Mi suegra se llevó los manjares de mi nevera metiéndolos en su bolso antes de irse
¿Seguro que necesitamos comprar tanto fiambre? Mira que esto es lomo ibérico, Inés, cuesta como si fuera oro comenté mientras giraba entre mis manos el envoltorio al vacío del embutido, mirando el precio con tal careto como si allí se leyera la fecha de mi muerte.
Inés no se detenía, iba sacando las compras y colocándolas sobre la mesa de la cocina. Los pimientos rojos relucían, una latita de caviar con tapa dorada, un taco grueso de queso manchego, varias botellas de vino. La cocina se llenó de aromas a pan recién hecho y ahumados.
Antonio, es tu cumpleaños respondió ella tranquila, guardando la leche en la nevera. Treinta y cinco años. Vendrán tus amigos, tu madre, ¿quieres sacar solo patatas hervidas y sardinas? Me han dado una buena paga extra este mes, ¿puedo por una vez preparar una mesa en condiciones sin sentir vergüenza?
A mí no me da vergüenza ni con patatas refunfuñé. Pero no devolví el lomo, lo coloqué con cuidado en la balda junto a la pared de la nevera. Lo que pasa es que mi madre, otra vez, va a decir que tiramos el dinero. Ya la conoces: mejor lo ahorrarais, mejor amortizar el préstamo.
Tu madre va a quejarse igual suspiró Inés sacando la ensaladera. Si compramos caro, que somos derrochadores. Si barato, que a su hijo se le da basura. Ya hace tiempo que paso de la opinión de Remedios. Que te guste a ti y a los invitados, eso es lo que importa. Además, he estado buscando este jamón por todo Madrid, es justo el que probaste en Sevilla hace cinco años, ¿recuerdas?
Sonreí al recordarlo. La cara se me suavizó.
Claro que lo recuerdo. Estaba que te mueres. Bien, tienes razón. Hay que disfrutar las cosas a lo grande. Pero quitemos los precios antes de que a mi madre le dé un infarto.
Los preparativos seguían. A Inés le encanta cocinar, pero solo si tiene la cocina para sí misma. Así que, para nuestra mala suerte, mi madre, Remedios, avisó que vendría temprano para echar una mano a la chica. Esa frase ponía a Inés de los nervios. La ayuda de mi madre suele consistir en sentarse en la silla más cómoda, estorbando en medio, y dando lecciones sobre todo: desde cómo picar la cebolla hasta el color de las cortinas.
El timbre sonó justo a las dos. Fui corriendo a abrir y vi que Inés, tras respirar hondo, dibujó su mejor sonrisa de compromiso.
¡Aquí está el cumpleañero! retumbó la voz de Remedios desde el pasillo. Ven, hijo, déjame que te achuche. ¡Estás delgadísimo! Normal, con las comidas de supermercado no se alimenta uno.
Mamá, ¿qué dices? Inés cocina de maravilla intenté justificarme mientras le ayudaba con el abrigo.
No me discutas. Te veo los ojos hundidos. Hola, Inés.
Remedios entró a la cocina como un rompehielos cruzando el Ártico, con su enorme bolsa de la compra, inseparable.
Buenas tardes, Remedios. Nos alegra verte. Siéntate, que el té está recién hecho.
El té después respondió, poniendo la bolsa en el banco. He traído unas cositas para vosotros. Que sé yo cómo sois los jóvenes, en vuestra nevera siempre se cuelga un ratón.
Empezó a sacar sus regalos: un bote de tres litros de pepinillos caseros en un liquido turbio, una bolsa de manzanas arrugadas del pueblo y un cucurucho de caramelos de violeta tan viejos que debieron sobrevivir a la Transición.
Aquí tienes pepinillos caseros, sin química declaró orgullosa. Las manzanas, pura vitamina. Las partes malas las cortas para el compote. No se tira nada.
Muchas gracias asintió Inés, evitando mirar el bote sospechoso. Los probaremos.
Remedios ya inspeccionaba la nevera. Lo llamaba ver si hay hueco, pero todos sabíamos que era puro control.
¡Madre mía! exclamó al ver los manjares. ¿Caviar? ¿Rojo? ¿Dos latas? ¿Antonio, habéis encontrado oro? ¿O Inés ha robado un banco?
Me dieron una paga, mamá contesté, cogiendo un trozo de queso de la tabla.
Una paga extra… Remedios torció el gesto. Claro, y en vez de ayudar a tu madre que tiene la valla del jardín cayéndose, os cebáis con caviar a cucharadas. Pero bueno, allá vosotros. Yo soy poca cosa, no necesito mucho.
Cerró la nevera y ocupó “su” sitio, bloqueando el fregadero.
A ver, Inés, enséñame qué has cocinado. Me quedo aquí sentada, que estoy agotada y la tensión se me subió, pero he venido igual. ¿Cómo iba a faltar al cumpleaños de mi hijo? Un acto heroico.
Pasaron tres horas como de costumbre. Inés iba y venía entre la vitro y la mesa, cortando, mezclando, horneando, mientras mi madre no paraba de comentar.
Le echas demasiado alioli, eso es malo.
¿Qué pan has comprado? En Ahorramás tienes baguette por un euro y no es peor.
La carne deberías haberla ablandado más, va a quedar dura.
Inés callaba. Se le veía perdida en su mundo, resistiendo el chaparrón. Lo importante: aguantar hasta la cena.
A las seis empezaron a llegar los amigos. Gente alegre, medio escandalosa, que llenó la casa de bromas y perfumes. La mesa rebosaba. Inés lo dio todo: lomo asado, berenjenas rellenas de nueces, tartaletas de caviar, corte de lomo y quesos, ensaladas, platos calientes.
Al sentarnos y tras el primer brindis por mi salud, Remedios tomó la palabra.
Antonito, hijo empezó, secándose una lágrima, recuerdo cuando naciste. Vaya parto, dos días sufriendo…
Los invitados escuchaban con paciencia la historia del parto por decimoquinta vez. Inés aprovechaba para servirse ensalada.
…Y ahora, hijo mío, casado estás. Bueno, así nos fue… miró a Inés. Lo importante es que seas feliz. La comida es secundaria. Inés se ha esmerado, ha comprado cosas muy caras. Yo habría hecho una cena más humilde, más de corazón. Pero ahora todo es presumir.
Pinchó un trozo enorme del anguila ahumada (que Inés compró en una tienda gourmet a precio de escándalo) y lo engulló.
Bah, pescado como cualquier otro. Salado. Muy graso. En mi época la sardina era mil veces mejor.
Pero comía a buen ritmo. Diría que la anguila voló de la bandeja. Las tartaletas de caviar las devoraba diciendo:
Este caviar es muy menudo. Debe ser falso. Ya no venden genuino. Inés, enséñame luego la lata, que quiero ver los ingredientes. No vaya a ser que nos intoxiquemos.
Inés sonreía y servía vino. Yo veía cómo me salía la color, pero aguantaba. Jamás la contradije delante de gente. Y tampoco a solas.
La noche avanzaba. Los amigos charlaban, elogiaban la comida, reían recordando la universidad. Remedios intercalaba sus penas como pensionista y quejas sobre los hijos poco agradecidos, pero el ruido de la fiesta la tapaba.
Hacia las diez la gente se fue retirando. Todos trabajaban al día siguiente.
¡Inés, eres un auténtico fenómeno! me dijo Sergio, mi mejor amigo, dándole la mano. La anguila, espectacular. ¡Mil gracias!
Me alegro de que os haya gustado respondió, muy sincera.
Al cerrar la puerta, la casa quedó en silencio, solo roto por el tintineo de la vajilla que Remedios iba recogiendo.
Voy a echarte una mano con esto, que si no, os quedáis hasta el alba anunció. Antonio, saca la basura, los cubos están a tope. Inés, pon los platos calientes en los tuppers.
A Inés se le veía agotada. Se sujetó la cabeza.
Remedios, déjalo, yo lo recojo. ¿Te llamo un taxi para volver?
¿Taxi? se indignó. ¿Pa tirar el dinero? Voy en autobús. ¡No te atrevas a discutir! Yo ayudo. Tú estás que te caes, toda pálida. Bebe agua y toma una pastilla. Yo me apaño rápido.
La vi marcharse a la habitación por el calmante y luego al baño a lavarse la cara. Pensé que era buen momento para acabar de recoger, pero tenía esa sospecha… No se puede dejar a mi madre sola en la cocina.
Inés salió despacio y se acercó a la puerta de la cocina, de puntillas.
Allí estaba Remedios, de espaldas, la nevera abierta y la bolsa gigante junto al banco. Movía las manos con destreza, como una maga profesional.
Sacó la bandeja de fiambres, aún con buen trozo de lomo, asado y chorizo. Todo eso lo metió sin dudar en una bolsa de plástico dentro de la suya, ató el nudo y al fondo.
Después, el tupper con los restos de pescado para el desayuno, un buen trozo, casi trescientos gramos. Bolsa, zass, a la saca.
Le tocó al trozo de tarta Milhojas que Inés horneó hasta tarde la noche anterior. Como la caja era grande, lo envolvió en papel de plata sin piedad, aplastándolo.
A ver qué más hay por aquí… susurró Remedios. Queso manchego. Esto se seca, se tira.
El taco de queso fue directo al bolso. También una lata de aceitunas y lo que derrumbó la moral de Inés la botella casi entera de brandy caro que me regalaron mis colegas y que no llegamos a abrir.
Inés se quedó paralizada. ¿Debía gritar? ¿Montar una escena? ¿Decirle ladrona? No encontraba fuerza para decirlo.
En ese momento abrió la puerta principal. Era yo, de vuelta del cubo de la basura.
¡Joder, qué frío hace! pegó voz. Mamá, ¿lista? No me quito el abrigo, te acompaño.
Remedios se sobresaltó, cerró la bolsa y se giró. Al ver a Inés en la puerta, dudó un segundo, pero recuperó el gesto enseguida.
Oh, Inés, ya has vuelto. Estaba recogiendo, ayudando. ¿Está Antonio? Genial, ya estoy lista.
Cogió la bolsa, que pesaba un mundo. Se quejó al levantarla.
Mamá, déjame ayudarte, ¿qué llevas ahí, ladrillos? entré a la cocina.
¡Déjalo! chilló Remedios, abrazando la bolsa. Estoy bien. Son… botes vacíos. Mi bote de pepinillos lo metí en vuestra cazuela, las botellas me las llevo. Y cosas mías. No toques.
Miré a Inés. Ella me miraba con ese gesto de incredulidad.
Mamá, ¿qué botes? Trajiste solo uno, y está lleno en la ventana.
¡Otros! Remedios empezó a ponerse roja. ¡Déjame en paz! Que quiero irme ya, bastante he currado para vosotros.
Inés se acercó despacio, la cara pálida.
Remedios dijo bajito pero firme. Deja la bolsa en la mesa.
¿Cómo? remarco ella los ojos. ¿Qué te crees, vas a registrarme? Antonio, ¿oyes lo que dice esta mujer? ¡Me llama ladrona!
Inés, ¿pero qué pasa? yo miraba confundido a ambas.
Antonio me interrumpió ella, sin perder de vista a mi madre. En esa bolsa hay nuestro desayuno. Y comida. Y cena de dentro de dos días. Está el pescado que pagué treinta euros. Tu lomo favorito. El brandy que te han regalado. Y la tarta.
¡Estás delirando! gritó Remedios, retrocediendo. ¿Cómo puedes decir eso? ¡He sido profesora, trabajadora ejemplar… Ni miga ajena he llevado! ¡Ahogaros con vuestra comida!
Intentó salir pero la bolsa tropezó con la mesa. Las asas no aguantaron el peso y rompieron, todo cayó al suelo.
Un espectáculo grandioso.
La bandeja de chorizo rodando, el pescado soltándose y pegándose a mi zapatilla, la tarta aplastada y la botella de brandy sonando contra la silla. Encima todo: el queso manchego y media docena de caramelos.
Se hizo un silencio sepulcral. Solo se oía el zumbido de la nevera y el jadeo de Remedios.
Miré el desastre. Vi al pescado en mi zapato, a madre roja como una gamba. Me invadió una vergüenza pegajosa, tremenda.
¿Mamá? balbuceé. ¿Esto?
Remedios se irguió. La mejor defensa es el ataque.
¿Y qué? contestó sin titubear. Sí, lo he cogido. ¡Mucho tenéis! ¡Lo ibais a tirar! Os habéis vuelto unos señoritos. Vuestro frigorífico rebosa y yo con mil euros de pensión. ¡Ese lomo lo he visto solo en la tele! ¿Puedo yo permitirme una comida buena en la vida? ¡Te crié! ¡Me desvelé noches! ¿Y ahora me niegas un trozo de embutido?
Inés callaba, esperando mi reacción. En momentos como éste, suelo agachar la cabeza para evitar pelea: Mamá, coge lo que quieras, no nos importa.
Pero me agaché, recogí el pescado y lo puse en la mesa. Recogí el brandy.
Mamá dije muy bajo, esto no va de embutidos. Si lo pidieras, te lo damos. Siempre te preparamos bolsas con comida. Siempre.
¿Tengo que andar mendigando?! ¿Pedir?! vociferó Remedios, sintiendo el suelo perderse bajo los pies. La madre no debe humillarse. ¡Deberíais ofrecerlo! Egoístas.
No has pedido negué con la cabeza. Lo has cogido a escondidas. Como una… como una rata.
¿Me has llamado rata?! llevándose la mano al pecho. ¡Dios mío, el corazón! ¡Me matáis!
No nos haga teatro, Remedios soltó Inés fría. El calmante lo tiene en el bolsillo izquierdo. Lo vi cuando llegó.
Mi madre se detuvo. El drama no colaba.
Antonio dijo Inés, recoge lo del suelo y mételo en una bolsa.
¿Para qué?
Dáselo a tu madre. Que lo lleve.
¿De verdad?
Que lo lleve repitió firme. El pescado ya no lo voy a comer, la tarta tampoco. Es su regalo por tu cumpleaños. Y el pago por no verla aquí en un mes como mínimo.
Remedios se quedó boqueando, sin palabras.
Recogí todo y lo metí en una bolsa, menos el brandy, que lo dejé en la mesa.
El brandy se queda expliqué. Me hace falta. Y mucho.
Le tendí la bolsa a mi madre.
Llévalo, mamá, y vete. Te he pedido taxi: estará en dos minutos abajo.
¿Me echáis? ¿A vuestra madre, por comida?
Por mentir, y por no respetarnos. A mi casa y a mi mujer.
Remedios agarró la bolsa, le brotaron lágrimas de rabia.
¡No volveré por aquí! susurró furiosa. ¡Vivid como burgueses! ¡Ojalá se os atraviese esa embutido!
Se giró y salió como una exhalación. Cerró la puerta con tal fuerza que tembló la pared.
Inés se sentó y se tapó la cara. Temblaba.
Me acerqué al mueble, saqué dos vasos, serví brandy. Dejé uno frente a ella y levanté el mío.
Bebe dije. Te hace falta.
Levantó la cara. Yo me sentía diez años más viejo. Me senté al otro lado y tomé su mano.
Perdóname, Inés.
¿Por qué? No sabías nada.
Por no ver antes quién era. Por consentir. Pensaba que era solo mía madre, rara pero buena. Ahora… Me da una vergüenza que parece que fui yo el que robó la embutido.
Inés bebió. El brandy quemó, pero la alivió.
Lo más gracioso, Antonio, es que le había comprado expresamente otro chorizo y queso para dárselos. Están en el cajón de abajo. Ni los miró.
Me reí, nervioso.
¿En serio?
En serio. Sabía que empezaría con la pobreza. Quise hacerlo bien.
No se puede hacer las cosas bien con ella me bebí el brandy de un trago. ¿Sabes qué? Mañana cambio la cerradura. Tiene llave desde hace meses por si acaso. No quiero llegar y encontrarme sin tele porque a la vecina le han puesto una más grande.
Miré a Inés con respeto. Por primera vez en siete años hablaba de mi madre sin excusas o paños calientes. Lo de los manjares fue la gota que colmó el vaso.
¿Qué desayunamos mañana? preguntó Inés mirando la mesa vacía. Se lo llevó casi todo.
Abrí la nevera.
Queda una lata de caviar. La segunda que no vio. Y huevos. Y leche. Haremos tortilla con caviar. A cuerpo de rey.
Inés se rió. Se le pasaba la tensión.
Y las manzanas podridas recordó. Hacemos compote.
Ni hablar dije, poniendo cara de asco. Mañana esas manzanas y los pepinillos van a la basura. Terminé con la ayuda humanitaria.
Nos quedamos en la cocina, brindando y hablando de cosas de hace años. De respeto, de límites. De que amar no da derecho a pisotear al otro. De que la familia somos, ante todo, nosotros dos.
A la mañana siguiente, Inés despertó con olor a café. Yo estaba ya en la cocina.
Buenos días la besé en la cabeza. Oye, ¿te queda paga extra?
Un poco, ¿por qué?
Vamos a escaparnos el finde. A algún parador, o a Salamanca un par de días. Romper la rutina. Y apagamos los móviles.
¿Y mi madre? Se irá llamando y quejándose.
Que llame. Allá ella. Nosotros a lo nuestro. La tortilla con caviar está lista. Siéntate.
Inés miró el plato, el amarillo de la tortilla coronado con los brillantes granos rojos, y pensó que era el desayuno más delicioso jamás tenido. No por el precio, sino porque no tenía regusto a culpa ni a reproches.
Remedios llamó dos días después. Vi el número y apagué el móvil.
¿No contestas? preguntó Inés.
No. Que se calme con el embutido. Quizá en un mes hablemos. Ahora tengo cosas mejores. Me voy al cine con mi esposa.
Inés sonrió y se fue a cambiarse. La nevera estaba casi vacía, pero el alma tenía una ligereza que valía más que todos los manjares del mundo.







