¡Vaya sorpresa me llevé! Hoy, nada más abrir la puerta, me encontré con una abuela bajita, fibrosa, enfundada en vaqueros y una sonrisa pícara dibujada en sus labios finos. Sus ojos juguetones brillaban entre los párpados entrecerrados. ¡La abuela de Carmen, doña Matilde Serrano! la reconocí al instante. Pero ¿cómo es posible? Sin avisar siquiera, ni una llamada…
Hola, chaval, me saludó aún con esa media sonrisa, ¿me invitas a pasar o te quedas ahí plantado?
Sí, sí, claro, pase, me apresuré, al tiempo que ella arrastraba su maletita de viaje con ruedas.
Mientras le preparaba un café, con carácter firme me dijo: ¡A mí ponme uno bien cargado! Después me interrogó, como solo una abuela sabe: Carmen está en la oficina, Alba en la guardería y tú, ¿qué haces aquí mano sobre mano?
Me mandaron de vacaciones forzadas, dos semanas porque sí, musité cabizbajo. Las ideas de descanso y ocio que tenía se iban disipando por momentos. Alcé la vista, esperanzado: ¿Va a estar usted mucho tiempo con nosotros?
Eso has acertado bien, asintió con sorna, para largo me tienes.
Suspiré, resignado. A doña Matilde apenas la conocía de la boda de Carmen. Ella vino desde Valladolid y siempre escuché historias sobre su genio de boca de mi suegro, don Manuel. Él, al hablar de su suegra, bajaba la voz y miraba nervioso a todos lados. Se notaba que le tenía un respeto reverencial, de esos que te hacen temblar.
Anda, recoge esto y vamos. Te vas a venir de guía: toca que me muestres Madridordenó ella, con ese tonillo suyo casi militar.
No me quedaba más remedio que obedecer, y además ni se me pasaba por la cabeza contradecirla: esas órdenes, tan secas, me recordaban a mi sargento de reemplazo, el cabo Romero. Y con él tampoco discutías
Quiero que me enseñes el paseo del Manzanares, dijo mientras me cogía del brazo y caminaba por la acera. ¿Cómo se llega mejor?
En taxi, le respondí, encogiéndome de hombros.
Entonces, para mi espanto, doña Matilde se llevó los dedos a la boca e hizo un silbido agudo, tan castizo que un taxi frenó en seco justo ante nosotros.
¡Por Dios, abuela! protesté mientras le abría la puerta. Así no se hace, ¿qué dirán los vecinos?
¡Que no se preocupen! A lo sumo, pensarán que eres tú el maleducado, no yo me guiñó el ojo burlona.
El taxista estalló en carcajadas con ella, y entre ambos se saludaron de palmada, como viejos compinches. Después de verla en acción, sentí que la ciudad se hacía más pequeña y familiar.
Caminando junto al río, me contó: Eres buen muchacho y educado, se te nota. Seguro que tu abuela es una mujer formal y comedida, pero yo yo no sé ser así. A tu abuelo, que en paz descanse, le costó una vida adaptarse a mí. Él era un ratón de biblioteca y yo le sacudí la vida: lo llevé a los Picos de Europa, le enseñé a saltar en paracaídas, hasta le animé a esquiar. Sólo le tenía miedo al parapente… Siempre nos esperaba abajo con la niña mientras yo volaba dando vueltas por encima.
Yo me quedé boquiabierto. Carmen jamás me habló de una abuela así, llena de aventuras. Muchas cosas cobraban sentido de golpe. De pronto me miró con seriedad inesperada:
¿Tú has saltado alguna vez en paracaídas?
En la mili, catorce saltos, dije, inflando el pecho.
¡Ole tus narices! me premió con una mirada de respeto, y se puso a entonar:
Mucho nos queda de caída,
en este salto sin fin
La melodía, tan conocida, me hizo unirme de inmediato:
Nube de seda bendita,
aletea mi destino
Ese cante nos unió de verdad; ya no me sentía incómodo a su lado.
Vamos a descansar, propuso y a tomar algo. Mira, ese puesto de pinchos huele de maravilla, ¿lo notas?
El chiringuito era de un tipo moreno, con barbilla aguileña, y una mirada fiera que atrevería incluso atravesar con la brocheta a sus enemigos, y quedarse tan tranquilo. Verlo daba ganas de gritar ¡Olé! y ponerse a zapatear una bulería descalzo y sin sentido.
Sentados ya, doña Matilde me sorprendió entonando con voz clara:
Ay, qué alegría, mi compadre,
cantar en boda andaluza
El pinche se giró, sorpendido, pero le siguió el juego, en un improvisado dúo flamenco.
¡Sirvan, señora! exclamó orgulloso, llenando la mesa de pinchos de cordero, pan de pueblo y perejil fresco. Sacó dos copas de vino de la Rioja bien frío y se despidió tocándose el pecho reverente.
Atraído por el aroma, de entre las plantas apareció un gatito gris, friolero, mirándonos con esperanza.
Tú sí que eres necesario aquí, chiquitín, se rió doña Matilde. Ven, bonito. Pidió al pinche un poco de carne fresca para el nuevo amigo.
Mientras el gatito devoraba, doña Matilde me soltó casi en confidencia:
Vais a criar a una niña, ¡y sin mascota ni nada! ¿Cómo vais a enseñarle a tener ternura y cuidar de quienes dependen de nosotros? Este gato es la mejor lección.
Cuando volvimos a casa, doña Matilde lavó al recogido y a mí me mandó a la tienda con una lista interminable: arenero, cuencos, una camita de felpa, y hasta un poste rascador. Al volver cargado, la casa era una fiesta: Carmen y Alba abrazaban felices a la abuela, y ella no paraba de besar a sus nietas. El minino, de nombre León, miraba todo desde el respaldo del sofá, curiosísimo con su nueva familia.
Esto es para ti, Alba, un conjunto de verano con braguitas, iba repartiendo regalos abuela, y esto para ti, Carmen. Nada sube más la autoestima a una mujer que un conjunto de encaje bonito
El resto de la semana Alba no fue al cole. Se pasaba las mañanas de paseo con doña Matilde, llegando siempre cansadas pero radiantes a la hora de comer. En casa les esperábamos León y yo, y por las tardes nos reuníamos los cuatro para pasear por Argüelles, siempre con el gato bajo el brazo.
Eloy, me dijo seria una noche. Mañana me vuelvo a Valladolid, ya toca irse. Cuando me vaya, dale esto a Carmen. Me entregó una carpeta con su testamento. La casa y todo lo mío para ella, a ti la biblioteca de mi marido, que lleva media vida recopilando. Hay libros con dedicatorias de escritores famosos.
¡Por favor, doña Matilde! intenté protestar, pero ella me frenó con un gesto.
A Carmen no le he dicho nada. A ti sí: tengo serio lo del corazón, igual se acaba todo de un día para otro. Hay que estar prevenido.
¿Y cómo se va a apañar usted sola?
Siempre tengo a alguien: mi hija, tu suegra en Segovia. Cuida a Carmen y cría bien a Alba, eres buen chaval, se te nota. ¡Ah! me guiñó el ojo riendo ¡y que sepas que soy tu suegra al cuadrado! Me palmoteó la espalda y nos reímos juntos.
¿No quiere quedarse un poco más, de verdad? le supliqué.
Me sonrió con ternura y negó moviendo la cabeza.
La acompañamos todos a la estación, hasta León en brazos de Alba parecía estar entristecido. Para el último adiós, repitió su famoso silbido de dedos y, como en una película madrileña de siempre, un taxi frenó en seco.
Vamos, yerno, ¡llévame a Atocha! ordenó entre risas, plantando un último beso a sus chicas.
El taxista la miraba atónito, entre divertido y fascinado.
¿Qué pasa, hombre? espeté fingiendo enfado. ¿Nunca ha visto a una señora de verdad?
Doña Matilde soltó una carcajada vibrante, agitó su melena blanca y chocó la mano conmigo, de nuevo cómplices, esta vez de corazón.







