La vecina dejó de visitar a la abuela María y corrió el rumor de que la anciana perdió la cabeza porque tiene una crea o un hombre lobo en casa.

26 de octubre de 2025

Hoy vuelvo a la pluma que me regala la tranquilidad del campo para contar lo que ha pasado en mi casa de la zona de la Sierra de Guadarrama, allí donde el silencio se rompe solo con el canto de los ruiseñores y el crujido de la leña en la chimenea.

Mi vecina, Doña Carmen, ha dejado de pasar por la puerta de Doña María, la abuela que vive sola en la casita de la calle del Olmo. Se ha puesto a murmurar que la anciana ha perdido el juicio, que en su casa se esconde una marta o un ser de lo más extraño.

Todo empezó cuando, al regresar de la huerta, Doña María descubrió un gatito gris y diminuto, recién nacido, entre los calabacines. La anciana, de corazón tan grande como los campos que cultiva, lo tomó entre sus brazos. Aquel mismo día cayó una lluvia torrencial y el viento sacudía la ventana. La vieja cazuela de barro estaba humeante y los troncos de la leña crujían como si rieran.

El pequeño felino, calentado bajo el manto de la abuela, pronto empezó a beber la leche que ella le servía con una cuchara de madera. Así, por fin, la casa dejó de sentirse vacía; había alguien con quien conversar. El gatito ronroneaba al compás de las cantigas que Doña María tarareaba mientras hacía punto con la lana, tejiendo calcetines y, a veces, unos guantes para los fríos inviernos.

Los vecinos siempre tenían algo que comprar, y el gato creció robusto, convirtiéndose en un cazador de ratones y ratas. Conocía cada rincón del huerto y saltaba de los árboles para volver a los pies de la anciana, sin importarle sus extrañas mañas. Con cariño la empezó a llamar Gatón, y él respondía al llamado como quien reconoce a su dueño.

Una tarde de verano, mientras Doña María recogía fresas y grosellas, escuchó un siseo. Al agacharse vio una enorme serpiente de cascabel, tendida en la senda. Sus piernas temblaron, y los años ya no le permitían moverme con rapidez. Pero antes de que pudiera reaccionar, Gatón se lanzó sobre el reptil y lo venció en un instante. Luego jugó con la serpiente, llevándola hasta la rama más alta del roble.

Más tarde, la serpiente cayó accidentalmente sobre la cerca de la casa de Doña Carmen, que gritó como una cerda asustada. Gatón, sin perder el aplomo, la arrebató y volvió a su sitio, sin prestar atención a los gritos de la vecina.

Desde entonces Doña Carmen dejó de entrar en la casa de Doña María y siguió diciendo que la anciana había enloquecido por mantener a una marta o a un hombre lobo como mascota. Pero a mí siempre me ha parecido que el gato era solo eso: su fiel compañero. Lo acariciaba mientras él se acurrucaba en la alfombra junto a la cama.

Gatón disfrutaba de pasear entre la hierba tupida; a veces, bajo el sol abrasador, se dormía allí mismo. Pero siempre volvía al hogar cuando el día llegaba a su fin.

Una noche, mientras la anciana dormía profundamente, dejó la ventana entreabierta, porque el gato solía salir a la terraza en busca de ratones. Dos borrachos del pueblo, que sabían que Doña María acababa de cobrar su pensión de 800 euros, aprovecharon la ocasión. Con un trapo improvisaron una mordaza y, al ver a la anciana dormida, la despertaron y le exigieron el dinero. La mujer, aterrorizada y sin poder hablar, solo podía sollozar.

Al oír los gritos, Gatón se lanzó al patio, destruyó la mordaza y rasgó la ropa de los intrusos. El caos se desató en la casa, pero justo entonces apareció una sombra enorme y peluda que se abalanzó sobre los ladrones. Uno de ellos, tembloroso, preguntó:

¿Boris, eres tú? ¿Qué has encontrado en la casa de la vecina? ¡Acaba de cobrar su pensión!

La sombra, que resultó ser el propio Gatón, se plantó sobre el cuello de uno y en los ojos del otro, dejándolos temblorosos como cerditos. El ambiente se llenó de un siseo siniestro; los ojos verdes del gato brillaban en la penumbra, y mientras la anciana encendía la luz, reconoció a los ladrones.

Con un grito de auxilio, la casa se iluminó y los vecinos, al oírla, irrumpieron. Allí encontraron a los dos borrachos tirados en el suelo, uno con la cara desgarrada y el otro aferrado a la garganta, todo bañado en sangre. Doña María, abrazada a Gatón, los observaba sin permitir que nadie se acercara.

Los hombres, asustados, huyeron al bosque donde encontraron al cómplice que se había escondido en una cabaña de leña. Tras una pelea, le arrebataron el botín y lo devolvieron a Doña Carmen. Decidieron no denunciar el asunto a la guardia civil; la lección aprendida era suficiente.

Los ladrones fueron castigados con la advertencia de que volverían a caer en la furia de Gatón si intentaban otra travesura. Uno de ellos, tartamudeando, afirmó que no era un gato, ¡sino un demonio! y, aunque lo llamara maldita bestia, la anciana le respondió con una bofetada y le recordó que el respeto a los animales es también respeto a uno mismo.

Al cerrar el día, reflexiono sobre cuán valioso es el cariño sincero y la lealtad de un ser pequeño pero valiente. No importa cuántos rumores gocen en la plaza; lo que cuenta es el vínculo que nos une con los que nos aman sin condiciones.

Lección aprendida: nunca subestimes el poder de una amistad humilde; puede ser la defensa más firme contra la oscuridad.

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MagistrUm
La vecina dejó de visitar a la abuela María y corrió el rumor de que la anciana perdió la cabeza porque tiene una crea o un hombre lobo en casa.