Mira, te tengo que contar algo que me tocó bastante el corazón, lo he estado pensando todo el día. Verás, estaba Rocío tendiendo la ropa limpia en su patio, cuando de pronto escuchó unos sollozos que venían de detrás de la tapia. Se asomó y ahí, hecha un ovillo junto al muro, estaba Lucía, la niña de los vecinos. Lucía, aunque ya cursaba segundo de primaria y tenía ocho años, parecía mucho más pequeña, delgadita y frágil, como si no hubiera cumplido ni seis.
Lucía, ¿otra vez te han hecho llorar? Anda, vente conmigo le dijo Rocío, apartando una tablilla suelta de la valla. Lucía ya venía casi siempre a refugiarse en su casa.
Mi madre me ha echado, ha gritado “¡fuera de aquí!” y me ha tirado a la calle. Está con el tío Paco de risas contestaba la niña, limpiándose las lágrimas.
Venga, entra en casa, que María y Diego están comiendo, te pongo un plato.
Rocío no era la primera vez que rescataba a Lucía de los gritos y mano dura de su madre, Carmen. Gracias a que vivían justo al lado, ella podía acogerla, y no la devolvía hasta que Carmen se calmaba.
Lucía sentía una envidia dolorosa de los hijos de Rocío, de María y Diego. La tía Rocío y su marido querían a sus hijos con locura, no se escuchaban gritos, todo era cariño y paciencia, y el clima en su casa era cálido y acogedor. Lucía se sentía extraña por querer tanto estar ahí, pero era el único sitio donde sentía paz, y a veces la tristeza le apretaba el pecho como una piedra.
En su casa, Lucía no podía hacer nada. Carmen la obligaba a ir a por agua, fregar los suelos, limpiar el corral y arrancar hierbas del huerto. Carmen, madre soltera, nunca llegó a querer de verdad a su hija. Al principio, cuando todavía vivía la abuela, la madre de Carmen, la vida era mejor. La abuela cuidaba de Lucía, protegía a su nieta, y Carmen apenas se fijaba en ella. Pero cuando abuela falleció, justo cuando Lucía cumplió seis, todo se torció. Carmen, amargada por estar sola y pensando que todas las demás tenían marido menos ella, se pasaba la vida buscando quien la acompañase. Trabajaba limpiando en una empresa de autobuses y, como allí había más hombres que mujeres, pronto apareció uno nuevo: Paco, conductor, divorciado y con un hijo al que le pasaba pensión.
Carmen le propuso que viviera con ella, y Paco, encantado, se quedó. Pronto se acostumbró a la vida cómoda en la casa de Carmen, y Lucía apenas le incomodaba: Que ande por ahí, cuando crezca ya hará faena, pensaba Paco.
Carmen volcaba en Paco todo el mimo, y a Lucía, solo riñas, tareas y algún que otro guantazo o peor. Si no haces caso, te pongo en un hogar de menores, amenazaba Carmen.
Lucía, débil, apenas podía con los trabajos del corral. Muchas veces se iba bajo el arbusto de grosellas del muro que daba al patio de Rocío y se ponía a llorar en silencio. Si Rocío la veía, se la llevaba a casa sin decir palabra.
La gente del barrio, la mayoría conocidos, hablaban mal de Carmen, le reprochaban cómo trataba a su hija. Rocío tampoco se callaba. Carmen, para salir del paso, empezó a soltar rumores:
No hagáis caso a mi vecina Rocío, está detrás de mi Paco, por eso inventa que maltrato a la niña.
Carmen y Paco celebraban cualquier fiesta con vino, y cuando se liaba la cosa, Lucía huía y se quedaba a dormir en casa de Rocío. Rocío entendía mejor que nadie el dolor de la niña, y la quería proteger.
Lucía fue creciendo, era buena estudiante, y acabó la ESO con buenas notas. Soñaba con ir a la ciudad a estudiar auxiliar de enfermería. Pero Carmen, dura como siempre, dijo:
Te tienes que poner a trabajar, que ya eres mayor, Lucía se ahogó en llanto, y salió corriendo, todavía le quedaba prohibido llorar en casa.
Un poco más serena, fue a ver a Rocío y se lo contó. Los hijos de Rocío ya estaban estudiando en la ciudad. Rocío esta vez no pudo resistirse, fue a buscar a Carmen.
Carmen, eres todo menos madre. Las demás solo piensan en el bien de sus hijos y tú te empeñas en hundir a la tuya. No tienes corazón, ni pizca de responsabilidad, solo te importa tener a alguien cerca y tu hija te molesta. ¿Dónde va a trabajar Lucía? Si se ha sacado todo con buena nota, lo que merece es estudiar. Es tu hija, cuando seas vieja verás que la necesitas
¿Y tú qué te metes? Ocúpate de los tuyos y deja de enredar con Lucía. Está acostumbrada a ir corriendo a tu casa a quejarse.
Carmen, reacciona. Mira Paco cómo se preocupó por que su hijo estudiara en la ciudad, aunque ni vive con él. Tú, en cambio, ¿qué haces con tu hija?
Carmen gritó, chilló… pero al final se dejó caer en el sofá, agotada.
Sí, soy dura. Y la trato mal, pero es por su bien, para que no acabe como yo. Que no traiga al mundo un niño sin querer. Que estudie si tanto le empeña, que se vaya y vea, cedió por fin.
Lucía entró en auxiliar de enfermería sin dificultad. Estaba contentísima, aunque se sentía algo incómoda porque iba más mal vestida que sus compañeras. Aun así, nadie la miraba mal, había otras chicas de pueblo igual de humildes. Ya no volvía a casa casi nunca.
Cuando tenía que regresar, lo primero que hacía era pasar a casa de Rocío, que la sentaba a la mesa y la recibía con cariño. Rocío y su marido siempre la trataban como una hija más.
Carmen, por su lado, cada vez lo tenía peor. Paco empezó a salir con otra chica joven. Carmen estaba cada vez más alterada, especialmente en una visita de Lucía durante las vacaciones. Ni siquiera le alegró verla:
¿Ya estás aquí otra vez? No tengo tiempo, ni comida. Ponte a buscar faena, no vengas a pillar sitio dos meses.
Un día, Paco llegó recogiendo sus cosas. Carmen trató de pararle, gritaba:
¿Dónde vas? ¡Yo no te dejo ir!
Paco la miró con desprecio:
Rita espera mi hijo, y a mi hijo no lo abandono. El tuyo no te importa, pero yo no dejaré al mío. No quiero que después Rita traiga a casa a cualquier otro y trate mal a mi niño. Mi hijo tiene derecho a conocer cariño de padre y madre, a crecer en amor y cuidado. Tu Lucía parece recogida de la calle, nunca le has dado respeto y cariño. Yo sí quiero cuidar al mío, desde el primer día.
Cogió sus cosas y se fue. Carmen quedó paralizada, no podía gritar, ni pedir perdón. Paco le había dicho en la cara la verdad más dolorosa, esa verdad que, de repente, le dejó todo apretado por dentro, sin fuerzas ni de llorar.
Lucía había escuchado todo. No se acercó a consolar a su madre. Recordó las veces que por hacer ruido cuando Paco dormía, recibía palizas y era echada a la calle. Paco, nunca la defendió, y solo se limitaba a mirar, sintiéndose dueño de la casa.
En el último año, Lucía encontró trabajo en el hospital, como auxiliar, y se mantenía por sí sola. Ya no volvía a la casa, Carmen había caído en la bebida, y apenas tenía para comer. De aquella niña apocada salió una muchacha elegante y trabajadora, amable con los pacientes. Se ganó mucho respeto, y hasta le atribuían buena educación y el mérito a su madre. Pero Lucía solo sonreía por fuera.
¿Qué educación?, se decía. Todo lo que soy es gracias a la tía Rocío: por defenderme, por cuidarme, por enseñarme lo que es la bondad y ayudar a los demás, y por descubrirme mi pasión.
Carmen cada vez traía más gente extraña y borrachines a casa. Lucía, aunque apenas iba, cada vez que lo hacía se quedaba de piedra. Carmen hacía años que había sido despedida. Lucía ni sabía qué decir, sabía que cualquier intento de arreglarlo sería inútil. Solo quería echar fuera a todos esos amigos, remodelar la casa y comenzar de cero con su madre, olvidar todos los rencores. Pero Carmen no quería, y cada vez se hundía más.
Lucía contuvo las lágrimas de rabia
Cuando acabó la formación, Lucía regresó a la casa. Carmen estaba sola, y la miró con desprecio:
¿A qué vienes otra vez? ¿Te vas a quedar mucho? No tengo nada para comer, el frigorífico ni funciona. Dame dinero, que me duele la cabeza.
Lucía tuvo que hacer de tripas corazón y no llorar:
No, no me quedo, tranquila Me he sacado el título con nota y me voy a trabajar al hospital de la provincia. No podré venir seguido, pero te enviaré algo de dinero. Hasta luego, mamá.
No creo que a Carmen le llegara a importar lo que dijo su hija; solo pensaba en conseguir algo para beber, le pedía dinero a Lucía.
Dame dinero, que tengo que estar bien de la cabeza. ¿No te da pena tu madre? Vaya hija que tengo
Lucía sacó unos billetes de euros del bolsillo, los dejó sobre la mesa y salió, esperando que quizá su madre la llamara, la abrazara, pero nada. Se quedó parada en la puerta unos segundos, pero al ver que nadie la seguía, se fue a casa de Rocío.
Rocío la recibió contenta. La sentó con ellos a comer.
Vamos Lucía, siéntate con nosotros, justo íbamos a empezar la comida y su marido ya estaba en la mesa.
Ay, casi se me olvida le dijo, trayendo una bolsa. Aquí tienes un regalo por acabar tus estudios con nota, además he metido algo de dinero. Te irá bien para el principio.
Lucía no pudo contenerse, le dio las gracias y rompió a llorar.
Tía Rocío, ¿por qué me hace esto mi madre? ¿Por qué me trata como si no fuera suya?
No llores, Lucía, no llores cielo ya no se puede cambiar a Carmen. Quizá llegaste a su vida en mal momento Pero eres un sol, inteligente y preciosa, y estoy segura que serás muy feliz y amada.
Lucía se mudó a la capital de la provincia, empezó a trabajar en el hospital, en el área de cirugía como auxiliar. Allí conoció a su destino, Juan, el joven cirujano, que se enamoró nada más verla. Pronto, celebraron boda. Y en vez de su madre, fue Rocío quien se sentó a su lado, orgullosa.
Carmen recibía dinero de Lucía y presumía entre sus amigos:
Mira cómo he criado a mi hija, ahora me manda dinero y está agradecida. Yo la eduqué y la hice sacar adelante, solo que la boda no me ha invitado, no la veo, ni conozco a los nietos, ni al yerno.
Poco después, Rocío encontró a Carmen muerta en el suelo de su casa. Nadie supo cuánto tiempo llevaba allí. Rocío se preocupó porque el patio llevaba días en silencio. Lucía y su marido le hicieron el entierro, y vendieron la casa poco después. De vez en cuando, seguían visitando a Rocío y su familia.





