La trampa de los celos
Elena estaba tumbada en la cama, pasando el dedo por la pantalla del móvil como si las redes sociales fueran una ventana indispensable al mundo y a ella se le fuera la vida si no miraba cada historia. En ese preciso instante entró su hermana, y sin dignarse a levantar la vista, Elena soltó como quien pide sal al vecino:
Oye, Mar, necesito un móvil nuevo.
Su tono era tan natural como si pidiera el pan. Mar, que andaba recogiendo la ropa esparcida por la habitación mientras preparaba su maleta, la miró con un suspiro resignado:
Pues pídeselo a mamá, cielo contestó, doblando la última camiseta con paciencia de monja.
Elena resopló, finalmente apartándose de la pantalla. Sus ojos chispeaban con una mezcla de fastidio y dramatismo digno de telenovela:
No me va a dar dinero, dice que lo quiero todo. Y claro, como ella no entiende que todo el mundo tiene un iPhone menos yo
Mar echó la cremallera de la maleta y se enderezó, dirigiéndole una mirada más de agotamiento que de enfado:
En parte tiene razón Si quieres algo, trabaja por ello. Tampoco voy a estar aquí toda la vida.
Aquello sí que dolió. Elena se irguió de golpe y se puso roja como un tomate:
¡Sólo tengo diecinueve y estoy estudiando! ¿Encima también tengo que trabajar? He crecido acostumbrada a que me ayuden y es lo normal protestó, subiendo el tono a niveles de vecina con altavoz.
Mar se encogió de hombros, negándose a entrar al trapo. Antes de salir de la habitación con la maleta rodando, le soltó:
Yo me caso el mes que viene. Hace falta pasta, así que de verdad, mejor alégrate por mí. Ya no me verás tanto.
Cerró la puerta de un portazo, dejándole a Elena un eco retumbando en el cerebro. Mar sentía la comezón propia de quien sabe que su hermana vive en su mundo paralelo, uno hecho de cojines blanditos y caprichos servidos en bandeja.
Elena se quedó apretando su viejo móvil con cara de jugadora de póker que ha perdido la partida, pero en el fondo, lucía ese brillito testarudo que prometía guerra. Murmuró casi para sí misma, como si el espejo la escuchara:
Esto no ha acabado y una sonrisita se le escapó, de esas de yo siempre me salgo con la mía.
Se tumbó, mirando el techo como si ya tejiera un plan maestro. Porque sí, de toda la vida en casa de los García, los deseos de Elena eran ley. Sus padres la tenían en un pedestal (cinco años esperando a su alegría inesperada, la llamaban), y la consentían hasta con los postres. Elena creció pensando que la vida era un dispensador de síes. Mar, la mayor, veía todo esto con resignación: ya había hecho de todo por Elena, desde los deberes hasta ayudarle a colarse en una universidad decente. Para Mar, ayudar era amor. Para Elena, simplemente lógico.
El dinero tampoco fue nunca un problema. Mamá ingresaba religiosamente su mensualidad de euros, y si era necesario siempre se podía recurrir a Mar, que en vez de hermana parecía un cajero automático con coleta. Eso sí, hasta la llegada de Rubén a la vida de Mar.
Rubén era otra historia. Guapo, con planta madrileña, cerebro ágil y, por encima de todo, principios (cosas que en la vida real aparecen menos que los unicornios). Mar se sentía princesa Disney a su lado, seguro, atento, siempre ahí cuando hacía falta. También, como en las mejores sagas, tenía un pero: era más celoso que un gato encerrado. No montaba dramas de serie, pero sus preguntas solapadas e intenciones no pasaban inadvertidas. Mar decidió ignorarlo, convencida de que esa manía se pasaría con el tiempo.
Pasaron los días, la boda en ciernes llenó sus horas: vestido, menú, pruebas y hasta invitaciones para todos los primos de Cuenca. Mar estaba feliz, convencida de que nada le estropearía el cuento de hadas aún ignoraba que el plot twist estaba en puerta.
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Elena acarició el móvil rascado de tanto uso, dudando unos segundos antes de llamar. Rubén. El prometido de Mar. El chico por el que Mar levitaba últimamente. Pero Elena tenía claro su objetivo.
Inspiró y pulsó el icono de llamada. El corazón le galopaba, pero su voz sonó incluso dulce:
Rubén, ¡hola! Soy Elena. Oye, sé que Mar anda liada, pero la echo un montón de menos ¡llevo una semana sin verla!
Silencio. Al otro lado, Rubén parecía atónito:
¿No está contigo? dijo, visiblemente preocupado.
Elena entrecerró los ojos y se relamió interiormente. Había mordido el anzuelo.
Lo que te digo, hace una semana que ni la huelo. ¿Por qué debería estar conmigo?
Porque Mar no aparece por casa y dice que duerme en la tuya contestó Rubén, con tono de perro guardián.
¡Uy! hizo una pausa, como si se le encendiera la bombilla apenas ahora. Pues ni idea Bueno, te llamo luego, ¿vale? ¡Besitos!
Colgó antes de oír respuesta, con el pulso temblón de quien acaba de encender una hoguera en un bosque seco. Se imaginó a Rubén frunciendo el ceño, apretando el móvil como un detective de película barata. Tenía claro que el chico, tan flamenco y celoso, preferiría pillarla en falso antes que darle el beneficio de la duda. En su cabeza, Rubén iría directo a por Mar, y, después de una escena poco digna, la echaría de casa. ¿Y adónde correría Mar con el corazón hecho trizas? Obvio: al piso de Elena.
Todo estaba controlado. Si Mar llegaba hecha un cuadro, Elena se mostraría dulce, comprensiva y, claro, le recordaría lo del móvil nuevo. Ahí sí que Mar no tendría coartada. El plan estaba servido.
Se recostó, móvil en mano, maquinando los próximos pasos. Ahora sólo quedaba esperar a que la vida jugara según su guion. ¿Y quién duda de que así sería? Elena nunca.
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Mar llegó a casa tan ligera que casi bailaba; ese día por fin cerró el diseño de su tarta con la mejor pastelera de Alcalá. De paso, compró sus pasteles favoritos para montar una merendola con Rubén, tan apañado él. Metió la llave y catacrac: dos maletas junto a la puerta. Detrás, un Rubén endemoniado, con la vena del cuello latente.
Rubén, ¿pero esto qué es? ¿Por qué están aquí mis cosas? preguntó con genuina perplejidad, pensando que sería una broma o que habían rodado un sketch para YouTube sin su permiso.
¡Fuera! gritó él, dándole tal patada a la maleta que rebotó contra la pared. ¡No soporto las mentiras!
¿Qué he hecho? ¿Irme con mi hermana? ¡No entiendo nada!
¡Ni has estado con ella ni tienes excusa! bufó él, rojo de furia. ¡Me ha llamado Elena preguntando cuándo vuelves porque no te ha visto en una semana! Y yo aquí, como tonto, confiando
Mar sintió que el mundo giraba a otro ritmo, como si de repente hablara húngaro y Rubén chino. Buscó sentido en sus palabras, se aferró a la esperanza de que todo fuera un malentendido de serie española de sobremesa.
Eso no puede ser No me creo que Elena haya dicho eso musitó Mar, aún aferrándose al clavo ardiendo de la duda.
Pero la mirada de Rubén era la de quien ya se ha hecho el guion, con subtítulos incluidos.
Seguro que ahora se está tirando de los pelos por haber metido la pata soltó, afilado. Coge tus cosas y vete. ¿O te ayudo?
Mar recogió sus cosas con las manos temblorosas y la cabeza embotada. ¿Cómo había llegado a esto? ¿Cómo, después de casi un año planeando futuro, se había quedado sin siquiera poder justificarse? Ni una explicación, ni una lágrima de reconciliación. Solo la puerta que Rubén cerró de un portazo final, sin titubeos.
Se quedó en la escalera sujetando la maleta, con lágrimas gordas rodando. En ese punto, Mar entendió que Rubén no quería aclarar nada, solo sentirse superior, aunque fuera a base de arrancarse la felicidad. Así es la vida, pensó: una tragicomedia donde el sentido común queda siempre fuera de plano.
Después de un rato de bloqueo, marcó el número de Elena, incluso sin saber por qué:
¿Has hablado con Rubén? espetó, sin rodeos.
¿Para qué iba a hablar yo con tu prometido? Por la espalda, ¡qué horror! ¿Habéis discutido, verdad? Bueno, da igual, yo no te fallo, Mar contestó Elena, con ese tonillo de falsa simpatía que olía a cuerno quemado.
Mar colgó, con un nudo en la garganta del tamaño de la Gran Vía. No podía creer lo que estaba pasando ni cómo su hermana podía llegar a semejante bajeza. Pero tal vez era el momento de abrir los ojos: ya estaba bien de salvarle siempre el pellejo.
Arrastró las maletas hacia el ascensor, evitando mirar la puerta cuyo umbral ya sólo anunciaba vacío. En el pecho, una extraña mezcla de tristeza y una libertad titubeante. Si algo tenía claro, era que era la hora de empezar desde ceroaunque fuera en una habitación de hostal cutre. Así amaneció Mar al día siguiente: en una cama prestada, planificando cómo reinventarse.
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El lunes, Mar entró en la oficina con máscara de normalidad. Las lágrimas del día anterior dormían bajo capas de corrector, la compostura intacta, las ganas de dimitir intactas pero menos visibles. No podía seguir en Madrid, donde cada esquina era un déjà vu de Rubén.
Su jefe, don Javier, la recibió con esas miraditas de sabueso curtido en mil juntas:
Mar, tienes mala cara. ¿Qué pasa?
Quiero entregar mi carta de renuncia, Javier dijo ella, atajando sus propias dudas.
Don Javier, que la consideraba su mano derecha (más eficiente que las máquinas del Bernabéu, había dicho una vez), meditó unos segundos.
No cometas una locura por un bache personal. Antes de irte, escucha: en la oficina de Barcelona buscan jefa de proyecto. Mejor sueldo, más proyección, y la empresa paga reubicación y piso. ¿Te animas a probar suerte con una vida nueva?
Mar se quedó helada. Barcelona, otro comienzo, la posibilidad de pasar página. Dudó pero tenía algo que confesar:
Gracias, Javier, pero voy a ser madre. Pronto estaré de baja anunció, esperando que su jefe la fulminara.
La respuesta de don Javier fue justa y sencilla:
¡Felicidades, Mar! Eso, ni es el fin del mundo ni de la carrera. Piensa la oferta y ya hablaremos de la baja, aquí guardamos tu puesto.
Mar sintió por fin que volvía a respirar. Había alguien dispuesto a apoyarla, sin peros ni auditorías.
Acepto el traslado contestó, ligera como una malva.
Esa noche, con el portatil sobre la manta y vuelos de ida abiertos en la web, pulsó comprar. No había marcha atrás: vida nueva, futuro nuevo. Ya ni siquiera sentía la necesidad de contarle nada a Rubén sobre el bebé. Él no habría escuchado.
Fuera, las farolas de Madrid titilaban como diciendo adiós. Mañana embalaría su vida y la mandaría dirección a Barcelona otra vez la esperanza, agazapada, le sonreía de lejos.
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Tres años después, a Rubén apenas le quedaba la dignidad del despechado. Al principio estuvo convencido de que Mar volvería, sumisa y arrepentida. Imaginaba el teatrillo de la reconciliación, él haciéndose de rogar, y ella, con la cabeza baja y pidiendo otra oportunidad.
Pasaron los días. Las semanas. Los meses. Nada. Ni una llamada, ni un WhatsApp. Al principio pensó que era puro orgullo. Después, empezó a notar el peso de la soledad. Hasta que un conocido se lo soltó en una caña:
Dicen que Mar se ha ido a Barcelona Le va bien, buen curro y todo eso.
Rubén tragó saliva. Aquello era la confirmación: no iba a regresar, ni a pedir perdón ni nada parecido.
Por su parte, Elena no tardó en asomarse más de una vez a su puerta, con cara de haber perdido el metro y pidiendo algún favorcito, normal. Pero Rubén ahora la veía con otros ojos: lo suyo era pura fachada y ni un gramo de auténtica preocupación. A la que pudo, se lo dejó claro:
Mira, Elena, búscate la vida. Yo ya no te resuelvo más asuntos, y ni sueñes con el número de Mar.
Elena resopló y desapareció, portazo incluido. Rubén respiró aliviado. Por fin entendía lo que había perdido y lo que debía dejar ir.
Meses después, por temas de trabajo, Rubén tuvo que ir a Barcelona. Tras una reunión interminable, decidió pasear por el parque de la Ciudadela. La tarde era de esas de postal: hojas cayendo, todos sacando fotos del atardecer y el aire fresco.
Entonces, la vio.
Una familia pequeña. Ella, él y una niña risueña de unos dos años. La madre hacía girar a la niña lanzando hojas al aire, el padre cogía su manita y la niña reía a carcajadas. Rubén sintió que el mundo se encogía: la pequeña tenía el pelo y los ojos de Mar.
Se quedó clavado, viendo cómo Mar lanzaba una sonrisa luminosa, recogía a su hija y la besaba. A su lado, un hombre de aspecto corriente, mirada honesta le acariciaba el hombro con ternura. Mar le devolvió el gesto, feliz.
A Rubén se le encogió el alma. No era celos, ni rencor: sólo tristeza mezclada con un suspiro de consuelo. Mar había encontrado la felicidad sin él. Y entendió, ahora sí, que todo aquello que perdió era irreemplazable, pero también que era hora de dejarla volar.
La vio alejarse con su familia por la avenida, entre un carrusel de hojas y luz. Podría haber corrido tras ella, pedir explicaciones, tal vez perdón, pero ¿para qué? Ahora Mar era feliz. De verdad. Y eso, por extraño que parezca, le trajo una paz honesta.
Rubén se giró y, mientras el viento le revolvía el pelo, pensó para sí, con una media sonrisa resignada:
Ojalá le vaya bonito aunque sea sin mí.




