voz ácida y burlona:
¿Y si resulta como el anterior?
Ese último. El que casi le hizo creer que había encontrado el indicado. Sus rutinas se rompen contra la cotidianidad, contra su renuencia a hablar de sentimientos, contra sus intentos de arreglar, comprender, adaptarse. Leyó decenas de libros de psicología, llenó cuadernos de anotaciones, desmenuzó cada error como si fuera una ecuación compleja. Cuanto más entendía, más temía volver a abrirse.
¿Quizá exijo demasiado? murmuró, mirando la pantalla del móvil.
Un nuevo mensaje. El chico interesante del portal de citas: inteligente, con buen sentido del humor, sin banderas rojas en el perfil. Sonrió al leer sus palabras, pero sus labios se tensaron al instante.
¿Y si me decepciona?
Y volvió la vacuidad, la noche, el espejo, la pregunta sin respuesta.
Libre para ser ella misma
Begoña se instaló en un rincón de su cafetería favorita, donde los sofás se amoldan al cuerpo y el aroma del café recién molido se mezcla con la vainilla. Con la mano pasaba las páginas de un libro nuevo, deteniéndose a veces en frases que le gustaban, dejando leves pliegues en las esquinas.
Cuarenta y dos. Sólo un número en el pasaporte, pero dentro de ella bullía un océano de energía, esa sensación de que las mayores aventuras aún están por venir.
Bego, ¿otra vez sola? intervino una voz familiar. Era su amiga Celia, despeinada después del trabajo, ya señalando a la camarera su habitual latte con sirope.
Begoña dejó el libro, al descubierto la cubierta con una abstracción colorida.
Sí respondió, su sonrisa tranquila como un lago en día sin viento, pero no estoy sola.
Observaba las miradas sorprendidas de amigas, conocidos e incluso desconocidos. ¿Cómo puede ser una mujer atractiva, inteligente, interesante y sola? Ya no necesitaba explicarlo. El amor lo había encontrado no esperando al príncipe, sino en el café matutino en el balcón, en escapadas improvisadas a la costa, en proyectos laborales que encendían sus ojos. En amigos que la conocían sin máscaras ni fingimientos.
¿Y el guapo de la semana pasada? dijo Celia, agitando una cuchara de postre, el que te invitó al concierto de jazz? ¡Sabes que te vuelve loca el jazz!
Bonito, sí rió Begoña, sin rastro de tensión, pero no quiero moldearme a las expectativas ajenas.
Hizo una pausa, viendo a la camarera colocar delicadamente la taza espumosa frente a Celia.
Si él quiere estar cerca, que lo persiga. Yo sus dedos volvieron a la página del libro, ya estoy donde debo ir.
Soledad? Esa palabra no le servía. Era libertad, ligera como la brisa de verano y firme como las raíces de un viejo roble. Libertad para decidir el rumbo de mañana, para despertar y acostarse en armonía consigo misma. Libertad simplemente existir.
Dos caras de la soledad
Almudena cerró la puerta, se quitó los tacones y se sentó al borde de la cama. El vestido de la noche, todavía impregnado del perfume ajeno y de aromas de restaurante, le parecía ahora una tontería. La cita había sido agradable: conversación culta, temas interesantes, cocina exquisita. Cuando él intentó tomar su mano, algo se encogió dentro de ella. No era miedo, sino comprensión: otro hombre educado, atractivo, correcto, y otra vez ese vacío helado en el pecho.
Se acercó a la ventana, apoyó la palma contra el cristal frío. La ciudad brillaba con luces, la vida bullía allá fuera, gente se encontraba y se despedía. Y ella, en el centro de su apartamento perfecto, rodeada de cosas costosas, se sentía perdida.
¿Por qué es tan difícil? susurró a su reflejo en el vidrio oscuro. La pregunta quedó suspendida, sin respuesta.
Al mismo tiempo, al otro lado de la ciudad, Begoña se recostó en una mecedora tejida en su balcón del undécimo piso. En una mano un vaso de vino tinto, en la otra un cigarrillo que solo se permitía una vez al mes. La brisa nocturna acariciaba sus cabellos sueltos mientras del altavoz resonaba un jazzy tono melancólico.
Cerró los ojos y dejó que la música la envolviera. No pensó en citas fallidas ni en sueños incumplidos; sólo en el presente: el amargo sabor del vino, el frescor del aire nocturno, las luces lejanas de la ciudad que parecían joyas esparcidas.
Begoña no esperaba a ningún príncipe. Hace mucho comprendió que ningún héroe de cuento la haría más feliz que ella misma. Cada atardecer, cada amanecer, cada minuto le pertenecía. En esa ausencia de soledad había una absoluta y embriagadora libertad de ser ella.
Alzó su copa en un brindis silencioso por sí misma, por aquella noche, por su extraordinaria vida. A una reina no le hace falta un trono; su reino está donde se siente feliz. Esa noche, el balcón, el vino español y las estrellas que relucían en la bóveda nocturna fueron su corona.
Dos mujeres. Dos universos.
Almudena y Begoña vivían en la misma Madrid, respiraban el mismo aire, pero habitaban realidades totalmente distintas.
Almudena avanzaba con la mano extendida, con un vacío en la palma que trataba desesperadamente de llenar. Cada cita era un intento de encontrar a quien le diera lo que tanto le faltaba: sensación de necesidad, calor, pertenencia. Creía que el amor era algo externo, que llegaría de fuera y la completaría. Cuanto más buscaba, más grande se hacía el hueco interior.
Begoña caminaba con los brazos abiertos, no porque esperara que alguien los llenara, sino porque su mundo ya estaba colmado. Lleno de experiencias, de libertad, de la quieta alegría de lo sencillo. No buscaba amor, lo emanaba. Por eso la gente se acercaba a ella, porque estar a su lado resultaba fácil. No esperaba a ningún príncipe, ni construía castillos de humo; simplemente vivía. En esa vida había sitio para la soledad, para los encuentros, para las despedidas y para los nuevos caminos.
Quizá sus rutas se crucen algún día. Quizá Almudena descubra que el vacío no era ausencia de amor, sino incapacidad de amarse a sí misma. Quizá Begoña conozca a alguien que no le pida cambiar, sino que camine a su lado sin perturbar su armonía. O quizá no suceda.
Lo que importa, al fin y al cabo, es que el amor no llega a quien lo busca, sino a quien ya vive con el corazón abierto, no por espera, sino por la capacidad de dar.
Y entonces se revela que lo esencial no es encontrar a quien llene nuestro vacío, sino aprender a ser completos por nuestra cuenta. Porque solo entonces el amor deja de ser salvación y se convierte simplemente en felicidad.







