Viuda negra
La simpática y lista Belinda, recién graduada de la Facultad de Periodismo de la Universidad Complutense de Madrid, conoció a Leopoldo, hombre bastante mayor que ella. Obviamente, fue él quien se fijó primero en la esbelta y delicada Belinda Don Leopoldo Serrano, conocido en la capital por escribir canciones que sonaban en todas las fiestas del barrio de Chamberí.
Leopoldo era un tipo que caía bien a todo el mundo, se codeaba con los presentadores de Telemadrid y tenía contactos por doquier. Así que no le costó nada acomodar a Belinda como presentadora en su propio programa tras terminar la carrera. En poco tiempo, debutó con Charlas de sofá, a la que invitó a un psicólogo muy famoso del barrio y a otros tertulianos. El formato: preguntas, respuestas y ejemplos absurdos de la vida.
Olé, Belinda la alabó Leopoldo tras ver la emisión. Esto hay que celebrarlo, ¡pero en serio!
Leopoldo Serrano, 45 años, divorciado tres veces, y con una energía que haría temblar a Cristiano Ronaldo, no encajaba ni de lejos en la vida familiar. Se tenía por artista, componía fandangos, y hasta creía que era un poco genio. Se le podía encontrar en la Gran Vía, de barra en barra, con copa en mano.
Pasó el tiempo, Belinda se hizo famosa, se casó con Leopoldo y su programa era de los más vistos en Madrid. Vestía con muchísimo gusto, simpática y educada. Nada de mala fama, sólo una guapísima presentadora, decían de ella. Pero casarse con Leopoldo resultó ser un error. Lo comprendió cuando su marido pasaba más tiempo empapado en rioja que sobrio.
Leopoldo, no te pongas tontorrón le soltó su amigo Simón una noche, cuando él intentó humillar a Belinda medio borracho. Esta chica acabaría por hacerte sombra.
No, Simón. Ni ingenua ni lista, yo solo elijo mujeres guapas, pero el coco lo pongo yo presumía, pellizcándole la mejilla, sentados en una cafetería de la calle Fuencarral.
Mientras Leopoldo la cortejaba, era todo detalle: flores, regalos, hasta le dedicó dos canciones. Pero tras la boda, trataba a Belinda como a la gata, con mínimas atenciones y gruñidos.
Ay, qué ingenua fui pensando que él me haría famosa se lamentaba Belinda.
En la universidad aprendió francés según Leopoldo, idioma de snobs y él la machacaba:
A ver si aprendes inglés, que parece que vienes de Albacete cuando vamos por el extranjero. ¿Qué te cuesta? Si tienes tiempo para el gimnasio, bien podrías aprender inglés.
Belinda, por picarle, no aprendía inglés. Pero cuando Simón, hombre muy leído, soltó en una cena:
El inglés en una mujer elegante es como el tacón, al día siguiente Belinda se apuntó a clases con una profe buenísima.
Míralo, Simón, ha hecho milagros; mi mujer se trae los manuales hasta en el coche y no me deja ni escuchar Sabina se reía Leopoldo.
Vivían Belinda y Leopoldo en un piso enorme en el barrio Salamanca, herencia del abuelo médico de Leopoldo. Tenían a Candelaria, la asistenta, una mujer de unos cuarenta y tres, soltera, envidiosa y con carácter, aunque disimulaba bien. De poco valía ocultarle nadase pasaba la vida en la casa y lo veía todo.
Una mañana Belinda se levantó, sin rastro de Leopoldo, que había vuelto tarde y borracho, y dormía en el sofá del despacho. Fue a la cocina: Candelaria escudriñaba una botella de brandy vacía.
Anoche estaba llena. ¿Qué le doy de desayuno cuando despierte?
Un poco de gazpacho y a rezar gruñó Belinda y se fue a la ducha.
Después de siete años de matrimonio, no tuvo hijos con Leopoldo él ya tenía un chaval del primer matrimonio y ella tampoco estaba por la labor, centrada en la carrera. Desayunó y mandó a Candelaria al despacho. Leopoldo yacía sobre su estómago, con una mancha roja en la almohada.
Belinda, ¡llama a una ambulancia! gritó la asistenta.
¿Qué pasa?
No lo sé.
Quince minutos después Belinda estaba en la ambulancia camino del hospital. Leopoldo pasó directo a la UCI. Los médicos sentenciaron:
Complicado. No prometemos nada.
Por la noche la llamada: su marido había muerto.
No me lo creo susurró, desolada. Si aún era joven El entierro fue elegante. Simón se encargó de todo, mucha gente, un personaje muy conocido.
En el funeral, Simón soltó:
No lloremos. Leopoldo vivió a tope, merece descansar. Ahora sí que es libre.
Lo tenía todo musitó alguien detrás de Belinda.
Belinda tardó en acostumbrarse a la ausencia. El silencio era tan profundo que hasta la nevera parecía triste. La asistenta la miraba esperando que la despidiera. Los colegas concluían:
Belinda, no tienes motivo para la pena. Eres joven, libre y con dinero se repartieron los ahorros de Leopoldo entre el hijo y Belinda. Pero ella ganaba bien por sí sola, buscaba compañía y a menudo se dejaba caer por el bar de la esquina.
Un día después de grabar el programa, se paró en una cafetería de la Plaza Mayor y, distraída, bebía Albariño a pequeños sorbos. Se acercó un tipo corpulento, le sonrió y pidió sentarse.
¿Me deja acompañarla? Belinda asintió. Esteban, para servirla. ¿Por qué está tan triste? Así de guapa no se puede.
Por todo y por nada.
Esteban, cuarentón, robusto, pelo castaño, nada agraciado, con cara de oso de peluche, lo que hizo reír mucho a Belinda.
Permítame invitarle a lo que quiera; vino, cóctel, tarta
Gracias, solo un pastelito y ya con los dulces era comedida.
Esteban, aunque feo, era encantador, contaba anécdotas desternillantes; Belinda se reía como nunca. La acompañó a casa, quedaron para otra cita.
A la mañana siguiente, Belinda comunicó a Candelaria:
Prescindiré de tus servicios, puedo apañármelas sola.
¿Cómo, Belinda? Después de tantos años fiel ¿me echas a la calle? ¿Qué voy a hacer yo?
Ya encontrarás trabajo. De vigilante en un portal, quizás.
¿Me despides? lagrimeó. Y yo que os cogí cariño, a los dos
No me voy a arruinar sin ti, y así limpio yo el baño y las ventanas pensó Belinda.
Miró a la asistenta, que se secaba las lágrimas.
Bueno, Candelaria, si insistes, quédate esta se alegró y le plantó un beso en la cara.
Os he amado, Belinda. Ya no está Leopoldo, y tú casi me dejas.
Así siguieron, solo que ahora Esteban, a quien Belinda apodó Osito, venía de visita. Adoraba a Belinda. Se casaron en tres meses; la boda, discreta, pero de luna de miel a las Maldivas. Total, Esteban era empresario.
Belinda esperaba unas vacaciones de lo más normalito, como con Leopoldo: vuelo directo, hotel decente, actividades típicas. Pero el Osito tenía otros planes: vuelos en primera clase, recibimiento VIP con fuegos artificiales y danzas locales, villa privada con piscina y playa propia.
No quiero ni pensar cuánto se habrá dejado mi Osito suspiraba Belinda.
Nunca preguntó si era rico, pero sabía que tenía pasta. Demasiado mimoso para su gusto: le subía la manta, la acariciaba, le preparaba desayunos de campeona.
Leopoldo fue un vinagre, siempre criticando, diciendo que me arrastraba a su nivel. El Osito, aunque feo, vive para hacerme feliz y escucha eso me encanta pensaba Belinda.
Candelaria también exaltaba al marido y celebraba, ya instalados en el chalé de las afueras de Madrid con Esteban.
Hasta que un día vio a Esteban pinchándose una aguja fina.
¿Qué es eso? asustada.
Solo insulina, soy diabético, pero no te preocupes.
Relajada en Maldivas, pensaba:
¿Será este el cupón premiado?
Le encantó el lujo, pero le daba rabia estar con el fofisano marido en vez de algún instructor de surf o tenista sexy.
Tendré que poner a mi Osito a dieta y apuntarle al gimnasio.
Al contárselo, él se quedó un poco desanimado:
Hago lo que quieras, pero mi metabolismo no da para mucho. Y lo de parecer un Adonis lo veo difícil, depende de la insulina.
Pues nada, sin más zanjó Belinda.
Al volver, se sumergió en el trabajo, pero a menudo la invadía la melancolía. ¿Encontraré el amor verdadero? No amaba a Esteban, ansiaba pasión. Soñaba con un guapo musculoso junto a ella, no un osito blandito. En la tele, los compañeros bromeaban:
¿No vas por ahí con otro, Belinda? No nos digas que eres tan virtuosa
De virtuosa, poco, pero no quería herir al bonachón de su marido.
En la fiesta navideña de la redacción, Belinda se pasó con el vino y su colega Paco llamó a su amigo Arturo para llevarla a casa.
Belinda, podemos llevarte también ofreció.
Arturo, guapísimo en coche de lujo, se sentó al lado de Belinda:
Paco, ¿por qué no me habías presentado a esta maravilla? bromeó, mientras ella no podía dejar de mirarle.
La llevó a casa, le pidió su número y, al bajar, se acercó descaradamente y le plantó un beso apasionado. No le repelía, le fascinaba ese Arturo rudo y macizo.
Como amante era perfecto: mientras en casa era todo mimos con el Osito, Arturo iba al grano, ni una caricia innecesaria. Quedaban en el piso de Arturo, lo suyo era intenso pero breve.
Esteban volvía tarde del trabajo, agobiado por el negocio, y no sospechaba nada.
Una tarde Belinda llegó al piso de Arturo, se tumbó en la cama. Quitándose el albornoz, Arturo iba a salir del baño cuando el timbre sonó insistente.
Voy a partirle la cabeza refunfuñó Arturo y abrió.
Belinda oyó dos voces familiares: Arturo y Esteban. Se sobresaltó, empezó a vestirse a toda prisa, y Esteban ya estaba en la puerta.
Osito Esteban no es lo que parece
Arturo no negó nada.
¿Quién me delató? preguntó Belinda.
¿Importa ya? Ni iba a creerlo, pero decidí comprobarlo.
Belinda veía a Esteban pálido, sudoroso: se desplomó. Ella se acercó, respiraba con dificultad.
¡Llama al Samur! gritó a Arturo.
Arturo llamó; Belinda buscó la pluma de insulina, se la inyectó.
Esto debería salvarle. Pero no se recuperaba. Llegó la ambulancia, y el médico dictaminó:
Ha fallecido.
Belinda tuvo que recomponerse. Arturo la llevó a casa. Candelaria la vio entrar.
Belinda, ¿qué ocurre? No tienes buena cara.
Belinda sospechó que la asistenta la delatósiempre averiguando lo de Arturo, pero calló, total, no lo iba a confesar.
Tras el funeral le informaron: Esteban murió de paro cardiaco. Belinda tardó en recuperarse. No pasó mucho y apareció la hija de Esteban, abogada y con genio, quien la expulsó del chalé familiar, advirtiendo que no iba a ver ni un duro del negocio. Le dejó un sobre gordo de euros y tres días para largarse con Candelaria.
Belinda no quería peleas, renunció a todo. Volvió con Candelaria al piso enorme heredado de Leopoldo Serrano.
El tiempo pasó. Belinda se rehizo, salía con Arturo pero matrimonio ni hablar. Ella veía que no valía como marido, pero se conformaba.
Un día, Paco la llamó y le soltó de golpe:
Siéntate, Belinda Arturo ha muerto, accidente de tráfico, en el acto
Eso sí que la hizo pensar.
¿Por qué se me mueren todos los hombres? Soy la viuda negra, pronto me van a llamar así. Debo de tener una aura oscura para que caigan uno tras otro.
Tiempo después, a una emisión llegó un joven llamado Ignacio. Belinda intuyó desde el comienzo que la miraba con intensidad. Tras el rodaje, la invitó a un café.
Venga, aceptó Belinda. Era hora de volver a la vida.
Ignacio conquistó el corazón de Belinda; se enamoró, por primera vez con la cabeza y el cuerpo. Saltaba de felicidad.
Así es el amor de verdad. No respiro sin Ignacio, pero temía por su futuro.
Ignacio también se enamoró y Belinda se sentía ligera, él era culto, divertido. Nunca se preguntó quién era, solo sabía que ni hermanos ni padres cercanos.
Un día, curioseando en internet, buscó el nombre de Ignacio y, al instante, encontró que formaba parte de la lista Forbes de España. Belinda palideció. Su patrimonio era descomunal.
No me lo creo soltó, entre carcajadas. Después se asustó. ¿Y si también le pasa algo malo?
Se calmó y fue al trabajo. Por la tarde llamó a Ignacio, no le contestó. Preguntó en su oficina.
¿Ignacio? preguntó a la secretaria.
¿Quién es usted?
Belinda.
Le han ingresado en el hospital y le dio la dirección.
Belinda voló al hospital.
¿Qué le pasa? preguntó al médico.
Tranquila, nada grave, su corazón le ha dado un susto, pero se recuperará.
¿Puedo verle?
Diez minutos.
Belinda entró y él la esperaba, sonriendo, le tomó las manos.
Todo irá bien. Te quiero, y al salir de aquí, nos casamos. ¿Aceptas?
¡Por supuesto! lo besó. Ahora sí, comienza la vida y la verdadera felicidad.
Gracias a todos por leer, por los mensajes y por el apoyo. ¡Os deseo mucha suerte en la vida!







