Las circunstancias no se presentan solas. Las crean las personas. Vosotros creasteis las circunstanc…

Mira, te tengo que contar lo que me pasó, que parece un guion de película, pero es mi vida y la de mi perra. Todo empezó una tarde de invierno en Madrid, ¿sabes esas tardes cuando la ciudad parece más gris y fría que nunca? Pues yo volvía de trabajar, un día normal, el viento helado cortando la cara. Pasé por delante del Carrefour del barrio y ahí, justo al lado de la puerta, estaba sentada una perra: mestiza, pelaje rojizo y desgreñado, mirándome con unos ojos de esos que parecen pedir ayuda sin decir nada.

¿Y tú qué buscas aquí? le solté, con ese tono entre gruñón y cariñoso, pero me paré un segundo.

La perra levantó la cabeza y me miró. No pedía comida, ni se acercaba, solo se quedaba ahí sentada mirándome.

“Estará esperando a sus dueños,” pensé, y seguí mi camino a casa.

Pero al día siguiente, misma escena. Y al otro también. La perra parecía haberse quedado fija allí, formando parte del mobiliario urbano. Empecé a fijarme: la gente pasaba, alguno le daba un trozo de pan, otro una loncha de chorizo.

Pero bueno, ¿por qué sigues aquí sentada? le pregunté una tarde, agachándome a su lado. ¿Y tus dueños?

Entonces la perra se acercó despacito y apoyó su hocico en mi pierna.

Me quedé de piedra. ¿Cuándo fue la última vez que había acariciado a alguien? Llevaba tres años solo, desde el divorcio. Mi piso, vacío. Solo trabajo, la tele y la nevera.

Mi niña, le susurré, sin saber ni por qué me salió ese nombre.

Al siguiente día le llevé unas salchichas, y a la semana puse un anuncio en internet: «He encontrado una perra. Busco a sus dueños.» Nadie contestó.

Un mes después, salía de una noche de guardia trabajo de ingeniero, a veces me toca quedarme hasta tarde y me encuentro un corrillo de gente en la puerta del supermercado.

¿Qué pasa? le pregunté a Carmen, la vecina.

Han atropellado a la perra, la que llevaba aquí un mes. La han llevado a la clínica veterinaria de la Avenida Ortega y Gasset. Pero allí piden una pasta ¿Quién se va a hacer cargo de una mestiza callejera?

Ni respondí. Di media vuelta y me fui corriendo.

El veterinario me dijo lo duro:

Fracturas, hemorragia interna. El tratamiento sale caro, y no sabemos si saldrá adelante.

Hágalo, le dije. Lo que haga falta, yo pago.

Y cuando al fin la dieron el alta, me la llevé a casa.

Por primera vez en tres años, mi piso se llenó de vida.

Todo cambió, pero de verdad.

Ya no me despertaba el despertador, sino la suave presión de la nariz de mi perra que acabó llamándose Alba en mi mano. Era su forma de decirme: venga, toca levantarse, jefe. Y yo me levantaba, hasta con sonrisa.

Antes comenzaba el día con café y las noticias. Ahora, paseo por el Retiro.

¿Listos, pequeña? Vamos a respirar aire fresco le decía, y Alba me movía el rabo como loca.

En la clínica me ayudaron con todo: pasaporte canino, vacunas, papeles. Oficialmente, era mi perra. Yo guardaba cada justificante, cada foto, por si acaso.

En el trabajo todos flipaban:

Santos, ¿pero qué te ha pasado? ¡Parece que te han quitado veinte años! decían.

Y era verdad: por primera vez en mucho tiempo, sentía que alguien me necesitaba. Alba era lista, lista de verdad. Pillaba todo a la primera. Si me retrasaba en el trabajo, me esperaba en la puerta, mirándome con esa cara de “me tenías preocupada”.

Por las noches paseábamos juntos bajo los árboles. Yo le contaba mis cosas como quien habla con una amiga. ¿Raro? Puede, pero ella escuchaba, y hasta me respondía con un gruñidito suave.

Mira, Alba, antes pensaba que solo era más fácil. Sin líos, sin nadie molesto. Pero la verdad y la acariciaba. Era miedo, miedo a querer a alguien otra vez.

Ya los vecinos nos conocían. La señora Pilar del primero siempre tenía el detalle de guardar un hueso para Alba.

Qué perra tan hermosa, se nota que es querida decía.

Pasaron los meses, y hasta pensé en abrirle una cuenta en Instagram, porque encima la muy lista salía fotogénica: ese pelaje rojizo brillando bajo el sol de Madrid parecía oro.

Pero la vida siempre tiene sorpresas preparadas.

Un día cualquiera, estábamos en el parque. Alba olfateando unos arbustos, yo sentado en un banco mirando el móvil.

¡Cora! ¡Cora!

Levanté la cabeza y vi acercarse una mujer, unos treinta y muchos, traje deportivo caro, rubia, maquillada. Alba se puso tensa y bajó las orejas.

Disculpe, le dije, está confundida. Esta es mi perra.

La mujer se plantó delante:

¿Cómo que tuya? Yo reconozco a mi Cora, la perdí hace medio año.

¿Perdió?

Exactamente. Se escapó, la he estado buscando. ¡Seguro que usted la robó!

De repente, todo me daba vueltas.

Espere. ¿La perdió? Yo la encontré aquí, junto al supermercado. Estuvo sentada aquí un mes, sin moverse.

Porque estaba perdida, ¿no lo ve? Mi marido y yo la compramos, es un cruce finísimo. Nos costó un dineral.

¿Un dineral? Pero si es mestiza.

Es un cruce, muy caro.

Me levanté, Alba pegada a mi pierna.

Si es suya, muéstreme los papeles.

¿Qué papeles?

Pasaporte veterinario, vacunas, cualquier cosa.

La mujer vaciló:

Están en casa, pero da igual. ¡Sé que es mi Cora! ¡Cora, ven!

Alba ni se movió.

Cora, ¡ven aquí!

La perra apretó aún más contra mí.

¿Ve? le dije, bajo. No le reconoce.

Solo está enfadada porque la he perdido. Pero es MI perra y exijo que me la devuelva.

Yo tengo las pruebas le respondí tranquilo: parte médico de la clínica, pasaporte, facturas de la comida y juguetes.

¡Me da igual! ¡Es un robo!

La gente empezó a mirar.

¿Sabe qué? Saqué el móvil. Lo resolvemos por la ley. Llamo a la policía.

Llame, bufó ella. Tengo testigos.

¿Qué testigos?

Mis vecinos la vieron escapar.

Llamé, el corazón me iba al trote. ¿Y si tenía razón? ¿Y si Alba era su perra?

Pero, ¿por qué estuvo esperando en el supermercado? ¿Por qué no encontraba el camino a casa?

Y, sobre todo, ¿por qué ahora temblaba, pegada a mi pierna como si quisiera esconderse?

¿Policía? Sí, necesito ayuda con un caso de disputa por una perra.

La mujer me miró con una sonrisa torcida:

Ya verás quién tiene razón. ¡Devuélveme mi perra!

Pero Alba seguía pegada a mí.

Y ahí decidí que iba a luchar por ella. Hasta el final. Porque Alba ya no era solo una perra. Era mi familia.

El agente de barrio llegó media hora más tarde. El subinspector Gómez, un tipo pausado, como de toda la vida. Le conocía ya por otros asuntos de la comunidad.

Bueno, cuenten dijo, sacando la libreta.

La mujer se puso a hablar atropelladamente:

Es mi perra, Cora. La compramos por cinco mil euros hace medio año, la perdí, la busqué, y este hombre la tiene.

No la robé le rebatí despacio. La recogí aquí, estuvo un mes sin moverse y sin comer.

Porque estaba perdida.

Gómez miró a Alba, pegada a mi pierna.

¿Alguno tiene papeles?

Yo saqué la carpeta. Por suerte la tenía en la mochila, del último paseo a la clínica.

Parte médico de la clínica dije, pasaporte, vacunas.

Gómez revisó los papeles.

¿Y usted?

Mis papeles están en casa. Pero da lo mismo, es mi Cora.

¿Puede explicar cómo la perdió? preguntó Gómez.

Pues paseando en el parque, se soltó del arnés y se escapó. Le puse carteles.

¿Qué parque?

Este de aquí al lado.

¿Y dónde vive?

En la Avenida Ortega y Gasset, número 43.

Sentí un escalofrío.

Espere. Eso está a dos kilómetros del supermercado. Si se perdió en el parque, ¿cómo fue a parar allí?

Pues se desorientó, supongo.

Los perros suelen encontrar el camino de vuelta.

La mujer se puso nerviosa:

¿Y usted qué sabe de perros?

Sé le respondí bajito que un perro querido no se queda un mes en un sitio, muerto de hambre. Busca a su dueño.

¿Puedo preguntar algo? intervino Gómez. ¿Por qué no avisó usted a la policía si le costó tanto?

A la policía pues no pensé.

Media año, una perra de cinco mil euros, y no lo pensó.

Pensé que la encontraría sola.

Gómez frunció el ceño:

¿Me deja su DNI y dirección?

La mujer, temblorosa, lo sacó.

Sí, vive en Ortega y Gasset. Piso cuarto B. ¿Fecha exacta de la pérdida?

Pues el 20 o 21 de enero.

Yo miré mi móvil:

La recogí el 23 de enero. Y llevaba allí casi un mes.

Entonces se perdió aún antes.

Bueno, quizá me he equivocado con el día.

Y de pronto, se derrumbó:

Vale, vale, quédese con ella. Pero yo sí la quería.

Silencio.

¿Cómo pasó eso? le pregunté bajito.

Mi exmarido quería mudarse, y no permitían perros en el alquiler. No pudimos venderla, y la dejé en el supermercado, pensando que alguien la recogería.

Sentí que todo se me removía por dentro.

¿La abandonó?

Bueno, la dejé, no la abandoné Pensé que alguien se haría cargo.

Y ahora, ¿por qué la quiere de vuelta?

La mujer empezó a llorar:

Me quedé sola después del divorcio y la verdad, la echo mucho de menos. Yo sí la quise.

Yo la miraba sin poder creerlo.

¿Querer? A los que quieres no los abandonas.

Gómez cerró su libreta.

Es suficiente. La perra, legalmente, es de don Santos. Tiene los papeles, la ha cuidado, y es responsable. No hay nada más.

La mujer sollozó:

Pero he cambiado de opinión, la quiero de vuelta.

Ya es tarde respondió Gómez. Si la abandona, pierde los derechos.

Me agaché con Alba, la abracé.

Ya pasó, pequeña.

¿Puedo tocarla, al menos? pidió la mujer. Una vez

Miré a Alba, que hundió la cabeza en mi brazo. Tenía miedo.

Lo siento, pero ya no confía en usted.

No fue a propósito, las circunstancias me superaron.

Mire me levanté, las circunstancias no aparecen solas. Las creamos las personas. Usted eligió abandonar a un ser vivo, y ahora quiere cambiar lo hecho, pero solo cuando le conviene.

La mujer se secó las lágrimas:

Lo entiendo, pero estoy tan sola

¿Y ella, cómo estuvo esperando sola durante tanto tiempo?

Silencio.

Cora susurró, en un último intento.

Alba ni se inmutó.

Y entonces, la mujer se fue sin mirar atrás.

Gómez me dio una palmada en el hombro:

Ha hecho lo correcto. Se nota que se ha encariñado con usted.

Gracias por entenderlo.

De nada. Yo también soy de perros. Sé lo importantes que son.

Cuando el agente se fue, me quedé solo con mi compañera.

Bueno, pequeña, ya nadie nos separa. Te lo prometo.

Alba me miró. Y en sus ojos no vi solo gratitud, sino ese amor incondicional de los perros.

El amor de verdad.

¿Nos vamos a casa?

Ella ladró, feliz, y salió corriendo a mi lado.

Caminando, pensé que en algo la mujer tenía razón: las circunstancias cambian, puedes perder trabajo, casa, dinero.

Pero hay cosas que no se pueden perder nunca: la responsabilidad, el cariño, el respeto.

En casa, Alba se tumbó en su alfombra favorita. Yo preparé un té. Me senté a su lado.

¿Sabes, Alba? Viendo todo lo que ha pasado, creo que todo fue para mejor. Ahora sí que sé que nos necesitamos.

Alba suspiró, tranquila, y yo sentí de verdad que todo estaba en su sitio.

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Las circunstancias no se presentan solas. Las crean las personas. Vosotros creasteis las circunstanc…