Mira, te voy a contar la historia de una chica llamada Marisol, aunque todo el mundo la llamaba la tontita. Llevaba quince años casada con su marido, Óscar. Tenían dos hijos: Martina, que tenía catorce años, y Toñito, que acababa de cumplir siete. Pero lo fuerte es que Óscar le había sido infiel casi desde el primer día. El primer desliz, ni te lo pierdas, fue en la mismísima celebración de la boda, con una camarera. A partir de ahí, perdió la cuenta. Las amigas intentaron abrirle los ojos mil veces, pero ella siempre respondía con una sonrisa discreta y se callaba.
Marisol trabajaba como contable en una fábrica de juguetes en las afueras de Valladolid. Y mira, cobraba una miseria y, eso sí, curraba hasta los festivos. Se quedaba por la noche en la oficina con los balances trimestrales y anuales, que ni veía su casa.
En cambio, Óscar ganaba bastante bien, pero Marisol tampoco era ninguna ama de casa ejemplar. Por mucho dinero que le diera su marido, la nevera siempre estaba tiritando, y lo más elaborado que cocinaba era un cocido rapidito y filetes con arroz. Así iban tirando. Todos a su alrededor alucinaban cuando veían a Óscar con otra nueva amiga. Encima, muchas veces volvía a casa, como decimos aquí, seco como una pasa.
Qué ingenua es Marisol, ¿cómo puede aguantar a ese mujeriego? susurraban los vecinos.
El día que Toñito cumplió diez años, Óscar regresó a casa y soltó la bomba: que se quería divorciar, que se había enamorado, y que la familia ya no le hacía ilusión.
Marisol, no te ofendas, pero voy a pedir el divorcio. Eres más fría que un bloque de hielo. Si al menos supieras llevar la casa, pero ni eso.
Vale, me parece bien, nos divorciamos le contestó ella, tan tranquila.
Óscar casi se cae de la silla de la sorpresa. Esperaba gritos, lágrimas, un drama monumental pero no esta calma.
Bueno entonces, prepara tus cosas. No voy a molestar. Mañana volveré, deja la llave bajo el felpudo.
Marisol le miró en silencio, con una sonrisa rara y un brillo extraño en los ojos, pero Óscar lo pasó por alto, demasiado ocupado imaginando su nuevo futuro con su novia, sin niños ni la esposa de siempre.
Al día siguiente, volvió al piso en pleno centro de Valladolid, acompañado de su nueva conquista. Buscó la llave bajo el felpudo, pero no estaba ni rastro. Eso le puso de mal humor.
Da igual, cambio la cerradura y listo, pensó. Intentó abrir la puerta, pero la llave ya no encajaba. Llamó al timbre, y al abrirse la puerta se topó con un hombre enorme, en bata y zapatillas domésticas.
¿Qué quieres, tío? le dijo el tipo.
Esta es mi casa balbuceó Óscar, sin mucha seguridad.
Eso lo dudamos. ¿Tienes papeles? Si los tienes, enséñalos.
Óscar, claro, no llevaba nada encima. No le dejaron pasar. Entonces recordó que en el DNI viene la dirección. Se puso a rebuscar y, por fin, lo encontró.
Mira, aquí está la dirección en mi carné.
El hombre cogió el DNI, le echó una ojeada, luego se le torció la boca en una medio sonrisa y se lo devolvió.
¿Hace cuánto que no actualizas esto?
Óscar notó el frío en la espalda. Abrió el dni por la dirección, y ahí estaban dos sellos: uno de empadronamiento, y otro de baja ¡de hacía dos años!
¿Cómo podía haber sucedido eso? No quiso montar follón con el armario de la puerta y decidió llamar a Marisol, pero su número estaba fuera de cobertura.
Pensó en esperarla a la salida de la fábrica. Pero descubrió que Marisol llevaba ya un año sin trabajar allí. La hija se había ido a estudiar a Alemania, y el niño, pensó, al menos iría al colegio de siempre. Se fue para allá y… ¡tampoco estaba allí! Resulta que Toñito había cambiado de cole el curso anterior, y como su padre nunca aparecía, nadie le dio información.
Totalmente derrotado, se sentó en un banco y se cogió la cabeza entre las manos. ¿Cómo había pasado esto? Su tontita, su mosquita muerta, ¡le había dado una vuelta a la tortilla!
La cabeza le daba vueltas: ¿cómo podía haber vendido Marisol el piso? Pensó, bueno, en el juicio del divorcio aclararemos todo. Faltaba solo una semana.
En el juzgado llegó hecho una furia, dispuesto a desmontar las trampas de la que ahora veía como una estafadora y a recuperar lo suyo. Pero en la vista saltó la realidad: se había olvidado completamente de que, hacía dos años, firmó una carta de poder general para Marisol. Justo cuando conoció a la despampanante Elisa ni te imaginas cómo le trastocaba el cerebro esa mujer, fue Marisol que necesitaba firmar mil papeles para las becas de la hija. Le preguntó a su abogado y este le recomendó hacerle la autorización. Tan pillado estaba por Elisa, que ni se enteró de la jugada.
Y así, con su propia mano, se quedó sin nada. Solo, en la calle, y lo peor es que Elisa desapareció en cuanto se enteró de que no tenía piso. Bueno, al menos, que Marisol se fastidie con la pensión. Por ahí no paso, pensó.
Pero ni por esas. Lo siguiente que recibió no fue una citación para la pensión, sino para un juicio de impugnación de paternidad. ¡Resulta que los dos hijos de Marisol eran de otro hombre! El mismo día de la boda la pilló con la camarera. Aquello, en su mente, la rompió por dentro. Se vengó a su manera: con infidelidad, sí, pero sobre todo guardando todo el dinero que él le daba, vaciando la nevera y mandando a los niños a comer a casa de la abuela.
La madre de Marisol la intentó convencer de que tanta venganza la destrozaría a ella y a los niños, pero ella siguió adelante, decidida. Y cuando tuvo el objetivo cumplido, hizo las pruebas de ADN (aunque ya sabía de sobra quién era el padre), y fue el golpe final.
Óscar encajó peor esa noticia que el haber perdido el piso. Así son las cosas: hay que tener mucho cuidado con las mujeres dolidas porque, cuando se enfadan de verdad, son capaces de absolutamente todo.







