En una tranquila mañana en una pequeña casa en las afueras de Sevilla, reinaba el silencio que tanto amaba Javier. Una luz tenue se filtraba entre las cortinas, y el aroma del café recién hecho flotaba desde la cocina. Por fin tenía un momento raro para sentarse con un libro. Pero aquel día, la paz se vio interrumpida por ruidos extraños: arrastres torpes, chapoteos y un susurro infantil de “joder”, como si alguien hubiera escuchado esa palabra de los mayores.
Javier asomó la cabeza al pasillo y se quedó inmóvil. Allí estaba su nieto, Daniel.
Pequeño, con el pelo revuelto y en pijama de astronautas, caminaba con seriedad por el pasillo… calzado con unos viejos zapatos de piel que solían estar solitarios junto a la puerta. Los zapatos que Daniel llamaba “de papá”. Aunque su padre, Álvaro, ya no estaba allí—había partido hacía meses a un largo viaje de trabajo, dejando a la familia en espera.
—Daniel, ¿qué estás haciendo? —preguntó Javier en voz baja, sin querer romper aquel instante frágil.
El niño no se giró, concentrado en sus pies.
—Quiero probar a ser mayor —respondió, dando un paso cauteloso. Uno de los zapatos se le salió, y Daniel resopló, agachándose para ajustarlo.
Javier se sentó en el banco junto a la pared, sintiendo cómo el corazón se le encogía de ternura. Sabía que no debía interferir. A veces, los niños necesitan probarse algo ajeno para entenderse a sí mismos.
—¿Crees que ser adulto es fácil? —preguntó tras un silencio, cuidando de no romper la concentración del pequeño.
Daniel asintió sin apartar la vista de los zapatos.
—Tú y papá lo sabéis todo. Y nadie os dice lo que tenéis que hacer.
Javier no pudo evitar sonreír, pero en esa sonrisa había amargura. Recordó cuando él, de niño, se había calzado las botas de su padre—pesadas, enormes, con la piel gastada. Entonces le parecía que, al ponérselas, se volvería más fuerte, más alto, casi invencible. Pero tras unos pasos, descubrió lo incómodo que era: los dedos bailaban, el talón resbalaba, cada paso era una batalla.
—¿Sabes? —empezó Javier—, con estos zapatos tu padre fue a su primer trabajo. Son viejos, pero los guardaba. Decía que con ellos empezó su vida de adulto.
Daniel se quedó quieto, mirando los zapatos. Sus ojos, demasiado serios para un niño de siete años, brillaban de curiosidad y algo más—como si intentara encontrar en aquel cuero gastado los rastros del destino de su padre.
—Aun así quiero caminar con ellos —dijo con terquedad—. Para empezar también.
—Solo un ratito —respondió Javier con suavidad—. Luego vuelve a tus zapatillas. Tendrás tiempo de ser mayor.
Daniel asintió y, tambaleándose, dio unos pasos más. Su rostro estaba tenso, cada movimiento era una pequeña hazaña. En sus gestos había una determinación que parecía llevarlo no por el pasillo, sino por un puente invisible hacia el futuro.
Javier observaba a su nieto, y en su pecho crecía un calor profundo. Ser adulto no era llevar zapatos grandes, ni trajes serios, ni tener todas las respuestas. Era levantarse cada mañana aunque el cuerpo gritase por quedarse en la cama. Perdonar cuando nadie lo pedía. Proteger a los que amas, aunque el corazón temblara de miedo.
Pero todo empezaba así—con un niño pequeño que se calzaba los zapatos enormes de su padre y daba su primer paso torpe hacia un mundo que aún le quedaba demasiado grande.





