La suegra al cuadrado —¡Vaya sorpresa! —exclamó Yago a modo de saludo al ver en la puerta a una abuela menuda y escuálida, vestida con vaqueros y una sonrisa pícara dibujada en los labios finos. A través de los párpados entornados, unos ojos vivarachos lanzaban destellos burlones. «La abuela de Iria, doña Valentina —la reconoció Yago—. Pero… ¿cómo puede ser que venga sin avisar, ni siquiera una llamada?» —¡Hola, chico! —dijo ella con la misma sonrisa—. ¿Me dejas pasar, no? —Sí, sí, por supuesto —se apresuró Yago—. Pase, por favor. Doña Valentina hizo rodar su maletita con ruedas dentro del piso… —¡Ponme el té fuertecito! —ordenó, mientras Yago servía la merienda—. Iria trabajando, Olalla en la guarde, ¿y tú por qué andas vagueando? —Estoy de vacaciones forzosas —respondió Yago con desánimo—. Dos semanas por necesidad del trabajo. Sus sueños de descanso se desvanecían mientras miraba esperanzado a la visita—: ¿Va a quedarse mucho? —Has acertado —asintió ella, disolviendo sus esperanzas—: Voy para largo. Yago suspiró de nuevo. A doña Valentina apenas la conocía, la había visto de pasada en su boda con Iria; vivía en otra ciudad. Pero su suegro siempre hablaba de ella a media voz, mirando por encima del hombro, como si le impusiera un respeto reverencial. —Friega los platos —le mandó— y prepárate. Vamos a dar una vuelta por la ciudad, te estrenarás de guía. Yago no halló argumentos y ni siquiera lo intentó. El tono de la abuela le recordó al de un sargento de compañía y entendió que replicar sería peor para él. —¡Enséñame el Paseo Marítimo! —ordenó doña Valentina—. ¿Cuál es la mejor manera de llegar? Tomó a Yago del brazo y salió decidida a la calle, mirando todo con curiosidad. —En taxi —encogió los hombros Yago. Doña Valentina formó un círculo con los dedos y lanzó un silbido agudo entre los labios. Un taxi se detuvo en seco. —¿A santo de qué tanto escándalo? ¿Qué pensará la gente? —rezongaba Yago, ayudándola a sentarse delante. —¡Nada! Seguro que creen que eres tú el maleducado —contestaba la risueña y delicada abuela. El taxista rompió a reír con doña Valentina y chocaron las manos, como si fuesen colegas de toda la vida. —Eres un chico educado, Yago —le decía su pariente mayor durante el paseo por el malecón—. Tu abuela seguro que es bien formal, pero yo soy de otro estilo. Mi marido, el abuelo de Iria, en paz descanse, tardó en acostumbrarse. Era un ratón de biblioteca, tímido, y yo llegué a revolucionarle la vida. Incluso le hice lanzarse en paracaídas conmigo, aunque a los ultraligeros no hubo manera, eso le daba pánico. Yago escuchaba sorprendido. Iria nunca le contó nada sobre la abuela y sus aventuras, y entendía de golpe mucho de su carácter. —¿Tú has saltado en paracaídas? —En la mili, catorce saltos —presumió Yago. —¡Bravo! Te admiro —asintió con aprobación doña Valentina y se puso a tararear: «Nos queda una larga caída, En este salto sin fin…» Yago conocía la canción y la acompañó: «El encaje blanco del paracaídas, Aletea tras de mí…» La canción los acercó y Yago dejó de sentirse incómodo con aquella abuela singular. —Vamos a descansar y tomar algo —propuso ella—. Ese puesto huele a buen churrasco, ¿lo notas? El parrillero, moreno, con rostro fiero, ensartaba la carne marinada en el pincho como quien rematara enemigos. Danzando a su alrededor, uno pensaba en la «jota aragonesa» y echaba de menos una pandereta. Sentada en la mesa, doña Valentina brilló con los ojos y cantó con voz sorprendentemente clara: «¡Ay, cómo me gustaría, Cantar en una boda…!» El churrasquero miró a la señora, se le encendieron los ojos y siguieron a dúo: «Cantar en una boda, Sería todo un honor…» —Disfrute, señora, —dijo el dueño mostrando enormes dientes en una sonrisa—; aquí tiene, con pan de pueblo y buena ensalada, y un vinito de Rueda bien fresquito. El aroma de la carne atrajo a un gatito gris, que se asomó con timidez. —Tú sí que eres necesario aquí —sonrió Valentina—. Ven, pequeño. Pidió al parrillero: —Un poco de carne para nuestro amigo, pero córtasela pequeña. Mientras el gato devoraba, doña Valentina reprendía a Yago: —Tenéis una niña, ¿verdad? ¿Y vais a criarla sin gato en casa? Así no aprenderá nunca la ternura y el cariño. Este se queda con vosotros. Después del paseo, la abuela se puso a bañar al gatito y mandó a Yago a por una lista de cosas: arenero, comedero, cama blanda… Cuando regresó, en casa reinaba el alboroto femenino. Iria y Olalla abrazaban a la abuela, que, dichosa, las colmaba de besos. El gatito, desde el respaldo del sofá, observaba perplejo a su nueva familia. —Mira, Olalla: un conjunto veraniego para ti —repartía regalos doña Valentina—, y para ti, Iria, nada realza más a una mujer ante su marido que una braguita de encaje… Durante la siguiente semana, Olalla no fue a la guarde. Se iba con la abuela por la mañana y volvían al mediodía cansadas, felices y cómplices. En casa les esperaban Yago y el gato, que bautizaron como Leo. Por la tarde se unía Iria y salían todos juntos de paseo, llevando también a Leo. —Tengo que hablar contigo, Yago —le dijo doña Valentina una tarde, con seriedad inusual—. Mañana me voy, ya toca. Esto se lo das a Iria cuando me vaya. Era su testamento: la casa y todo su patrimonio para Iria; a él, la biblioteca que había coleccionado su marido. —Muy valiosa, hay primeras ediciones con dedicatorias… —¿Pero por qué me dice esto, doña Valentina? Ella hizo un gesto y le confesó: —Solo te lo digo a ti; tengo un problema grave de corazón. Puede pasarme en cualquier momento, hay que estar preparados. —¿Y va a estar sola? ¡Tiene que estar acompañada! —Siempre tengo a alguien cerca —sonrió—. Además, tu suegra está en la ciudad de al lado. Cuida de Iria y cría a Olalla, eres un buen chico. Al final, para ti soy la “suegra al cuadrado”, ¿te das cuenta? —le dio una palmadita en el hombro y se rió. —¿No podría quedarse un poco más? —suplicó Yago. Valentina sonrió con gratitud, pero negó con la cabeza. La despidieron toda la familia; hasta Leo pareció triste en brazos de Olalla. Valentina formó un círculo con los dedos y lanzó un silbido potente. El taxi frenó en seco. —¡Vamos, yerno, llévame a la estación! —ordenó, besó a Iria y Olalla y se acomodó delante. El taxista miraba atónito la escena. —¿Nunca ha visto a una señora de mundo, o qué? —refunfuñó Yago. La abuela menuda, sacudiendo sus canas, soltó una carcajada y chocó la palma con la de Yago.

¡Vaya sorpresa me llevé! Hoy, nada más abrir la puerta, me encontré con una abuela bajita, fibrosa, enfundada en vaqueros y una sonrisa pícara dibujada en sus labios finos. Sus ojos juguetones brillaban entre los párpados entrecerrados. ¡La abuela de Carmen, doña Matilde Serrano! la reconocí al instante. Pero ¿cómo es posible? Sin avisar siquiera, ni una llamada…

Hola, chaval, me saludó aún con esa media sonrisa, ¿me invitas a pasar o te quedas ahí plantado?

Sí, sí, claro, pase, me apresuré, al tiempo que ella arrastraba su maletita de viaje con ruedas.

Mientras le preparaba un café, con carácter firme me dijo: ¡A mí ponme uno bien cargado! Después me interrogó, como solo una abuela sabe: Carmen está en la oficina, Alba en la guardería y tú, ¿qué haces aquí mano sobre mano?

Me mandaron de vacaciones forzadas, dos semanas porque sí, musité cabizbajo. Las ideas de descanso y ocio que tenía se iban disipando por momentos. Alcé la vista, esperanzado: ¿Va a estar usted mucho tiempo con nosotros?

Eso has acertado bien, asintió con sorna, para largo me tienes.

Suspiré, resignado. A doña Matilde apenas la conocía de la boda de Carmen. Ella vino desde Valladolid y siempre escuché historias sobre su genio de boca de mi suegro, don Manuel. Él, al hablar de su suegra, bajaba la voz y miraba nervioso a todos lados. Se notaba que le tenía un respeto reverencial, de esos que te hacen temblar.

Anda, recoge esto y vamos. Te vas a venir de guía: toca que me muestres Madridordenó ella, con ese tonillo suyo casi militar.

No me quedaba más remedio que obedecer, y además ni se me pasaba por la cabeza contradecirla: esas órdenes, tan secas, me recordaban a mi sargento de reemplazo, el cabo Romero. Y con él tampoco discutías

Quiero que me enseñes el paseo del Manzanares, dijo mientras me cogía del brazo y caminaba por la acera. ¿Cómo se llega mejor?

En taxi, le respondí, encogiéndome de hombros.

Entonces, para mi espanto, doña Matilde se llevó los dedos a la boca e hizo un silbido agudo, tan castizo que un taxi frenó en seco justo ante nosotros.

¡Por Dios, abuela! protesté mientras le abría la puerta. Así no se hace, ¿qué dirán los vecinos?

¡Que no se preocupen! A lo sumo, pensarán que eres tú el maleducado, no yo me guiñó el ojo burlona.

El taxista estalló en carcajadas con ella, y entre ambos se saludaron de palmada, como viejos compinches. Después de verla en acción, sentí que la ciudad se hacía más pequeña y familiar.

Caminando junto al río, me contó: Eres buen muchacho y educado, se te nota. Seguro que tu abuela es una mujer formal y comedida, pero yo yo no sé ser así. A tu abuelo, que en paz descanse, le costó una vida adaptarse a mí. Él era un ratón de biblioteca y yo le sacudí la vida: lo llevé a los Picos de Europa, le enseñé a saltar en paracaídas, hasta le animé a esquiar. Sólo le tenía miedo al parapente… Siempre nos esperaba abajo con la niña mientras yo volaba dando vueltas por encima.

Yo me quedé boquiabierto. Carmen jamás me habló de una abuela así, llena de aventuras. Muchas cosas cobraban sentido de golpe. De pronto me miró con seriedad inesperada:

¿Tú has saltado alguna vez en paracaídas?

En la mili, catorce saltos, dije, inflando el pecho.

¡Ole tus narices! me premió con una mirada de respeto, y se puso a entonar:
Mucho nos queda de caída,
en este salto sin fin

La melodía, tan conocida, me hizo unirme de inmediato:
Nube de seda bendita,
aletea mi destino

Ese cante nos unió de verdad; ya no me sentía incómodo a su lado.

Vamos a descansar, propuso y a tomar algo. Mira, ese puesto de pinchos huele de maravilla, ¿lo notas?

El chiringuito era de un tipo moreno, con barbilla aguileña, y una mirada fiera que atrevería incluso atravesar con la brocheta a sus enemigos, y quedarse tan tranquilo. Verlo daba ganas de gritar ¡Olé! y ponerse a zapatear una bulería descalzo y sin sentido.

Sentados ya, doña Matilde me sorprendió entonando con voz clara:
Ay, qué alegría, mi compadre,
cantar en boda andaluza

El pinche se giró, sorpendido, pero le siguió el juego, en un improvisado dúo flamenco.

¡Sirvan, señora! exclamó orgulloso, llenando la mesa de pinchos de cordero, pan de pueblo y perejil fresco. Sacó dos copas de vino de la Rioja bien frío y se despidió tocándose el pecho reverente.

Atraído por el aroma, de entre las plantas apareció un gatito gris, friolero, mirándonos con esperanza.

Tú sí que eres necesario aquí, chiquitín, se rió doña Matilde. Ven, bonito. Pidió al pinche un poco de carne fresca para el nuevo amigo.

Mientras el gatito devoraba, doña Matilde me soltó casi en confidencia:

Vais a criar a una niña, ¡y sin mascota ni nada! ¿Cómo vais a enseñarle a tener ternura y cuidar de quienes dependen de nosotros? Este gato es la mejor lección.

Cuando volvimos a casa, doña Matilde lavó al recogido y a mí me mandó a la tienda con una lista interminable: arenero, cuencos, una camita de felpa, y hasta un poste rascador. Al volver cargado, la casa era una fiesta: Carmen y Alba abrazaban felices a la abuela, y ella no paraba de besar a sus nietas. El minino, de nombre León, miraba todo desde el respaldo del sofá, curiosísimo con su nueva familia.

Esto es para ti, Alba, un conjunto de verano con braguitas, iba repartiendo regalos abuela, y esto para ti, Carmen. Nada sube más la autoestima a una mujer que un conjunto de encaje bonito

El resto de la semana Alba no fue al cole. Se pasaba las mañanas de paseo con doña Matilde, llegando siempre cansadas pero radiantes a la hora de comer. En casa les esperábamos León y yo, y por las tardes nos reuníamos los cuatro para pasear por Argüelles, siempre con el gato bajo el brazo.

Eloy, me dijo seria una noche. Mañana me vuelvo a Valladolid, ya toca irse. Cuando me vaya, dale esto a Carmen. Me entregó una carpeta con su testamento. La casa y todo lo mío para ella, a ti la biblioteca de mi marido, que lleva media vida recopilando. Hay libros con dedicatorias de escritores famosos.

¡Por favor, doña Matilde! intenté protestar, pero ella me frenó con un gesto.

A Carmen no le he dicho nada. A ti sí: tengo serio lo del corazón, igual se acaba todo de un día para otro. Hay que estar prevenido.

¿Y cómo se va a apañar usted sola?

Siempre tengo a alguien: mi hija, tu suegra en Segovia. Cuida a Carmen y cría bien a Alba, eres buen chaval, se te nota. ¡Ah! me guiñó el ojo riendo ¡y que sepas que soy tu suegra al cuadrado! Me palmoteó la espalda y nos reímos juntos.

¿No quiere quedarse un poco más, de verdad? le supliqué.

Me sonrió con ternura y negó moviendo la cabeza.

La acompañamos todos a la estación, hasta León en brazos de Alba parecía estar entristecido. Para el último adiós, repitió su famoso silbido de dedos y, como en una película madrileña de siempre, un taxi frenó en seco.

Vamos, yerno, ¡llévame a Atocha! ordenó entre risas, plantando un último beso a sus chicas.

El taxista la miraba atónito, entre divertido y fascinado.

¿Qué pasa, hombre? espeté fingiendo enfado. ¿Nunca ha visto a una señora de verdad?

Doña Matilde soltó una carcajada vibrante, agitó su melena blanca y chocó la mano conmigo, de nuevo cómplices, esta vez de corazón.

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MagistrUm
La suegra al cuadrado —¡Vaya sorpresa! —exclamó Yago a modo de saludo al ver en la puerta a una abuela menuda y escuálida, vestida con vaqueros y una sonrisa pícara dibujada en los labios finos. A través de los párpados entornados, unos ojos vivarachos lanzaban destellos burlones. «La abuela de Iria, doña Valentina —la reconoció Yago—. Pero… ¿cómo puede ser que venga sin avisar, ni siquiera una llamada?» —¡Hola, chico! —dijo ella con la misma sonrisa—. ¿Me dejas pasar, no? —Sí, sí, por supuesto —se apresuró Yago—. Pase, por favor. Doña Valentina hizo rodar su maletita con ruedas dentro del piso… —¡Ponme el té fuertecito! —ordenó, mientras Yago servía la merienda—. Iria trabajando, Olalla en la guarde, ¿y tú por qué andas vagueando? —Estoy de vacaciones forzosas —respondió Yago con desánimo—. Dos semanas por necesidad del trabajo. Sus sueños de descanso se desvanecían mientras miraba esperanzado a la visita—: ¿Va a quedarse mucho? —Has acertado —asintió ella, disolviendo sus esperanzas—: Voy para largo. Yago suspiró de nuevo. A doña Valentina apenas la conocía, la había visto de pasada en su boda con Iria; vivía en otra ciudad. Pero su suegro siempre hablaba de ella a media voz, mirando por encima del hombro, como si le impusiera un respeto reverencial. —Friega los platos —le mandó— y prepárate. Vamos a dar una vuelta por la ciudad, te estrenarás de guía. Yago no halló argumentos y ni siquiera lo intentó. El tono de la abuela le recordó al de un sargento de compañía y entendió que replicar sería peor para él. —¡Enséñame el Paseo Marítimo! —ordenó doña Valentina—. ¿Cuál es la mejor manera de llegar? Tomó a Yago del brazo y salió decidida a la calle, mirando todo con curiosidad. —En taxi —encogió los hombros Yago. Doña Valentina formó un círculo con los dedos y lanzó un silbido agudo entre los labios. Un taxi se detuvo en seco. —¿A santo de qué tanto escándalo? ¿Qué pensará la gente? —rezongaba Yago, ayudándola a sentarse delante. —¡Nada! Seguro que creen que eres tú el maleducado —contestaba la risueña y delicada abuela. El taxista rompió a reír con doña Valentina y chocaron las manos, como si fuesen colegas de toda la vida. —Eres un chico educado, Yago —le decía su pariente mayor durante el paseo por el malecón—. Tu abuela seguro que es bien formal, pero yo soy de otro estilo. Mi marido, el abuelo de Iria, en paz descanse, tardó en acostumbrarse. Era un ratón de biblioteca, tímido, y yo llegué a revolucionarle la vida. Incluso le hice lanzarse en paracaídas conmigo, aunque a los ultraligeros no hubo manera, eso le daba pánico. Yago escuchaba sorprendido. Iria nunca le contó nada sobre la abuela y sus aventuras, y entendía de golpe mucho de su carácter. —¿Tú has saltado en paracaídas? —En la mili, catorce saltos —presumió Yago. —¡Bravo! Te admiro —asintió con aprobación doña Valentina y se puso a tararear: «Nos queda una larga caída, En este salto sin fin…» Yago conocía la canción y la acompañó: «El encaje blanco del paracaídas, Aletea tras de mí…» La canción los acercó y Yago dejó de sentirse incómodo con aquella abuela singular. —Vamos a descansar y tomar algo —propuso ella—. Ese puesto huele a buen churrasco, ¿lo notas? El parrillero, moreno, con rostro fiero, ensartaba la carne marinada en el pincho como quien rematara enemigos. Danzando a su alrededor, uno pensaba en la «jota aragonesa» y echaba de menos una pandereta. Sentada en la mesa, doña Valentina brilló con los ojos y cantó con voz sorprendentemente clara: «¡Ay, cómo me gustaría, Cantar en una boda…!» El churrasquero miró a la señora, se le encendieron los ojos y siguieron a dúo: «Cantar en una boda, Sería todo un honor…» —Disfrute, señora, —dijo el dueño mostrando enormes dientes en una sonrisa—; aquí tiene, con pan de pueblo y buena ensalada, y un vinito de Rueda bien fresquito. El aroma de la carne atrajo a un gatito gris, que se asomó con timidez. —Tú sí que eres necesario aquí —sonrió Valentina—. Ven, pequeño. Pidió al parrillero: —Un poco de carne para nuestro amigo, pero córtasela pequeña. Mientras el gato devoraba, doña Valentina reprendía a Yago: —Tenéis una niña, ¿verdad? ¿Y vais a criarla sin gato en casa? Así no aprenderá nunca la ternura y el cariño. Este se queda con vosotros. Después del paseo, la abuela se puso a bañar al gatito y mandó a Yago a por una lista de cosas: arenero, comedero, cama blanda… Cuando regresó, en casa reinaba el alboroto femenino. Iria y Olalla abrazaban a la abuela, que, dichosa, las colmaba de besos. El gatito, desde el respaldo del sofá, observaba perplejo a su nueva familia. —Mira, Olalla: un conjunto veraniego para ti —repartía regalos doña Valentina—, y para ti, Iria, nada realza más a una mujer ante su marido que una braguita de encaje… Durante la siguiente semana, Olalla no fue a la guarde. Se iba con la abuela por la mañana y volvían al mediodía cansadas, felices y cómplices. En casa les esperaban Yago y el gato, que bautizaron como Leo. Por la tarde se unía Iria y salían todos juntos de paseo, llevando también a Leo. —Tengo que hablar contigo, Yago —le dijo doña Valentina una tarde, con seriedad inusual—. Mañana me voy, ya toca. Esto se lo das a Iria cuando me vaya. Era su testamento: la casa y todo su patrimonio para Iria; a él, la biblioteca que había coleccionado su marido. —Muy valiosa, hay primeras ediciones con dedicatorias… —¿Pero por qué me dice esto, doña Valentina? Ella hizo un gesto y le confesó: —Solo te lo digo a ti; tengo un problema grave de corazón. Puede pasarme en cualquier momento, hay que estar preparados. —¿Y va a estar sola? ¡Tiene que estar acompañada! —Siempre tengo a alguien cerca —sonrió—. Además, tu suegra está en la ciudad de al lado. Cuida de Iria y cría a Olalla, eres un buen chico. Al final, para ti soy la “suegra al cuadrado”, ¿te das cuenta? —le dio una palmadita en el hombro y se rió. —¿No podría quedarse un poco más? —suplicó Yago. Valentina sonrió con gratitud, pero negó con la cabeza. La despidieron toda la familia; hasta Leo pareció triste en brazos de Olalla. Valentina formó un círculo con los dedos y lanzó un silbido potente. El taxi frenó en seco. —¡Vamos, yerno, llévame a la estación! —ordenó, besó a Iria y Olalla y se acomodó delante. El taxista miraba atónito la escena. —¿Nunca ha visto a una señora de mundo, o qué? —refunfuñó Yago. La abuela menuda, sacudiendo sus canas, soltó una carcajada y chocó la palma con la de Yago.