La traición de los hijos propios
Almudena observa, una vez más, embelesada a sus hermanos, Belén y Marcos. ¡Qué guapos son! Altos, de melena oscura, ojos azules intensos. Vuelven a recibir un premio: han ganado de nuevo en otro campeonato. Almudena se levanta de prisa, para intentar llegar antes que nadie. Cojeando ligeramente de la pierna derecha, se lanza hacia ellos. Les ha tejido a cada uno un conejito: ella para Belén con una faldita, y otro para Marcos con pantalones de cuadros. Quiere regalárselos. Es torpe, gordita, con poco pelo que apenas le llega a sujetar una horquilla, una sonrisa inocente deambula por sus labios. Pero Belén y Marcos fingen no ver a su hermana. Almudena se esfuerza por llegar hasta ellos.
Dejadme pasar, por favor. ¡Que son mis hermanos! ¡Dejadme! grita Almudena, ilusionada.
Belén, hay ahí una chica gorda diciendo que es tu hermana. ¿De verdad? le pregunta una amiga rubísima, Lucía.
Belén apenas mira y ve a Almudena.
¡Menuda gorda pesada! Ya se ha presentado. Seguro que mamá le ha obligado. ¡Menudo ridículo! piensa por dentro.
Pero lo que dice en voz alta es:
No, claro que no. Solo tengo un hermano: Marcos.
Ya me lo suponía. Esta solo quiere arrimarse. ¡Qué cutre! Encima os va dando unos muñequitos ríe Lucía.
Será nuestra mayor fan. Llévate los bichos esos, Lucía. Y luego nos alcanzas, que Marcos y yo vamos a recibir el premio Belén lanza un beso al aire, agarra a su hermano de la mano y se abre camino lejos del bullicio.
Lucía toma los conejitos de Almudena, asegurando que se los dará.
¡Vale! ¡Os espero en casa! ¡Hago rosquillas! la niña, torpe y cojeando, se aleja contenta.
Lucía le entrega los conejitos a Belén.
Toma, me ha dicho que os espera con rosquillas. Ella misma parece una rosquilla… ¿Belén, segura que no es de vuestra familia? ¿Por qué os busca?
No, no la conozco. Seguro que quiere pegarse ahora que somos conocidos. ¡Venga, vamos! Belén lanza los conejitos al cubo de la basura y sale con su amiga y su hermano, listos para la entrega de premios.
Pero miente. Almudena sí es hermana de Belén. Hermana postiza. La madre de Belén y Marcos, Inés Gutiérrez, la acogió tras la muerte de una prima muy lejana. Volvían de unas vacaciones; fue un accidente. Solo Almudena sobrevivió, de pequeña, ya con su cojera.
En realidad, Inés solo era familiar lejanísima, apenas tenía vínculo. Los verdaderos parientes rechazaron a la niña. Pero ella la acogió, a pesar de la oposición de su marido y de sus propios hijos, que montaron un escándalo al enterarse de que tendrían una nueva hermana. Tanto Belén como Marcos habían crecido mimados, nunca se les negó un capricho.
¡Mamá, no la traigas! Es gorda, coja, tonta. Hasta me daría vergüenza ir con ella por la calle
Hijos, pensadlo. ¡Pobrecilla! Está sola en el mundo. Se adoptan perros y gatos, ¡cómo no vamos a acoger a una niña de carne y hueso! Además, en esta casa hay sitio intentaba convencerles Inés.
A regañadientes aceptaron. Inés era gerente de un supermercado, la economía familiar dependía de ella. Su marido, Antonio, era subgerente debajo de ella, y nunca se esforzaba mucho, siempre metido en líos de faldas. Si Inés lo sabía, callaba; Antonio era guapo como un actor, igual que los niños.
Almudena fue creciendo: pequeña, graciosa. Pelo clarito, ojos Azules casi transparentes, como los hermanos.
Parece que tiene los ojos aguados. Gorda cebolla se reía Belén.
Era como un panecillo, Almudena. Rellenita, con hoyuelos. Muy buena.
Pero siempre jugaba sola. Los hermanos no la incluían en nada. Incluso las broncas le caían a ella. Marcos rompía un jarrón, la culpa a Almudena. Belén destrozaba un jersey de su madre, otra vez era Almudena la acusada.
Ella solo agachaba la cabeza y pedía perdón, aunque supiera quién la había liado. No quería ver enfadados a sus hermanos tan bonitos.
La propia Inés no la regañaba jamás. Era el padre el que explotaba:
¿Pero para qué aceptaste en casa a este espantajo? ¡Da vergüenza con los invitados! No puede ni andar normal, pesa como un ternero. ¡Teniendo hijos tan guapos, coges a esta desgraciada! Los demás tienen más cabeza. ¿A quién va a gustar cuando sea mayor, si parece un monstruo? chillaba Antonio.
Almudena escuchaba tras la puerta, y luego se miraba en el espejo. Odia su reflejo, desea ser como sus hermanos. Pero
Acudía a otro cole. Los gemelos lo exigieron, bajo amenaza de sacar malas notas y fugarse de clase. Inés aceptó, temiendo que ese puente frágil que intentaba tender entre sus hijos y Almudena se rompía ya sin remedio.
El tiempo pasa. Marcos y Belén se van a estudiar fuera. Almudena le pide a su madre quedarse en casa.
Pero hija, puedes ir donde quieras, que yo lo pago todo. ¿No quieres? ¿Diseñadora, traductora, veterinaria?
Almudena se restriega la mejilla como un cachorrito y la abraza. Y a Inés se le va la angustia. Sus hijos de sangre, como mucho, le dan un beso al irse, de mala gana Pero con Almudena siempre hay ese calor dulce.
Almudena siempre la espera, aunque Inés llegue tarde del trabajo. A veces, en invierno, se queda en la entrada del portal o, dentro, sentada en el puf. Ni su marido ni los otros hijos la reciben. Les llega a pedir que saluden, y Belén grita:
¡Mamá, estamos ocupados! La tonta esa te espera porque no tiene nada mejor que hacer. No sueña con nada.
Almudena mira a su madre con sus ojos transparentes y susurra:
Mamá, ¿puedo cuidar animales? Perros, gatos, hámsters Quiero ser veterinaria, y aquí puedo estudiarlo.
No sorprendería: Almudena siempre lleva animales a casa. Los cura, los cuida, y luego les busca un buen hogar. Uno, un perro grande, tipo mastín, se quedó para siempre. Belén protestó, quería uno de raza, pero Inés apoyó a Almudena.
Así siguió la vida. Poco después, a Inés le recomiendan dejar de trabajar por salud. Su marido, al ver que el dinero podría acabar, se va a vivir con la dueña de una peluquería, amiga de Inés.
Los hijos aparecen por casa solo para sacar dinero. Menos mal que hay ahorros. Junto a Inés solo se queda Almudena. Cojeando, le cocina cosas ricas, le da masajes, le prepara infusiones. Por las tardes se sientan bajo el manzano y beben té. En esos ratos, no hay nadie más feliz que Almudena.
Belén y Marcos ya tienen familia. La madre les ayuda a comprar casa a ambos. Pero con el tiempo llegaría el drama: Marcos llega a las cuatro de la madrugada, casi llorando, y cuenta a su madre que debe un dineral.
¿Pero cómo? ¿Dónde vamos a sacar tanto? ¿Le has pedido a tu padre? ¿No? Bueno, claro, tampoco tendrá Hijo mío, aunque te lo dé todo, ni la décima parte saco. ¿Qué hacemos?
Marcos sugiere la solución: vender el chalé familiar. Así cubrirían todo.
¿Y nosotros, hijo? ¿Dónde vamos a vivir Almudena y yo? se asusta ella.
A mí me da igual lo que haga esa gorda tonta. Que se busque la vida. ¡Siempre ha estado chupando del bote! Mamá, tú te vienes conmigo, ¡Lourdes estará encantada! dice Marcos.
Lourdes, su mujer, y a Inés le cuesta creer que esté encantada de recibirla. Pero no discute. El hijo es lo primero. Solo pide que Almudena vaya con ella. El hijo acepta, a regañadientes. Pero Almudena se acerca a su madre y le dice:
Mamá, tú vete tranquila. Yo me voy a vivir con bueno, una persona. Ya llevaba tiempo invitándome. No te preocupes por mí.
¿Pero quién es? ¡Queremos conocerle! ¿Por qué no lo habías contado? se alegra Inés.
Otro día. Ya le conocerás, mamá. ¡Ya verás como todo va bien! la abraza Almudena.
Hasta a Marcos le alivia; no tendrá que conspirar con Belén para deshacerse de Almudena en su casa.
Pero todo es mentira. Almudena no tiene a nadie. Pero entiende, por su corazón sensible, que no la quieren allí, y que la madre sufrirá si ve problemas en casa ajena. No quiere, la quiere más que a nada.
Alquila una habitación, por un anuncio, en una casa de pueblo. Vive allí un anciano solitario: Don Protasio. Le cuesta vivir solo, tiene gallinas, cabras, cerdos… Se entienden a la perfección. Cuando descubre que Almudena es veterinaria, la acoge con los brazos abiertos, hasta quiere no cobrarle el alquiler, pero Almudena insiste en pagar y Don Protasio se lo devuelve a escondidas.
La vida se le pone bien a Almudena: tiene casa, trabajo, la respeta todo el pueblo. Los animales la adoran, nunca se asustan ni se escapan. A cada uno le dedica una palabra dulce y, tras las curas, les compra premios de su propio sueldo.
Toma, Rufián, mi sol, ¿ves qué te ha traído Dasha? No te asustes, pequeñín, ponerte las gotas es solo un momento Y si pasa cualquier cosa, me llamas a cualquier hora les dice a los que pasan por su consulta.
Ay, bonita, ni en el hospital me tratan así. ¡Eres un tesoro! le agradece doña Ana, dueña de un precioso gato persa.
Y Almudena es feliz, aunque su corazón se encoge pensando en su madre. Llama a menudo pero, últimamente, es Marcos quien coge el teléfono, contestando de malas maneras que su madre está descansando.
No sé, la echo tanto de menos Hace medio año que no la veo suspira Almudena mientras toma té por la tarde con Don Protasio.
¿Y por qué no vas? Vamos los dos, todavía tengo el viejo Renault 5; no correrá, pero llega a cualquier lado le anima Don Protasio.
Almudena se alegra, tiene la dirección de Marcos, y allá que van. Tocan cancha mucho rato. Finalmente, abre la puerta una rubia alta, en bata corta, bostezando.
¿Qué quieren? ¿Son de alguna compañía? No nos interesa nada intenta cerrar la puerta.
¿Usted es Lourdes, la mujer de Marcos? se aventura Almudena.
Eso dicen, sí.
Y usted, ¿quién es?
Soy Almudena. Su hermana intenta pasar, pero Lourdes no la deja.
Mira tú qué bien. ¿Y para qué estás aquí? Yo me tengo que ir al centro de estética responde con desgana.
Es solo un minuto, es Don Protasio, viene conmigo. Solo quiero ver a mamá. Me marcharé enseguida, no molesto nada, lo prometo suplicó Almudena.
Aquí no está. Marcos se la llevó. ¿A dónde? A una residencia. Se puso malísima. ¿Quién la iba a cuidar? Él trabaja, yo voy a lo mío. ¿Dónde? Ni idea, no la he ido a ver. Espera, llamo Marcos, aquí está la tía esta, Almudena, con un viejo. Quiere la dirección. Vale Apunto en un papel y, perfumando el aire, le lanza la nota a Almudena. Y no vengáis más por aquí.
Almudena toma la dirección y sale corriendo con Don Protasio.
¿Cómo puede ser…? Si me lo hubieran dicho antes No tengo dinero ni casa, pero habría hecho algo lloriquea Almudena.
¡Pero a la madre te la hubieras traído conmigo! Hay sitio de sobra. ¡Tenían deber de informarte! protesta Don Protasio.
Llegan a la residencia. ¿De verdad esa anciana flaca, con los ojos hundidos, es Inés Gutiérrez? Antes era grande, siempre dispuesta, solucionando todo. Ahora, postrada y débil.
¡Mamá! ¡Mamá, soy yo, Almudena! Perdona que no viniera antes, no tengo perdón, mamá, pero te voy a cuidar; nos vamos con Don Protasio… Tiene gallinas y te haré tortilla y leche de cabra, vas a ponerte bien. Mamá, no me ignores. ¡Te quiero muchísimo! ¡Vámonos contigo! llora Almudena agarrando la mano frágil de Inés.
Consiguen sacarla de la residencia; legalmente, Almudena es hija. Además, Don Protasio, viejo soldado, amenaza con llamar al general si no les devuelven a Inés. Porque Marcos quería dejarla allí para siempre…
Al décimo día, Inés se levanta. Se acerca a la ventana. Ve una cerdita, Petra, paseando tranquila, y un gallo cantando. Todo huele a hierba fresca, leche y, sobre todo, a rosquillas, que Almudena ha horneado. Almudena entra, cojeando, y ve a su madre llorando de emoción. Se abrazan, Almudena pide perdón por no haber vivido juntas, por tener que estar allí y no con Belén y Marcos.
Pero Inés solo la estrecha contra sí, como si volviera a ver a la niña menuda y risueña que no era de su sangre, sino de su corazón, que nunca la dejó sola en la recta final de la vida, a diferencia de sus hijos tan guapos y exitosos.
No te preocupes, mi Almudena. Ahora todo va a estar bien. Ya verás, hija susurra Inés.
¡Chicas! ¿Qué pasa, merendamos ya? entra Don Protasio en la habitación.
Las tres, cogidos de la mano, ríen y se van juntos, dispuestos a empezar una nueva vida.






