Larry se sentó en el alféizar de la ventana y miró hacia fuera. Esperaba a su padre. Al fin y al cabo, habían pasado ya dos largos años desde que su madre los había dejado.

Hoy me senté en el alféizar de la ventana, mirando la calle de Madrid. Esperaba a papá, como cada tarde. Han pasado ya dos años desde que mamá se marchó. Se ha buscado otra familia, escuché decir a papá alguna vez, con tristeza en la voz. ¿Por qué se fue? Nunca lo supe realmente. Poco a poco, mi recuerdo de ella se va desdibujando.

Papá intenta darme todo lo que puede. Ya tengo diez años, ya no soy un niño pequeño y él trata de no ocultarme nada; a estas alturas, no tendría sentido. Aprendí a fregar los platos y a guardar las cosas en su sitio. Apenas toco los juguetes. Me siento casi adulto. Pero la verdad es que me siento muy solo. Echo mucho de menos al perro que tuve, aunque papá nunca quiso adoptar otro.

¿Y quién se va a encargar de él, hijo? Yo estoy todo el día en el trabajo, tú tienes el colegio todavía eres pequeño.

Y un día, en vez de traerme un perro, papá llegó a casa con una mujer. Se llamaba Inés y empezó a vivir con nosotros. Yo procuraba no hablarle, convencido de que era una intrusa. Aunque papá la llamaba su esposa y quería que yo la viese como una madre, yo lo tenía claro.

¡No la necesito! le dije a papá sin dudar, antes de irme a mi habitación de siempre.

Así pasaron los días. Veía a papá tan contento con Inés, riendo juntos, abrazándose mientras yo les miraba de reojo, lleno de rabia.

Papá, quiero que se vaya.

Javier, eso no puede ser. Nos cuesta vivir sin una mujer a nuestro lado. Nos hace falta una esposa, una madre.

Con la llegada de la primavera, salía a jugar al parque con los chicos del barrio. Me contaron que mi padre y esa nueva madre seguramente querrían enviarme a un colegio de monjas o, peor aún, a un internado.

Y empecé a asustarme. ¿Y si era verdad? Quizás querían tener un hijo juntos y yo solo estorbaba. Empecé a prepararme para ese momento. Un día, escuché de pasada una frase: Estaría mejor allí, deberíamos mandarlo.

Aquello me destrozó. Aquella noche no pude dormir. A la mañana siguiente, decidí que Inés tenía que irse. Empecé a hacerle la vida imposible: le eché sal al té, le prendí el fuego bajo la sartén vacía Fui un auténtico desastre. Pronto empezó a sospechar de mí y me llamó para hablar.

Javier, tenemos que hablar. Yo sé que estás enfadado.

No estoy enfadado intenté zafarme. No lo estoy.

No quiero hacerte daño, cariño

¡No soy tu cariño!

Suspiró hondo y bajó la voz:

Mira, hemos alquilado una casita en la sierra para el verano. Queríamos darte una sorpresa, pero creo que ha llegado el momento de ser sinceros. Papá ha encontrado un perro y hoy vamos a recogerlo. Vente con nosotros si te apetece.

¿De verdad? pregunté alucinando, a punto de creerla.

Entonces la abracé con tanta fuerza que casi la tiro. Inés casi lloró.

Venga, que hay que alegrarse. Todo va a ir bien, ya verás me dijo acariciándome el pelo.

Cuando papá llegó del trabajo, nos fuimos juntos a buscar al cachorro. Ya no miraba a Inés con rabia. Nos reconciliamos. El perrito dormía en mis brazos todo el camino de vuelta. Por fin, todos estábamos felices.

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Larry se sentó en el alféizar de la ventana y miró hacia fuera. Esperaba a su padre. Al fin y al cabo, habían pasado ya dos largos años desde que su madre los había dejado.