En cada patio de Madrid hay alguna vecina que grita por la ventana cuando alguien fuma al filo del balcón, quejándose de que el humo le apesta en el apartamento. Hay quien persigue a los adolescentes en la terraza a las diez de la noche para que no molesten el sueño y escribe denuncias al presidente de la comunidad por la basura que no recogen. Si no conoces a esa vecina, es porque eres tú. En realidad, soy yo: la vecina enfadada.
No soporto a los vecinos que tienen perros. Sus canes dejan excrementos entre mis geranios y peonías, y lo peor es la gente que alimenta a los perros callejeros: además de los desechos, enterran huesos bajo las flores y a veces ladran a deshoras, haciendo que pase una semana entera con la sensación de que algo está a punto de pasar, o empiezan a aullar cuando llega la primavera.
Tampoco aguanto a los vecinos con gatos, porque sus apartamentos huelen a caja de arena. Y si sus felinos deambulan por el patio, la cosa es insoportable. Una vez, la enorme gata de la casa de al lado se coló en mi balcón y casi me hace pasar un infarto cuando salí a regañar a los niños que jugaban allí.
¡Exacto! También detesto a los niños pequeños. No entiendo cómo pueden gustar tanto, ni qué se puede hacer con ellos. Me aterran por su fragilidad y su incontrolable energía. Hace tiempo, mi tía me pidió que cuidara a su sobrino de cinco años. En media hora, ese chiquillo me devoró la cabeza con una cuchara de té. Primero jugó con su camión de juguete; cinco minutos después su madre salió del portal. Luego quiso comer, pero no la sopa de fideos con albóndigas que tenía, sino que la derramó por toda la mesa mientras yo leía. Cuando me giré, encontró mi estuche de maquillaje y, sin pensarlo, se probó mi labial rojo de Chanel. Por suerte, no se escuchó durante quince minutos. Después, el pequeño se metió en la cocina, dejó huellas grasientas de sus dedos en las paredes y, al anochecer, empezó a vomitar por culpa del exceso de fritura. Le di carbón activado, la cosa mejoró y entregué al niño a su madre, que estaba claramente preocupada.
Mi carácter conflictivo nació cuando, hace quince años, una anciana del portal me miró con una expresión que decía ¡Esta mujer es una mercadería!. No tardé en vengarme metiéndole en su buzón toda la publicidad gratuita que encontraba tirada en los buzones sin seguro: folletos de ventanas y puertas, catálogos de remedios milagrosos, anuncios de pulseras magnéticas para la hipertensión. Llené su buzón durante un mes, y cada vez que buscaba la factura de la luz, se topaba con un montón de papel. Además, robaba su factura y la imprimía con un cero más, para que estuviera más alta. La anciana se quejaba en la empresa eléctrica, pero yo ya había ganado la partida.
Mi ambición se disparó cuando, tras una pelea por un pedazo de mi jardín bajo la ventana, descubrí que lo mejor era plantar geranios. Ni los galanes (hombres que se pasean por el patio intentando seducir a sus acompañantes) ni los vagos (que huelen a cerveza) se atreven a pisar esas flores, pues el aroma les desanima a acercarse.
Una mañana de primavera, al levantarme, encontré un coche estacionado sobre mis geranios. Las ruedas delanteras rozaban la acera blanqueada y el robusto parachoques se cernía amenazante sobre los rojos capullos. ¿De quién es esa carroza? pregunté con desdén a mi vecina, Doña Lola, a quien llamaba espía del patio.
Doña Lola, que se sienta en la baranda cada día tras regresar del mercado con la comida de sus cinco gatitos, respondió que provenía del quinto piso, aunque nadie en el edificio parecía un bandido. El hijo de la puerta 43 se ha llevado a la niña María, la han llevado a su casa porque está débil y le cuesta respirar, añadió, con los ojos brillando de preocupación. Después de una larga lista de dolencias, descubrimos que el apartamento del quinto piso estaba ocupado por el nieto de Doña Lola, que estaba reformando.
Al oír el rugido del motor, corrí al ascensor para indicar al bandido dónde debía aparcar, pero al tocar el timbre nadie salió. El coche seguía allí, y la puerta del piso permanecía cerrada. Golpeé la fría puerta de piel de laudano, pensando que tal vez no escuchaba el timbre, pero nada. Entonces dejé una nota en el interfono: Estimado desconocido, retire su coche de mis geranios o responderé por los daños.
Pasó un día y el Rangero seguía allí, amenazando mis flores. Salí a la calle y pregunté a Doña Lola si había visto al bandido del piso 43. «No ha venido, pero llegó en otro coche y se quedó unos momentos», me contestó. ¿Entonces él conduce otro vehículo y este solo está estorbando mis plantas? protesté. Doña Lola sugirió que llamara al número que había dejado el hombre en caso de emergencia. Acepté, aunque sospechaba que era el jefe.
Al teléfono, una voz grave respondió: «¿Qué quieres?». Le pregunté si había recibido la nota. «Sí». Le exigí que moviera el coche. «¿Y cuál es la palabra mágica?», respondió con sorna. Le dije que era la última vez que le pedía que evacuara mi jardín. El hombre, con una risa incrédula, afirmó que le resultaba cómodo aparcar allí y que no había tocado ni una flor. «Lo siento, lo siento», dije, intentando calmarme. Él, sin inmutarse, respondió que nunca movería el coche.
Intenté quemar el vehículo con la mirada, pero el metal negro ni se inmutó. Tenía trucos bajo la manga y, al día siguiente, el propietario del Rangero se lamentaba de su mal comportamiento. Desde mi balcón, observé cómo la carroza comenzaba a ennegrecerse cuando la rocié con trigo al atardecer; los pájaros se posaban sobre el capó, como si se alimentaran de la suciedad que había dejado.
Al día siguiente, la carroza relucía de nuevo, con las ruedas sobre la acera y las huellas negras como cicatrices en mi corazón. Fue una declaración de guerra. Salí de mi apartamento lleno de furia, tropecé con la fea gata del vecino que llevaba un pez en la boca y le grité: ¡Lleva el pez al 43!. Esa misma noche, los gatos de todo el barrio se congregaron en el portal 43, organizando un concierto caótico. Yo había rociado con valeriana la puerta del vecino para ahuyentarlos, pero los felinos se lanzaron contra el edificio, y el sonido de sus maullidos resonó como un reproche.
Finalmente, el bandido regresó a la puerta, tocó el timbre y, con una sonrisa, me dijo que había una caca de perro en la alfombra. Me entregó mi taza de café, tomó mi móvil y me preguntó si estaba lista para ver quién había aparecido en el portal. Resultó que el vecino Sergio había instalado cámaras de seguridad en el patio; el video mostraba a Doña Lola dejando regalos en la puerta del quinto piso. Al ver el material, ambos nos quedamos perplejos.
Sergio, que había llamado al 112 y había arreglado la puerta del armario que no cerraba bien, me ofreció ayuda para reparar otros desperfectos. Yo, aunque renuente, acepté su compañía, pues necesitaba dejar atrás esa ira. Al final, mientras compartíamos unas galletas de chocolate, él me preguntó si tenía cacao; yo le respondí que sí, y él, con una risita, comentó que la cocina necesitaba una reparación.
Al día siguiente, el bandido volvió, pero esta vez solo tocó el timbre y, con voz cansada, me advirtió que había una caca de perro en la alfombra, que ya había pisado. Me entregó mi taza y, sin más, se fue.
Al final, comprendí que los conflictos eternos sólo nos consumen. Aprendí que la verdadera tranquilidad no se gana con venganzas ni con notas furiosas, sino con la disposición a dialogar y a aceptar las imperfecciones del prójimo. Porque, como dice el refrán castellano, Más vale paz en el corazón que mil batallas en la calle.







