La última voluntad
No, no volveré a casa… suspiraba yo, con un dolor que me hacía retorcerme en la camilla. Y a Inés no la veré nunca más. Quería pedirle que se casara conmigo, pero ya ves… no me ha dado tiempo. Dime tú, ¿por qué me pasa todo esto?
Tranquilo, de verdad, me dijo la enfermera, viendo que me quedaba lívido después del trayecto en ambulancia. Todo va a salir bien.
Lo dudo alcancé a musitar.
Luego solo me quedé mirando con terror cómo se preparaba todo para la operación.
*****
Nunca he soportado los hospitales. Es una manía enfermiza desde que era niño. Allí siempre me hacían daño, y lo peor era que nadie parecía preocuparse ni disculparse por el sufrimiento sobretodo el emocional que me causaban.
¿Pero qué te pasa, Juanito?, me decía sonriendo la enfermera mientras pinchaba mi dedo para sacarme sangre. Eres ya un chaval grande, dentro de poco a la escuela, y lloras como una niña. ¿No te da vergüenza?
Y yo, con los ojos llenos de lágrimas, intentaba soltarme sin éxito, porque de la sala de curas no podía escapar. Pero la vergüenza no era lo que sentía, sino dolor y rabia.
Cuando mamá me llevaba desde la clínica hasta casa, declamaba como si fuera un juramento solemne que nunca, nunca más iría al hospital. Que prefería morirme antes de volver.
Hijo, no digas tonterías intentaba calmarme ella. Los médicos están para ayudar, para que la gente no enferme y viva más tiempo. Son buenas personas, no hay que temerles.
Aja, buenas…, sollozaba yo mientras miraba mi dedo, pensando que me habían chupado media vida. Que se curen entre ellos. Que a mí me dejen en paz.
Mejor no contaros lo que sufrí cuando mis padres me llevaron casi a la fuerza al dentista para que me quitaran una muela. Grité tanto que, seguro, se me oyó hasta desde la calle.
Desde entonces, los recuerdos que guardo de los hospitales son, en el mejor de los casos, desagradables.
Así que de adulto, seguía evitando médicos y hospital como gato escaldado. Pero, por una afortunada casualidad, acabé allí con un ataque de apendicitis.
El dolor era tan insoportable que Inés, con la que iba a ir esa noche a cenar, no tuvo más remedio que llamar al 112.
No hace falta, ya se me pasará le supliqué.
¡Pero, hombre, estás fatal! Eso puede ser apendicitis. A mí me pasó, y fue igual.
Al final acabé, contra mi voluntad, en el Hospital General de Madrid, en la sala de urgencias.
Sólo imaginar a los cirujanos hurgando en mis entrañas me desanimaba más. Y ver cómo pasaban dos celadores transportando una camilla con alguien que ya no sufría, me sumió en auténtica desesperanza.
No voy a regresar a casa suspiraba, retorciéndome, ni voy a poder pedirle matrimonio a Inés. ¿Por qué a mí?
Tranquilo me sonrió la enfermera, percibiendo mi pánico. Es una intervención sencilla, y te hemos traído a tiempo.
Y era cierto: todo salió según lo previsto, sin sorpresas desagradables ni complicaciones. Ni siquiera sufrí dolor. Era la primera vez en años que tenía una experiencia positiva en el hospital. Hasta me sorprendí.
Me sedaron en la mesa de operaciones y, cuando desperté, ya había pasado lo peor. Me llevaron a planta ese mismo día.
Aquella noche dormí a pierna suelta y solo me despertaban unos minutos cuando me cambiaban el gotero.
Por la mañana…
Al abrir los ojos, vi que en la habitación había un hombre mayor. Pensé, Justo lo que me faltaba. Ahora me dará la charla sobre la vida. Sólo quería tranquilidad, silencio y que nadie me molestara.
Ni siquiera llamé a Inés; le envié un mensaje diciendo que estaba bien y guardé el teléfono bajo la almohada. Me empecé a entristecer por estar allí, en vez de preparando la sorpresa a Inés.
Vivíamos juntos hace más de un año y esa noche pensaba declararme. Había reservado mesa, pactado con los músicos para que tocaran su canción favorita y el camarero iba a traerle el anillo con el postre.
Quería que todo fuera perfecto. Pero el destino, ya veis, tenía otros planes. En vez de estar con Inés, compartía habitación con un anciano desconocido.
Sorprendentemente, el hombre no se puso a hablarme. Saludó y se puso a llamar por teléfono, sin éxito. Se lamentaba en voz baja, y, al quedarse sin batería, lloró desconsolado. Me hizo sentirme culpable. Quizá tenía un problema serio y yo pensando cosas malas de él
Al cabo de un rato, me incorporé con esfuerzo y, sentándome en el borde de la cama, le pregunté si necesitaba ayuda.
No consigo contactar con mi hijo me dijo, con voz triste.
¿No sabe que está aquí ingresado? pregunté.
Sí, sí lo sabe. Le avisó la enfermera cuando me trajeron. Pero hace medio año que no me habla. Nos peleamos antes de mi cumpleaños porque él quería que me fuera a un asilo, vender la casa. Yo no estoy de acuerdo, y no es por la casa…
Me contó que había entrado días antes por un infarto. Los médicos le estabilizaron, pero le dijeron que necesitaba operación.
Me han operado pasado mañana, si llego… suspiró. Tengo miedo de no llegar ni a eso.
Venga, hombre intenté animarle. Los médicos están para ayudarnos, igual que a mí me han quitado el apéndice y sigo en pie.
El hombre sonrió con ironía, pero no entró en detalles sobre diferencias entre su corazón y mi apéndice.
Solo me preocupa mi perro, Chispa. Está en la calle. Quería pedirle a mi hijo que lo cuidara si yo no vuelvo. O que se lo diera a alguien que lo quiera. Los vecinos ya tienen bastante, y dudo que encuentren quien lo adopte. Mi hijo podría atender mi última voluntad y, encima, se queda con la casa. Pero no me responde Mi hijo es así.
Vaya murmuré, pensativo.
Me angustia pensar qué será de Chispa. ¿Quién lo cuidará? ¿Cómo sobrevivirá él solo?
Qué hombre más raro, pensé al principio, tiene una operación a la vista y piensa en el perro. Pero luego, al escuchar cómo encontraron a Chispa, comprendí que ese animal era todo para él.
Le encontré el día de mi cumpleaños, hace medio año me contó. Mi hijo no me felicitó, y la familia ya no me queda. Mi mujer, que en paz descanse, murió hace cinco años. Lo curioso es que la noche anterior la soñé, paseando un perro. Ella me sonreía desde lejos. Y ese mismo día, saliendo a comprar, me encontré a Chispa, atado, lloviendo. Pregunté a los tenderos, nadie sabía nada. Esperé horas y nadie vino, así que me lo llevé a casa. Fue como si mi esposa me lo hubiera enviado.
Estas cosas pasan asentí, por apoyarle.
Nunca encontré a sus dueños, pero me alegra. Chispa es más que un amigo, es mi motivo para seguir adelante.
Aquella noche, no dejé de darle vueltas al perro en la calle y al hijo de aquel hombre.
Me preguntaba cómo alguien podía abandonarse tanto, sabiendo que su padre está enfermo.
Soñé con un perro parecido a Chispa, vagando por Madrid con la mirada triste, que parecía buscarme. Yo lo seguía, sin saber por qué.
Desperté de golpe, porque el hombre mayor se estaba ahogando, jadeando, con la mano en el pecho.
¿Llamo a la enfermera? pregunté, corriendo hacia él.
No, luego mejor llama a mi hijo, Sergio, si puedes. Tengo su número en ese papel de la mesilla. Dile que venga, quiero despedirme. Si no, que al menos se encargue de Chispa. Siento que no lo volveré a ver, pero sabré que estará bien. Podré irme tranquilo.
En un instante de duda, cogí el móvil y con manos temblorosas marqué el número que me indicó.
¿Sergio? Soy el compañero de habitación de su padre me di cuenta de que no sabía siquiera el nombre completo.
Luis Fernández jadeó mi compañero de habitación.
El señor Fernández. Se encuentra mal y pide que venga. Está en el Hospital General, planta tres, habitación 314.
Pasé el resto de datos por si acaso.
Al rato, corrí a por la enfermera de guardia, que dormía en el control. Entre balbuceos, le expliqué la situación y volvimos rápido.
¿Cómo está? pregunté, cogiéndole la mano. La enfermera traerá al médico. Y su hijo vendrá, se lo prometo
El corazón de Luis Fernández se paró antes siquiera de que llegara el médico. Midió el pulso, inspeccionó las pupilas, y salió mascullando. Luego entraron los celadores.
*****
Su padre falleció, prácticamente en mis brazos le dije a Sergio, cuando vino.
Well, por lo menos fue rápido y no sufrió. Menos carga para todos. Ya sabe, hay gente que envejece y luego hay que cuidarlos Yo tengo mi vida, mi familia, mi trabajo, ya me entiende. Mejor así
Su padre quería que cuidara de Chispa, su perro. Era su última voluntad añadí.
¿La perra esa? Se la encontró por ahí, y por ella no aceptó ir a la residencia. Le decía que estaría mejor, atendido. Pero nada
Fue su última petición, le miré fijamente. No le costará nada cumplirla. Además, ahora la casa es suya.
Sergio me miró raro, guardó el teléfono viejo de su padre y el papel con su número, y se fue sin más ni despedirse.
Me tumbé, triste por aquel hombre. Podía haber vivido más años, pero la vida decidió otra cosa.
Lo que no entiendo es cómo el hijo puede desentenderse así. Dudaba mucho que cumpliera el último deseo. Seguramente vendería la casa y Chispa a saber.
Aquella noche soñé que Luis deambulaba por Madrid, llamando a su perro, y no lo encontraba. Yo miraba la escena llorando, aunque ni recordaba la última vez que me permití llorar.
Y esos sueños siguieron incluso cuando volví a casa. Inés lo notó enseguida.
¿Tienes algo, Juan?
Nada, que pienso mucho
¿Qué te preocupa?
En la habitación estuve con un señor, Luis Fernández, que murió antes de operarse. Su único familiar era un hijo al que llevaba meses llamando y nunca contestó. Cuando vino ya fue tarde. Le hablé del perro, pero no pareció importarle. Se interesaba, eso sí, por vender la casa. Ahora me preocupo yo por el perro, aunque ni lo haya visto
Vamos a buscarlo propuso Inés. Si sigue por ahí, nos lo quedamos.
¿De veras? ¿No te importa?
Al contrario, será una alegría tener un perro.
Pero no sé la dirección
Seguro que en el hospital la registradora lo sabe. Déjame a mí, pero antes paramos por chocolate y café.
Resulta que un buen café y una tableta de chocolate pueden abrir muchas puertas. Cuando Inés ofreció a la chica de recepción el pequeño detalle, y le explicamos la historia, buscó el domicilio de Luis y nos lo apuntó en un papel.
Cuarenta minutos después aparcamos junto a una cerca donde, tras mirar, no encontramos a Chispa.
Una vecina salió de la casa colindante.
Perdonad, ¿estáis buscando a alguien? Esa casa lleva días vacía.
Sí, conocí a Luis Fernández en el hospital. Ya no está…
Vaya, qué triste. Era un hombre generoso, de los que ya no quedan. Que en paz descanse. El hijo a duras penas le hizo el funeral y ya quiere reformar la casa para venderla. ¡Ah, la perrilla! La pobre estuvo días enteros esperando a Luis en el portal, llorando y aullando por las noches. Sergio, el hijo, la echó, la llevó no sé dónde. Nunca fue amante de los animales.
¿No sabe dónde la dejó ni cómo era?
Pequeña, simpática. Tengo una foto en el móvil, mirad.
Y, en efecto, la vecina me mostró la foto de un corgi adorable.
¡Es preciosa! Inés sonrió. ¿Y no dijo a quién se la llevaba?
Dijo que la daría, pero dudo que se molestara. Nunca soportó animales.
Marchamos sin hablar, con sentimiento de culpa por no haber ido antes.
Por si acaso dimos vueltas por el barrio preguntando por un corgi perdido, pero nadie había visto nada.
Intenté llamar a Sergio, pero me bloqueó.
Confiemos en que Chispa está bien dijo Inés, aunque los dos sabíamos que era improbable. Pero, a veces, pensar en positivo ayuda a sobrellevarlo.
La vida, sin embargo, nos tenía preparada una sorpresa.
Con un atasco colosal en la M-30, Inés decidió desviarse por una carretera secundaria. A un par de kilómetros, frenó de golpe.
Juan, ¿ese perro no será Chispa?
Miré. Era idéntico al de la foto.
Puede ser bajamos enseguida.
Cuando nos acercamos, el perro, desconfiado al principio, pronto nos olfateó, meneando el rabo cuando reconoció un olor familiar. Seguro que todavía traía algo del aroma de Luis en el hospital
Chispa, pequeño, no tengas miedo me arrodillé y ofrecí la mano. Tu dueño me habló mucho de ti. ¿Quieres venir con nosotros a casa?
Después de vacilar, movió la cola, se acercó y agachó la cabeza, dejando claro que aceptaba. Mientras le acariciaba, noté que tenía lágrimas diminutas en los ojos, y, al mirarle, también a mí me picaban los ojos.
Nos montamos al coche: tres, rumbo a casa. Chispa parecía, por fin, feliz.
Aquel día aprendí dos cosas: que la generosidad, aunque llegue tarde, puede arreglar pequeñas injusticias; y que no hay que esperar ocasiones perfectas para los grandes momentos. Hay que aprovechar el presente.
Por eso, esa misma noche, saqué una cajita escondida y le pedí a Inés que fuera mi mujer. No fue en un restaurante elegante, sino en el salón de casa, con Chispa dormido a nuestro lado.
Inés dijo sí, sin dudarlo. Y mientras observaba al perro soñar tranquilo en nuestro sofá, sentí que, a veces, la vida pone a cada uno en su lugar. Yo al menos, aprendí a no posponer lo bueno.
Así termina mi historia.




