La Tonta Todos tomaban a Ana por tonta. Llevaba quince años casada con su marido. Tenían dos hijos: Alicia de catorce años y Serguito de siete. Su marido le era infiel casi a plena luz del día; la primera vez le engañó el segundo día de boda, con la camarera. Y después, perdió la cuenta. Las amigas intentaban abrirle los ojos, pero ella solo sonreía dulcemente y callaba. Ana trabajaba en una fábrica de juguetes infantiles, como contable. Según ella, el sueldo era minúsculo y el trabajo la sobrecargaba hasta los cielos, incluso los fines de semana. En los cierres trimestrales y anuales casi no pisaba su casa. Su marido ganaba muy bien. Pero Ana era una ama de casa pésima. Por mucho dinero que le diese, nunca alcanzaba para la compra; la nevera siempre vacía y, de comer, como mucho, un cocido y unas albóndigas con macarrones. Así vivían. Todos en el barrio se sorprendían cuando veían a Valerico con otra novia. Además, muchas veces llegaba a casa más seco que la mojama. — Ay, madre, ¡qué tonta es Anita! ¿Cómo puede aguantar semejante mujeriego? El día que Serguito cumplió diez años, su marido llegó y anunció que quería divorciarse. Que estaba enamorado y su familia ya no le hacía feliz. — Ana, no te ofendas, pero voy a pedir el divorcio. Eres fría como un pescado. Ni siquiera eres buena ama de casa. — Vale, estoy de acuerdo con el divorcio. Valerico casi se cae de la silla, esperaba gritos, drama, mares de lágrimas. No esa tranquilidad. — Perfecto, haz las maletas y no te molestaré. Mañana vuelvo, deja tu llave debajo del felpudo. Ana le miró en silencio y con una sonrisa sospechosa. Todo era raro, pensó Valerico, pero pronto lo olvidó, soñando con su nueva vida, sin hijos y sin su pesada esposa. Al día siguiente llegó a casa con su nueva conquista, buscó la llave bajo el felpudo, pero nada. Ni rastro. — Bueno, nada, cambio la cerradura y ya está, pensó. Intentó meter la llave, pero nada. Llamó al timbre. Abrió la puerta un hombre enorme, en bata y zapatillas. — ¿Qué quiere usted? — Esta es mi casa… — Sobre eso, podemos discutir. ¿Tiene papeles? Por supuesto, Valerico no los tenía encima. De repente recordó que la dirección estaba en el DNI. Buscó en el bolsillo, al fin lo encontró. — Aquí mi DNI y la dirección. El hombre en bata lo miró de mala gana y se lo devolvió con una mueca de sonrisa. — ¿Hace cuánto que no mira este librito? Valerico, sintiendo el desastre, abrió el DNI por la hoja de la dirección: dos sellos, uno de empadronamiento y otro, fechado hacía dos años, de baja. ¿Cómo podía ser? No quiso pelearse con el gigantón. Llamó a su mujer, pero estaba fuera de cobertura. Decidió esperarla en la entrada de la fábrica. Fue inútil, llevaba un año sin trabajar allí. Su hija se había ido a estudiar fuera, pero su hijo, al menos estaría en el cole. Allí también, desilusión: Sergio se cambió de colegio el año anterior y el padre ni enterado. Totalmente derrotado, se sentó en un banco, cabeza entre manos. ¿Cómo había pasado? Su ex, tan callada, tan “ameba”, y ahora esto. ¿Cómo vendió el piso? Bueno, ya lo verán en el juzgado: el divorcio sería en una semana. Fue a la vista enfadado y dispuesto a destapar a una estafadora y recuperar lo suyo. Y sí, allí salió todo a la luz. Había firmado a mano un poder notarial a favor de Ana. Dos años atrás, justo cuando conoció a Elisa, una mujer despampanante. Se olvidó del mundo. Su mujer le pidió documentos y autorizaciones para la universidad de su hija, y él, aconsejado por un abogado, le dio la autorización total. De su propia mano se quedó sin nada. Solo y en la calle, y para colmo, Elisa desapareció en cuanto supo que ya no tenía piso. — Al menos me pedirá la pensión, pero ahí se va a enterar… Pero otra sorpresa: en vez de una citación por pensión, recibió una para disputar la paternidad. Resulta que los dos hijos de Anna no eran suyos. El día de la boda, Ana vio a su marido con la camarera. Algo se le rompió en la cabeza. Casi sin darse cuenta, decidió vengarse: infidelidad por infidelidad. Después, ahorró cada euro que él daba para la compra, mientras en casa no había ni pan pero los niños siempre iban bien vestidos y comidos en casa de la abuela. Su madre le advertía: — La venganza te va a destruir, Ana, y a los niños también. Pero Ana estaba decidida y consiguió su objetivo. Incluso hizo pruebas de ADN, aunque ya sabía de sobra quién era el padre de sus hijos. Eso fue el puñetazo final. Valerico llevó mejor perder el piso que enterarse de que no era padre de sus hijos. Cuidado con las mujeres heridas; en su furia son capaces de cualquier cosa.

Mira, te voy a contar una historia que parece de esas que escuchas en la sobremesa con café, pero es totalmente real. La protagonista se llama Amparo, y todo el mundo en el barrio la tenía por una ingenua, vamos, decían que era medio tonta. Llevaba quince años casada con Manolo, un tío de esos que tienen más cara que espalda. Tienen dos chavales, la mayor, Inés, tiene catorce años, y el pequeño, Gonzalo, siete.

Manolo era de los que no se cortaban ni un pelo: desde el día después de la boda le puso los cuernos con una camarera en Granada, ¡imagínate! Y de ahí para arriba; infidelidades a puñados. Las amigas de Amparo intentaban abrirle los ojos una y otra vez, pero ella siempre respondía con una media sonrisa y silencio, como si no fuera con ella.

Amparo trabajaba como contable en una fábrica de juguetes infantiles, y según ella, el sueldo era ridículo, una miseria. Encima, la hartaban a trabajo hasta los domingos. Cuando tocaban los cierres trimestrales y anuales, ni iba a dormir a casa.

Eso sí, Manolo traía buenos billetes a casa, un sueldo estupendo. Pero Amparo nunca fue buena para llevar la casa: daba igual cuánto dinero tuviera, siempre faltaba algo en la nevera y, de cocinar, lo justo, un cocido rápido y unas croquetas con arroz. Así se les pasaban los días. Los vecinos se quedaban locos cuando veían a Manolo con otra conquista, pero tampoco era nada nuevo. Encima, a veces llegaba a casa tan seco como una mojama.

¡Vaya prenda la Amparo, y para qué aguantará al bandarra este!, decían en la escalera.

El día que Gonzalo cumplió diez años, Manolo llegó a casa campante y le soltó: que se quería divorciar, que se había enamorado otra vez y que allí ya no pintaba nada.

Amparo, no te lo tomes a mal, pero pido el divorcio. Eres más fría que el mármol. Si por lo menos supieras llevar la casa, pero ni eso.

Vale. Estoy de acuerdo. Cuando quieras.

Manolo se quedó flipando, casi se cae de la silla. Esperaba gritos, berrinche, lágrimas y ella, tan tranquila.

Pues nada, ve haciendo las maletas. No te molesto. Mañana vuelvo, deja las llaves debajo del felpudo.

Amparo lo miró con una cara y una sonrisa rara, pero sin decir ni mu. A Manolo le sonó raro, pero enseguida se le pasó; se veía ya viviendo una vida feliz, sin niños ni mujer aburrida.

Al día siguiente, llega con su nuevo ligue, busca la llave bajo el felpudo y nada de nada. Se le torció el día.

Bah, cambio la cerradura y listo.

Mete su llave y tampoco entra. Toca el timbre y le abre un tiarrón con pinta de forzudo, en bata y zapatillas.

¿Qué quieres, tío?

Eh, que esta es mi casa.

¿Sí? ¿Tienes papeles para demostrarlo? Enséñalos.

Manolo, claro, no los tenía encima. Se puso nervioso, sacó el DNI menos mal y vio ahí la dirección. El forzudo lo hojeó y, sonriendo de medio lado, se lo devolvió.

Hace tiempo que no miras esta libretita, ¿eh?

Manolo miró la página de empadronamiento y casi le da algo: tenía dos sellos; uno de alta en la vivienda y otro de baja, de ¡hace dos años!

No se atrevió a discutir, se fue y llamó a Amparo, pero estaba ilocalizable. Esperó fuera de la fábrica, pero le dijeron que Amparo llevaba ya un año sin trabajar ahí. Su hija Inés se había ido a estudiar a París, pero pensó: ‘al menos el crío sigue en el cole del barrio’. Ni eso. Le informaron que Gonzalo había cambiado de colegio el curso pasado, y los datos no podían dárselos.

Deshecho, se sentó en un banco de la plaza y se cogió la cabeza entre las manos. ¿Cómo demonios ha pasado esto?, pensaba. Su mujer, tan callada, tan boba, y al final mira cómo la ha liado. Y cómo narices podía haber vendido la casa Bueno, ya lo vería en el juzgado, porque el divorcio era en una semana.

Llegó el día. Manolo iba dispuesto a desenmascarar a Amparo y recuperar lo suyo. Pero, en el juicio, todo quedó nítido como el agua. Resulta que él mismo había firmado una autorización general a nombre de Amparo una poder notarial dos años antes, cuando empezó con esa tal Elisa, que le traía loco. Amparo había ido detrás, necesitaba unas firmas y papeles para la matrícula de Inés, y él, por quitársela de encima, preguntó a un abogado y este le dijo que con una autorización general valía. ¡Y ahí se quedó Manolo, sin nada!

Además, Elisa, al enterarse de que Manolo ya no tenía piso, desapareció y no volvió a saber de ella.

Pensó: Bueno, al menos que Amparo me ponga una demanda por pensión de alimentos, que ahí sí la puedo fastidiar yo. Pero ni eso. En vez de la citación para pagar la manutención, lo que recibió fue una para impugnar la paternidad. Resulta que los dos críos ¡no eran suyos! Amparo había visto a Manolo con la camarera el mismísimo día de la boda, y le dio tal vuelta la cabeza que decidió vengarse a su manera: le fue infiel por cada infidelidad suya. Encima, todo el dinero que Manolo daba para la casa, Amparo lo fue guardando; la nevera vacía y ellos comiendo en casa de su abuela, pero bien vestidos y calzados.

La madre de Amparo la avisaba: Esa venganza te destrozará, hija. Va a romper a los niños también. Pero Amparo siguió, hasta conseguir su objetivo. Y el día que lo logró, se hizo pruebas de ADN por si había alguna duda, aunque ella bien sabía de quiénes eran los niños.

Eso fue lo que más dolió a Manolo: más que perder la casa, enterarse de que nunca fue padre de esos niños. Así que ya lo sabes, ten cuidado con las mujeres a las que haces daño, porque cuando se enfadan, pueden ser capaces de cosas que ni te imaginasDicen en el barrio que, desde aquel día, nadie volvió a llamarla ingenua. Amparo se fue con los niños sus verdaderos niños a un piso cerca de la playa, donde la vieron empezar de cero, con la dignidad intacta y una media sonrisa más segura que nunca. De vez en cuando, pasaba por la antigua plaza, saludaba a las vecinas de toda la vida y miraba de reojo a los curiosos que todavía no entendían cómo la boba había dado la vuelta al tablero.

A Manolo, por su parte, se le vio alguna vez sentado en el banco, mirando el suelo, perdido entre recuerdos y remordimientos, como si buscara en las baldosas una explicación a todo lo ocurrido. El barrio, tiempo después, dejó de hablar de él.

Mientras tanto, las malas lenguas se desvanecieron y, en las sobremesas, se contaba la historia de Amparo, no por venganza, sino como advertencia: nunca confundas el silencio con la sumisión. Porque, a veces, la que calla no es que no sepa, es que está pensando cómo cambiarlo todo.

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MagistrUm
La Tonta Todos tomaban a Ana por tonta. Llevaba quince años casada con su marido. Tenían dos hijos: Alicia de catorce años y Serguito de siete. Su marido le era infiel casi a plena luz del día; la primera vez le engañó el segundo día de boda, con la camarera. Y después, perdió la cuenta. Las amigas intentaban abrirle los ojos, pero ella solo sonreía dulcemente y callaba. Ana trabajaba en una fábrica de juguetes infantiles, como contable. Según ella, el sueldo era minúsculo y el trabajo la sobrecargaba hasta los cielos, incluso los fines de semana. En los cierres trimestrales y anuales casi no pisaba su casa. Su marido ganaba muy bien. Pero Ana era una ama de casa pésima. Por mucho dinero que le diese, nunca alcanzaba para la compra; la nevera siempre vacía y, de comer, como mucho, un cocido y unas albóndigas con macarrones. Así vivían. Todos en el barrio se sorprendían cuando veían a Valerico con otra novia. Además, muchas veces llegaba a casa más seco que la mojama. — Ay, madre, ¡qué tonta es Anita! ¿Cómo puede aguantar semejante mujeriego? El día que Serguito cumplió diez años, su marido llegó y anunció que quería divorciarse. Que estaba enamorado y su familia ya no le hacía feliz. — Ana, no te ofendas, pero voy a pedir el divorcio. Eres fría como un pescado. Ni siquiera eres buena ama de casa. — Vale, estoy de acuerdo con el divorcio. Valerico casi se cae de la silla, esperaba gritos, drama, mares de lágrimas. No esa tranquilidad. — Perfecto, haz las maletas y no te molestaré. Mañana vuelvo, deja tu llave debajo del felpudo. Ana le miró en silencio y con una sonrisa sospechosa. Todo era raro, pensó Valerico, pero pronto lo olvidó, soñando con su nueva vida, sin hijos y sin su pesada esposa. Al día siguiente llegó a casa con su nueva conquista, buscó la llave bajo el felpudo, pero nada. Ni rastro. — Bueno, nada, cambio la cerradura y ya está, pensó. Intentó meter la llave, pero nada. Llamó al timbre. Abrió la puerta un hombre enorme, en bata y zapatillas. — ¿Qué quiere usted? — Esta es mi casa… — Sobre eso, podemos discutir. ¿Tiene papeles? Por supuesto, Valerico no los tenía encima. De repente recordó que la dirección estaba en el DNI. Buscó en el bolsillo, al fin lo encontró. — Aquí mi DNI y la dirección. El hombre en bata lo miró de mala gana y se lo devolvió con una mueca de sonrisa. — ¿Hace cuánto que no mira este librito? Valerico, sintiendo el desastre, abrió el DNI por la hoja de la dirección: dos sellos, uno de empadronamiento y otro, fechado hacía dos años, de baja. ¿Cómo podía ser? No quiso pelearse con el gigantón. Llamó a su mujer, pero estaba fuera de cobertura. Decidió esperarla en la entrada de la fábrica. Fue inútil, llevaba un año sin trabajar allí. Su hija se había ido a estudiar fuera, pero su hijo, al menos estaría en el cole. Allí también, desilusión: Sergio se cambió de colegio el año anterior y el padre ni enterado. Totalmente derrotado, se sentó en un banco, cabeza entre manos. ¿Cómo había pasado? Su ex, tan callada, tan “ameba”, y ahora esto. ¿Cómo vendió el piso? Bueno, ya lo verán en el juzgado: el divorcio sería en una semana. Fue a la vista enfadado y dispuesto a destapar a una estafadora y recuperar lo suyo. Y sí, allí salió todo a la luz. Había firmado a mano un poder notarial a favor de Ana. Dos años atrás, justo cuando conoció a Elisa, una mujer despampanante. Se olvidó del mundo. Su mujer le pidió documentos y autorizaciones para la universidad de su hija, y él, aconsejado por un abogado, le dio la autorización total. De su propia mano se quedó sin nada. Solo y en la calle, y para colmo, Elisa desapareció en cuanto supo que ya no tenía piso. — Al menos me pedirá la pensión, pero ahí se va a enterar… Pero otra sorpresa: en vez de una citación por pensión, recibió una para disputar la paternidad. Resulta que los dos hijos de Anna no eran suyos. El día de la boda, Ana vio a su marido con la camarera. Algo se le rompió en la cabeza. Casi sin darse cuenta, decidió vengarse: infidelidad por infidelidad. Después, ahorró cada euro que él daba para la compra, mientras en casa no había ni pan pero los niños siempre iban bien vestidos y comidos en casa de la abuela. Su madre le advertía: — La venganza te va a destruir, Ana, y a los niños también. Pero Ana estaba decidida y consiguió su objetivo. Incluso hizo pruebas de ADN, aunque ya sabía de sobra quién era el padre de sus hijos. Eso fue el puñetazo final. Valerico llevó mejor perder el piso que enterarse de que no era padre de sus hijos. Cuidado con las mujeres heridas; en su furia son capaces de cualquier cosa.