La vecina dejó de visitar a la abuela Teresa y lanzó el rumor de que la abuela se ha vuelto loca en …

Doña Begoña dejó de visitar a la abuela Carmen y empezó a murmurar que la anciana había perdido el juicio, pues según ella, la mujer cuidaba a una marta o a un licántropo.

Una tarde, mientras arreglaba su huerta en el barrio de la Villa de Segovia, la abuela Carmen encontró un gatito gris y diminuto. Vivía sola y era de esas mujeres que siempre tienen una palabra amable para quien la necesite.

Cerró al gatito contra su pecho. Empezó a caer una llovizna que hacía temblar al pequeño felino. En el interior, el viejo fogón de leña crujía y los troncos reventaban alegremente.

En poco tiempo, el gatito se calentó, bebió la leche que la abuela Carmen le sirvió con mimo y, por fin, la soledad dejó de pesarle a la anciana. Tenía ahora a quien contarle sus penas.

El minino ronroneaba al compás de las canciones que la abuela cantaba, jugaba con un ovillo de lana mientras ella tejía calcetines y guantes. Los vecinos siempre llegaban a comprar sus prendas; el gato, ya grande, se convirtió en un excelente cazador de ratones y ratas y conocía cada esquina del patio como la palma de su mano.

Saltaba de los árboles y descendía despacio cuando la veía acercarse. La abuela nunca se preocupó por los hábitos extraños de su felino; al contrario, le empezó a llamar cariñosamente Gatón. Él respondía al vocablo como si fuera un nombre propio. Doña Begoña, sin embargo, juraba que no era un gato, sino una marta salvaje.

Una calurosa mañana de agosto, mientras la abuela Carmen recogía frambuesas y grosellas, escuchó un siseo. Al agacharse, descubrió una enorme víbora enroscada. Sus piernas ya no eran lo que eran y el tiempo no le permitía saltar sobre la mesa. Antes de que pudiera reaccionar, Gatón se lanzó sobre la serpiente, la venció al instante y, como si jugara, la arrastró hasta lo alto de un olmo.

Más tarde, la víbora cayó en el patio de Doña Begoña y emitió un graznido semejante al de un cerdo. Gatón, sin inmutarse, la recogió y la alejó de allí, sin prestar atención a los gritos de la vecina.

Doña Begoña, escéptica, siguió evitando la casa de la abuela y alimentó el rumor de que Carmen había enloquecido por tener a una marta o a un licántropo bajo su techo. Pero a Carmen no le importaba el tamaño de Gatón; era su compañero favorito. Lo acariciaba y él dormía, enroscado, sobre la alfombra junto a su cama.

Gatón adoraba pasear por la hierba alta; a veces, bajo el sol, se echaba una siesta allí, pero siempre volvía a casa cuando el día terminaba.

Una noche, la abuela se quedó profundamente dormida, con la ventana entreabierta porque Gatón necesitaba salir al patio. Dos borrachos del pueblo, al saber que la anciana acababa de cobrar su pensión de 800 euros, colaron por la ventana y, con una toalla, le pusieron una mordaza.

Al despertar, la intentaron despertar para exigírsele el dinero. Asustada y sin poder hablar, sólo pudo llorar y temblar. Uno de los ladrones intentó rasgarle la garganta; la mordaza se deslizó a su boca y, en el caos, la casa se revuelcó de cabo a rabo. Fue entonces cuando una sombra enorme y peluda irrumpió por la ventana.

¿Boris, eres tú? gruñó el ladrón. ¿Qué has encontrado en la casa de la vecina? ¡Acaba de cobrar la pensión!

La sombra, con ojos verdes que brillaban en la penumbra, se abalanzó sobre el primero, clavándose en la garganta, y sobre el segundo, en los ojos, haciéndolos chillar como cerdos. ¡Señor, fuerza impura! vociferó la criatura, mientras su pelaje erizado siseaba.

La abuela Carmen, con mano temblorosa, apagó la luz y, de golpe, la encendió de nuevo. Reconoció al instante a los ladrones y, con todas sus fuerzas, gritó:

¡Ayuda!

En ese momento, todas las luces de la calle se encendieron. Los vecinos irrumpieron y encontraron una escena macabra: los dos borrachos tirados en el suelo, sus rostros desgarrados y la sangre empapando el suelo. Carmen, sentada en la cama, abrazaba a Gatón, que silbaba y no permitía que nadie se acercara a su dueña.

Recordó entonces a Doña Begoña y al tercer cómplice que había huido hacia la sauna del club. Allí lo capturaron, lo golpearon hasta que confesó y le arrebataron el botín, devolviéndolo a la vecina. Decidieron no llamar a la policía; el dinero les resultó más valioso que el riesgo.

Los delincuentes fueron amenazados de no volver a tocar al gato. Uno, tartamudeando, exclamó que no era un gato, sino… ¡un demonio! La abuela, furiosa, le dio una bofetada y le gritó:

¡No me insultes a mi Gatón! ¡Eres tú el miserable!

Al final, la casa volvió a la calma. Gatón, orgulloso, volvió a acurrucarse en la alfombra. La abuela Carmen comprendió que la verdadera fortaleza no reside en el tamaño de los cuerpos, sino en el amor incondicional que se lleva dentro.

Así, la historia quedó como recordatorio: la bondad y el valor de un corazón pequeño pueden iluminar la noche más oscura, y quien subestime el cariño de un ser querido, acaba pagando un precio muy alto.

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