Mira, te cuento lo de mi suegra, Rosario. Estaba en la cocina mirando cómo la leche empezaba a hervir despacito en el cazo. Ya era la tercera vez que se le olvidaba removerla, y al volver a acordarse siempre era tarde: la espuma subía, se salía, y ella acababa limpiando la vitro de mala gana. En esos ratos sentía clarísimo que la leche solo era la excusa.
Desde que nació su segundo nieto, en casa de mi hermana todo como que empezó a tambalearse. Mi hermana estaba agotada, cada vez más delgada, y hablaba lo justo. El marido, Juan Carlos, llegaba muy tarde, cenaba callado y muchas veces ni se quedaba en el salón, se metía directo en la habitación. Rosario lo notaba y pensaba: ¿Pero cómo puede ser, de verdad es normal dejar a una mujer tan sola?
Ella intentaba ayudar. Empezó hablando suave con su hija, después fue subiendo el tono, llegó incluso a decirle unas cuantas verdades a Juan Carlos. Pero cuanto más hablaba, más pesada se volvía la atmósfera en esa casa. Mi hermana defendía al marido, él se ponía más serio aún, y Rosario siempre volvía a casa apesadumbrada, como si otra vez hubiese metido la pata.
Ese día fue a la iglesia más que nada porque no sabía ya cómo quitarse ese malestar de encima ni a quién contarle el agobio.
Soy una suegra horrible soltó de primeras, ni le miraba . Todo me sale mal.
El cura escribía algo y dejó el boli.
¿Por qué piensas eso?
Rosario encogió los hombros.
Solo quiero ayudar. Y acabo cabreando a todos.
Él la miró, tranquilo.
No eres mala persona. Estás agotada. Y muy preocupada.
Ella suspiró fuerte. Sí, era verdad.
Me preocupa mi hija murmuró . Después del parto ya no es la misma. Y él… hizo un gesto como si ni lo notara.
¿Y tú te fijas en lo que SÍ hace tu yerno? preguntó él.
Rosario lo pensó. Recordó cómo la semana pasada le oyó fregar los platos a las tantas, creyendo que nadie lo veía. O ese domingo que salió con el carrito del bebé y tenía una cara de no haber pegado ojo pero aun así se fue al parque.
Hace cosas… supongo dudó . Pero no como debería.
¿Y cómo debería ser? preguntó el cura, de lo más sereno.
Rosario quiso responder pero se quedó pillada. Solo le venían a la cabeza cosas como más, mejor, con más cuidado. Pero ponerle palabras era difícil.
Solo quiero que para ella sea todo más llevadero dijo.
Eso dítelo a ti misma, no a él le sugirió el cura, suave.
Rosario lo miró, confundida.
¿Cómo?
Ahora estás peleando contra tu yerno, no por tu hija. Y pelear desgasta. No ayuda a nadie. Solo cansa más.
Rosario se quedó en silencio un rato largo antes de preguntar:
¿Entonces qué hago? ¿Hago como que no pasa nada?
No. Haz solo lo que ayude. Menos palabras y más hechos. Pero no contra nadie, sino para alguien.
Volviendo a casa eso le daba vueltas. Recordaba cuando su hija era niña: no le soltaba discursos, solo se sentaba juntos si lloraba. ¿Por qué ahora era todo tan distinto?
Al día siguiente, Rosario se presentó en casa de mi hermana sin avisar. Llevó una cazuela de caldo. Mi hermana flipó, Juan Carlos se notó incómodo.
No me quedo mucho dijo Rosario . Solo quiero echar una mano.
Se puso con los niños mientras la otra dormía un rato. Se fue sin decir nada de lo difícil que estaba todo ni cómo debía organizarse la vida.
A la semana volvió. Y a la otra también.
Seguía viendo que Juan Carlos no era perfecto, pero cada vez notaba más detalles: cómo cogía con cuidado al pequeñajo, o cómo por las noches tapaba a mi hermana con una manta, creyendo que nadie lo miraba.
Un día no se contuvo y en la cocina le preguntó:
Oye, ¿lo llevas mal?
Él se sorprendió, como si jamás le hubiesen preguntado.
Mucho contestó, pero no añadió nada más. Desde entonces, algo tenso entre ellos como que desapareció.
Rosario entendió entonces que siempre había esperado que él cambiase. Y al final lo que tocaba era cambiar ella.
Dejó de hablar de Juan Carlos con mi hermana. Cuando ésta se desahogaba, no metía baza: solo escuchaba. A veces se llevaba a los críos, a veces llamaba a su yerno solo para preguntar qué tal iba todo. Le costaba, porque era mucho más fácil enfadarse.
Poco a poco, el ambiente en casa se calmó. No era perfecto, ni mejor, pero al menos ya no se respiraba esa tensión que dolía.
Un día mi hermana le dijo:
Mamá, gracias, ahora siento que estás de nuestro lado y no en contra.
Rosario no dejó de darle vueltas a esas palabras.
Entendió algo sencillo: reconciliarse no es que alguien acepte la culpa, sino que alguien, por fin, baja las armas primero.
Quería seguir viendo a Juan Carlos más atento, claro. Eso no se fue. Pero ahora tenía algo más importante: que en la familia las aguas volvieran a su cauce.
Y cada vez que la vieja rabia, el enfado o las ganas de saltar pitan en la cabeza, se decía: ¿Quiero tener razón o quiero que lo tengan más fácil? Y casi siempre, con eso bastaba para saber qué hacer.







