Diario personal, 14 de abril.
Hoy he vuelto a pensar en lo imposible que me resulta ir a casa de los padres de mi marido. Simplemente no puedo; hay costumbres suyas que me provocan náuseas, me resulta insoportable sentarme a comer con ellos. Lo he intentado, de verdad, pero termino sintiéndome profundamente incómoda. Estoy dispuesta a charlar con ellos, a pasar un rato conversando, pero la idea de sentarme a su mesa me resulta inviable. Mi marido no alcanza a comprenderlo, mientras que mi suegra me ve como una niña mimada y quejica, siempre equivocada.
Menos mal que vivimos aparte, aunque, por desgracia, no lo bastante lejos como para limitar el contacto a solo llamadas telefónicas. Toda visita se me hace un suplicio y busco mil excusas para librarme de ir. Su familia, en teoría, es corriente: padre, madre, ambos trabajan y tienen estudios universitarios, la casa está limpia y bien arreglada pero, al sentarse a la mesa, me invade un escalofrío que no logro dominar. Lo admito, soy bastante tiquismiquis; ni siquiera pruebo la cuchara de mi marido si él ya la ha chupado. Me resulta imposible, por mucho que me esfuerce.
Con mi marido, poco a poco he encontrado mi sitio, nuestra relación se ha ido estrechando y hay confianza. Pero con sus padres nunca me acostumbro, todo es distinto. Por ejemplo, su madre prepara una ensalada en un cuenco grande, prueba la sal, chupa la cuchara y la vuelve a meter en la ensalada. ¡Me da algo cuando lo veo!
Otra de las cosas que me quitan las ganas de estar ahí es cuando beben algún que otro licor fuerte y yo suelo comprarme mi vino tinto. Pues su madre, sin reparo, toma mi copa y pega un sorbo para probarlo. ¿Por qué hace eso? Además de poco higiénico, ¡es que apenas me conoce! Intento cambiar de copa sin que se note, pero no siempre cuela. Y luego está el padre de mi marido, siempre con alguna pulla o burla hacia mí, a menudo rozando lo ofensivo. Mi marido intenta defenderme, pero la situación es la misma de siempre.
Además, la madre de mi marido tiene la manía de devolver la comida sin terminar. Por ejemplo: calienta un poco de cocido, no se lo acaba, y lo que sobra va otra vez a la olla y de ahí al frigorífico. Igual con la ensaladilla o cualquier plato. Lo que queda en los platos de los invitados después de un almuerzo lo mezcla con el resto y acaba en la nevera. Por esto, jamás como en su casa algo que no acaben de cocinar justo en ese momento; quién sabe en qué platos ha estado antes esa comida.
Pero si creía que ya nada podía sorprenderme, su costumbre más asquerosa me deja sin palabras: escupir sobre la sartén antes de freír algo. Dice que así comprueba la temperatura. Hay mil formas de saber si está suficientemente caliente ¿hace falta escupirle? Ella siempre dice que a esa temperatura no sobrevive ningún germen, que no pasa nada. Yo no puedo quitarme esa imagen de la cabeza, me persigue cada vez que voy allí.
Fue la gota que colmó el vaso el día que vi cómo le dejaban al perro lamer los platos. Después de una cena, una fuente de patatas y carne que se había quedado en la mesa terminó en el suelo, y el perro la rebañó toda. Y después, el cuenco fue con los otros a fregar, como si nada. Yo ya no aguanté más y exploté: ¡Es inadmisible comer del mismo plato que el perro! Pero me miraron como si la rara fuera yo, asegurando que los lavan muy bien. ¡A quién le importa! Los perros no deberían comer donde comen las personas. Le sugerí a mi suegra que, si tan limpia quedaba la vajilla, podría fregar el cuenco del perro y usarlo para su sopa. Se sintió mortalmente ofendida. Según su lógica, no era nada grave si estaba limpio. Mi marido me dijo después que exageré, pero aún creo que tengo razón.
No quiero volver a visitarles, aunque sé que si insisto en llevar mi propia comida y platos a sus fiestas sería una ofensa irreversible para mi suegra y un disgusto para todos. No sé qué hacer. No quiero poner en un aprieto a mi marido, porque si no voy yo, se quedará atrapado entre dos fuegos, pero tampoco quiero seguir yendo a una casa donde no soporto comer.
A veces sueño con mudarme a otra ciudad, quizá a Valencia o Sevilla, cualquier sitio donde la distancia justifique no ir nunca a casa de los suegros. Así, solo tendría que hablar por teléfono con mi suegra y nada más.





