La suegra sabia: consejos y secretos para una familia feliz

La Suegra Sabia
Cuando el hijo menor se casó, los mayores ya se habían ido hacía tiempo. La hija se marchó con su marido a Barcelona, y el hijo se fue al norte a trabajar. Lucía siempre supo que los mayores no durarían mucho en el pueblo. La hija amaba la vida elegante, de pequeña llenaba las paredes con fotos de revistas, y el hijo con mapas, soñando no con establos y huertos, sino con tierras lejanas. Pero el pequeño, Javier, siempre fue su niño, y cuando su esposo murió, él le dijo:
Mamá, nunca te dejaré, siempre viviré contigo.
Ella estaba al borde de la tumba repitiendo: “¿Cómo voy a seguir sin ti, Jorgito, cómo?” La hija lloraba, el mayor callaba como un bloque de hielo, y Javier, que apenas tenía doce años, se mantuvo a su lado durante todo el funeral, ofreciéndole su frágil hombro. Y cumplió su promesa: incluso cuando estudiaba, volvía casi todos los fines de semana. Por eso buscó una esposa que aceptara vivir en el pueblo. Construyó una casa, aunque en otra calle, porque no había sitio cerca. Invitó a su madre a mudarse, pero Lucía se negó: “¿Para qué dos mujeres al mando en una casa?”
La nuera se llamaba Lola. Tenía unos grandes ojos azules y una melena que le llegaba más abajo de la cintura. Javier la trajo de la ciudad, donde estudiaron juntos. Él le confesó a su madre que siempre la había cortejado, pero que Lola no se fijaba en él. Hasta que finalmente lo hizo. La boda fue ruidosa y alegre, con toda la familia reunida. A Lucía le caía bien Lolauna chica con carácter, justo lo que Javier necesitaba. Que fuera poco hábil en las tareas del hogar no importaba, Lucía la enseñaría.
El primer conflicto llegó una semana después, cuando Lucía fue a ayudar a hacer sopa porque Javier, desde pequeño, tenía el estómago delicado. Lola le gritó, diciendo que sus manos estaban sucias y que así no se tocaba el pan. “¿Y con qué lo toco, entonces?”, pensó Lucía. No discutió, se fue, y esa noche Javier le pidió que no volviera cuando él no estuviera, porque Lola se ponía nerviosa.
No te enfades, mamá, es que Lola está embarazada, por eso se alterale explicó.
Y Lucía no se enfadó. Los nietos eran una bendición, algo para llenar el vacío en su corazón desde que sus hijos se fueron.
Cuando nació la niña, llegaron los padres, las amigas y la hermana de Lola. Lucía intentó decir que tantas visitas no eran buenas para el bebé, pero Lola la llamó supersticiosa y miró a Javier con reproche. Él le pidió a su madre que no inventara cosas y mejor sirviera té, que todos estaban cansados del viaje. Lucía lo hizo. Y cocinó, y lavó los platos. Mientras, miraba a su nietatan pequeña, tan bonita, ¡qué ganas tenía de cogerla!
¿Puedo cargarla?preguntó.
Lola miró sus manos y dijo:
Lávatelas primero.
¡Pero si acabo de fregar los platos!
¡Exacto! ¡Qué falta de higiene!
Los padres de Lola la miraron fijamente, y Lucía se sintió incómodaquizá tenía razón.
Al final, sí cargó a su nieta. ¡Qué dulce olía! Una niña preciosa. Además, Lola cambió de opinión y permitió que Lucía fuera mientras Javier trabajaba, porque no daba abasto con la casa. Aunque Lola siempre encontraba algo con qué herirla y casi no le dejaba tocar a la niña, Lucía se acostumbró. Claro que le dolía, pero ¿qué podía hacer? Su hijo la amaba, y ella debía aceptarlo. Lo que más le dolió fue que Lola rechazara el conjunto rosa que Lucía compró para la bebé.
¿Lo compraste en el mercadillo? ¡Mi hija no llevará eso! ¡Y hace calor, no vamos a asarla en abril!
La llamaron Marta, como la cuñada de Lola, y Javier prometió que la próxima hija llevaría el nombre de Lucía. Ella dudaba que Lola quisiera más hijos, así que no se ilusionó. Pero se equivocó.
En el primer cumpleaños de Marta, Javier y Lola anunciaron que esperaban otro bebé. La madre de Lola se quejó de que era pronto, pero Lucía comentó que ella también tuvo poca diferencia entre sus hijos y salió bien. La cuñada frunció el ceñosiempre hacía eso cuando Lucía hablaba. Al final, todos se alegraron y felicitaron a la pareja. Lola, sonrojada, dijo que quería un niño.
Y así fue. Nació un niño al que llamaron Jorge, y Lucía llorónunca imaginó que su nieto llevaría el nombre de su difunto marido.
Se encariñó muchísimo con él. El segundo parto fue difícil, y Lola dejó de resistirsedejó que Lucía ayudara en casa y con los niños, especialmente con el pequeño, que pasó casi todo su primer año en brazos de su abuela.
Lola se quedó en cama, quejándose de dolores de cabeza. Había engordado y no podía perder peso, culpando a Lucía por hacer empanadas. “¿Cómo no hacerlas, si a Javier le encantan?”, pensaba. Además, Lucía no la veía gorda. Más llena, sí, pero eso era bueno. Aun así, dejó de hornear.
El tercero fue Juanito. Blanco, débil, imposible mirarlo sin lágrimas. Lucía esperaba que Lola volviera a la cama, pero esta vez se equivocósu nuera cuidó a Juanito con una dedicación que jamás había visto. Aprendió a cocinar, a hacerle masajes, a mantener la casa impecable. Lucía se llevaba a los mayores, pero no hacía falta más ayuda.
Los niños crecieron, Juanito seguía enfermizo, así que Lucía también ayudó con la escuela, sobre todo cuando desapareció una niña del pueblo. La policía y voluntarios la buscaron. Un mes después, la encontraron en el río. Y no fue un accidente Javier se asustó y le pidió a Lucía que llevara a los niños al colegio. Después, Lola o Javier los recogían.
Juanito tenía una enfermedad rara. Lucía intentó preguntar, pero Javier se enfadaba, incapaz de aceptar que su hijo fuera así. Lola decía que Lucía, con sus estudios básicos, no lo entendería. No parecía tan gravepálido, cabeza grande, pelo fino como plumón. Pero era un niño listo.
Lola adoraba a su hijo menor y no veía nada más. Lucía supo antes que ella que Javier coqueteaba con Laura, la dependienta, e intentó protegerla. Pero los chismosos hicieron su trabajo.
Ese día, los niños volvieron solos. Jorge se lo contó cuando Lucía fue a buscarlos.
Abuela, ¡no hace falta que nos acompañes! Ayer yo mismo ahuyenté a los perros de Marta, y no nos perdimos.
Marta les tenía miedo a los perros. Pero eso no era lo peorLucía no entendía por qué Lola no los había recogido. Siempre paseaba con Juanito a esa hora.
Lola estaba hinchada, con los ojos rojos y la nariz mocosa.
¿Cómo voy a salir ahora?preguntó. ¡Todos me señalarán! ¡Y yo le compraba yogures para Juanito todos los días!
¡Basta ya!ordenó Lucía. Lávate la cara y arréglate. Iremos juntas al supermercado.
Sorprendentemente, Lola obedeció, y una hora después ambas caminaban hacia la tienda, empujando el carrito de Juanitoaún no caminaba bien. Laura, tras el mostrador, se quedó mirando con descaro.
Laura, ¿tienes mantequilla buena? A Javier le encantan

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