LA SUEGRA Ana Fernández estaba sentada en la cocina contemplando cómo el leche hervía suavemente en la vitrocerámica. Tres veces había olvidado removerlo y siempre se daba cuenta tarde: la nata subía, se desbordaba, y ella limpiaba la encimera con fastidio. En esos momentos sentía con claridad: el problema no era la leche. Desde el nacimiento del segundo nieto, todo en la familia parecía descarrilado. Su hija estaba cansada, cada vez más delgada, hablaba poco. El yerno regresaba tarde a casa, cenaba en silencio y a veces se iba directo a la habitación. Ana Fernández lo veía y pensaba: ¿de verdad se puede dejar sola a una mujer? Se lo decía. Primero con tacto, después con más dureza. Al principio a su hija, luego al yerno. Pero empezó a notar algo raro: después de sus palabras, la casa se volvía más tensa en vez de relajarse. Su hija defendía al marido, el yerno se mantenía sombrío y ella misma volvía a casa sintiendo que, otra vez, no había hecho lo correcto. Ese día acudió al párroco no buscando consejo, sino simplemente porque no tenía a dónde más ir con ese sentimiento. —Creo que soy mala —dijo, sin mirarle a los ojos—. Todo lo hago mal. El cura estaba sentado en la mesa escribiendo. Dejó el bolígrafo a un lado. —¿Por qué piensa eso? Ana Fernández se encogió de hombros. —Quería ayudar. Pero parece que solo consigo enfadar a todos. La miró con atención, pero sin brusquedad. —Usted no es mala. Está agotada. Y muy preocupada. Suspiró. Aquello le sonaba cierto. —Me da miedo por mi hija —dijo—. Desde que dio a luz ha cambiado tanto. Y él… —hizo un gesto— como si no se diera cuenta. —¿Y ve usted lo que él sí hace? —preguntó el sacerdote. Ana Fernández lo pensó. Recordó cómo la semana pasada el yerno fregaba los platos por la noche, creyendo que nadie lo veía. O el domingo paseando al bebé, aun con toda la pinta de querer tirarse a dormir. —Hace cosas… supongo —respondió con inseguridad—. Pero no como debería. —¿Y cómo debería? —preguntó el sacerdote con tranquilidad. Quiso responder de inmediato, pero se dio cuenta de que no sabía. Solo pensaba: más, con más frecuencia, con más atención. Pero concretar, le resultaba difícil. —Solo quiero que todo sea más fácil para ella —dijo. —Eso dígaselo —dijo suave el sacerdote—. Pero no a él: a usted misma. Lo miró, sorprendida. —¿Cómo dice? —Ahora mismo usted no está luchando por su hija, sino contra su marido. Y luchar significa estar siempre en tensión. Y de eso se cansan todos. Usted, y ellos. Ana Fernández guardó silencio largo rato. Luego preguntó: —¿Qué hago entonces? ¿Fingir que todo está bien? —No —contestó él—. Haga sólo lo que ayude de verdad. No palabras, sino hechos. No contra nadie, sino por el bien de alguien. De camino a casa, pensaba en ello. Se acordaba de cuando su hija era pequeña: no daba sermones, solo se sentaba a su lado si la niña lloraba. ¿Por qué ahora era diferente? Al día siguiente fue a casa de su hija sin avisar. Llevó una olla de sopa. La hija se sorprendió, el yerno se incomodó. —No me quedo mucho —dijo Ana Fernández—. Sólo vengo a ayudar. Se quedó con los niños mientras su hija dormía la siesta. Se marchó en silencio, sin decir una palabra sobre lo difícil que estaba todo ni sobre cómo debían vivir. La semana siguiente regresó. Y la siguiente, también. Aún veía que su yerno no era perfecto. Pero empezó a notar otras cosas: cómo cogía al bebé con cuidado, cómo en las noches arropaba a su hija creyendo que nadie miraba. Un día no pudo contenerlo y le preguntó en la cocina: —¿Se te está haciendo duro? Él se sorprendió, como si jamás le hubieran hecho esa pregunta. —Mucho —contestó tras unos segundos—. Mucho. Y nada más. Pero a partir de ahí, entre los dos desapareció algo áspero que flotaba en el aire. Ana Fernández entendió que esperaba de él una sola cosa: que fuera distinto. Y que debía empezar por ella misma. Dejó de comentar sus defectos con su hija. Cuando ésta se quejaba, ya no decía: “Te lo advertí”. Solo escuchaba. A veces se llevaba a los niños para que la hija descansara. A veces llamaba al yerno sólo para preguntar cómo estaba. No era fácil. Era mucho más sencillo estar enfadada. Pero poco a poco la casa se dulcificó. No era mejor ni más perfecta: sólo más tranquila. Sin esa tensión constante. Un día su hija le dijo: —Mamá, gracias por estar ahora con nosotros, y no contra nosotros. Ana Fernández reflexionó mucho sobre esas palabras. Comprendió algo sencillo: la reconciliación no es cuando uno admite la culpa; es cuando alguien deja de pelear el primero. Seguía deseando que su yerno fuera más atento. Ese deseo no desaparecía. Pero junto a ese deseo ahora vivía otro más fuerte: que reinase la paz en la familia. Y cada vez que reaparecían el enfado, el rencor o las ganas de decir algo hiriente, se preguntaba: ¿Quiero tener razón o quiero que ellos estén mejor? Casi siempre, la respuesta le mostraba el camino.

DOÑA CARMEN

Carmen Ortega estaba sentada en la cocina, observando cómo la leche burbujeaba en el cazo. Ya era la tercera vez que se olvidaba de removerla, y siempre se acordaba justo cuando la espuma asomaba y empezaba a derramarse. Con resignación, limpiaba la vitrocerámica con el estropajo. En momentos así, tenía clarísimo: el problema no era la leche.

Desde que había nacido su segundo nieto, la familia parecía un tren descarrilado. Su hija estaba siempre cansada, había adelgazado y apenas hablaba. Su yerno llegaba tarde, cenaba en silencio y a veces se encerraba en la habitación sin decir ni mu. Carmen lo veía y pensaba: ¿de verdad se puede dejar sola a una mujer así?

Al principio, lo insinuaba con delicadeza. Luego, más directo. Primero a su hija, después al yerno. Y después notó algo raro: sus palabras, en vez de arreglar el ambiente, solo lo volvían más denso. Su hija defendía al marido, el yerno se le quedaba más serio que un lunes sin café, y ella se iba a casa convencida de que otra vez la había fastidiado.

Aquel día fue a hablar con don Francisco, el párroco, no tanto buscando consejo, sino porque, sinceramente, ya no sabía dónde meter esa sensación.

Creo que soy una pésima suegra le confesó, sin mirarle a la cara. Todo lo hago mal.

Don Francisco estaba escribiendo algo en su mesa. Dejó el bolígrafo.

¿Por qué lo piensa usted, Carmen?

Ella se encogió de hombros.

Solo quiero ayudar. Pero parece que solo consigo enfadar a todos.

El cura la miró, sereno, sin pizca de juicio.

Usted no es mala. Usted está agotada. Y muy preocupada.

Carmen suspiró. Tuvo que reconocer que sonaba bastante cierto.

Me da miedo lo que le pasa a mi hija dijo. Desde que tuvo el niño, ya no es la misma. Y él… hizo un gesto de desdén. Parece que ni se da cuenta.

¿Y usted presta atención a lo que hace él? preguntó don Francisco.

Carmen se quedó pensando. Recordó aquella noche, cuando el yerno fregó los platos a las tantas, creyendo que nadie lo veía. O un domingo, paseando con el carrito aunque se notaba a kilómetros que lo que quería era tirarse a la siesta.

Hace cosas… supongo admitió a medias. Pero no de la manera correcta.

¿Y cómo sería la manera correcta? inquirió calmado el párroco.

Carmen iba a responder, pero de golpe se quedó en blanco. Solo tenía en la cabeza: más, mejor, con más ganas. Pero explicarlo… ya era otro cantar.

Solo quiero que ella esté mejor dijo con voz bajita.

Entonces, dígase eso a sí misma susurró don Francisco. No a él, a usted misma.

Ella lo miró, perpleja.

¿En qué sentido?

Ahora mismo no está luchando por su hija, está luchando contra su yerno. Y esa lucha agota a todos, incluso a usted.

Carmen guardó silencio un buen rato. Finalmente preguntó:

¿Y qué hago entonces? ¿Me hago la tonta, finjo que todo está bien?

No, mujer se rio él. Haga lo que ayude. Menos hablar y más hacer. Y jamás contra nadie, siempre por alguien.

De camino a casa, le daba vueltas. Se acordó de cuándo su hija era pequeña, que en vez de sermones simplemente se sentaba a su lado cuando lloraba. ¿Por qué ahora todo era tan diferente?

Al día siguiente fue a casa de su hija sin avisar. Llevó una olla de cocido. Su hija puso cara de sorpresa, el yerno se puso tieso como un palo.

Nada, que vengo solo un rato explicó Carmen. A ayudar un poco.

Se quedó con los niños mientras su hija dormía la siesta. Se marchó de puntillas, sin decir nada sobre cómo deberían vivir ni lo mal que lo veía todo.

La semana siguiente volvió. Y a la otra, también.

Seguía sin ver perfección en su yerno, pero empezó a notar otras cosas: cómo cogía con cuidado al pequeño, cómo arropaba a su hija por las noches pensando que nadie lo ve.

Un día, no aguantó y le preguntó en la cocina:

¿Te está costando todo esto, verdad?

Él se quedó como si nunca nadie le hubiera hecho esa pregunta.

Mucho respondió tras una pausa. Muchísimo.

Ahí se acabó un silencio incómodo que llevaba semanas colgado flotando entre ellos.

Carmen entendió algo: siempre había esperado que él cambiara, que fuera otro. Y quizá el cambio tenía que empezar por ella.

Dejó de hablar mal de él con su hija. Cuando ella se quejaba, no salía el típico ¡si ya te lo decía yo!. Simplemente escuchaba. A veces se llevaba a los niños para que descansara. A veces llamaba al yerno y le preguntaba cómo le iba todo. No era nada fácil, porque lo sencillo era enfadarse.

Sin embargo, poco a poco la casa se volvió más tranquila. No perfecta, pero al menos sin ese runrún constante de la tensión.

Un día, su hija le dijo:

Mamá, gracias por estar con nosotros, no contra nosotros.

Carmen pensó mucho en esas palabras.

Y comprendió una verdad simple: reconciliarse no es reconocer culpas. Es que alguien sea el primero en dejar de luchar.

Seguía queriendo que su yerno fuera más atento. Ese deseo no había desaparecido.

Pero había allí otro más importante: que en su familia reinara la paz.

Y cada vez que el rencor, el enfado o las ganas de soltar alguna indirecta asomaban la patita, ella se preguntaba:

¿Quiero tener razón o quiero que estén mejor?

Casi siempre la respuesta sabía indicarle el siguiente paso.

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MagistrUm
LA SUEGRA Ana Fernández estaba sentada en la cocina contemplando cómo el leche hervía suavemente en la vitrocerámica. Tres veces había olvidado removerlo y siempre se daba cuenta tarde: la nata subía, se desbordaba, y ella limpiaba la encimera con fastidio. En esos momentos sentía con claridad: el problema no era la leche. Desde el nacimiento del segundo nieto, todo en la familia parecía descarrilado. Su hija estaba cansada, cada vez más delgada, hablaba poco. El yerno regresaba tarde a casa, cenaba en silencio y a veces se iba directo a la habitación. Ana Fernández lo veía y pensaba: ¿de verdad se puede dejar sola a una mujer? Se lo decía. Primero con tacto, después con más dureza. Al principio a su hija, luego al yerno. Pero empezó a notar algo raro: después de sus palabras, la casa se volvía más tensa en vez de relajarse. Su hija defendía al marido, el yerno se mantenía sombrío y ella misma volvía a casa sintiendo que, otra vez, no había hecho lo correcto. Ese día acudió al párroco no buscando consejo, sino simplemente porque no tenía a dónde más ir con ese sentimiento. —Creo que soy mala —dijo, sin mirarle a los ojos—. Todo lo hago mal. El cura estaba sentado en la mesa escribiendo. Dejó el bolígrafo a un lado. —¿Por qué piensa eso? Ana Fernández se encogió de hombros. —Quería ayudar. Pero parece que solo consigo enfadar a todos. La miró con atención, pero sin brusquedad. —Usted no es mala. Está agotada. Y muy preocupada. Suspiró. Aquello le sonaba cierto. —Me da miedo por mi hija —dijo—. Desde que dio a luz ha cambiado tanto. Y él… —hizo un gesto— como si no se diera cuenta. —¿Y ve usted lo que él sí hace? —preguntó el sacerdote. Ana Fernández lo pensó. Recordó cómo la semana pasada el yerno fregaba los platos por la noche, creyendo que nadie lo veía. O el domingo paseando al bebé, aun con toda la pinta de querer tirarse a dormir. —Hace cosas… supongo —respondió con inseguridad—. Pero no como debería. —¿Y cómo debería? —preguntó el sacerdote con tranquilidad. Quiso responder de inmediato, pero se dio cuenta de que no sabía. Solo pensaba: más, con más frecuencia, con más atención. Pero concretar, le resultaba difícil. —Solo quiero que todo sea más fácil para ella —dijo. —Eso dígaselo —dijo suave el sacerdote—. Pero no a él: a usted misma. Lo miró, sorprendida. —¿Cómo dice? —Ahora mismo usted no está luchando por su hija, sino contra su marido. Y luchar significa estar siempre en tensión. Y de eso se cansan todos. Usted, y ellos. Ana Fernández guardó silencio largo rato. Luego preguntó: —¿Qué hago entonces? ¿Fingir que todo está bien? —No —contestó él—. Haga sólo lo que ayude de verdad. No palabras, sino hechos. No contra nadie, sino por el bien de alguien. De camino a casa, pensaba en ello. Se acordaba de cuando su hija era pequeña: no daba sermones, solo se sentaba a su lado si la niña lloraba. ¿Por qué ahora era diferente? Al día siguiente fue a casa de su hija sin avisar. Llevó una olla de sopa. La hija se sorprendió, el yerno se incomodó. —No me quedo mucho —dijo Ana Fernández—. Sólo vengo a ayudar. Se quedó con los niños mientras su hija dormía la siesta. Se marchó en silencio, sin decir una palabra sobre lo difícil que estaba todo ni sobre cómo debían vivir. La semana siguiente regresó. Y la siguiente, también. Aún veía que su yerno no era perfecto. Pero empezó a notar otras cosas: cómo cogía al bebé con cuidado, cómo en las noches arropaba a su hija creyendo que nadie miraba. Un día no pudo contenerlo y le preguntó en la cocina: —¿Se te está haciendo duro? Él se sorprendió, como si jamás le hubieran hecho esa pregunta. —Mucho —contestó tras unos segundos—. Mucho. Y nada más. Pero a partir de ahí, entre los dos desapareció algo áspero que flotaba en el aire. Ana Fernández entendió que esperaba de él una sola cosa: que fuera distinto. Y que debía empezar por ella misma. Dejó de comentar sus defectos con su hija. Cuando ésta se quejaba, ya no decía: “Te lo advertí”. Solo escuchaba. A veces se llevaba a los niños para que la hija descansara. A veces llamaba al yerno sólo para preguntar cómo estaba. No era fácil. Era mucho más sencillo estar enfadada. Pero poco a poco la casa se dulcificó. No era mejor ni más perfecta: sólo más tranquila. Sin esa tensión constante. Un día su hija le dijo: —Mamá, gracias por estar ahora con nosotros, y no contra nosotros. Ana Fernández reflexionó mucho sobre esas palabras. Comprendió algo sencillo: la reconciliación no es cuando uno admite la culpa; es cuando alguien deja de pelear el primero. Seguía deseando que su yerno fuera más atento. Ese deseo no desaparecía. Pero junto a ese deseo ahora vivía otro más fuerte: que reinase la paz en la familia. Y cada vez que reaparecían el enfado, el rencor o las ganas de decir algo hiriente, se preguntaba: ¿Quiero tener razón o quiero que ellos estén mejor? Casi siempre, la respuesta le mostraba el camino.