¡Vete de aquí! soltó Borja.
Hijo, ¿pero qué te pasa? la suegra empezó a incorporarse, agarrándose al borde de la mesa.
¡No soy tu hijo! Borja agarró el bolso de su madre y lo lanzó al pasillo. ¡Y que no vuelvas a poner un pie en esta casa!
¡Vete de aquí! repitió Borja.
María se estremeció. Nunca, en seis años, le había oído gritar así.
¿Pero qué te pasa, hijo? la suegra trató de levantarse, apoyándose como si se fuera a desmayar.
¡No soy tu hijo! Borja tiró su bolso al recibidor. ¡No quiero ni tu sombra aquí!
Ana dormía con los bracitos abiertos, como una estrellita de mar pequeñita. María le colocó la manta.
Le gustaba quedarse ahí, mirando a su hija. Había soñado con ella tantos años y sudado tanto para ser madre.
Su marido volvió del turno de nochele reconoció enseguida por el ruido en el recibidor. María salió del cuarto de la niña, cerrando suavemente la puerta. Borja estaba quitándose los zapatos.
Irradiaba cansancio; se le notaba hasta más flaco. Curraba como una mula para saldar lo antes posible los préstamos que pidieron para la inseminación.
¿Está dormida? susurró él.
Sí. Ha comido y cayó rendida.
Borja abrazó a María, apretando su cara contra su cuello. Él no era de soltar te quieros, pero María sabía de sobra que le estaba agradecido hasta la locura.
Por no dejarlo, por no buscarse un hombre normal, por hacerle padre.
A los dieciséis, Borja había pasado una paperas a lo torero, sin decirle ni una queja a su madre. Para cuando se atrevió, era demasiado tarde: secuelas, una esterilidad casi total.
Ha llamado mi madre dijo Borja con voz apagada, sin soltar a María.
María se puso como un palo.
¿Y qué quiere Carmen?
Que viene a comer. Dice que ha hecho empanadas, que nos echa de menos.
María suspiró, soltándose del abrazo.
Borja, ¿tiene que venir? La última vez me tuvo una hora con su rollo del agua con bicarbonato.
María, es mi madre quiere ver a la nieta. Lleva un año viendo a Ana solo por fotos. Es su abuela al fin y al cabo.
Abuela sonrió María, con un deje amargo. La que llama a nuestra hija engendro.
A Ana la adoptaron el año anterior. Las colas para adoptar bebés sanos en la Comunidad de Madrid eran para perder la fe y las ganas.
Ayudaron unos contactos, un sobre discretamente abultado para el hospital y la cabeza fría de una amiga enfermera.
La niña había nacido de una chiquilla de dieciséis que con un hijo habría ido bien apañada.
María todavía recordaba ese día: un paquete que pesaba tres kilos doscientos y unos ojos azules que le miraban como si supieran todo.
Vale, le dijo María. Que venga. Lo sobreviviremos. Pero como empiece de nuevo
No lo hará Borja lo prometió. De verdad.
Llegó la suegra para la comida. Carmen irrumpió en el piso como si la casa fuese un escenario.
Era una mujer imponente, con voz grave y ese aire de pueblo capaz de parar a un toro y vaciar el cerebro de cualquiera.
¡Ay, Virgen Santa! bramó nada más entrar, dejando la bolsa de cuadros en la entrada. El viaje, un desastre: el tren fatal, el metro, ni te cuento.
¿Cómo os habéis metido tan arriba? El ascensor parece que se va a caer, casi me da un tabardillo.
Buenas tardes, mamá Borja le dio un beso en la mejilla, quitándole el bolso. Pasa, lávate las manos.
Carmen se quitó el abrigo, mostrando un vestido de flores ajustado a su figura de tía brava, y clavó los ojos en María.
La miró de arriba abajo como quien observa un burro en la feria.
Buenos días, Carmen sonrió María.
Hola, hola apretó los labios. María, te veo transparente. ¿Con qué te mantiene tu marido, con agua? Solo huesos. ¿Y Borja? Se me ha quedado en los pellejos. ¿Qué le das de comer, aire?
Borja come perfectamente cortó María, notando arder las mejillas. Siéntate a la mesa.
En la cocina, Carmen empezó a vaciar la bolsa sin perder tiempo: empanadas, pepinillos en vinagre y un trozo de jamón de pueblo.
Comed esto, que en esta ciudad todo es química. Parecéis cabras mascando plástico.
Se sentó y se clavó en la mesa con los codos.
Entonces, ¿cómo os va? ¿Ya pagasteis el préstamo de la clínica por esos experimentos?
María apretó el tenedor. ¡Experimentos! Así llamaba la suegra a seis años de esperanzas, lágrimas y circo de médicos.
Casi lo hemos pagado, mamá murmuró Borja, sirviéndose ensalada. No hablemos de dinero, venga.
¿Y de qué hablamos? ¿Del clima? En mi pueblo, mira qué casualidad, la mujer de tu hermano, Paco, acaba de tener la tercera. Nena sana, preciosísima. Cuatro kilos. Y tu hermana, Rosa, esperando mellizos. ¡Eso es tener raza!
La raza, Borja, la nuestra es fuerte. Somos fértiles. Le lanzó a María una mirada que sobraba explicarla.
Si claro, salvo que se mezclen cosas raras
María apoyó el tenedor como quien deja caer una piedra.
Carmen, este tema lo hemos hablado cien veces. No es culpa mía. Tenemos los diagnósticos médicos.
¡Ni caso! agitó la mano la suegra. Esos papeles los hacen los médicos solo para sacarte los euros. Las paperas ¡anda ya!
En el pueblo, todos los chavales las han tenido y mira cuántos hijos tienen por ahí.
Eso es lo que te cuenta tu mujer, para tapar sus problemas. Y tú venga a creértelo
¡Mamá! Borja golpeó la mesa con la mano. ¡Basta ya!
Carmen se llevó una mano al pecho con mueca de teatro.
¡No alces la voz! He criado a cinco y sé de qué va esto. A María la veo tan estrecha de caderas ¿De ahí van a salir niños? Ni de coña.
Somos felices, mamá dijo Borja, muy bajito. Tenemos a Ana.
¿Hija? bufó Carmen. Enséñamela a ver.
Fueron al cuarto de la niña. Ana estaba despierta y sentada en la cuna, jugando con un osito.
Al ver a la suegra, se frunció mucho pero no lloró. Era de carácter curioso y tranquilo.
Carmen se acercó. María se puso al lado, lista para saltar si hacía falta. De su suegra nunca sabía uno.
La mujer la miró largo rato, entornando los ojos. Al final acercó la mano y tocó la mejilla de la niña. Ana se retiró.
¿Y de dónde ha salido? preguntó la suegra con tono seco. Los ojos, negros como el túnel del Metro. En mi familia somos todos de ojos claros.
Los tiene azules, corrigió María. Azul oscuro.
¿Y la nariz? Como una patata puesta ahí. Tú, María, la tienes fina, Borja recta. ¡Y esto!
Se sacudió las manos como si se hubiese manchado.
¡Esta niña es de otra cepa!
Volvieron a la cocina. Borja se sirvió agua; le temblaban las manos.
Mamá, escúchame empezó Borja, blando. Queremos a Ana como a nuestra hija. Lo es por papeles y por corazón. Es nuestra.
Y vamos a seguir intentándolo. Los doctores dicen que hay opciones, aunque sean pocas. Pero si no sale ya tenemos una familia.
Carmen se replegó en el asiento. Le hervía la sangre. Una madre de cinco, abuela de doce, le resulta insoportable ver que su propio hijo pierde el tiempo en ajenos.
Qué inútil, Borja suspiró al fin. Treinta y cinco años, en todo lo suyo. ¡Y criando a una cría que no es nada tuyo!
¡No te atrevas a decirle eso! cortó María, la voz afilada.
¿Y cómo quieres que la llame? ¿Princesa?
Mejor cállate, guapa. Tú no puedes tener hijos. Engañaste a mi Borja. Encima pagasteis un soborno Os salió la niña como si fuese un cachorro de tienda.
Es nuestra hija!
¡Hija es cuando es tuya! Cuando no duermes, cuando tienes esos vómitos, cuando la pariste con sufrimiento.
¿Y eso? señaló el cuarto de la niña. Un jueguecito de madre e hija. Cogisteis la niña ya hecha y de vaya saber qué pobre diablilla.
Piensas que los genes se cortan de raíz, ¿no? Ya verás. El día que crezca, saldrá como su madre, la otra. Dadla en adopción mientras podáis.
María vio a Borja con los ojos de plato. Se levantó despacio.
Fuera le ordenó, temblando.
Carmen se quedó pasmada.
¿Qué?
¡Fuera de esta casa! gritó Borja.
María tembló. No había visto nunca a Borja así. En seis años.
¿Pero qué te pasa, hijo? la suegra intentaba levantarse, agarrándose a la mesa.
¡Que no soy tu hijo! Borja agarró el bolso y lo arrojó al recibidor. ¡Que no quiero volver a verte! ¿Dar en adopción? ¿Una hija?
¿Acaso crees que es un objeto? ¡Es mi hija! ¡Mía! ¡Y tú tú
Estaba sofocado.
Eres un monstruo, no una madre. Vete a tu pueblo, cuenta tus raza pura. Pero a mi familia no vuelvas. ¡Nunca!
Del cuarto de la niña llegó un llanto. María fue hacia la puerta, pero quedó viendo cómo la cara de la suegra cambiaba al gris ceniza.
Carmen abrió la boca buscando aire, como una lubina fuera del agua. La mano en el pecho apretó el vestido.
Borja le salió la voz arrugada. Quema me quema
Y empezó a desplomarse. Cayó como un saco de patatas, llevándose la silla por delante. El estruendo se mezcló con el llanto de Ana.
María llamó al 112. Borja se puso de rodillas al lado de su madre, temblando, desabrochándole el cuello del vestido.
Mamá, ¿qué te pasa? ¡Mamá, respira!
Carmen respiraba a duras penas.
Los sanitarios llegaron corriendo. El ATS gritó desde la puerta:
Infarto agudo. Camilla, deprisa.
Cuando la puerta se cerró detrás de los médicos, Borja se sentó en el recibidor, contra la pared, mirando el pañuelo olvidado de su madre.
¿La maté? preguntó.
María se sentó junto a él, tomando su mano helada.
No, fue ella dijo. De tanto veneno que tenía dentro.
Pero es mi madre, María
Te ha propuesto tirar a nuestra hija como si fuera un mueble, Borja. ¡Despierta! Has defendido tu familia.
En una hora sonó el móvil de Borja. Llamaba Rosa, la hermana, después Paco, el hermano. Borja no cogió.
Luego, un mensaje de la tía.
Mamá en la UCI. Los doctores dicen que no hay casi esperanza. ¡La has matado, desgraciado! Que te pudras, te maldecimos todos. ¡No vengas ni a verla!
Ya está. No tengo familia.
María lo abrazó por los hombros, sintiendo su cuerpo temblar.
Sí la tienes dijo, firme. Me tienes a mí. A Ana. Somos tu familia. La auténtica. La que no traiciona.
Se levantó y tiró de él con la mano.
Vamos. Ana necesita comer. Está asustada.
Por la noche, los tres en la cocina. Ana jugaba con unos cubos sobre la alfombra. Borja la observaba como si la viera por primera vez.
Sabes murmuró de pronto mi madre tenía razón en una cosa.
María se tensó.
¿En qué?
Los genes no se pueden borrar con el dedo. Pero los genes no solo son los ojos ni la nariz. Son la capacidad de querer.
Mi madre tiene cinco hijos y el amor que tiene lo mismo que una piedra. ¿Seguro que yo soy suyo? Yo sí sé querer ¿Verdad, pequeñita?
La levantó y la abrazó. Ana le agarró la nariz y soltó una risita.
Papá dijo de repente, claro como un sol.
Por primera vez. Hasta entonces sólo balbuceos de ba-ba y ma-ma.
Borja se quedó de piedra. Las lágrimas que llevaba todo el día conteniendo cayeron sobre el pijamita rosa.
Papá repitió. Sí, mi vida. Soy papá. Y no te dejaré nunca.
La madre se recuperó, pero Borja no volvió a hablar con ella. Para la familia, es el enemigo número uno.
A María le da incluso vergüenza decirlo, pero no echa de menos a esa parentela. Sin broncas ni humillaciones, la vida sabe mucho mejor.
¿Para qué necesitan parientes así? Se vive bien sin ellos
Y ahora, ¿qué os parece el monólogo de la madre? Dejad comentarios, dadle like, y a ver si esto lo ve hasta Carmen.







