La verdad que encogió el alma Mientras tendía la ropa recién lavada en el patio, Tatiana escuchó unos sollozos y miró por encima de la valla. Allí, sentada junto a su valla, estaba Sonia, la vecina de ocho años. Aunque ya cursaba segundo de primaria, parecía una niña de seis, menuda y frágil. —Sonia, ¿otra vez te han hecho daño? Ven a casa conmigo —Tatiana apartó una de las tablas sueltas de la valla, sabiendo que Sonia solía refugiarse en su casa con frecuencia. —Mamá me ha echado. Me ha dicho: “¡fuera de aquí!”, y me ha empujado a la calle. Ella y el tío Nicolás están pasándoselo bien —dijo la niña, secándose las lágrimas. —Venga, ven dentro. Elisa y Miguel están comiendo; te preparo algo para ti también. Tatiana había salvado a Sonia muchas veces de la mano dura de su madre, que la castigaba sin piedad. Por suerte, eran vecinas pared con pared. Tatiana acogía a Sonia hasta que su madre, Anna, se calmaba y la niña podía volver a casa sin miedo. Sonia siempre envidió a los hijos de Tatiana, Elisa y Miguel. Tía Tania y su marido los adoraban, nunca les gritaban. El ambiente en su casa era siempre cálido, los padres se trataban con cariño y se preocupaban por sus hijos. Sonia deseaba esa tranquilidad, esa piedra en el pecho que sentía se acentuaba cada vez que cruzaba el umbral de la casa vecina, donde se sentía protegida. En casa le prohibían todo. Su madre la obligaba a acarrear agua, limpiar el cobertizo, deshierbar, fregar los suelos. Anna la tuvo sola, “de soltera”, y desde el primer momento no la quiso. Por entonces vivía su abuela, quien la defendía y cuidaba. Pero cuando la abuela murió, Sonia tenía seis años y la vida cambió para peor. Anna, rodeada de amargura por estar sola, buscaba desesperadamente un marido. En la empresa donde limpiaba, apareció Nicolás, un conductor con quien pronto inició una relación. Nicolás estaba divorciado, tenía un hijo a quien pagaba manutención. Anna le ofreció vivir con ella, y él aceptó encantado. Pronto se instaló en la casa, donde la pequeña Sonia no le molestaba. —Que se mueva por ahí. Cuando crezca, será la criada —pensaba él. Anna volcó toda su atención en Nicolás, mientras Sonia era castigada y obligada a trabajar, recibiendo a veces bofetones o peores castigos. —Como no me hagas caso, te mando a un orfanato —le amenazaba Anna. Sonia, incapaz de cumplir con las tareas, se refugiaba junto a la valla de Tatiana bajo las grosellas, llorando en silencio. Tatiana la veía y se la llevaba a su casa. Así, Sonia creció tímida y sumisa. Los vecinos del pueblo criticaban a Anna por cómo trataba a su hija, sobretodo porque Tatiana no se callaba y Anna corría rumores: —No hagáis caso a mi vecina Tania, que se ha encaprichado de mi Nicolás y por eso inventa que maltrato a mi hija. Anna y Nicolás celebraban fiestas, bebían, y Sonia huía y dormía en casa de Tatiana. Tatiana entendía el dolor de Sonia y siempre la protegía. El tiempo pasó. Sonia estudió bien, terminó la secundaria y soñaba con ir a la ciudad a estudiar enfermería. Pero su madre fue tajante: —A trabajar, ya eres mayor, no vas a vivir de mí —le dijo Anna. Sonia, llorando, buscó consuelo en Tatiana, cuyos hijos ya cursaban estudios en la ciudad. Tatiana, harta, enfrentó a Anna: —Anna, no eres madre, eres cruel. Todos luchan por sus hijos y tú quieres deshacerte de la tuya. Debería haber al menos humanidad. Sonia merece estudiar, es una niña excelente. Es tu hija. Un día acabarás yendo a buscarla cuando seas mayor. —¿Quién te crees para mandar aquí? Ocúpate de los tuyos y deja a Sonia —respondió Anna. —Anna, tu Nicolás manda a su hijo a la ciudad a estudiar. ¿Y tú maltratas a la tuya? Piénsalo, ¿eres madre o qué? Anna gritó y se desmoronó en el sofá. —Sí, soy estricta, la trato mal, pero es para que no acabe como yo. Para que no me llegue con un hijo bajo el brazo. Bueno, que vaya a la ciudad y estudie —dijo, resignada. Sonia entró fácilmente en la escuela de enfermería. Era feliz, aunque su ropa la delataba como una chica sencilla de pueblo, pero nadie se burlaba. Volvía poco a casa. No quería ver a su madre ni a Nicolás, pero en vacaciones regresaba, y primero se dirigía a casa de Tatiana, que siempre la acogía con cariño. Anna tenía sus propios líos; Nicolás la abandonó por una joven. Sonia llegó en plenas discusiones. Su madre no se alegró: —¿Qué haces aquí? Solo vienes a que te mantenga. Si tienes vacaciones, ponte a trabajar. Pero Nicolás pronto apareció recogiendo sus cosas. —¿Dónde vas? —gritó Anna. —Rita está embarazada, y yo no pienso abandonar a mi hijo. Mi niño sí tendrá amor, de madre y padre. Tu hija Sonia ni conoce el cariño, parece que la has recogido de la calle. Pero mi hijo vivirá distinto —y se marchó. Aquello fulminó a Anna. No pudo ni llorar ni gritar. Era la verdad. Esa verdad que le cerró la boca y le encogió el pecho. No tuvo fuerzas ni para respirar. Sonia lo oyó todo y recordó cada golpe, cada noche en la calle. Nicolás jamás la defendió, nunca la tocó, pero era espectador y dueño de la casa. En el último año, Sonia consiguió trabajo en el hospital y se mantuvo sola. No regresó a casa. Anna, sumida en el alcohol, apenas podía comer. De aquella niña tímida, Sonia pasó a ser una joven guapa y trabajadora, querida por sus pacientes. Decían que estaba bien educada, que su madre la había criado bien. Pero Sonia solo sonreía. —¿Educación? Todo se lo debo a tía Tania. Mi madre, nada. Anna traía borrachos a casa; aunque Sonia venía poco, cada vez se horrorizaba. Anna había perdido el trabajo. Sonia deseaba echar a todos, reformar la casa, intentar reconciliarse. Pero su madre solo caía más bajo. Se contuvo: no lloró por la ofensa Al acabar la escuela de enfermería, Sonia volvió a casa. Anna estaba sola y la miró con desprecio. —¿Vas a estar mucho tiempo aquí? No hay nada para comer, ni nevera hay. Dame dinero, me duele la cabeza. Sonia contuvo las lágrimas y respondió: —No me quedaré, tranquila… Me gradué con honores y me voy a trabajar a la capital, al hospital provincial. No podré venir mucho, pero te mandaré algo de dinero. Así que adiós, mamá. Anna ni escuchó, solo pensaba en conseguir algo para beber y exigía dinero. —Dame dinero, tengo que arreglarme la cabeza. ¿No te da pena tu madre? ¿De qué vas? Sonia dejó unos billetes sobre la mesa, cerró la puerta en silencio y esperó, confiando en que su madre saldría y la abrazaría. No ocurrió. Caminó despacio a casa de los vecinos. Tatiana la recibió encantada, la sentó a la mesa. —Ven, Sonia. Estamos a punto de comer —su marido ya la esperaba también. —¡Ay, se me olvidaba! —le entregó una bolsa— Un regalo por tu graduación con matrícula de honor, y algo de dinero para empezar. Sonia agradeció y rompió a llorar. —Tía Tania, ¿por qué? ¿Por qué mi madre me trata así, como si fuera ajena? —No llores, Sonia —la abrazó—, no llores más. Ya no puedes cambiarlo… Anna es así. Quizá naciste en el momento equivocado. Pero eres inteligente y bonita, y mereces ser querida y feliz. Sonia se fue a la ciudad, trabajó de enfermera en cirugía y allí conoció al joven médico Óscar, que se enamoró de ella enseguida. Pronto se casaron. En la boda, junto a Sonia estaba Tatiana, feliz por ella, no Anna. Anna alardeaba de que su hija le mandaba dinero y agradecía su crianza. —Yo la he criado así de bien, por eso me envía dinero y está agradecida. La eduqué yo. Pero no me invita a la boda, no viene y ni conozco los nietos ni al yerno. Tiempo después, Tatiana halló a Anna muerta en casa. Nadie sabía cuánto tiempo llevaba allí. Sonia y su marido le dieron sepultura y vendieron la casa. Solo de vez en cuando iban a visitar a Tatiana y su esposo.

La verdad que apretó todos los rincones

Mientras tendía la ropa recién lavada en el patio, sobre la cuerda que cruzaba bajo el cielo extraño de un Madrid borroso, Magdalena sintió un sollozo que la llevó a mirar tras la tapia. Ahí, bajo la sombra torcida de un almendro, estaba sentada Inés, la niña de la vecina, que a pesar de sus ocho años y de ir ya en segundo de primaria, parecía pequeña y delgada, como si la edad se le hubiera encogido dentro de la ropa.

Inés, ¿otra vez te han hecho daño? Ven, entra conmigo dijo Magdalena, apartando una tablilla medio suelta de la valla con gesto de madre improvisada. Inés ya había huido a casa de los vecinos más veces que las que sus pies podían recordar.

Mamá me ha echado, me gritó: ¡Fuera! y me empujó a la calle Está adentro con tío Paco, riendo y chillando dijo la niña, secándose las lágrimas con el dorso de la mano.

Anda, ven dentro; Lucía y Gabriel están comiendo, te pongo un plato también.

Magdalena había salvado a Inés más de una vez de los brazos duros de su madre, Isabel, que descargaba sus frustraciones con la hija. Por suerte eran vecinas puerta con puerta, apenas separadas por la tapia inclinada, así que la acogía hasta que su madre se calmaba, enfriaba la rabia y la dejaba volver.

Inés sentía una punzada amarga cuando veía cómo Lucía y Gabriel eran abrazados, mimados, nunca regañados. Magdalena y su marido se trataban con cariño natural, sus hijos vivían en una paz cálida que la niña absorbía como quien huele un guiso que nunca puede probar. Quería quedarse en aquella atmósfera blanda y amorosa, con el pecho apretado como si tuviera una piedra en el corazón y la garganta cerrada por un nudo.

En casa de Inés nunca se podía nada. Su madre la hacía traer agua, limpiar el corral, arar el huerto, fregar los suelos interminablemente. Isabel la había parido sin marido, quedó para vestir santos como murmuran las abuelas. Nunca la quiso, ni desde el primer grito. Cuando la abuelamadre de Isabelaún vivía, protegía a Inés. Pero la abuela enfermó, y cuando murió, la casa se volvió más fría aún.

Después de esa muerte, Isabel se volvió a la búsqueda rabiosa de un hombre que le arreglara la vida. Limpiaba escaleras en un taller de transportes, rodeada de hombres con voces gastadas. Un día llegó un conductor nuevo, Francisco, divorciado, con un hijo por el que pasaba una pensión. Pronto Isabel invitó a Paco a vivir con ella; él aceptó feliz, techo y comida asegurados; pesaba poco la presencia de una niña silenciosa.

Que se mueva por ahí, que ayude un poco; cuando crezca más será la criada pensaba Paco.

Isabel giraba solo alrededor de Paco. Toda caricia, todo favor. Inés era regañada, encerrada en tareas, a veces un bofetón, algún grito que parecía querer romper las paredes enteras por dentro.

No me hagas caso, te meto en un internado amenazaba Isabel.

Inés, incapaz de limpiar correctamente el corral, era castigada, acabando tarde bajo el grosellero que asomaba al patio de Magdalena, donde lloraba en silencio hasta ser rescatada.

El pueblo murmuraba, los vecinos conocían la historia. Magdalena tampoco callaba, pero Isabel le respondió con chismes.

No hagáis caso a la vecina, seguro que le tiene puesto el ojo a mi Paco y por eso inventa historias de malos tratos.

Isabel y Paco celebraban fiestas, se emborrachaban, y entonces Inés huía, pasando la noche en casa de Magdalena. Solo allí encontraba amparo y consuelo.

El tiempo pasó y a Inés no le faltaron éxitos en el colegio. Cuando terminó cuarto de la ESO, quiso irse a la ciudad, a estudiar enfermería en la escuela provincial. Pero su madre fue tajante.

A trabajar se ha dicho, ya eres mayor, aquí no se mantiene más a nadie.

Inés corrió, llorando, prohibida de hacerlo en casa, hasta la casa vecina. Los hijos de Magdalena ya estudiaban fuera. Magdalena, entonces, no aguantó más y fue a encararse con Isabel.

Eres peor que el hambre, Isabel. Las madres normales lo dan todo por los hijos, y tú a la tuya solo la quieres echar de la vida. ¿No tienes un poco de vergüenza? Inés saca casi todo sobresaliente, ¿y tú la mandas a trabajar como una esclava? Un día necesitarás de ella, acordarás quién es tu hija.

¿Quién eres tú para meterte? Cuida de los tuyos y deja la mía en paz. Ya se ha acostumbrado a correr a tus faldas.

Tienes a tu Paco mandando a su hijo a la ciudad a estudiar, y tú destrozas a tu propia hija. Despierta, Isabel, despierta

Isabel gritó, después cayó sin fuerzas en el sofá.

Sí, soy dura, pero es por su bien. No quiero que acabe como yo, trayendo hijos sin saber de quién. Déjala ir, que estudie si quiere.

Así, Inés se fue a la escuela de enfermería sin dificultad. La alegría le hacía volar por los pasillos, aunque se avergonzaba de su ropa modesta, pero otras chicas de pueblo tampoco lucían vestidos caros. Volvía a casa solo en vacaciones.

No quería volver con su madre y Paco, pero al llegar, siempre corría primero a ver a Magdalena, quien la sentaba a la mesa, la interrogaba con manos suaves y una sonrisa hogareña.

Por otro lado, Isabel tenía sus propios problemas. Paco, el hombre de la casa, se había ido con una mujer joven. Isabel armaba escándalos y justo coincidió la llegada de Inés en vacaciones.

¿A qué has venido? Aquí sobras, ve a trabajar como tienes tiempo libre.

Una tarde, Paco entró recogiendo sus cosas.

¿A dónde crees que vas? gritó Isabel.

A la vida, sabes. Rita espera un hijo mío. El tuyo no te importa, pero yo no voy a abandonar lo que es mío. Si trae otro hombre, maltratará a mi niño, y no, no lo permitiré. Tu hija parece que ni la quieres, como si la hubieras recogido de la calle. El mío sabrá lo que es amor desde el primer día, sabrá tener madre y padre.

La respuesta fue como una puñalada a Isabel. Se quedó muda, sin aire, ahogada por esa verdad que le cerraba la boca y le apretaba el cuerpo por dentro. Solo pensaba en alcohol, ni lágrimas pudo sacar.

Inés escuchó todo desde la entrada, y una imagen se le cruzó: ella castigada por el mínimo ruido, echada fuera por su madre, el padrastro observando con una sonrisilla, sintiéndose el dueño de todo.

En el último curso, Inés empezó a trabajar en el hospital del pueblo, viviendo por su cuenta y manteniéndose sola. Apenas volvía a casa: Isabel ahora solo bebía, envejecida rápidamente, usando los ahorros para sobrevivir y rodeada de desconocidos. Inés, la niña apocada, se convirtió en una joven hábil, amable, respetada. Sus compañeros solían decir que estaba bien educada, halagando a la madre. Pero Inés sonreía y callaba.

Poco a poco, Isabel comenzó a llevar a casa amigos extraños, compañeros de bebida. Cuando la hija volvía, se horrorizaba al ver cómo había degenerado su madre. Isabel ya no trabajaba, arrastrándose por los días.

A Inés le quemaba el deseo de echar a todos, pintar la casa, reiniciar algo con su madre, olvidar todo lo malo; pero Isabel no quería salvarse, cada vez más honda en su propio abismo.

No lloró, refugiándose en fuerza seca.

Al acabar enfermería, Inés volvió a casa. Isabel estaba sola, la miró con desdén.

¿Y tú qué quieres? ¿Vas a quedarte mucho? Aquí no hay ni comida ni luz. Dáme dinero, que me duele la cabeza.

Se le anudó la garganta, pero aguantó sin llorar por la rabia, y solo dijo:

No estaré mucho. Me he graduado con matrícula, me marcho a trabajar al hospital de la capital. Mandaré algo de dinero de vez en cuando. Adiós, mamá.

Quizá Isabel ni entendió, solo pedía dinero para beber.

Dame dinero, que me hace falta para la cabeza ¿No te da pena tu propia madre? Menuda hija estás hecha.

Inés sacó unos billetes de euro y los dejó sobre la mesa. Esperó un instante fuera, la esperanza invisible de que su madre saldría a abrazarla, pero nada ocurrió. Se fue despacio a casa de Magdalena.

Magdalena la acogió con alegría.

¡Anda Inés, siéntate, que estamos justo para comer! su marido gesticulaba ya con el tenedor.

Mira, casi lo olvido dijo Magdalena y salió con un paquete. Esto es para ti, por todo lo que has hecho, y algo de dinero, te servirá en este comienzo.

Inés no pudo contenerse, rompió a llorar.

Tía Magdalena, ¿por qué? ¿Por qué mi madre nunca me ha querido, por qué soy como una extraña para ella?

No llores, mi niña, aquí hay poco que hacer. Tu madre es así. Naciste en el tiempo equivocado, pero eres la mejor y serás querida y feliz, verás

Así Inés marchó a la capital, trabajando de enfermera en cirugía. Allí le esperaba el destino: el joven cirujano Óscar se enamoró de ella como quien despierta en sueño. Pronto se casaron, y en la boda, a su lado, Magdalena sonreía como nadie.

Isabel presumía ante los suyos:

Mi hija me manda dinero, se acuerda de su madre. Le enseñé lo que sé, gracias a mí se hizo mujer. Solo que nunca me invita, no viene ni me ha presentado a los nietos. Ni conozco al yerno.

Tiempo después, entre un silencio perpetuo en el patio de Isabel, Magdalena la halló muerta en el suelo. Nadie sabe cuánto tiempo permaneció así. Inés y Óscar la enterraron con lo justo, vendieron la casa y, muy de vez en cuando, iban a casa de Magdalena a tomar café y a conversar sobre sueños pasados, y la extraña, apretada verdad que a veces ahoga hasta la última lágrima.

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MagistrUm
La verdad que encogió el alma Mientras tendía la ropa recién lavada en el patio, Tatiana escuchó unos sollozos y miró por encima de la valla. Allí, sentada junto a su valla, estaba Sonia, la vecina de ocho años. Aunque ya cursaba segundo de primaria, parecía una niña de seis, menuda y frágil. —Sonia, ¿otra vez te han hecho daño? Ven a casa conmigo —Tatiana apartó una de las tablas sueltas de la valla, sabiendo que Sonia solía refugiarse en su casa con frecuencia. —Mamá me ha echado. Me ha dicho: “¡fuera de aquí!”, y me ha empujado a la calle. Ella y el tío Nicolás están pasándoselo bien —dijo la niña, secándose las lágrimas. —Venga, ven dentro. Elisa y Miguel están comiendo; te preparo algo para ti también. Tatiana había salvado a Sonia muchas veces de la mano dura de su madre, que la castigaba sin piedad. Por suerte, eran vecinas pared con pared. Tatiana acogía a Sonia hasta que su madre, Anna, se calmaba y la niña podía volver a casa sin miedo. Sonia siempre envidió a los hijos de Tatiana, Elisa y Miguel. Tía Tania y su marido los adoraban, nunca les gritaban. El ambiente en su casa era siempre cálido, los padres se trataban con cariño y se preocupaban por sus hijos. Sonia deseaba esa tranquilidad, esa piedra en el pecho que sentía se acentuaba cada vez que cruzaba el umbral de la casa vecina, donde se sentía protegida. En casa le prohibían todo. Su madre la obligaba a acarrear agua, limpiar el cobertizo, deshierbar, fregar los suelos. Anna la tuvo sola, “de soltera”, y desde el primer momento no la quiso. Por entonces vivía su abuela, quien la defendía y cuidaba. Pero cuando la abuela murió, Sonia tenía seis años y la vida cambió para peor. Anna, rodeada de amargura por estar sola, buscaba desesperadamente un marido. En la empresa donde limpiaba, apareció Nicolás, un conductor con quien pronto inició una relación. Nicolás estaba divorciado, tenía un hijo a quien pagaba manutención. Anna le ofreció vivir con ella, y él aceptó encantado. Pronto se instaló en la casa, donde la pequeña Sonia no le molestaba. —Que se mueva por ahí. Cuando crezca, será la criada —pensaba él. Anna volcó toda su atención en Nicolás, mientras Sonia era castigada y obligada a trabajar, recibiendo a veces bofetones o peores castigos. —Como no me hagas caso, te mando a un orfanato —le amenazaba Anna. Sonia, incapaz de cumplir con las tareas, se refugiaba junto a la valla de Tatiana bajo las grosellas, llorando en silencio. Tatiana la veía y se la llevaba a su casa. Así, Sonia creció tímida y sumisa. Los vecinos del pueblo criticaban a Anna por cómo trataba a su hija, sobretodo porque Tatiana no se callaba y Anna corría rumores: —No hagáis caso a mi vecina Tania, que se ha encaprichado de mi Nicolás y por eso inventa que maltrato a mi hija. Anna y Nicolás celebraban fiestas, bebían, y Sonia huía y dormía en casa de Tatiana. Tatiana entendía el dolor de Sonia y siempre la protegía. El tiempo pasó. Sonia estudió bien, terminó la secundaria y soñaba con ir a la ciudad a estudiar enfermería. Pero su madre fue tajante: —A trabajar, ya eres mayor, no vas a vivir de mí —le dijo Anna. Sonia, llorando, buscó consuelo en Tatiana, cuyos hijos ya cursaban estudios en la ciudad. Tatiana, harta, enfrentó a Anna: —Anna, no eres madre, eres cruel. Todos luchan por sus hijos y tú quieres deshacerte de la tuya. Debería haber al menos humanidad. Sonia merece estudiar, es una niña excelente. Es tu hija. Un día acabarás yendo a buscarla cuando seas mayor. —¿Quién te crees para mandar aquí? Ocúpate de los tuyos y deja a Sonia —respondió Anna. —Anna, tu Nicolás manda a su hijo a la ciudad a estudiar. ¿Y tú maltratas a la tuya? Piénsalo, ¿eres madre o qué? Anna gritó y se desmoronó en el sofá. —Sí, soy estricta, la trato mal, pero es para que no acabe como yo. Para que no me llegue con un hijo bajo el brazo. Bueno, que vaya a la ciudad y estudie —dijo, resignada. Sonia entró fácilmente en la escuela de enfermería. Era feliz, aunque su ropa la delataba como una chica sencilla de pueblo, pero nadie se burlaba. Volvía poco a casa. No quería ver a su madre ni a Nicolás, pero en vacaciones regresaba, y primero se dirigía a casa de Tatiana, que siempre la acogía con cariño. Anna tenía sus propios líos; Nicolás la abandonó por una joven. Sonia llegó en plenas discusiones. Su madre no se alegró: —¿Qué haces aquí? Solo vienes a que te mantenga. Si tienes vacaciones, ponte a trabajar. Pero Nicolás pronto apareció recogiendo sus cosas. —¿Dónde vas? —gritó Anna. —Rita está embarazada, y yo no pienso abandonar a mi hijo. Mi niño sí tendrá amor, de madre y padre. Tu hija Sonia ni conoce el cariño, parece que la has recogido de la calle. Pero mi hijo vivirá distinto —y se marchó. Aquello fulminó a Anna. No pudo ni llorar ni gritar. Era la verdad. Esa verdad que le cerró la boca y le encogió el pecho. No tuvo fuerzas ni para respirar. Sonia lo oyó todo y recordó cada golpe, cada noche en la calle. Nicolás jamás la defendió, nunca la tocó, pero era espectador y dueño de la casa. En el último año, Sonia consiguió trabajo en el hospital y se mantuvo sola. No regresó a casa. Anna, sumida en el alcohol, apenas podía comer. De aquella niña tímida, Sonia pasó a ser una joven guapa y trabajadora, querida por sus pacientes. Decían que estaba bien educada, que su madre la había criado bien. Pero Sonia solo sonreía. —¿Educación? Todo se lo debo a tía Tania. Mi madre, nada. Anna traía borrachos a casa; aunque Sonia venía poco, cada vez se horrorizaba. Anna había perdido el trabajo. Sonia deseaba echar a todos, reformar la casa, intentar reconciliarse. Pero su madre solo caía más bajo. Se contuvo: no lloró por la ofensa Al acabar la escuela de enfermería, Sonia volvió a casa. Anna estaba sola y la miró con desprecio. —¿Vas a estar mucho tiempo aquí? No hay nada para comer, ni nevera hay. Dame dinero, me duele la cabeza. Sonia contuvo las lágrimas y respondió: —No me quedaré, tranquila… Me gradué con honores y me voy a trabajar a la capital, al hospital provincial. No podré venir mucho, pero te mandaré algo de dinero. Así que adiós, mamá. Anna ni escuchó, solo pensaba en conseguir algo para beber y exigía dinero. —Dame dinero, tengo que arreglarme la cabeza. ¿No te da pena tu madre? ¿De qué vas? Sonia dejó unos billetes sobre la mesa, cerró la puerta en silencio y esperó, confiando en que su madre saldría y la abrazaría. No ocurrió. Caminó despacio a casa de los vecinos. Tatiana la recibió encantada, la sentó a la mesa. —Ven, Sonia. Estamos a punto de comer —su marido ya la esperaba también. —¡Ay, se me olvidaba! —le entregó una bolsa— Un regalo por tu graduación con matrícula de honor, y algo de dinero para empezar. Sonia agradeció y rompió a llorar. —Tía Tania, ¿por qué? ¿Por qué mi madre me trata así, como si fuera ajena? —No llores, Sonia —la abrazó—, no llores más. Ya no puedes cambiarlo… Anna es así. Quizá naciste en el momento equivocado. Pero eres inteligente y bonita, y mereces ser querida y feliz. Sonia se fue a la ciudad, trabajó de enfermera en cirugía y allí conoció al joven médico Óscar, que se enamoró de ella enseguida. Pronto se casaron. En la boda, junto a Sonia estaba Tatiana, feliz por ella, no Anna. Anna alardeaba de que su hija le mandaba dinero y agradecía su crianza. —Yo la he criado así de bien, por eso me envía dinero y está agradecida. La eduqué yo. Pero no me invita a la boda, no viene y ni conozco los nietos ni al yerno. Tiempo después, Tatiana halló a Anna muerta en casa. Nadie sabía cuánto tiempo llevaba allí. Sonia y su marido le dieron sepultura y vendieron la casa. Solo de vez en cuando iban a visitar a Tatiana y su esposo.