Desde que nuestro hijo Joaquín se casó, parece que se lo ha tragado la tierra para nosotros. Ahora siempre está con la madre de su esposa, Doña Carmen. Siempre tiene alguna urgencia o avería que requiere su ayuda inmediata. No alcanzo a entender cómo sobrevivió esa mujer antes de que su hija se casara con nuestro hijo.
Joaquín lleva casado algo más de dos años. Cuando se casaron, los chicos se mudaron a un piso que nosotros les compramos cerca de la Universidad Autónoma de Madrid, cuando él empezó la carrera. Desde pequeño, Joaquín contó siempre con nuestra comprensión y apoyo. Incluso antes de casarse, ya vivía solo porque el piso estaba muy bien situado para ir al trabajo.
No diría que nunca me cayó bien mi nuera, Lucía, pero sí que desde el primer momento me pareció que no estaba del todo preparada para una vida en pareja. Aunque Joaquín sólo es dos años mayor, ella seguía teniendo comportamientos de niña mimada y a veces era bastante caprichosa. Yo pensaba para mis adentros: ¿cómo va a arreglárselas Joaquín para compartir la vida con alguien tan inmadura?
Conforme fui conociendo a Lucía y a su madre, Doña Carmen, lo entendí todo. Siendo de mi misma edad, su suegra se comporta como una adolescente perpetua. Seguro que conocéis a alguna persona así: eternamente infantil, completamente dependiente de los demás. Cuando su hija se casó, Doña Carmen ya había pasado por seis divorcios y cambiaba de pareja cada vez que a algo no le parecía bien.
No tenía apenas tema de conversación con ella, cada una vivía en su mundo y nos limitábamos a intercambiar felicitaciones por la boda de nuestros hijos y poco más.
Las primeras señales de alarma saltaron antes incluso de la boda, cuando empecé a notar que Lucía arrastraba a Joaquín a casa de su madre por cualquier cosa: que si el grifo goteaba, que si se había fundido una bombilla, que si una estantería se había caído en la cocina. Al principio, hice la vista gorda: al fin y al cabo, en esa casa nunca ha habido una mano masculina, así que le vendría bien un poco de ayuda.
Pero lejos de mejorar, aquello se convirtió en costumbre. Joaquín fue poco a poco dejando de visitarnos, siempre con la excusa de que tenía que ir con Lucía a ver a Doña Carmen, y al final celebraban allí todas las fiestas, las Navidades, los cumpleaños… Mientras tanto, en nuestra casa sólo quedábamos yo, mi marido Antonio y mi suegra.
Me dolió profundamente el día que mi hijo dejó de venir a cualquier celebración familiar, pero más todavía cuando empezó a ignorar nuestras llamadas de auxilio.
Recuerdo que, en un momento dado, compramos un frigorífico nuevo y le pedimos que nos ayudara a subirlo al piso. Al principio aceptó, pero luego nos llamó para decirnos que no podía venir porque tenían que ir a casa de su suegra, ya que la lavadora se había estropeado.
Cuando mi marido llamó, al teléfono contestó Lucía de fondo: “¿Tus padres no pueden contratar a una empresa de mudanzas, Joaquín?. Al final él llegó, pero se le notaba hastiado.
Papá, ¿no podías pedir un repartidor? ¡Ahora tengo que cargarlo yo! me soltó enfadado.
Entonces perdí los nervios y me pregunté por qué demonios Carmen no contrataba a un fontanero o a un técnico de electrodomésticos como hace todo el mundo. Tal vez, en el universo paralelo en el que vive esa señora, no existen.
Joaquín me explicó que su suegra ya había tenido problemas: últimamente, los técnicos metían la mano y cobraban, pero no hacían bien el trabajo.
Hasta que, aquel día, Antonio estalló: A lo mejor Carmen no sabe ni cómo abrir un microondas, pero eso sí, dirigir un rebaño de ovejas se le daría de miedo, porque no hace más que pastorear a los que tiene alrededor, soltó. Joaquín se ofendió, levantó el tono y se fue hecho un basilisco. Yo no intervine, aunque en el fondo pensaba que Antonio tenía razón: su nueva familia no hace otra cosa que aprovecharse de mi hijo. Allí están para un enchufe o un grifo, y a nosotros parece que ya ni nos conoce.
Después de esa bronca, Joaquín dejó de hablarle a su padre durante más de dos semanas. Antonio, por su parte, se niega en redondo a dar el primer paso para reconciliarse. Yo me encuentro hecha pedazos, entre la espada y la pared: mi marido no le falta razón, pero podía haber sido más delicado con su hijo. Ahora Joaquín está dolido, no quiere ver a su padre y yo temo perderle por una tontería.
Ambos se han atrincherado en su orgullo. Antonio no quiere dar el brazo a torcer y Joaquín le jura que no dará señales de vida mientras no le pida disculpas. Y en todo este teatro, la única que parece ganar es Doña Carmen.




