La Tía

TÍA

A la tía Pascuala la trajeron del pueblo a Madrid. La mujer, ya entrada en años, empezaba a no poder con el huerto y las gallinas. Así que su sobrina Lucía se la llevó a su piso.

Su marido, Alejandro, no protestó. Él, discreto y flacucho, con gafas, se dejaba guiar sin rechistar por la rotunda y echada palante Lucía.

Es de la familia. Tía Pascuala, aunque sea. No tiene hijos, pobrecilla. Y yo me he quedado sin madre. La mía era treinta años más joven que la tía Pascuala, hija de nuestro padre con otra. Fíjate tú, mi mamá se fue antes de tiempo, ay. ¡Pena da tía Pascuala! ¡Nos la llevamos! dictaminó Lucía, que nunca dudaba.

Sus hijos Diego y la pequeña Jimena no conocían a la tía.

De hecho, Lucía solo la había visto un par de veces en persona. Por teléfono, ni hablar: todo por cartas. Resulta que la tía Pascuala no tenía ni móvil, ni lavadora, ni nada de todo eso moderno.

Y ahí estaba, sentada en el salón. Pequeñita, como un duendecillo (Diego, de trece años, le sacaba una cabeza). Pelito como de algodón y ojos azul intenso, joviales. En la cabeza llevaba una boina de esas que parecen pastillas.

Entre las manos, un fardo y una bolsa de malla de las de antes, y dos maletas viejas. En brazos, el gato pelirrojo, que echó un vistazo perezoso a los nuevos dueños, saltó al suelo y empezó a patrullar el piso.

Este es Mandarino. Me lo he traído. Un alma viva, no me lo tengáis en cuenta anunció la tía Pascuala.

Y añadió:

¡Qué guapos que sois! ¡Familia, al fin!

Luego vino el festín. La anciana había traído conservas y mermeladas. Lucía se asombró de ver a sus tiquismiquis hijos comerse el dulce, los pepinillos, el pisto y demás como si fueran del mismísimo El Corte Inglés Gourmet.

Lucía, ¿tenéis huerto? ¡Yo planto de todo, aunque ya no tenga tanta fuerza, no se puede vivir sin tierra propia! soltó la tía Pascuala.

Lucía le explicó que no, y que no hacía falta. Todo se puede comprar, y tiempo no hay: ella con dos trabajos, Alejandro igual. Los niños apenas los ven y la hipoteca les come la vida.

El huerto es necesario, Lucía. No me mires así. El humano sin tierra no es nada. Ya buscaremos una parcela y la tía Pascuala se fue a su recién inaugurada habitación.

Sí, sí. Pues menuda fantasía la nuestra. Nos apretamos el cinturón, y la tía se cree que somos millonarios refunfuñaba Lucía mientras fregaba.

Al día siguiente, era sábado. Alejandro se regodeaba en la cama leyendo El País. Lucía, tras soltar el grito típico para que los niños calentaran comida del Mercadona, intentó echarse un rato más.

Diego y Jimena se sumergieron en sus móviles, como cabía esperar.

Mandarino se sentó a su lado, moviendo la cabeza como si entendiera. Entró la tía Pascuala.

¿Qué hacéis, criaturas? preguntó.

Diego y Jimena se lanzaron a explicarle y a mostrarle el móvil. Tía Pascuala miró y miró, y acabó diciendo:

En el pueblo también tenemos aparatos, aunque más sencillos. Yo nunca usé eso. A vuestra madre le escribía cartas, me era más cómodo. Es útil, este cacharro: puedes encontrar a la gente en cualquier parte. Buen invento, sí señor. Pero venga, dejadlos y venid conmigo.

¿A dónde? ¡Estamos jugando! protestó Diego.

¿Jugando? Si estáis en el móvil y no llamáis a nadie… se extrañó la tía Pascuala.

¡Estamos dentro, es un juego en el móvil! chilló Jimena.

Tía Pascuala empezó a contar cómo jugaban en el pueblo y logró arrastrar a los críos a la cocina.

Cuando Lucía apareció, se quedó de piedra. En la mesa había un plato de tortitas recién hechas. Diego tomaba el té más feliz que nunca, y Jimena enrollaba empanadas junto a la tía.

¡Mira, mamá! ¡Feliz te vas a poner! ¡A ver si te toca una! dijo sonriendo Jimena.

Luego apareció Alejandro, esnifando el aire como un sabueso.

Desde ahora, los sábados hacemos empanadas y tortitas todos juntos. Hay que comer casero anunció tía Pascuala.

¿Para qué? Si ahora lo compras todo hecho… protestó Lucía, a la que cocinar le daba repelús. Se abastecía con productos congelados y precocinados. A la familia no le molestaba hasta ese día.

No, mamá. ¡Vamos a hacerlas nosotros! ¡Nunca comí unas empanadas tan buenas! dijo Diego.

Después, tía Pascuala cogió una pelota de goma y la ató a las patas de las sillas, enseñando a Jimena a saltar como hacían en el pueblo.

¿Vosotros no jugáis así? preguntó.

Si salen, salen pegados al móvil. ¡Generación moderna! masculló Alejandro.

No puede ser. Hay que relacionarse de verdad. El móvil es necesario, pero hay que usarlo para llamar o mandar lo preciso, ¡y ya está! sentenció tía Pascuala.

Por las noches, tejía; a su lado, Mandarino, hecho un rey en el sillón.

Mamá, ven llamó Jimena un día.

Lucía salió al recibidor. Miró al baño.

Tía Pascuala acariciaba la lavadora y decía:

¡Feliz día, lavadora! ¡Que nos dures muchos años, bonica!

Tía Pascuala, ¿has perdido la cabeza? susurró Lucía, medio asustada.

¿Qué dices? Hoy es 8 de marzo. La lavadora es una chica. Hay que felicitarla se tronchó la tía Pascuala.

Pero es una máquina, tía qué tontería bufó Lucía.

Todo entiende la tecnología, no digas eso. En el pueblo, Vasilio hablaba al tractor y se sacaba de los atolladeros. Y Kiko, antes de salir, le da ánimos al coche y lo llama “Petra”. Vosotros no sabéis lo afortunados que sois. Antes lavábamos a mano, íbamos al río. Ahora, ¡qué de comodidades! Y aún así, estáis amargados. Para algo bueno que tiene el móvil: sabes siempre dónde están tus niños. ¡Y la lavadora lo hace todo sola! ¡Y el microondas! se alegraba la tía Pascuala, señalando los electrodomésticos.

Empezó a recoger a los niños del cole.

Un día, Diego tenía líos en clase. Ni se lo contó a sus padres. Estaba llorando en la esquina cuando entró decidida la tía Pascuala. Le soltó todo, sin saber muy bien cómo.

Al día siguiente, no fue a los dos primeros periodos. El piso estaba extraño, hasta Mandarino parecía flojo. Ni rastro de la tía.

Habrá salido a pasear pensó Diego.

Se preparó y, al llegar al colegio, escuchó una voz familiar. Vio la puerta entreabierta. La profesora sentada, silencio total, y en la pizarra la tía Pascuala. Contando historias con pasión.

¡Ay!, ¿para qué ha venido? ¡Se van a reír de mí! Diego se pegó a la puerta.

Pero nadie se rió. Al acabar, los compis rodearon a la tía. Diego entró de lado. Le salió al paso Pedro, el jefe de los gamberros.

¿Por qué has tardado tanto? Oye, ¡es buenísima tu abuela! Nos ha contado muchas cosas. Ojalá tuviera yo una, la echo mucho de menos. Mañana ha prometido ir con nosotros al parque. Sabe de plantas y animales de todo. Es genial. La profe la dejó hablar sonreía Pedro.

Sí Es así rió Diego y corrió a abrazar a la tía Pascuala.

Esa noche, Lucía rompió a llorar. Cansada y sin ganas. La tía Pascuala estuvo ahí.

No llores, mi niña, ¿qué te pasa? Si tienes de todo.

¡Estoy harta! Trabajo demasiado, no disfruto la vida. Alejandro es un blandito. Otros hombres son de verdad. Yo estoy anticuada. Ahora se llevan otras cosas sollozó en el hombro de la tía Lucía.

Tía Pascuala la dejó desahogarse. Le hizo un té.

Y empezó a contar. Cómo perdió tres hijos de bebés, uno tras otro. Cómo su marido, hermoso y fuerte, se fue demasiado pronto. Cómo luchó contra la enfermedad grave, perdiendo peso, casi sin comer, sufriendo lo indecible pero resistió.

¿Qué moda es esa de comparar a la gente? Dios hace a cada uno distinto. Unos delgados, otros redonditos. Los gustos van cambiando. Antes las mujeres robustas eran admiradas, Lucía. Tú tienes lo más bonito: pelo rizado, ojos grandes de nuestra raza, y una figura estupenda. Valora lo que tienes, que otras ni eso. Y Alejandro es oro: siempre pendiente de la familia. Y tus niños son felicidad. Todo lo demás, ya se arregla. Ahora me acuerdo de algo bueno, a dormir y la tía Pascuala marchó, dejando a Lucía en la cocina.

Ya ni ganas de llorar le quedaban. ¿Por qué se quejaba? Tía Pascuala tenía razón. Todo lo esencial ya estaba ahí.

Ese día Lucía esperaba a su marido tras el trabajo (por fin, de vacaciones). Pero nada.

¡Niños! ¿Ha llamado papá? ¿Dónde estáis? preguntó.

Diego mezclaba algo en la cocina. Se había vuelto cocinillas y hasta flambeaba las tortitas. Jimena levantaba una casa de sillas y cubiertas, rodeada de muñecos.

Los móviles de ambos dormían en la estantería. Últimamente, solo los usaban para contestar llamadas.

Lucía intentaba llamar a Alejandro, pero siempre saltaba el: el abonado no está disponible.

Entonces se le heló la sangre. ¡Tía Pascuala! No se oía el característico arrastre de zapatillas ni su voz tranquila.

Corrió a la habitación. Mandarino se desperezaba en la cama.

¡Diego! ¡Jimena! ¡Dónde está la tía Pascuala! exclamó Lucía.

Los niños llegaron corriendo.

Volvimos juntos del cole y luego salió murmuró Jimena.

¿Cuándo? ¿Hace mucho? gritó Lucía. Jimena asintió y rompió a llorar.

¡Madre mía! Le compramos un móvil y no lo lleva. ¡Es mayor! Lucía cayó sin fuerza en el sillón.

Diego salió corriendo a vestirse.

¿A dónde vas? Lucía lo siguió.

A buscarla, mamá. ¡No podemos vivir sin ella! y el chaval se lanzó escaleras abajo.

Jimena también, en zapatillas, detrás de su hermano. Y Lucía, poniéndose la chaqueta al vuelo.

Todos salieron al portal y se encontraron felices.

¿Qué pasa? preguntó Lucía.

Los niños señalaron a la izquierda.

Por allí venía la tía Pascuala, del brazo de Alejandro, con una boina de amapolas.

¡Tía! ¡Nos has dado un susto mortal! ¡No te puedes ir así varias horas! ¿Y tú dónde estabas? preguntó Lucía, abrazando a Alejandro.

Hemos ido a cerrar ¿cómo se llama eso? ¡La hipoteca! anunció la tía Pascuala.

¿Qué? ¿Cómo? apenas pudo decir Lucía.

Queríamos darte una sorpresa. La tía Pascuala es la caña. Nos ha salvado la vida se reía Alejandro.

¿De dónde has sacado el dinero, tía? No hacía falta empezó Lucía.

¿Cómo que de dónde? Primero, he ahorrado. La pensión, los huevos de mis gallinas, la leche, el pan lo hacía yo. Segundo, vendí mi casa de toda la vida. ¿Para qué quiero dinero, si en el ataúd no hay bolsillos? Mi idea era dejaros todo. Mejor hacerlo ahora que os hace falta explicó sin tapujos la tía Pascuala.

Lucía se quedó muda. Ahora sí, podrían dejar uno de sus trabajos. Más tiempo para la familia. ¡Qué maravilla!

Mañana vamos al campo, a ver la huerta. Alejandro y yo ya elegimos casita continuó la tía Pascuala.

¡Vamos a tener huerto! ¡Bien! ¡Dacha! ¡Y nos vas a enseñar a ver luciérnagas, y a hacer cestas, y a hacer tesoros con flores y cristalitos para desenterrar luego! los niños se abalanzaron sobre la tía Pascuala.

Todos juntos, abrazados, volvieron a casa.

Lucía se quedó un minuto en el portal, mirando al cielo y murmurando:

Gracias. Gracias por la tía Pascuala.

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