La sorpresiva llegada de la suegra: Una visita que lo cambió todo en un piso de alquiler en Madrid «Entro en el piso de mi hijo»: Cómo una inesperada visita de la suegra puso en jaque su convivencia

Tía, te cuento lo que me pasó el otro día, que casi me da un soponcio. Te acuerdas de cómo después de la boda nos mudamos a ese piso de alquiler en Madrid, cerca del Manzanares, que aunque no es nuestro, es súper coqueto, con la reforma y todo lleno de luz. Pues nada, que el otro día, estaba en casa, trabajando desde el portátil, porque ya sabes, con eso del teletrabajo ando algunos días en la oficina y otros en casa intentando cuadrar papeles.

Había dejado a Jaime, mi marido, en el trabajo por la mañana, le di un beso y cuando cerré la puerta pensé: voy a tomarme un respiro, porque chica, entre el curro, la casa y todo, no doy abasto. Me puse a organizarme, repasando correos y esas cosas, cuando de pronto suena el timbre. Y yo, toda desconcertada, porque no esperaba a nadie, abro y ¿a que no sabes quién era? La madre de Jaime, la mismísima Doña Encarnación.

Buenos días, digo yo, un poco cortada porque no la esperaba.
Ella ni corta ni perezosa: Vengo por mi hijo, ¿vas a quedarte ahí como una estatua o me dejas pasar?. Y hala, cruza el umbral sin esperar ni permiso. Yo le digo con todo el respeto del mundo que Jaime no estaba, que estaba trabajando. Da igual, me suelta que espera allí y se me mete directa hacia la cocina.

Intento explicarle, en plan tranquila, que tengo reuniones ese día, muchas por videollamada, que mejor venga al atardecer cuando esté Jaime. Nada, Encarnación con cara de vinagre, se da media vuelta y se va sin decir ni adiós.

Por la noche, cuando llega Jaime, ni te imaginas. Me viene diciendo que su madre se ha quejado porque ni un café le ofrecí. Mira, tía, que paciencia infinita. Le explico que ya conoce el gusto de su madre por aparecer sin avisar y comportarse como si todo fuera suyo, que encima yo estaba trabajando y espera que la atienda con alfombra roja. ¡Y eso que aún me acuerdo de las que nos montó en el piso anterior!

Jaime se encoge de hombros, en plan ¿qué le vamos a hacer?. Me dice que ha invitado a su madre a comer el sábado, a ver si así se calma el ambiente.

Yo, por supuesto, acepto, pero le recuerdo que tenemos la agenda apretada: el viernes limpiar la casa y el domingo cumpleaños de unos amigos.

Total, llega el sábado, comemos en casa y la señora se sienta a la mesa, calladita pero de vez en cuando lanzando indirectas.

Este piso os está costando un dineral, por ese precio os podía haber buscado algo en Alcorcón, y no me digáis que no cabéis en casa de tus padres, Jaime, que ahí hay metros de sobra. Os podíais ahorrar un buen pico, suelta. Imagínate mi cara.

Le digo en buen tono, que si tan convencida está, que le pregunte a Jaime si él quiere vivir en casa de mis padres.

Jaime, por supuesto, suelta enseguida: Ni hablar, mamá, necesito mi propio espacio.

Y ella, erre que erre: ¡Pero si la casa ni es vuestra!
Y mi marido, en plan serio: Durante un año sí lo es, pagamos nosotros y estamos a gusto.

Encarnación ahí ya va y suelta: Veníos a mi casa, hijo. Hay sitio de sobra.
Y Jaime: No, mamá, cada uno en su casa vivimos mejor. Nos vemos y nos ayudamos cuando queramos, pero vivir juntos, ni pensarlo. No tenemos los mismos horarios.

La semana siguiente, vuelve la mía al teletrabajo, Jaime en la oficina. Me echo una siesta, y al rato empiezo a oler café recién hecho. Me rayo porque Jaime no está, así que ¿quién demonios hace café? Me pongo la bata y voy a la cocina. Y ahí, sentada en la mesa como si nada, Encarnación, tomándose café y comiendo bizcocho.

Le digo: ¿Cómo ha entrado usted?.
Y me suelta: Tengo la llave, Jaime me la dejó. A fin de cuentas, es su piso y lo suyo es mío también.
Casi me da algo. Le pregunto de dónde la ha sacado y ella tan ancha: El sábado, del llavero. Y me la pienso quedar.

Le digo que eso lo tenemos que hablar Jaime y yo, pero que ahora estoy trabajando, que por favor se vaya.

Ella insiste en quedarse para decirme cuatro cosas: que nunca le he caído bien, que mi nombre es feísimo, que mi familia no tiene ni oficio ni beneficio, y que antes Jaime le daba la mitad de su sueldo y ahora solo le caen migajas, porque se gasta todo en vivir conmigo y en cuatro cenas, además de que no he tenido hijos y cocino fatal. Vamos, todo un recital.

Le pregunto si ya ha acabado, y cuando dice que sí, le digo que me devuelva las llaves. Me dice que ni loca, busca la llave en el bolso, pero me adelanto, vuelco el bolso en la mesa y ¡zas!, las encuentro yo.

Le digo que se marche. Y todavía va y me grita: Te vas a arrepentir, cuando Jaime se entere de lo borde que eres conmigo te va a echar de casa e irás a darle explicaciones a tu madre. Dio un portazo que tembló el portal.

Por la tarde, lo hablé todo con Jaime. Me escucha muy tranquilo, me abraza y me dice: Déjame a mí, tú tienes razón.

No lloré ni me faltó el aire. A la familia hay que ponerle límites, aunque te toque hacerlo tú sola, porque si no, se te suben a la chepa. Y mira, ya bastante lío tenemos para aguantar tonterías.

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