La tan anhelada nieta
Natividad Domínguez no paraba de llamar a su hijo, que como buen marinero se había perdido por los mares una vez más. Pero nada, que la cobertura seguía sin aparecer.
¡Ay, Manolo, la que has liado! suspiraba angustiada, marcando otra vez el mismo número. Pero de poco servía, claro, porque hasta que no atracase en algún puerto mediterráneo, no volvería a haber noticias suyas. Y para eso, vete tú a saber cuánto queda. ¡Y ahora que pasa esto!
Natividad ya llevaba dos noches en vela. ¡Cómo no, con lo que había hecho su hijo!
* * *
La historia, en realidad, se remontaba unos años atrás, cuando Manuel ni pensaba aún subirse a barcos de gran calado. Ya era un hombre, aunque esto de emparejarse… nada. Que si ninguna chica le cuadraba todas le parecían poco menos que extraterrestres. Natividad sufría viendo cómo Manolo rompía una relación tras otra con chicas que, en su opinión, eran de lo más apañadas y monas.
¡Tienes un genio que no te aguanta ni el tato! le soltaba. ¡Nada te viene nunca bien! ¿Qué mujer vas a encontrar tú que esté hecha a tu molde?
No sé por qué te quejas tanto, mamá. Si tú lo único que quieres es una nuera, te da igual cómo sea la pobre.
¿Pero cómo va a darme igual, hijo? ¡A mí me importa que te quiera, que sea persona de bien!
Manuel le respondía con silencios significativos, cosa que cabreaba mucho a Natividad. ¡Con lo que ella había hecho por él! ¿Desde cuándo sabe un muchacho más de la vida que su madre? ¿Quién es aquí la voz de la experiencia?
¿Y qué tenía de malo Marina? acababa estallando Natividad.
Ya te lo dije.
Bueno lo de Marina tampoco fue la mejor baza, pero Natividad no iba a ceder tan fácil. Venga, sí, como dices, no fue sincera. ¡Pero aún no lo entiendo del todo!
¡Mamá! Mejor no hablemos más de eso. Marina no era la persona con la que quería estar.
¿Y Lucía?
Tampoco, mamá.
¿Y Berta? Esa sí que era maja, tranquila, de casa… hasta cocinaba bien. Venía siempre preguntando si podía ayudar en algo. ¿No te parecía suficiente?
Era muy buena chica, sí. Pero luego se supo que, bueno, tampoco me quería de verdad.
¿Y tú a ella?
Supongo que tampoco.
¿Y Laura?
¡Mamá!
Qué mamá ni qué narices. Eres imposible, de verdad. ¡Estás convirtiéndote en todo un donjuán! Más te valdría sentar cabeza y darme nietos de una vez.
¡Basta ya de charla inútil! acababa perdiendo los papeles Manuel y se marchaba con viento fresco.
«¡Mira que es igualico que su padre, cabezón y escrupuloso!», mascullaba Natividad.
Pasaba el tiempo, desfilaban chicas entre los brazos del hijo, pero esa ilusión de ver a Manolo felizmente casado y achuchar nietos no se cumplía. Hasta que un día cambió de rumbo y acabó en barcos, por culpa de un antiguo amigo que le metió el gusanillo. A Natividad aquello no le entusiasmaba.
¿Pero, hijo, estás loco? Eso es trabajo duro y peligroso, ¿qué vas a hacer tú en alta mar?
¡Mamá, si es una oportunidad de oro! Ganan una pasta estos trabajos, ¿sabes? ¡Vamos a estar bien tú y yo!
¿Y de qué me sirve tu sueldo si luego no te veo el pelo? ¡Hijo, hazme caso y búscate una familia!
Pero, mamá, la familia hay que mantenerla. ¡Cuando tenga niños ya no embarcaré, tendré que quedarme en tierra! Total, mejor aprovecho ahora y ya después haré lo que haga falta.
Y a decir verdad, Manuel comenzó a ganar un buen dinero. Tras el primer viaje, reformó el piso de arriba abajo. Tras el segundo, abrió una cuenta en el banco y le dio la tarjeta a su madre.
¡Para que no te falte de nada, mamá!
¡Si ya no me falta de nada, hijo mío! Lo único que no tengo son nietos, y el tiempo se escurre. ¡Me hago mayor!
¿Qué mayor ni qué niño muerto, mamá? ¡Aún te queda mucho para la jubilación! se reía Manuel.
Natividad apenas tocaba ese dinero. Total, con su trabajo en la farmacia del barrio le llegaba y le sobraba para sus cosillas. «Que se quede ahí, como debe ser. A ver si un día Manolo lo mira y flipa con lo ahorrativa que soy», pensaba.
Así fueron pasando los años. Manuel, cada vez que volvía de una travesía, intentaba exprimir el tiempo: salía con amigos, copas por aquí y allá, y, por supuesto, con chicas de las que Natividad ni conocía el nombre. Un día le echó en cara semejante actitud.
Así no me veo luego obligada a explicarte por qué no me he casado con ninguna resumió Manuel.
A Natividad esto la dejó hecha polvo, sobre todo cuando él la tildó de demasiado confiada. Literalmente:
Eres demasiado buena persona, mamá. Y de a mis novias sabías poco, sólo te mostraban la cara bonita.
Aquello le removió las entrañas. Confiada o sea, tonta. ¡La había llamado tonta!
Pero una tarde, al ver a su hijo con una chica desconocida, le brotó el instinto casamentero. Allá fue Natividad, vergüenza ajena ninguna. Manuel, hecho un tomate, no tuvo escapatoria: presentación exprés.
Miranda le cayó en gracia a Natividad. Altita, delgadita, pelo rizado, sonrisa encantadora. Vamos, que de pronto ya no se acordaba de las afrentas del hijo.
«¡Anda que no ha tenido mala suerte el chiquillo! ¡Menos mal que dejó a todas las otras, si no, no habría conocido a esta joya!»
El romance con Miranda duró todo el permiso de tierra, y Natividad logró que viniera varias veces a casa. Quedó encantada: chica culta, amena, conversación fácil Pero al toque de volver al barco, Miranda desapareció del mapa.
Se acabó, mamá. Y tú tampoco mantengas relación con ella soltó Manuel antes de desaparecer otra vez.
Natividad le dio mil vueltas, pero el misterio no se desveló.
* * *
Pasó un año. Manuel volvió de vez en cuando, pero a las preguntas sobre Miranda respondía con monosílabos fríos.
¡Pero por Dios! ¿Y a esta qué le encontraste de malo, Manuel? estalló un día Natividad.
Eso, madre, sólo me incumbe a mí. Si lo he dejado, por algo será. No te metas.
Natividad estuvo a punto de soltar las lágrimas.
¡Pero hijo! ¡Que me preocupo por ti!
¡Pues no te preocupes! ¡Y deja de hablar con Miranda! Y de darme la murga.
Marchó Manuel otra vez y Natividad, herida en su corazoncito, siguió con su vida.
Un día en la farmacia entró una chica en busca de potitos. Era Miranda. Miró para abajo, ajustó el gorro de la nena en el carrito.
¡Mirandita, niña! ¡Cómo me alegró verte! ¡Manolo ni me explicó lo que pasó! Sólo se embarcó y me prohibió saber nada de ti.
Ya, ya respondió Miranda, bajando aún más la voz. Pues así quedó la cosa.
Natividad se puso nerviosa.
Anda, querida, dime qué pasó entre vosotros. Conozco bien a mi hijo… tiene un carácter difícil. ¿Te hizo daño?
Mejor dejarlo estar No le guardo rencor. Nos vamos, tengo que pasar por el super.
¡Pero ven a verme, aunque sea aquí al trabajo! ¡Trabajo por turnos! Así charlamos un rato, anda
Miranda volvió en el siguiente turno. Y poco a poco, Natividad tiró del hilo: Miranda se había quedado embarazada de Manuel, pero él alegó que el niño no era responsabilidad suya, ¡que quién tenía tiempo pa críos con tanto embarque! Y después, fin de la historia.
Se embarcó y adiós muy buenas zanjó Miranda. Pero nada, no necesitamos a nadie. Mi niña y yo nos apañamos.
Natividad casi se tira al suelo delante del carrito mirando a la pequeña.
¿Que entonces resulta que es mi nieta?
Pues parece que sí respondió Miranda en voz baja. Se llama Ana.
Anita…
***
Natividad no sabía ya dónde ponerse. Tirando de Miranda, descubrió que no tenían dónde vivir, ella era de fuera y el alquiler se les hacía cuesta arriba sin ingresos fijos. Miranda barajaba volver con sus padres. Sólo pensarlo le daba un vuelco el corazón: ¡su nieta, lejos!
¡Veníos a mi casa, Miranda y Ana! Es mi nieta, y yo os ayudo en todo. Tú encuentras un curro fijo y Ana tendrá lo mejor. ¡Manolo manda pasta de sobra, a mí me alcanza con mis cuatro duros!
¿Y Manolo qué opina de eso?
Pues no se le va a preguntar, anda ya. Bastante ha hecho ya el muchacho. Dejó a la niña tirada y ni una palabra a su madre. Ahora me toca arreglar el estropicio, ¡ya hablaré con él cuando vuelva!
Así empezaron a compartir casa. Natividad se desvivía por la pequeña, y tiempo tampoco le faltaba: se buscaba turnos más cortos e intentaba estar lo máximo con Ana. Miranda consiguió currar y dejaba a la niña con Natividad, y menudo favor: la abuela encantada de la vida.
¡Un día entero de pie, mamá Nati! ¡Qué de clientas histéricas me han tocado!
Nada, nada. Tú ve a tumbarte, que yo baño a Ana y la acuesto.
Pronto tocaba la vuelta de Manolo. Natividad tenía en mente darle una buena bronca, mientras Miranda cada día estaba más nerviosa. Pero a la abuela no le asustaba nada: quería proteger a Miranda y a la niña, por encima de todo.
Manolo nos va a echar a la calle cuando vuelva, lo veo suspiraba Miranda. Mejor busco piso, Natividad. No debí aceptar venir, y cuando vuelva pensará que sólo estoy por su dinero. ¡Pero no quiero nada suyo! ¡Sólo agradecerte lo buena que eres! Pero me voy a volver a casa de mis padres, aunque siempre te estaremos agradecidas y en contacto.
¿Pero qué tontería es esa? Esta casa es mía y aquí vive quien yo diga. ¡A ver si le dice algo el señorito!
Por mucho que Miranda insistía, Natividad mantenía la decisión: madre adoptiva y abuela, aquí se queda todo el mundo.
Lo que hay que hacer soltó una noche es poner el piso a nombre de Aníta. Así no hay dudas luego. Como Manolo no sienta cabeza, que por lo menos a la nieta le quede algo. Y si ni figura como padre, pues ya está.
Pero Natividad, eso no hace falta. Mis padres también tienen su casa
¡Y tú no me vas a quitar la ilusión, mujer! ¡Lo tengo decidido!
Y así lo intentaron. Pero en la notaría les dijeron que primero Manuel tenía que deregistrar su parte.
A Natividad no le hizo gracia, pero pronto llegaría Manolo, así que ya lo solventarían. Miranda empezó a perderse más por casa.
¿Dónde vas tanto tiempo? le preguntó Natividad, molesta.
En el trabajo respondió Miranda a media voz, cambiándose para estar cómoda. El jefe me dijo que hasta que acabe un encargo, nada de adelantos y este mes voy fatal.
Natividad la seguía y, de pronto, ve una gran bolsa escondida con ropa.
¿Pero adónde vas, mujer? ¿Ahora que has decidido largarte?
Tengo que irme, Natividad. Cuando vuelva Manolo
¡Que no me vais a ninguna parte! zanjó Natividad con firmeza. Bastante he dicho ya que uses la tarjeta cuando haga falta, el código está anotado. ¡No hay que matarse trabajando para cuatro cosas, y la niña te va a olvidar la cara a este paso! Además, si quieres que Manolo te acepte un día, tendrás que aprender a llevar una casa.
Miranda calló. Manolo llegaba en dos días.
* * *
La mañana del regreso, Natividad se levantó temprano e hizo lo de siempre: fue a ver a Miranda y Ana dormir. Pero solo estaba la niña, dormidita.
«Qué raro ¿Dónde se habrá metido esta a las seis de la mañana? Nunca se ha ido tan pronto a currar».
Natividad se fue a la cocina, ansiosa por acabar las frituras y guisos favoritos de Manuel antes de que la nieta despertara. Imaginaba el reencuentro: ella con la niña en brazos, afilando el discurso para ponerle los puntos sobre las íes a su hijo… y después, que Miranda volviese y se aclarase todo.
Al poco, sonó el timbre.
Cuando Manuel entró y vio a su madre con una cría en brazos, se quedó petrificado.
Hola, mamá. ¿Y esta niña? ¿Qué me he perdido en la mar?
¡Eso deberías saberlo tú!
De verdad, no entiendo nada dijo dejándose caer en el recibidor. Cuéntame, ¿qué te ha pasado en mi ausencia?
¿Que qué ha pasado? ¡He encontrado a mi nieta, a Ana! ¡Eso!
¿Mi qué? ¿Es que tengo hermanos, mamá, y yo sin saberlo?
¡Déjate de cuentos! ¡Miranda me lo contó todo! ¡No te educamos para esto! ¡Vaya vergüenza!
¿Miranda? Pero mamá, te dije que no hablases con ella. Y, a ver, ¿qué tiene que ver Miranda con esa niña?
Así que Natividad, furiosa, empezó a echarle en cara todo de un tirón (con gusto por el dramatismo). Manuel, tras oírla, se puso las manos en la cabeza.
Pero, madre ¡Válgame el cielo!
¿Me vas a llamar tonta otra vez? Llámame lo que quieras, pero yo
¡Que esa no es mi hija, mamá! Miranda te ha engatusado, madre. ¡Eres demasiado confiada! Seguro que sólo te ha sacado la pasta ¿Qué te ha robado?
¡Nada! ¡Eres un cabezón!
¡Mamá, mira a ver si te han birlado algo! Miranda seguro que ya ha puesto pies en polvorosa.
¡Que no, que ha salido a trabajar!
Discutieron a gusto y finalmente Manuel cedió: esperaría el regreso de Miranda e intentarían aclarar la situación.
Esperaron hasta tarde. Natividad le contó cómo la había acogido, cómo pensaba donar el piso a la nieta… Manuel repetía que les estaban tomando el pelo, pero…
No me creo nada de eso. Miranda es buena muchacha.
Buena actriz, querrás decir. ¡Te ha puesto la zancadilla, y tú cayendo como una pava!
¡Vas a ver cuando vuelva! Le explicas tú las cosas y se te cae la cara de vergüenza. Yo mientras, juego con la nieta.
¡Que no es tu nieta!
La madre le miró con hostilidad.
En fin añadió Manuel, eso se resuelve rápido: un test de ADN, y listos.
Pues eso vamos a hacer respondió Natividad con aire ofendido y se retiró con la niña.
Anocheció, llegó la madrugada, y Miranda no regresó. Al día siguiente tampoco. Intentaron llamarla mil veces. Natividad, con Ana en brazos, fue al supuesto trabajo… y allí nadie la conocía. Ni fotos, ni recuerdos. Nadie.
De regreso a casa, revisó las finanzas y, cómo no, ni dinero, ni tarjeta, ni ropa… salvo la de Ana. Fue entonces cuando Natividad entendió el engaño.
No puede ser No se pudo marchar dejando a la niña
¡Ya lo creo que pudo! gruñó Manuel. ¿Para qué me lié yo con ella? Ya lo avisaban: que si era un pájaro raro, que si robó a Fede Pero yo sin ver nada, presentándola en casa. Después me enteré de lo del embarazo, pero ni sabía de quién era. Ella mantenía que mía, pero vamos hasta los amigos me lo dijeron, iba de flor en flor.
¡Qué boba soy, de verdad! lloró Natividad. ¿Por qué no me lo contaste?
Para no disgustarte. Tú siempre crees en lo bueno de la gente
¿Y ahora qué?
Denunciar, madre. Por suerte, no pudiste poner el piso a nombre de Ana. Si no, ahora mismo estarías en la calle.
La denuncia, por supuesto, quedó en nada. Miranda desapareció. Pasaron los meses sin saber de ella. Apenas pudo sacar dinero de la tarjeta, pues Manuel la bloqueó rápido. Se acabó encontrando en una estación, pero ni rastro de ella.
Mientras tanto, Ana se quedó provisionalmente con Natividad, aunque para eso tuvo que dejar la farmacia. Por suerte, con el sueldo de Manuel lo iban apañando. El test de ADN confirmó que Manuel no era el padre, pero a esas alturas Natividad ya estaba rendida de amor por la pequeña y no podía abandonarla. Lo consultó con Manuel y decidieron criar a Ana como a una hija y nieta propia. De Miranda, nunca más se supo; un juez le retiró la patria potestad en rebeldía. El papeleo para la custodia fue largo: Natividad tuvo que volver a trabajar para asegurar ingresos, buscar guardería, mil trámites burocráticos Pero, poco a poco, la vida se acomodó.
Y un año después, Manuel regresó de otro viaje con esposa.
Mamá, esta es Sonia. Ahora viviremos juntos.
¿Y cómo? Natividad miró hacia la habitación de Ana, dudando si Manuel habría avisado a Sonia de la situación.
Pero Sonia, sonriente:
Encantada, Natividad. Manolo me ha contado todo. Y la verdad, admiro lo que has hecho. Si me dejas participar en la crianza de Ana, me haría muchísima ilusión. Miró a su marido y añadió. Manolo ya va a dejar de embarcarse y juntos adoptaremos a Aníta. ¡Ahora sí podremos!
Natividad estaba eufórica:
¡Virgen Santa, qué felicidad! ¡Venga, venid a la mesa! ¡He preparado cocido, croquetas y tarta para veinte! ¡Si es que yo, desde que supe que veníais, no hacía más que cocinar! ¡Esto sí que es vida!
Y enjugándose una lagrimilla, Natividad pensó que al fin, por muy retorcido que fuese el algoritmo de la vida, había llegado su tan ansiada felicidad.







