Querido diario,
Hoy he vivido una de esas escenas que parecen sacadas de una serie de la tele, pero que, por desgracia, me ha tocado a mí en carne propia. Aún tengo los nervios de punta y las manos temblorosas al escribir esto, pero siento que ponerlo por escrito me va a ayudar a calmarme.
Todo ha empezado esta tarde, cuando al volver de hacer unos recados, he encontrado a mi suegra, Doña Rosalía Gutiérrez, atrincherada delante de la puerta de casa con dos bolsas como zurrones de mercado y el rictus de quien viene en son de inspección. No hacía falta ser adivino: Doña Rosalía venía a revisar el frigorífico, como tantas veces ha hecho desde que Clara y yo nos fuimos a vivir juntos a nuestro piso de Vallecas, comprado hace tres años a base de mucha hipoteca y el sudor de nuestras frentes.
La escena era digna de una tragicomedia: la buena señora zarandeando la puerta, encorajinada, gritando en voz tan alta que hasta la vecina del quinto se habrá despertado de la siesta. Refunfuñaba frases como ¡Esto ya es el colmo! ¡No entra la llave! ¿Qué pasa aquí, os habéis encerrado ahí dentro o qué? Sé que hay alguien en casa, que el contador está girando, ¡abrid ya la puerta! Todo esto mientras forcejeaba con su viejo llavero, intentando meter la llave en una cerradura reluciente, recién cambiada.
A su lado, sobre el suelo del descansillo, reposaban dos enormes bolsas de cuadros llenas de verduras mustias, manojos de perejil, y sobresalía la boquilla de un tarro con un líquido ya blanquecino que preferí no detallar. Me quedé helado al verla practicar semejante control de aduanas a la entrada de mi propio hogar.
Clara, que venía detrás de mí subiendo las escaleras, se paró un momento, y noté cómo contenía la respiración. Para ella cada visita de su suegra era una especie de examen sorpresa con dificultad añadida, pero hoy era diferente. Hoy estaba preparada: después de años de aguantar intromisiones, había llegado el momento de plantar cara. El cambio de cerradura había sido su idea y, sinceramente, la apoyé.
Cuando Clara subió, lo hizo con esa serenidad forzada que se tiene después de mucho practicar delante del espejo.
Doña Rosalía, buenas tardes. dijo Clara. No hace falta montar tanto escándalo, que cualquier día los vecinos llaman a la Policía. Y, por favor, no empuje la puerta, que nos costó un dineral.
La suegra se dio la vuelta, roja como un tomate y con los rizos de permanente aún más apretados por la indignación.
¡Ah, por fin aparecéis! ¡Llevo media eternidad aquí! ¡¿Qué historia es esta de que no funciona mi llave?! ¿Me vais a decir que habéis cambiado la cerradura?
La cambiamos, sí respondió Clara, tan tranquila, sacando su nuevo manojo de llaves. Ayer por la tarde vino el cerrajero.
¿Y no habéis tenido la decencia de avisarme a mí, la madre de tu marido? He venido con comida, preocupándome por vosotros como siempre, ¡y me cerráis la puerta en las narices! ¡Dame una copia de las llaves, ahora mismo! Tengo que meterle mano a la carne, que se va a estropear.
Clara se colocó delante de la puerta, bloqueando el paso con toda su dignidad, y miró a Rosalía a los ojos. Yo, medio escondido detrás, observaba la escena conteniendo el aliento, como si de un duelo del oeste se tratara.
No habrá llave para usted, Doña Rosalía dijo Clara con firmeza. Ni hoy, ni nunca.
Se hizo un silencio sepulcral. La suegra nos miró como si habláramos en chino.
¿Pero tú qué dices? ¿Te has dado un golpe en la cabeza? Yo soy la madre de tu marido, la abuela de vuestros hijos futuros. ¡Este piso es de mi hijo!
Este piso lo pagamos entre los dos, a base de hipoteca, que sale del presupuesto común. Y parte del primer pago salió de vender el piso de mi abuela, por si lo ha olvidado. Pero ese no es el tema. El problema es, Doña Rosalía, que usted se ha pasado de la raya.
Rosalía soltó un aspaviento y casi se le cae la jarra.
¿De la raya? ¡Si yo sólo os ayudo! ¡Sois jóvenes, no sabéis ni hervir agua! ¡Vengo a poner orden y haceros comida de verdad y lo llamáis entrometerme!
Eso mismo: inspección saltó Clara, y ya noté en su voz el hartazgo. Recuerde el otro día. Clara y yo en el trabajo, usted entra con su llave y lo primero que hace es ¿qué?
¡Limpiar el frigorífico! contestó Rosalía hinchando pecho. Eso estaba hecho un asco, menuda peste. Había cosas extranjeras de esas vuestras, apestosas, y productos que mejor ni nombrar. Tiré todo eso y llené las baldas de cosas en condiciones, ¡e incluso os preparé un cocido!
Tiró usted mi queso azul que me costó veinticinco euros en el Mercado de San Miguel empezó Clara a enumerar, contando con los dedos. Echó a perder el pesto que hice con albahaca fresca, porque eso era una guarrería verde. Se cargó un paquete de carne de ternera gallega porque ya estaba negra. Y lo mejor: cambió mis cremas hidratantes de la nevera al armario del baño, y ahora se han estropeado con el calor. El destrozo ronda los ciento cincuenta euros, pero eso no es lo importante. Lo peor es que rebusca entre mis cosas.
¡Os salvé de una intoxicación! saltó mi suegra. Ese queso era veneno. Y la carne, si no es roja, está pasada de fecha. Yo os traigo pechuga de pollo, que es sano, y un buen cocido de los de toda la vida.
¿Un cocido hecho con los huesos que rehúsa nadie y llevaba una semana en la nevera? replicó Clara.
Eso es la esencia del sabor, hija. Tú lo que eres es una señoritinga consentida. En mi época, nos alegrábamos con media patata y aquí con tanto caprichito Que si yogures, que si hierbitas ¿Dónde está la comida de verdad? Mira, te he traído pepinillos en vinagre y repollo fermentado, para que cojas fuerzas.
Clara miró las tarros con expresión de horror. Los pepinillos flotando en agua turbia y el repollo olía ya desde fuera.
No comemos tanta sal, y a Javier se lo ha prohibido el médico, lo sabe de sobra dijo Clara con cansancio. Se lo he pedido mil veces: llame antes de venir, no toque mis cosas, no revise la despensa. Pero mientras tenía una copia de la llave, para usted esto era una extensión del trastero familiar. Por eso cambiamos la cerradura.
¡Pero cómo osas! Mi suegra intentó empujar a Clara para meterse dentro.
Llame a Javier si quiere, él ya lo sabe todo.
Rosalía sacó el móvil, temblando de rabia, y marcó lo que parecía la melodía de la venganza.
¡Javi! ¡Hijo! gritó por teléfono. ¿Sabes lo que me está haciendo tu mujer? ¡No me deja entrar en casa! ¡Ha cambiado la cerradura! ¡Estoy aquí en el portal como una indigente y me están dando pinchazos en el pecho! ¡Ven ya y pon orden!
Por su expresión de derrota y sorpresa, noté que Javier no solo lo sabía, sino que lo aprobaba. Colgó y me miró como si acabara de traicionarla en la final de un concurso de baile.
Pues nada dijo al final, ya veremos. Él vendrá y a ver si tenéis narices de dejar a su madre fuera.
Me giré, abrí la puerta y miré fijamente a mi suegra.
Yo me meto, usted espere fuera a Javier. Aquí dentro ya no pasa.
Ella puso el pie en el umbral como si fuera comercial agresiva, pero no iba a ganar la batalla. Cerré la puerta de golpe, pasé la cerradura y el cerrojo.
Me apoyé en el metal y la oí al otro lado: insultos, promesas de llamar a la policía, amenazas varias y golpes en la puerta. Me fui a la cocina antes de perder los nervios. El frigorífico, desolado salvo por la cazuela del cocido sospechoso, olía a repollo fermentado y grasa vieja. No lo dudé, directo al váter y dos tirones. La cazuela, al balcón, que me daba náuseas.
No podía seguir así. Llevaba años aguantando. Visitas sin avisar, lavadoras arruinadas con detergente barato, críticas constantes y la eterna cantinela de cómo tienes que cuidar de Javi. Pero el frigorífico era el límite. Mi espacio sagrado. Si no ponía un límite hoy, acabaríamos separados. No podía vivir en una sucursal del hogar Gutiérrez.
Al rato, llegó Javier. Traía cara de cansancio, la corbata torcida, el maletín colgando de la mano. Rosalía, detrás, aún bufando. Quiso colarse, pero él le bloqueó el paso.
Mamá, las bolsas aquí fuera. Hoy no entras en casa.
Rosalía sintió el golpe, dejó caer la bolsa del repollo y los zanahorias salieron rodando por el rellano.
¿Pero qué dices, Javier? ¿Expulsas a tu madre de casa por culpa de esa lagarta?
Mamá, basta ya. Prometiste llamar antes de venir, no has llamado, has tirado comida, has estropeado nuestras cosas. Este era un acuerdo. Has perdido el derecho a tener llave.
Ella se marchó dando voces y lamentaciones, jurando que no volvería y que cuando enfermáramos, no esperaba ni una llamada.
Entramos y, al fin, por primera vez en mucho tiempo, sentí paz. Clara se me abrazó y supe que había hecho lo correcto. Si hoy no poníamos límite, nos perderíamos. No se trata solo de llaves o recetas, sino de respeto y de libertad.
Pedimos una pizza gigante, de esas que mi madre denosta con pasión, y cenamos felices en nuestra cocina vacía. La paz del hogar, aunque cueste, no tiene precio.
Hoy he aprendido que a veces hay que cambiar no solo cerraduras, sino también la mentalidad. Que la familia puede doler, pero el respeto propio es lo primero. Y que a la tranquilidad nunca hay que ponerle precio.
J.







