Las albóndigas de la suegra
Llevaban ya tres años y medio juntos Enrique y Carmen, y en todo ese tiempo Carmen había estado en la casa de la madre de Enrique como mucho cuatro veces, y casi siempre en fiestas señaladas: Navidad, Semana Santa o algún cumpleaños, que iban y volvían pronto a Madrid, a su piso.
Pero ahora Enrique lo había decidido de repente. Su madre Pilar le había llamado tres veces esa semana, diciendo que le echaba mucho de menos, que su padre, Francisco, se había torcido la espalda arreglando el tejado del cobertizo, que las tomateras del huerto estaban casi devoradas por las malas hierbas y apenas tenían fuerzas para nada ya.
Enrique era un hijo obediente, de los que llaman a su madre cada domingo. Asentía en el teléfono aunque ella dijera barbaridades con las que él no estaba de acuerdo y jamás discutía en serio. Y esa noche, mientras cenaban macarrones con chorizo, Enrique miraba a Carmen con esa carita de niño bueno buscando aprobación.
Carmenchu, dijo con voz suave, apartando el plato y apoyando las manos en la mesa , mi madre ha vuelto a llamar. Dice que ya ni nos acordamos de su cara. ¿Y si vamos el finde? Solo tres días, de viernes a domingo, porfa.
Enri, el sábado tengo cita en la peluquería intentó protestar Carmen, aunque sabía que su excusa era tan frágil como un turrón en agosto.
Anda, reprograma, que es solo una vez respondió enseguida Enrique, hablando como si mover la cita fuera lo más natural del mundo. Y ya sabes cómo se pone mamá, se lo toma todo a pecho. Ya ha prometido frito de albóndigas y empanada, y quiere hacernos rosquillas… Nos extraña.
¿Y tu padre? ¿Se recuperó de la espalda? Carmen preguntó solo por cumplir, porque con el suegro la relación era un gris indiferente.
Bah, como siempre, nunca le falta un achaque Enrique hizo un gesto, como quien espanta un mosquito invisible. Pero da igual, esto es decisión tomada. El viernes por la tarde salimos, el domingo noche de vuelta. Le voy a alegrar el día a mamá.
Carmen suspiró resignada. Después de esos años juntos, había aprendido que cuando Enrique tenía una «decisión tomada», discutir era tan útil como intentar que un gato no camine por la encimera.
El viernes al caer la tarde, metieron la maleta en el maletero, junto con una bolsa con regalos: Enrique había comprado a su madre una mantita de lana suave y para su padre una botella de brandy español, del bueno. El viaje a la aldea que apenas se encontraba a dos horas de Madrid si no te pillaba atasco entrando en Castilla se les hizo monótono. Carmen miraba por la ventanilla los encinares resecos, los bares de carretera de nombres imposibles, y escuchaba cómo Enrique desafinaba versiones de canciones de Los Secretos, sintiendo dentro de sí esperanza. Tres días pasaban volando. Al fin y al cabo, Pilar era buena mujer.
Llegaron ya anochecido. La casa estaba al final de la calle, justo donde acaba el pueblo y empieza el campo, toda ella recortada por la débil luz de una farola mustia. Enrique aparcó sobre una alfombra de grava, apagó el coche y, al segundo, en el porche se encendió la luz y la puerta de la casa se abrió como un portón mágico. De ella salió Pilar menuda, rechoncha, con un delantal de flores y sonrisa tan grande que parecía a punto de romperle la cara.
¡Enriquito! gritó, echándose a los brazos de su hijo nada más verle bajar. Pensé que no veníais, hijo mío. Llevo todo el día cocinando, ni te imaginas. Carmencita, cielo, ¡ven, pasa dentro!, que hace un frío que pela.
Carmen salió del coche, se acomodó el abrigo, puso su mejor sonrisa protocolo y dejó que la abrazaran. Pilar olía a cebolla frita y algo dulzón que le hizo a Carmen cosquillear la nariz.
En la casa hacía calor y, de la pequeña cocina, llegaba el chisporroteo de la sartén. Ya había un plato con embutidos, pan, pepinillos, una jarra de limonada y media barra de pan moreno en la mesa del salón. Francisco, el padre, miraba las noticias sentado en su butaca. Se levantó; uno notaba que había estado esperando, preocupándose: por el atasco, por la noche, por si el coche se estropeaba.
Bueno, ya estáis aquí dijo, dándole un apretón de manos a Enrique y asintiendo a Carmen . Pasaos, quitad el abrigo, que enseguida cenamos.
He hecho albóndigas anunció de inmediato Pilar, siempre moviéndose, recolocando platos y toqueteando las tapas de todos los cacharros. Con patatitas, cebollita y salsita. ¿A que sí, Enriquito, te encantan mis albóndigas?
Me pirran, mamá, lo sabes Enrique ya se quitaba la cazadora y cotilleaba las cazuelas, haciendo que Pilar se hinchara de orgullo.
Carmen colgó el abrigo y fue a la cocina. Aquella cocina era pequeña, casi claustrofóbica, pero poseía ese acogedorismo peculiar de las cocinas de madre castiza: cada superficie horizontales ocupada por tarros, especias varios, trapos, bolsas de arroz, legumbres y una infinidad de botes.
Siéntate, Carmencita, siéntate Pilar apartaba una silla y la limpiaba con el borde del delantal . Que vendrás cansada. Yo en un momentín acabo.
Se daba vueltas sobre sí, abriendo el horno, de donde salió un aroma carnoso que hizo tragar saliva a Carmen, consciente de que la última comida decente había sido antes de salir de Madrid.
Entonces Carmen lo vio.
Pilar estaba ante la mesa con un bol grande lleno de carne picada cruda, de ese rosado gris que parece puchero en construcción. Ya tenía formadas una docena de albóndigas, perfectas y redondas, ordenadas sobre una tabla espolvoreada de pan rallado. Pilar cogió otro trozo de carne, lo moldeó rápido, le dio forma… y, sin solución de continuidad, metió la mano entera debajo de la axila izquierda.
No un gesto discreto, como quien reacciona a un picor fugaz, sino que metió toda la mano, apretó, rascó con brío, sin pudor ni disimulo. Y, con la misma mano pegajosa y grasienta, retornó tranquila al bol y siguió modelando albóndigas como si ese movimiento formara parte de algún rito secreto.
Carmen sintió un vértigo repentino.
No podía apartar los ojos de esa mano manecita de señora, con uñas cortas, alianza bien encajada y arrugas finas como hilos que de la axila iba a la carne, de la carne a la tabla. De la carne, que luego serían albóndigas.
Aquellas albóndigas que Pilar enviaba a menudo a Enrique en bolsas congeladas. Albóndigas que ellos salteaban en casa y Carmen elogiaba por teléfono con fervor, llamándolas «mágicas». Y lo eran, sí, estaban buenísimas…
Mamá, gritó Enrique desde el salón , ¿hay té caliente? Hace un frío de muerte.
Ahora traigo, cariño, ya acabo con esto y cenamos todos.
Pilar cogió otro puñado de carne. Carmen vio cómo en la tabla iban quedando pequeñas manchas grises por donde pasaba la mano suegra. ¿O lo estaba imaginando? Parpadeó y volvió la realidad: tabla, carne, albóndigas, manos manos manos.
Señora Pilar, ¿quiere que le ayude? susurró Carmen al fin, Si quiere, yo termino y usted pone el té.
No hija, qué dices, tú eres nuestra invitada protestó enseguida la suegra, agitando la mano (y Carmen espantó una náusea). Siéntate, que ya casi termino.
Pilar puso la última bola de carne en fila, se miró las manos, sonrió satisfecha y fue un instante al grifo. Apenas tres segundos bajo el agua fría, sin una gota de jabón, sacudió dos veces y se las restregó en el delantal.
Carmen se quedó como hipnotizada, entre repulsión y desconcierto. Intentó convencerse: «No será para tanto, bah. ¿Quién no ha metido la mano en sitios indebidos mientras cocina? Seguro que mi abuela también, y aquí estoy bien viva, años después». Pero veía la imagen, fija y surrealista: mano, axila, mano, carne.
La cena fue en el salón, bajo un hule floreado. Pilar colocó una sartén rebosante de albóndigas humeantes, crujientes, doradas, con un aroma a carne y cebolla que debería excitar el hambre. Pero a Carmen solo le llenó la boca de saliva ácida. Al lado, un bol de patatas con aceite de oliva, tomate y pepino cortados, pan, encurtidos, limonada.
¡Ea, a zampar, niños! animaba Pilar, arrimando la bandeja a Carmen. Estos son para ti, Carmenchu, que te los he hecho especiales.
Carmen miraba las albóndigas. Tan normales, tan apetitosas. Enrique agarró dos, las bañó en puré, puso medio pepinillo y se metió media bola de un solo bocado.
¡Mmmm, madre mía, mamá! dijo Enrique con la boca llena , están de vicio.
Qué alivio, Pilar sonrió al sentarse frente a Carmen, Porque andaba yo temiendo haberme pasado de sal o cebolla.
Tranquila, mamá, siempre lo bordas.
Francisco comía en silencio, asentía cuando tocaba, todo él era de pocas palabras: Carmen recordaba como su discurso más largo un relato sobre cómo cambió la correa del ventilador.
Carmen, hija, ¿no comes? se preocupó Pilar al ver su plato apenas tocado . ¿No te gustan? ¿Están saladas?
No, están deliciosas, de verdad balbuceó Carmen tragándose una excusa , es solo que después del viaje, tengo el estómago revuelto, ya sabe. Ahora en un rato.
Pinchó con el tenedor un trocito mínimo de la albóndiga, tan pequeño que casi ni era masa, justo del extremo más crujiente. Lo llevó a la boca y, aun olía divino, le pareció una textura inquietante pensando en la mano que había dado forma a la bola minutos después de rascar la axila. Lo tragó a duras penas, con arcadas.
Riquísima, consiguió decir, apartando el plato . ¿Me pasa un poco más de patata? Y un pepino. Disculpe, pero no puedo comer mucho tras el viaje.
Ay, pobrecita suspiró Pilar , tú come lo que puedas; luego te pongo una bandeja para llevar. Os he hecho de sobras. Pensé que llegaríais muertos de hambre.
Enrique seguía a lo suyo, despachando albóndigas como quien se zampa una bolsa de aceitunas, ajeno a las tribulaciones de su mujer sobre la higiene y los ritos de cocina ajena.
Carmen empujaba el puré, mordía un pepino, intentaba convencerse: «Exagero. Millones de personas comen cosas hechas por mamá, abuela o suegra. Y aquí están, vivitos. Relájate». Pero la imagen de la mano persistía. Mano. Axila.
Tras cenar, Pilar recogió. Enrique se fue con Francisco al garaje, a ver el generador. Carmen se quedó a solas en la cocina con la suegra, que preparaba té en una tetera de esmalte con el pico roto.
No te molestes si te he insistido tanto en que vinierais le dijo Pilar al servir el té . Estoy muy feliz de veros. Sé que vosotros, con el trabajo y la vida de ciudad, pasáis mil cosas; pero para una madre el corazón palpita distinto, necesita ver que estáis bien.
Está todo bien, Pilar respondió Carmen, aceptando la taza . Trabajo, casa, como todos.
Menos mal la suegra se apoyó el rostro en una mano y la observó en silencio . Las albóndigas te gustan, lo sé. Enriquito siempre las pide para llevar. En la ciudad todo es química, aquí todo es natural, carne que conozco de primera mano, molida por mí misma. No me fío de lo de supermercado.
Carmen sorbió el té con demasiada prisa y se quemó lengua y garganta. El pensamiento de qué manos habrían escurrido esa tetera, lavado esas tazas la inundó; dejó la taza, temiendo la siguiente arcada.
Pilar, ¿puedo irme a la habitación? Me duele la cabeza, creo que es el viaje…
Claro, hija, se afanó Pilar. Tienes sábanas limpias en el armario, Enrique sabe. Para lo que sea, avísame.
Carmen entró en el cuartucho de invitados, cerró la puerta y tras sentarse en la cama, sintió que iba a vomitar. Corrió al baño, apenas llegó a tiempo, y luego se quedó sentada intentando calmarse, paladeando la inquietud de la vigilia.
Cuando Enrique regresó del garaje, la encontró en la cama, con una mirada descompuesta.
¿Qué pasa? se sentó a su lado . ¿De verdad te encuentras tan mal?
Enrique, voy a contarte algo, prométeme que no te vas a reír ni a enfadar.
Va, cuéntame.
Carmen le narró toda la escena: la mano, la axila, la carne picada, su asco. Todo bajito, como si el relato fuera un sortilegio peligroso.
Enrique la miró incrédulo, entre asombrado y ligeramente irritado, intentando digerirlo.
Vamos a ver, respondió tras un rato , mi madre no lo hace a mala fe. A cualquiera se le escapa un rascado. Te piensas que en los pueblos antiguamente se lavaban las manos cada vez que se les antojaba. Es la vida, Carmen. Comida de andar por casa.
Enrique, ni siquiera se lavó las manos Siguió amasando… No puedo olvidar la imagen. Y me pone enferma recordar las bolsas llenas de albóndigas que nos manda.
¿Y qué quieres que haga? ¿Decirle que es una guarra cocinando? ¿Sabes cómo se pondría mi madre? Ella lo hace por nosotros, porque nos quiere.
No le voy a decir nada Solo que no puedo comer nunca más de esas albóndigas. Nunca.
Enrique se levantó, se paseó por la habitación con gesto de estrés.
Exageras murmuró. Una mujer se rasca lo que se rasca, no es un laboratorio. Si lo vas a analizar todo así, vas a darte cabezazos. Yo crecí con esas albóndigas. Y aquí sigo.
Pues yo me lavo las manos antes de cocinar. Creo que es de sentido común.
Pues muy bien replicó Enrique, casi mordaz. Pero mi madre es así. Yo ya estoy acostumbrado.
Yo no puedo olvidarlo susurró Carmen.
Hubo silencio. Enrique puso la mano en el hombro de Carmen.
No comas más si no quieres. Le digo a mi madre que te ha sentado mal algo, y ya. Pero no le sueltes nada, que la matas de pena.
No le diré nada Carmen ocultó la cara en su jersey . Quiero marcharme ya.
Mañana nos vamos prometió él. Diré que tienes fiebre y tal. ¿Vale?
Carmen asintió en silencio, aunque por dentro todo era un revoltijo.
Se acostó. Enrique apagó la luz y se tumbó a su lado. La casa dormía soñando, y se oía a Francisco toser, al televisor murmurando noticias lejanas y a Pilar batir ollas a lo profundo de la cocina.
Carmen miraba al techo. Pensaba en los tres años y medio en los que comió albóndigas ajenas, ignorando qué historias traían esas manos. Recordó cómo elogiaba la receta, cómo pedía el santo secreto. Tal vez ese detalle era el verdadero secreto familiar.
Por la mañana Carmen despertó molida. Enrique ya estaba en la cocina con sus padres, tomando café, charlando. Carmen se quedó un rato más, reacia a salir, pero no podía esconderse eternamente. Se lavó la cara con agua helada y por fin salió.
¡Ay, Carmencita! exclamó Pilar , que Enriquito dice que has estado fatal esta noche, que si la fiebre… Te hago ahora mismo una infusión con miel casera y mermelada de frambuesa del año pasado.
Gracias, Pilar, ya me siento mejor. Seguramente fue algo del viaje.
Estos bares de carretera son veneno meneó la cabeza la suegra, sirviendo el té y empujando el bote de mermelada . Siempre lo digo, como en casa…
Mamá, dijo Enrique , que no comimos nada de bares, solo café del termo.
Pues sería el viaje, ya se sabe, cada cuerpo es un misterio. Tú tómate la frambuesa, Carmen.
Carmen tomó un sorbo mínimo, casi ritual, sin atreverse a probar más mientras miraba de reojo el plato de albóndigas cubiertas con un paño.
Pilar, muchas gracias por todo; pero creo que lo mejor es volvernos hoy a casa. Enrique ya te ha dicho que no me acabo de encontrar bien.
¿Ya os vais? se entristeció Pilar . Si yo aún quería haceros empanada, y cocido, que Enriquito lo adora…
La próxima vez, mamá Enrique le dio un beso y amainó el drama. Carmen necesita cama y tranquilidad, la pobre. Volveré en un par de semanas, te ayudaré en el huerto y me hinchas de lo que quieras.
Pilar resopló, miró a Carmen, luego a Enrique y de nuevo a Carmen. Por un instante Carmen sintió como si la suegra lo hubiera entendido todo. Lo de las albóndigas. Lo de la axila. Lo de la enfermedad.
Como queráis la voz de Pilar se secó. Os llevo comida para casa, hay muchas en el congelador, para la semana entera.
Carmen sintió un escalofrío. Consiguió susurrar:
Muchas gracias, Pilar. Es usted muy amable.
Recogieron rápido. Mientras Enrique cargaba el coche, Carmen se despidió de Francisco un apretón de manos áspero y un Que te mejores, hija; volved cuando quieras. Pilar salió con una bolsa.
Albóndigas y un poco de chorizo, dijo, dándole la bolsa a Enrique . Y mi mermelada, que os gusta tanto. Que aproveche.
Gracias, mamá, Enrique la besó. Carmen notó que Pilar apenas sonreía, se volvió al interior sin despedidas.
Durante el viaje de regreso, Carmen permaneció callada. Notaba el peso de aquella bolsa congelada en el maletero como si albergara una criatura inestable. Enrique tampoco habló: su juventud apretaba el volante, cambiaba de marchas con energía y evitaba mirarla.
Puedes comértelas tú. murmuró Carmen al entrar en Madrid. No tengo problema. Yo no las quiero.
Carmen, suspiró Enrique, exhausto , sabes que mi madre lo ha pillado todo, ¿no?
¿El qué?
Todo. No es tonta. Te vio no comer, luego la fiebre, y nos vamos al día siguiente. Lo ha entendido. Y está dolida, la entiendo.
¿Y no lo entiendes por mi parte? preguntó Carmen con rabia súbita, tragándose el resto.
No respondió.
En casa, Carmen entró en la cocina y contempló los estantes relucientes y pulcros, las tablas bien guardadas, todo ordenado. Aquí sí estaban limpias las manos; aquí no había albóndigas amasadas a las sombras de una axila.
Enrique llevó la bolsa al congelador y cerró la puerta.
¿No las vas a comer? preguntó Carmen.
Claro que sí contestó Enrique, desafiante. Son las de mi madre. Llevo toda la vida comiéndolas.
Se fue al baño. Carmen se quedó sola, fue al lavabo y se lavó meticulosamente las manos con agua templada y mucho jabón, hasta los codos, como quien realiza un rito de exorcismo. Cerró el grifo, se secó con una toalla limpia y se preguntó si realmente servía de algo. Si se podía limpiar lo que ya había manchado el recuerdo.
Ya no sabía la respuesta.
Pero tenía claro, clarísimo: no comería nunca más albóndigas amasadas por las manos de Pilar. Ni ruegos, ni súplicas, ni “¡es sin querer!” podrían torcer su determinación.
Tres días después, Enrique frió cuatro albóndigas, preparó puré, cortó pepinillos, y se sentó a comer.
¿Quieres? ofreció, tendiéndole un tenedor con media albóndiga.
No, gracias respondió Carmen.
Abandonó la mesa, se sentó en el sillón y subió el volumen de la televisión, para no oír el ruido de la masticación.
Sabía que aquel viaje había cambiado su familia. Algo se resquebrajó, algo tan simple y tan absurdo como una mano de madre rascándose donde no debía.
Cerró los ojos y pensó que, si no lo pensaba más, podría seguir adelante. Podía seguir viviendo, siempre que cocinara ella y nunca volviera a probar nada amasado por manos ajenas.




