SUEGRA
María del Carmen Rodríguez estaba sentada en la cocina, observando cómo la leche hervía despacio en el fuego. Más de una vez se le olvidó removerla, y cada vez que lo recordaba era ya tarde: la espuma subía y se vertía, y ella limpiaba la placa con un paño, fastidiada. En esos instantes sentía con claridad que el problema no era la leche.
Desde el nacimiento del segundo nieto, todo en la familia parecía haberse descarrilado. Su hija, desgastada y cada vez más delgada, apenas hablaba. Su yerno volvía tarde, cenaba en silencio y a menudo desaparecía en el dormitorio sin decir nada. María del Carmen veía todo eso y pensaba para sí: ¿cómo se puede dejar sola a una mujer en ese estado?
Intentaba hablar. Al principio, con cautela; después, de forma más tajante. Empezó dirigiéndose a su hija, luego a su yerno. Pero con el tiempo advirtió algo extraño: sus palabras no aliviaban el ambiente en casa, sino que lo cargaban aún más. Su hija defendía al marido, el yerno fruncía el ceño, y ella volvía a su casa con la amarga sensación de haber hecho algo mal otra vez.
Aquel día fue a ver al cura del barrio, no en busca de consejo, sino porque no encontraba otra manera de sobrellevar ese sentimiento.
Creo que soy una mala persona dijo, sin mirarle a los ojos. Siempre actúo mal.
El sacerdote estaba sentado a la mesa, escribiendo. Dejó la pluma.
¿Por qué piensa eso?
María del Carmen encogió los hombros.
Intenté ayudar. Pero parece que solo consigo enfadar a todos.
El cura la miró con atención, sin dureza.
No es usted mala. Está cansada. Muy preocupada.
Suspiró. Aquello le sonaba cierto.
Me da miedo por mi hija murmuró. Desde que dio a luz ha cambiado tanto. Y él movió la mano como si no se diera cuenta.
¿Y usted ve lo que él hace? le preguntó el sacerdote.
María del Carmen se quedó pensando. Recordó cómo, la semana pasada, él fregó los platos por la noche, creyendo que nadie lo veía; cómo el domingo paseó con el carrito, aunque se notaba que lo que quería era tumbarse y dormir.
Hace cosas supongo respondió con poca convicción. Pero no como debería.
¿Y cómo debería? preguntó el cura, sereno.
María del Carmen quiso contestar enseguida, pero se dio cuenta de que no lo sabía. Solo pensaba: más, mejor, con más cariño. Pero le costaba concretar.
Solo quiero que a mi hija le resulte más llevadero dijo.
Eso dígaselo a usted misma contestó el cura en voz baja. No a él.
Ella le miró, confundida.
¿A qué se refiere?
Ahora usted está luchando, no por su hija, sino contra su yerno. Y luchar siempre significa tensión. Eso cansa a todos. A usted, a ellos.
María del Carmen estuvo un buen rato en silencio. Luego preguntó:
¿Y qué hago entonces? ¿Me hago la que no pasa nada?
No dijo el sacerdote. Haga solo lo que ayude. No palabras, sino actos. Y siempre para alguien, nunca contra alguien.
De regreso a casa pensó en ello. Recuerda cómo, cuando su hija era niña, no daba sermones; le bastaba sentarse cerca cuando lloraba. ¿Por qué ahora era distinto?
Al día siguiente se presentó en casa de su hija sin avisar. Llevó una cazuela de cocido. Su hija se sorprendió, el yerno se puso incómodo.
No vengo a quedarme dijo María del Carmen. Solo vengo a echar una mano.
Se quedó con los niños mientras su hija dormía la siesta. Se marchó en silencio, sin mencionar lo difícil que era todo ni dar lecciones.
A la semana siguiente volvió. Y así, otra semana más.
Seguía viendo que su yerno no era perfecto. Pero también empezó a notar otras cosas: cómo cogía al pequeño con delicadeza, cómo por la noche tapaba a su hija con una mantita, creyendo que nadie lo observaba.
Un día, no pudo evitarlo y, en la cocina, le preguntó:
¿Se te está haciendo cuesta arriba todo esto?
El joven la miró sorprendido, como si nadie le hubiera hecho esa pregunta jamás.
Mucho respondió tras una pausa. Muchísimo.
Y nada más. Pero tras ese intercambio, entre ellos se desvaneció algo agudo que enrarecía el aire.
María del Carmen comprendió entonces que estaba esperando que él cambiara. Cuando quien debía cambiar primero era ella.
Dejó de criticarle delante de su hija. Cuando esta se quejaba, no replicaba: Te lo advertí. Solo escuchaba. A veces se llevaba a los nietos, para que su hija descansara. A veces llamaba a su yerno y, simplemente, le preguntaba cómo estaba. Le costaba. Era más fácil indignarse.
Pero poco a poco, la casa se volvió más tranquila. No perfecta, pero sí con menos tensión.
Un día, su hija le dijo:
Mamá, gracias por estar ahora con nosotros, y no contra nosotros.
María del Carmen pensó mucho en esas palabras.
Comprendió una verdad sencilla: la reconciliación no es cuando alguien admite que se equivoca, sino cuando uno es el primero en dejar de luchar.
Seguía queriendo que su yerno fuese más atento. Ese deseo no desapareció.
Pero ahora había otro, más fuerte: que la familia encontrase la calma.
Y cada vez que alguna vieja herida, una irritación, unas ganas de decir algo punzante asomaban, se preguntaba a sí misma:
¿Prefiero tener razón o prefiero que ellos vivan más tranquilos?
Casi siempre, la respuesta le indicaba lo que debía hacer.







