– La vida sigue. Se fue y punto. ¡Ni siquiera fue alguien bueno, mira qué poco decente! Criaremos al…

Hay que seguir adelante con la vida. Se fue y punto. Aunque fuera buen hombre… pero mira qué poco decente resultó. Criaré a mi hijo sin él, no te preocupes.

A mí me criaron mi madre y mi abuelo. A mi abuela apenas la recuerdo; tenía cinco años cuando falleció. Sólo me han quedado en la memoria sus empanadillas, que olían a gloria…

A mi padre, en cambio, jamás lo vi. Se marchó antes de que yo naciera. Mi madre, Elena, y él habían llegado juntos al pueblo desde Madrid. Conoció a los padres de mi madre, eligieron fecha para la boda, pero el novio de repente desapareció…

Nadie se puso a buscarle. Elena lloró mucho, ya estaba embarazada…

Con lágrimas no se soluciona nada le decía mi abuela. La vida sigue. Se fue y se fue. Si al menos fuese un buen hombre pero ni eso. Criaremos al niño nosotras solas, no sufras.

Nunca eché nada en falta durante mi niñez y, sin embargo, no crecí mimado. Siempre fui buen estudiante.

Mi abuelo era estricto. Me enseñó a respetar a los mayores, a valorar lo que tenemos. Aprendí a arreglármelas con todo. Sea lo que sea, al final siempre lo conseguía.

Llegué a los treinta convertido en un soltero codiciado: buen aspecto, carrera profesional, buen sueldo, un piso grande de tres habitaciones en el centro de Salamanca No me faltaba de nada.

No tenía problemas con las mujeres, más bien al revés. Pero no tenía prisa. Me ocupaba mucho el trabajo. Siempre que podía, los fines de semana iba al pueblo a ver a mi madre. Ya no estaba mi abuelo y mi madre estaba delicada de salud.

Todavía podía hacer algunas tareas en casa, pero cada vez le costaba más.

Le insistí muchas veces en que se viniera a vivir conmigo, pero ella se negaba.

¿Para qué? me decía. Si al paso que vas, hijo, ni nietos llegaré a conocer. Estoy mejor aquí, tranquila, a mi aire

Pásate aquí el verano. Luego puedes ir a un balneario a descansar y después conmigo. Necesitas cuidarte más. Te repones, y vuelves a tu casa cuando quieras. O quizá esta vez me vaya yo contigo al pueblo.

Pero hijo, tienes tu trabajo replicaba Elena, sorprendida. ¿A ti qué se te ha perdido en el pueblo?

En el pueblo también se trabaja respondía yo, encogiéndome de hombros.

Por aquel entonces, ya salía con dos chicas. No me decidía por ninguna de las dos.

La primera era una chica sencillita y de campo, Inés. Muy apañada, amable y hacendosa.

La otra era Clara. Muy guapa y llamativa. A simple vista podías pensar que no sabría ni freír un huevo; risueña, siempre bromeando…

Nunca las había invitado a mi casa. Quedábamos en sitios neutros. Pero había que decidirse ya, no podía seguir sin elegir. Por eso pensé en presentárselas a mi madre, que justo acababa de volver del balneario y el descanso le había sentado bien.

La primera en venir de visita fue Inés. No costó convencerla. Estaba ilusionada: parecía que su sueño se iba a cumplir; era buena señal que quisiera que conociera a mi madre. Eso suele significar boda en camino.

Tienes un piso muy bonito, Pablo, muy amplio dijo Inés, echando un vistazo.

Sí, es espacioso. A mamá también le gusta mucho. Pero últimamente no se encuentra bien.

¿Ella vive aquí contigo? Pensaba que sólo estaba de visita. ¿Está delicada?

Sí.

Quiero decirte algo claro: yo no pienso cuidar de ella

Ni te lo he pedido respondí, sorprendido.

Bueno, pero… ¡es mejor vivir cada uno por su lado! Tu madre tiene su casa en el pueblo, allí estará mejor. Nosotros también.

Mamá siempre vivirá conmigo. Eso no tiene discusión.

¡Vaya! Y yo que pensaba que eras serio… Al final, otro niño de mamá. Si cambias de idea, me avisas.

Ni se quedó a tomar un té. Se fue cerrando la puerta tras de sí.

Qué cosas pensé. Ésta salió corriendo. Clara seguro que sale disparada aún más rápido. Al final me quedo sin novia…

A Clara decidí contárselo de entrada:

Sea lo que sea, mi madre siempre vivirá conmigo.

No entiendo por qué me lo dices contestó ella, sorprendida. Quiero decir, sé que tu madre estará contigo. Pero…

Si viviésemos juntos, ¿te importaría que mi madre viviera con nosotros?

Me parece bien. ¿Eso es que me estás pidiendo que me case contigo?

Sonreí.

Tal vez. Ven, que te presento a mi madre.

Ay, ¿y si no le gusto? ¿Ahora? ¿De verdad?

Te gustará, claro. No hay nada que temer.

A Clara y a mi madre les cayó bien el uno a la otra desde el primer momento. Incluso paseaban juntas por el parque, esperando a que saliera yo del trabajo. Luego nos fuimos los tres al pueblo. Sorprendentemente, Clara, que era de ciudad, se encontró muy a gusto allí. Mi madre decidió quedarse en el pueblo:

Hijo, ya me encuentro mejor. Me quedo el verano aquí.

A los seis meses hicimos la boda.

¡Ahora sí que llegaré a conocer nietos! decía mi madre, emocionada.

Y no se hizo esperar. Primero llegó nuestra hija, después el niño.

Clara y yo seguimos viviendo en Salamanca. Los niños crecieron y empezaron a prepararse para la universidad. Últimamente, también mi madre vivía con nosotros, pero en vacaciones volvíamos todos juntos al pueblo. A Elena le costaba separarse de su casita.

Clara, perdona que te lo diga así; pero quiero volver un tiempo al pueblo. ¿Vamos? me dijo un día.

Por supuesto. Esperamos a Pablo, que no tardará en llegar del trabajo.

Sí. Pero en cuanto llegue, salimos directos. Díselo, por favor. Me hace mucha falta

El pueblo estaba tranquilo como siempre, cada año con menos gente

Bueno, ya está, ya he vuelto a casa, esta vez para quedarme dijo mi madre de pronto. Vended la casa. No sacaremos mucho por ella, da pena que se estropee así…

¿Pero qué dices, madre? Volvemos a la ciudad ya mismo.

Sí, sí apoyó Clara. ¿Por qué dices eso?

Bueno, poneos a hacer el té, por favor. Me apetece mucho

Después del té, mi madre fue a su habitación a descansar un rato.

Clara y yo nos quedamos en la cocina.

¡Mamá, nos vamos ya! le avisé al rato.

No hubo respuesta.

Al entrar en la habitación, me quedé inmóvil Mamá se había ido para siempre…

La enterramos en el cementerio del pueblo.

Como si lo hubiera presentido. Quería volver y era para despedirse lloraba Clara. La quise como a una madre

Ya lo sé; hace tiempo que me di cuenta. ¿Qué haremos ahora con la casa?

Da pena venderla

Da mucha pena. Es parte de nuestra historia. Mejor dejarla así

Eso decidimos. Mejor dejar la casa familiar, para llevar algún día a los niños y quizás a los nietos

Hoy, al mirar atrás y escribir estas líneas, entiendo que lo más importante que mi madre me enseñó fue a valorar a quienes nos rodean y no olvidarse nunca de las raíces ni de quienes nos apoyan de verdad en la vida.

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MagistrUm
– La vida sigue. Se fue y punto. ¡Ni siquiera fue alguien bueno, mira qué poco decente! Criaremos al…