Doña Carmen, la vecina de enfrente, ha decidido que puede pedir lo que sea y ahora se empeña en mudarse a mi piso. Necesito la opinión de alguien ajeno a todo este alboroto.
Resulta que mi hijo, Lucas, se ha hecho amigo de un pijo de la calle que tiene unos años más que él. La madre de ese chico, Doña Carmen, la veo de vez en cuando, pero no la llamaría amiga.
Empezamos a cruzarnos más a menudo por los paseos del parque. A ella le sobraban ropa de niño que ya le quedaba chica, y yo le devolvía todo, acompañando mis entregas de zumos y dulces como pequeño gesto de agradecimiento. Después pensé que era mejor no aceptar nada, comprarlo yo mismo y no quedar en deuda.
Con el tiempo, esos tranquilos paseos se convirtieron en una relación bastante extraña. Doña Carmen empezó a pedirme cosas a cada rato. Lo que empezó como ¿Puedes pasarme una lata de leche? terminó en ¡Tráeme café ya!. Si le gusta tanto el café, que se lo compre ella misma en vez de suplicarlo todos los días. Se aparece en mi casa sin que yo le haya puesto la mesa y, al ver los juguetes de Lucas, se vuelve una verdadera entusiasta, llevándose siempre algún juguete para probarlo en su casa. Parece que quiere quedarse con todo.
No la invito a cenar porque siempre alegó que su madre está enferma, aunque la madre vive en una habitación separada del resto. No duda en pedir medicinas cuando su hijo está con gripe, y exige cosas que cualquier botiquín tendría. A veces hasta me pide algo para ella misma. No entiendo cómo alguien puede vivir así; un simple antitérmico debería estar en cualquier casa. Regala paquetes casi vacíos y botellas de medio uso, y ahora esos productos los he comprado yo para mi bebé, que ya no sé cómo tratar.
Y eso no termina ahí. Con frecuencia me pregunta si tenemos comida para su hijo, aunque nunca yo le he pedido nada a ella ni a los demás vecinos. Yo cocino para mi pequeño y punto. Usa mi carrito del supermercado sin preguntar, siempre quiere cosas que no tiene. Y siempre le falta algo.
Un día me quedé alucinado con su descaro. Cuando toda mi familia estaba enferma, llamé y Doña Carmen me dijo que vendría a tomar el café, pero que estaba al lado de su hijo. Me encantan los niños, pero ya estoy harto de que los niños de otros se paseen por mi casa como si fuera una tienda, rebusquen entre los juguetes de Lucas y elijan con qué jugar. Le dije que estábamos todos enfermos y que podríamos contagiarla. Debería haberle dicho que no la invitaba.
Sus visitas nunca van acompañadas de la típica ¿Podemos entrar?. Aparece sin avisar y exige: Dámelo. No le importa si estoy ocupado o si no me apetece atenderla. Es como si se adueñara de mi espacio personal.
Ya hace tiempo que no le llamo ni le invito a dar una vuelta. Pero ella me llama a ella y me escribe. Un amigo me ha dicho que solo tengo dos opciones: seguir tolerando su desfachatez o cortar el contacto. No quiero pelearme con ella; los niños son compañeros y vivimos tan cerca que pronto los llevaremos juntos al cole. Y la verdad, no sé muy bien cómo enfrentar a la gente cuando se vuelve un poco insoportable.







