Mira, te voy a contar una historia que parece de esas que escuchas en la sobremesa con café, pero es totalmente real. La protagonista se llama Amparo, y todo el mundo en el barrio la tenía por una ingenua, vamos, decían que era medio tonta. Llevaba quince años casada con Manolo, un tío de esos que tienen más cara que espalda. Tienen dos chavales, la mayor, Inés, tiene catorce años, y el pequeño, Gonzalo, siete.
Manolo era de los que no se cortaban ni un pelo: desde el día después de la boda le puso los cuernos con una camarera en Granada, ¡imagínate! Y de ahí para arriba; infidelidades a puñados. Las amigas de Amparo intentaban abrirle los ojos una y otra vez, pero ella siempre respondía con una media sonrisa y silencio, como si no fuera con ella.
Amparo trabajaba como contable en una fábrica de juguetes infantiles, y según ella, el sueldo era ridículo, una miseria. Encima, la hartaban a trabajo hasta los domingos. Cuando tocaban los cierres trimestrales y anuales, ni iba a dormir a casa.
Eso sí, Manolo traía buenos billetes a casa, un sueldo estupendo. Pero Amparo nunca fue buena para llevar la casa: daba igual cuánto dinero tuviera, siempre faltaba algo en la nevera y, de cocinar, lo justo, un cocido rápido y unas croquetas con arroz. Así se les pasaban los días. Los vecinos se quedaban locos cuando veían a Manolo con otra conquista, pero tampoco era nada nuevo. Encima, a veces llegaba a casa tan seco como una mojama.
¡Vaya prenda la Amparo, y para qué aguantará al bandarra este!, decían en la escalera.
El día que Gonzalo cumplió diez años, Manolo llegó a casa campante y le soltó: que se quería divorciar, que se había enamorado otra vez y que allí ya no pintaba nada.
Amparo, no te lo tomes a mal, pero pido el divorcio. Eres más fría que el mármol. Si por lo menos supieras llevar la casa, pero ni eso.
Vale. Estoy de acuerdo. Cuando quieras.
Manolo se quedó flipando, casi se cae de la silla. Esperaba gritos, berrinche, lágrimas y ella, tan tranquila.
Pues nada, ve haciendo las maletas. No te molesto. Mañana vuelvo, deja las llaves debajo del felpudo.
Amparo lo miró con una cara y una sonrisa rara, pero sin decir ni mu. A Manolo le sonó raro, pero enseguida se le pasó; se veía ya viviendo una vida feliz, sin niños ni mujer aburrida.
Al día siguiente, llega con su nuevo ligue, busca la llave bajo el felpudo y nada de nada. Se le torció el día.
Bah, cambio la cerradura y listo.
Mete su llave y tampoco entra. Toca el timbre y le abre un tiarrón con pinta de forzudo, en bata y zapatillas.
¿Qué quieres, tío?
Eh, que esta es mi casa.
¿Sí? ¿Tienes papeles para demostrarlo? Enséñalos.
Manolo, claro, no los tenía encima. Se puso nervioso, sacó el DNI menos mal y vio ahí la dirección. El forzudo lo hojeó y, sonriendo de medio lado, se lo devolvió.
Hace tiempo que no miras esta libretita, ¿eh?
Manolo miró la página de empadronamiento y casi le da algo: tenía dos sellos; uno de alta en la vivienda y otro de baja, de ¡hace dos años!
No se atrevió a discutir, se fue y llamó a Amparo, pero estaba ilocalizable. Esperó fuera de la fábrica, pero le dijeron que Amparo llevaba ya un año sin trabajar ahí. Su hija Inés se había ido a estudiar a París, pero pensó: ‘al menos el crío sigue en el cole del barrio’. Ni eso. Le informaron que Gonzalo había cambiado de colegio el curso pasado, y los datos no podían dárselos.
Deshecho, se sentó en un banco de la plaza y se cogió la cabeza entre las manos. ¿Cómo demonios ha pasado esto?, pensaba. Su mujer, tan callada, tan boba, y al final mira cómo la ha liado. Y cómo narices podía haber vendido la casa Bueno, ya lo vería en el juzgado, porque el divorcio era en una semana.
Llegó el día. Manolo iba dispuesto a desenmascarar a Amparo y recuperar lo suyo. Pero, en el juicio, todo quedó nítido como el agua. Resulta que él mismo había firmado una autorización general a nombre de Amparo una poder notarial dos años antes, cuando empezó con esa tal Elisa, que le traía loco. Amparo había ido detrás, necesitaba unas firmas y papeles para la matrícula de Inés, y él, por quitársela de encima, preguntó a un abogado y este le dijo que con una autorización general valía. ¡Y ahí se quedó Manolo, sin nada!
Además, Elisa, al enterarse de que Manolo ya no tenía piso, desapareció y no volvió a saber de ella.
Pensó: Bueno, al menos que Amparo me ponga una demanda por pensión de alimentos, que ahí sí la puedo fastidiar yo. Pero ni eso. En vez de la citación para pagar la manutención, lo que recibió fue una para impugnar la paternidad. Resulta que los dos críos ¡no eran suyos! Amparo había visto a Manolo con la camarera el mismísimo día de la boda, y le dio tal vuelta la cabeza que decidió vengarse a su manera: le fue infiel por cada infidelidad suya. Encima, todo el dinero que Manolo daba para la casa, Amparo lo fue guardando; la nevera vacía y ellos comiendo en casa de su abuela, pero bien vestidos y calzados.
La madre de Amparo la avisaba: Esa venganza te destrozará, hija. Va a romper a los niños también. Pero Amparo siguió, hasta conseguir su objetivo. Y el día que lo logró, se hizo pruebas de ADN por si había alguna duda, aunque ella bien sabía de quiénes eran los niños.
Eso fue lo que más dolió a Manolo: más que perder la casa, enterarse de que nunca fue padre de esos niños. Así que ya lo sabes, ten cuidado con las mujeres a las que haces daño, porque cuando se enfadan, pueden ser capaces de cosas que ni te imaginasDicen en el barrio que, desde aquel día, nadie volvió a llamarla ingenua. Amparo se fue con los niños sus verdaderos niños a un piso cerca de la playa, donde la vieron empezar de cero, con la dignidad intacta y una media sonrisa más segura que nunca. De vez en cuando, pasaba por la antigua plaza, saludaba a las vecinas de toda la vida y miraba de reojo a los curiosos que todavía no entendían cómo la boba había dado la vuelta al tablero.
A Manolo, por su parte, se le vio alguna vez sentado en el banco, mirando el suelo, perdido entre recuerdos y remordimientos, como si buscara en las baldosas una explicación a todo lo ocurrido. El barrio, tiempo después, dejó de hablar de él.
Mientras tanto, las malas lenguas se desvanecieron y, en las sobremesas, se contaba la historia de Amparo, no por venganza, sino como advertencia: nunca confundas el silencio con la sumisión. Porque, a veces, la que calla no es que no sepa, es que está pensando cómo cambiarlo todo.







