La tan esperada nieta
Eulalia Fernández, envuelta en las sombras de la madrugada madrileña, marcaba sin cesar el número de su hijo Álvaro, navegante de los mares, ausente en otra travesía eterna. Los hilos invisibles del móvil quedaban mudos, como bocas de piedra. El puerto más cercano quizá Valencia, quizá algún lugar al sur no respondía a los anhelos de la madre.
¡Ay, hijo mío, menudo lío has montado esta vez! gemía, dejando escapar un suspiro dulce y amargo, antes de volver a marcar con mecánica esperanza.
Las campanas del insomnio llevaban dos noches sonando en su corazón, desde la última noticia de Álvaro.
* * *
El sueño comenzó varios años atrás, en un Madrid alternativo donde todo parecía hecho de niebla y espejos rotos. Álvaro, ya hombre, nunca encontraba mujer como debía ser. A través de las paredes del tiempo, Eulalia veía con aflicción cómo relaciones prometedoras con muchachas de nombres como Lucía, Pilar, Consuelo se deshacían como hojuelas en una tarde ventosa de otoño.
¡Tienes un carácter imposible, Álvaro! ¡Ninguna te viene bien! ¿Quién será capaz de aguantarte? le reprochaba, su voz reverberando en habitaciones donde el eco parecía responderle con antiguos refranes.
No entiendo tus quejas, mamá. ¿Prefieres una nuera cualquiera antes que una mujer buena? replicaba, mirando por la ventana de la memoria.
No es eso Solo quiero que te quieran y que sea una mujer decente.
El silencio de Álvaro pesaba mucho, y la rabia de Eulalia crecía como una tempestad contenida. ¿Acaso había criado a un hijo que sabía más de la vida que ella misma? La vieja pregunta ¿quién es el padre aquí? flotaba entre los azulejos de la cocina.
¿Y qué tenía de malo Carmen? terminaba gritando.
Ya te lo expliqué.
Bueno, a lo mejor Carmen no era buena muestra pero Eulalia no claudicaba. Podía ir desgranando nombres: Teresa, Elena, Rocío, todas descartadas, ninguna suficiente. Siempre algún detalle, algún secreto escondido.
¡Eres como tu padre: puntilloso y cabezota! se decía a sí misma con resignación.
Pasaban las estaciones, y las jóvenes alrededor de Álvaro eran como plantas que apenas florecían, y la ilusión de Eulalia por ver nietos jugaba al escondite con el viento. Cuando su hijo cambió de rumbo y aceptó trabajar en barcos mercantes, fue como si la realidad empezara a derretirse. ¿A ti qué te importan las pesetas si no puedo verte?, exclamaba la madre, pero Álvaro respondía: La familia también se construye con pan. Igual, le puso en la mano una tarjeta dorada de un banco iban ya dos campañas largas, un piso reformado, la cuenta repleta de euros como monedas de chocolate.
Pero el dinero quedaba intacto; apenas lo tocaba. Trabajando de farmacéutica en Lavapiés, Eulalia pensaba: Que se sorban ahí los euros, ¡que luego se sorprenda de lo ahorradora que soy!
Así pasaron los años. Álvaro, de vuelta a casa tras cada travesía, se desmadraba como adolescente: bares, amigos, y chicas que ya ni presentaba, dejando a Eulalia con la soledad y una punzada de desconcierto. Son sólo para pasar el rato, mamá, así no te llevas disgustos, decía él, cerrando la puerta tras un portazo lógico y frío.
Cada palabra retumbaba en la mente de Eulalia como el redoble sordo de un bombo de Semana Santa.
Y, entonces, en una noche de sueño nublado, Eulalia tropezó con una visión: la silueta de Álvaro junto a una muchacha en la plaza Mayor bajo la luz anaranjada de las farolas. Se acercó sin vergüenza alguna, y al hijo le subieron los colores. Así conoció a Beatriz, una joven alta, despierta, morena de rizos y gestos elegantes. La madre quedó deslumbrada. ¿Y si todo había sido cuestión de mala suerte hasta entonces? ¿Y si Beatriz era el premio en una rifa de amarguras?
El romance fue breve, patrocinado por los días libres de Álvaro. Beatriz acudió invitada a casa varias veces; charlaron de libros, de música, de las rarezas del clima en Castilla. Pero cuando el hijo preparó otra maleta rumbo al mar, Beatriz se desvaneció como un sueño al alba.
Entre Beatriz y yo, nada más, mamá. No le des más vueltas sentenció, cortante, antes de desaparecer entre las nubes de diesel del autobús.
Eulalia se quedó devorando teorías, sin llegar a ninguna parte.
* * *
Pasó un año. Álvaro hizo varias visitas relámpago. A cada intento de la madre por saber algo de Beatriz, el hijo respondía con monosílabos y frialdad. Hasta que un día, en una Madrid envuelta en calima, Eulalia perdió el control:
¿Y esta chica, tampoco te vale? ¿Qué tiene de malo esa criatura?
Eso queda entre nosotros. No te metas, mamá. ¡Basta ya!
Eulalia casi lloró. Y cuando Álvaro se volvió a marchar, la casa le pareció el eco de un sueño truncado.
Un día cualquiera uno dorado y torcido Eulalia estaba en la farmacia cuando la puerta se abrió: entró Beatriz, con una niña sentada en un cochecito, los rizos de la madre bailando bajo la luz artificial.
¡Beatriz! ¡Qué alegría verte! Tuve que enterarme de que Álvaro había corrido a otro puerto sin dar explicaciones exclamó Eulalia, con la voz temblorosa de ansiedad.
Así es la vida suspiró Beatriz.
Eulalia se acercó, cuidando de no traspasar la frontera onírica de la conversación.
¿Qué pasó entre vosotros, hija? Que conozco a mi Álvaro, tiene un genio endiablado. ¿Te hizo daño?
No importa No le guardo rencor. Iremos marchando, aún nos falta el súper.
¡Ven a verme cuando quieras, aunque sea al trabajo! propuso Eulalia, con ese miedo antiguo de no volver a ver a la niña.
Y Beatriz volvió otro día; leche infantil, sonrisa tímida, y el bolso colgado como un augurio. Poco a poco, entre tickets y fórmulas, Eulalia arrancó la verdad: la niña, Alba, era hija de Álvaro, pero él no tengo tiempo para críos ni para relaciones largas simplemente desapareció, envuelto en el misterio de las mareas.
No buscamos molestar a nadie dijo Beatriz. Nos apañamos bien solas.
Eulalia se arrodilló junto a la sillita, besando la frente de la pequeña.
¿Entonces es mi nieta?
Eso parece murmuró Beatriz.
* * *
El corazón de Eulalia latía a compás de campanas de catedral. Supo que Beatriz malvivía de alquiler, con ingresos esporádicos, pensaba incluso en volver a Ávila, con sus padres, allá donde la sierra es sólo recuerdo. El temor de perder de vista a Alba la atravesó como viento en noche castellana.
Vente a casa, Beatriz, con Alba. Aquí no os va a faltar de nada. Yo te ayudo, busca trabajo tranquila. ¡Dinero hay de sobra por lo que manda Álvaro! Alba, mi cielo, tendrá lo que le falte.
¿Y si Álvaro no quiere? dudó Beatriz, mordiendo una uña invisible.
¿Y quién le va a preguntar? Él sabrá lo que ha hecho. Yo tengo que arreglar los garabatos de su vida, por dignidad. ¡Cuando vuelva ya hablaré con él! Eulalia apretó el puño, como si pudiera retorcer la trama del sueño.
Y así fue. Risas, paseos por el Retiro con Alba, tardes de cuentos, y Eulalia trabajando lo justo para cuidar a la nieta. Beatriz encontró trabajo en una tienda, pero volvía agotada, buscando consuelo en las manos de la abuela de su hija.
¡Déjate, que yo baño a Alba y la dejo dormida! insistía Eulalia, abrigando a la niña en los brazos de la tarde.
El regreso de Álvaro era inminente. Eulalia se imaginaba corriéndole a gorrazos, mientras Beatriz se angustiaba por nuevas tormentas.
Cuando venga, seguro que nos echa de aquí Tengo que ir buscando piso, Eulalia murmuraba Beatriz, casi llorando.
¿Echarte? ¡Faltaría más! Esta casa es mía, y entra quien yo diga. ¡Si vuelve, ya le pondré yo en vereda!
Beatriz, sin embargo, se debatía en la duda y en el temor de ser acusada de querer sólo por el dinero. Eulalia, firme, no permitía marcha atrás: No te vas. Aquí hay sitio. Además, pienso poner este piso inmediatamente a nombre de Alba, para que no haya líos nunca más.
¡Pero no hace falta! Mis padres tienen piso en Ávila, y
Nada de eso. Está decidido cortó en seco Eulalia.
Sin embargo, el notario les negó la operación: Álvaro debía firmar su salida del domicilio primero. Faltaban pocos días para su llegada. Beatriz, cada vez más inquieta, parecía disolverse en el aire.
¿Por qué llegas tan tarde, hija? preguntó Eulalia una tarde, encontrando una gran bolsa medio oculta bajo la cama.
Me deben un anticipo en el trabajo, pero hasta que no cumpla un encargo, nada respondió Beatriz, evadiendo la mirada.
¡Pero si te dije que cogieras la tarjeta del banco y usases lo necesario! Alba necesita a su madre, no a una sombra estresada.
Beatriz siguió callada. Dos jornadas después, llegaba el marino.
* * *
A la aurora, Eulalia quiso admirar el sueño sereno de Alba y Beatriz. Pero la cama había amanecido fría. Solo Alba dormitaba entre peluches y sábanas coloridas.
¿Dónde está Beatriz? ¿Qué historia es esta? se preguntó en voz baja mientras las tostadas saltaban del sueño al plato.
El timbre sonó y la atmósfera del piso cambió su densidad. Álvaro, serio, entró y se encontró con la imagen de Eulalia con una niña en brazos, como la Virgen con el Niño.
Hola, mamá. ¿Quién es esta cría? ¿Qué me he perdido en alta mar?
¡Ah, pero tú lo sabes bien!
No entiendo nada exclamó el hijo, frotándose la cabeza.
¡Aquí estoy con tu hija, Alba! proclamó Eulalia, mirándole directa.
¿Yo tengo hermanos ocultos o qué pasa? ironizó Álvaro.
Déjate de comedias. Beatriz me contó todo. ¡Me avergüenzas!
Él negaba, incrédulo.
La madre, encendida, narró la historia con mil detalles y más reproches. Álvaro se encogió de hombros; No es mi hija, mamá. Beatriz te ha timado, seguro que solo le interesaba el dinero. ¿Has comprobado tus ahorros? ¡Apuesto a que te ha dejado tiesa!.
¡Tú qué vas a saber! replicó Eulalia, defendiendo a su nieta.
El debate giró y giró, como un tíovivo sin música. Finalmente, decidieron esperar el regreso de Beatriz y aclarar todo, incluso, si era necesario, con una prueba de ADN.
Llegó la noche y después el día, y Beatriz nunca regresó. El móvil, mudo. Al buscarla en la tienda ni rastro; como si nunca hubiera existido. En casa, la bolsa desaparecida, la tarjeta del banco tampoco estaba; sólo quedaba Alba con su elefante de trapo.
El desaliento aplastó a Eulalia como una losa húmeda.
¿Cómo pudo dejar a la niña? musitó entre lágrimas.
Puede que ni sea suya, mamá dijo Álvaro con sequedad. Contó su versión; que Beatriz había engañado a otros, robando promesas y carteras. Que la paternidad era sólo un relato breve, contado entre humos y cervezas.
¡Qué ilusa he sido! lloraba Eulalia ¿Por qué jamás me cuentas estas cosas?
Quise protegerte.
¿Y ahora qué haremos?
A la policía, mamá. Que no se pueda quedar con lo que no es suyo.
Hicieron la denuncia. Beatriz desapareció de la geografía como el rocío. De la tarjeta bancaria poco pudo sacar; se bloqueó a tiempo. Por lo menos, el piso siguió en manos de Eulalia gracias a aquel retraso en el notario.
Mientras las incógnitas volaban entre informes policiales, permitieron a Eulalia quedarse con Alba temporalmente. Tuvo que dejar su trabajo un tiempo, invirtiendo el dinero de Álvaro en chupetes, bodys y cuentos. La prueba de ADN dictó que Álvaro no era el padre, pero, para Eulalia, Alba era su niña del corazón. Tras consultarlo todo entre madre e hijo, decidieron criarla como si fuera sangre. Beatriz nunca regresó y le retiraron la patria potestad. Hubo meses de trámites; a Álvaro le negaron la custodia por su profesión, así que Eulalia volvió al trabajo, inscribió a Alba en la guardería e hizo cuanto exige la ley de los sueños españoles.
El tiempo cosió las heridas. La vida, aunque extraña, siguió su vaivén.
Un año después, Álvaro regresó de un nuevo viaje. A su lado apareció una muchacha de sonrisa luminosa y piel aceitunada, de nombre Soleá.
Te presento, mamá: es Soleá. Vamos a vivir juntos.
Eulalia miró hacia el cuarto infantil, temerosa.
Soleá sonrió:
Encantada, Eulalia. Misha me ha contado la historia entera. Lo vuestro me inspira, de verdad. Si me permite formar parte de la vida de Alba, me haría feliz.
Sí, mamá añadió Álvaro, dejo la mar y juntos Soleá y yo adoptaremos a Alba.
La emoción arrastró a Eulalia como un torrente: lágrimas, risas y una mesa rebosante de manjares preparados desde el alba. Por fin, la familia soñada, extraña y real a la vez, se sentaba a compartir pan y sueños en su pequeño piso del centro.







