La verdad que apretó todos los rincones
Mientras tendía la ropa recién lavada en el patio, sobre la cuerda que cruzaba bajo el cielo extraño de un Madrid borroso, Magdalena sintió un sollozo que la llevó a mirar tras la tapia. Ahí, bajo la sombra torcida de un almendro, estaba sentada Inés, la niña de la vecina, que a pesar de sus ocho años y de ir ya en segundo de primaria, parecía pequeña y delgada, como si la edad se le hubiera encogido dentro de la ropa.
Inés, ¿otra vez te han hecho daño? Ven, entra conmigo dijo Magdalena, apartando una tablilla medio suelta de la valla con gesto de madre improvisada. Inés ya había huido a casa de los vecinos más veces que las que sus pies podían recordar.
Mamá me ha echado, me gritó: ¡Fuera! y me empujó a la calle Está adentro con tío Paco, riendo y chillando dijo la niña, secándose las lágrimas con el dorso de la mano.
Anda, ven dentro; Lucía y Gabriel están comiendo, te pongo un plato también.
Magdalena había salvado a Inés más de una vez de los brazos duros de su madre, Isabel, que descargaba sus frustraciones con la hija. Por suerte eran vecinas puerta con puerta, apenas separadas por la tapia inclinada, así que la acogía hasta que su madre se calmaba, enfriaba la rabia y la dejaba volver.
Inés sentía una punzada amarga cuando veía cómo Lucía y Gabriel eran abrazados, mimados, nunca regañados. Magdalena y su marido se trataban con cariño natural, sus hijos vivían en una paz cálida que la niña absorbía como quien huele un guiso que nunca puede probar. Quería quedarse en aquella atmósfera blanda y amorosa, con el pecho apretado como si tuviera una piedra en el corazón y la garganta cerrada por un nudo.
En casa de Inés nunca se podía nada. Su madre la hacía traer agua, limpiar el corral, arar el huerto, fregar los suelos interminablemente. Isabel la había parido sin marido, quedó para vestir santos como murmuran las abuelas. Nunca la quiso, ni desde el primer grito. Cuando la abuelamadre de Isabelaún vivía, protegía a Inés. Pero la abuela enfermó, y cuando murió, la casa se volvió más fría aún.
Después de esa muerte, Isabel se volvió a la búsqueda rabiosa de un hombre que le arreglara la vida. Limpiaba escaleras en un taller de transportes, rodeada de hombres con voces gastadas. Un día llegó un conductor nuevo, Francisco, divorciado, con un hijo por el que pasaba una pensión. Pronto Isabel invitó a Paco a vivir con ella; él aceptó feliz, techo y comida asegurados; pesaba poco la presencia de una niña silenciosa.
Que se mueva por ahí, que ayude un poco; cuando crezca más será la criada pensaba Paco.
Isabel giraba solo alrededor de Paco. Toda caricia, todo favor. Inés era regañada, encerrada en tareas, a veces un bofetón, algún grito que parecía querer romper las paredes enteras por dentro.
No me hagas caso, te meto en un internado amenazaba Isabel.
Inés, incapaz de limpiar correctamente el corral, era castigada, acabando tarde bajo el grosellero que asomaba al patio de Magdalena, donde lloraba en silencio hasta ser rescatada.
El pueblo murmuraba, los vecinos conocían la historia. Magdalena tampoco callaba, pero Isabel le respondió con chismes.
No hagáis caso a la vecina, seguro que le tiene puesto el ojo a mi Paco y por eso inventa historias de malos tratos.
Isabel y Paco celebraban fiestas, se emborrachaban, y entonces Inés huía, pasando la noche en casa de Magdalena. Solo allí encontraba amparo y consuelo.
El tiempo pasó y a Inés no le faltaron éxitos en el colegio. Cuando terminó cuarto de la ESO, quiso irse a la ciudad, a estudiar enfermería en la escuela provincial. Pero su madre fue tajante.
A trabajar se ha dicho, ya eres mayor, aquí no se mantiene más a nadie.
Inés corrió, llorando, prohibida de hacerlo en casa, hasta la casa vecina. Los hijos de Magdalena ya estudiaban fuera. Magdalena, entonces, no aguantó más y fue a encararse con Isabel.
Eres peor que el hambre, Isabel. Las madres normales lo dan todo por los hijos, y tú a la tuya solo la quieres echar de la vida. ¿No tienes un poco de vergüenza? Inés saca casi todo sobresaliente, ¿y tú la mandas a trabajar como una esclava? Un día necesitarás de ella, acordarás quién es tu hija.
¿Quién eres tú para meterte? Cuida de los tuyos y deja la mía en paz. Ya se ha acostumbrado a correr a tus faldas.
Tienes a tu Paco mandando a su hijo a la ciudad a estudiar, y tú destrozas a tu propia hija. Despierta, Isabel, despierta
Isabel gritó, después cayó sin fuerzas en el sofá.
Sí, soy dura, pero es por su bien. No quiero que acabe como yo, trayendo hijos sin saber de quién. Déjala ir, que estudie si quiere.
Así, Inés se fue a la escuela de enfermería sin dificultad. La alegría le hacía volar por los pasillos, aunque se avergonzaba de su ropa modesta, pero otras chicas de pueblo tampoco lucían vestidos caros. Volvía a casa solo en vacaciones.
No quería volver con su madre y Paco, pero al llegar, siempre corría primero a ver a Magdalena, quien la sentaba a la mesa, la interrogaba con manos suaves y una sonrisa hogareña.
Por otro lado, Isabel tenía sus propios problemas. Paco, el hombre de la casa, se había ido con una mujer joven. Isabel armaba escándalos y justo coincidió la llegada de Inés en vacaciones.
¿A qué has venido? Aquí sobras, ve a trabajar como tienes tiempo libre.
Una tarde, Paco entró recogiendo sus cosas.
¿A dónde crees que vas? gritó Isabel.
A la vida, sabes. Rita espera un hijo mío. El tuyo no te importa, pero yo no voy a abandonar lo que es mío. Si trae otro hombre, maltratará a mi niño, y no, no lo permitiré. Tu hija parece que ni la quieres, como si la hubieras recogido de la calle. El mío sabrá lo que es amor desde el primer día, sabrá tener madre y padre.
La respuesta fue como una puñalada a Isabel. Se quedó muda, sin aire, ahogada por esa verdad que le cerraba la boca y le apretaba el cuerpo por dentro. Solo pensaba en alcohol, ni lágrimas pudo sacar.
Inés escuchó todo desde la entrada, y una imagen se le cruzó: ella castigada por el mínimo ruido, echada fuera por su madre, el padrastro observando con una sonrisilla, sintiéndose el dueño de todo.
En el último curso, Inés empezó a trabajar en el hospital del pueblo, viviendo por su cuenta y manteniéndose sola. Apenas volvía a casa: Isabel ahora solo bebía, envejecida rápidamente, usando los ahorros para sobrevivir y rodeada de desconocidos. Inés, la niña apocada, se convirtió en una joven hábil, amable, respetada. Sus compañeros solían decir que estaba bien educada, halagando a la madre. Pero Inés sonreía y callaba.
Poco a poco, Isabel comenzó a llevar a casa amigos extraños, compañeros de bebida. Cuando la hija volvía, se horrorizaba al ver cómo había degenerado su madre. Isabel ya no trabajaba, arrastrándose por los días.
A Inés le quemaba el deseo de echar a todos, pintar la casa, reiniciar algo con su madre, olvidar todo lo malo; pero Isabel no quería salvarse, cada vez más honda en su propio abismo.
No lloró, refugiándose en fuerza seca.
Al acabar enfermería, Inés volvió a casa. Isabel estaba sola, la miró con desdén.
¿Y tú qué quieres? ¿Vas a quedarte mucho? Aquí no hay ni comida ni luz. Dáme dinero, que me duele la cabeza.
Se le anudó la garganta, pero aguantó sin llorar por la rabia, y solo dijo:
No estaré mucho. Me he graduado con matrícula, me marcho a trabajar al hospital de la capital. Mandaré algo de dinero de vez en cuando. Adiós, mamá.
Quizá Isabel ni entendió, solo pedía dinero para beber.
Dame dinero, que me hace falta para la cabeza ¿No te da pena tu propia madre? Menuda hija estás hecha.
Inés sacó unos billetes de euro y los dejó sobre la mesa. Esperó un instante fuera, la esperanza invisible de que su madre saldría a abrazarla, pero nada ocurrió. Se fue despacio a casa de Magdalena.
Magdalena la acogió con alegría.
¡Anda Inés, siéntate, que estamos justo para comer! su marido gesticulaba ya con el tenedor.
Mira, casi lo olvido dijo Magdalena y salió con un paquete. Esto es para ti, por todo lo que has hecho, y algo de dinero, te servirá en este comienzo.
Inés no pudo contenerse, rompió a llorar.
Tía Magdalena, ¿por qué? ¿Por qué mi madre nunca me ha querido, por qué soy como una extraña para ella?
No llores, mi niña, aquí hay poco que hacer. Tu madre es así. Naciste en el tiempo equivocado, pero eres la mejor y serás querida y feliz, verás
Así Inés marchó a la capital, trabajando de enfermera en cirugía. Allí le esperaba el destino: el joven cirujano Óscar se enamoró de ella como quien despierta en sueño. Pronto se casaron, y en la boda, a su lado, Magdalena sonreía como nadie.
Isabel presumía ante los suyos:
Mi hija me manda dinero, se acuerda de su madre. Le enseñé lo que sé, gracias a mí se hizo mujer. Solo que nunca me invita, no viene ni me ha presentado a los nietos. Ni conozco al yerno.
Tiempo después, entre un silencio perpetuo en el patio de Isabel, Magdalena la halló muerta en el suelo. Nadie sabe cuánto tiempo permaneció así. Inés y Óscar la enterraron con lo justo, vendieron la casa y, muy de vez en cuando, iban a casa de Magdalena a tomar café y a conversar sobre sueños pasados, y la extraña, apretada verdad que a veces ahoga hasta la última lágrima.







