La soledad no pinta la vida de colores

Ana, ven al club hoy; tengo algo que decirtesusurra Zacarías mientras ella sale de la tienda, apurado y sin saber a dónde se dirige.

Ana le devuelve la mirada y asiente con la cabeza, pero Zacarías ya ha doblado la esquina del mercado.

Este Zacarías me parece raro, siempre serio. Tal vez sea porque tiene seis años más que yomedita Ana mientras recorre el sendero de tierra que lleva a su casa.

Al caer la noche, Ana piensa que irá al club, pero no entiende qué conversación le espera. Verónica siempre le rodea a Zacarías, impidiendo que otras chicas se acerquen. En el pueblo todos saben que Verónica se aferra a él como una sombra. Ana ha visto cómo Zacarías esquiva a Verónica cuando ésta le invita a bailar.

¡Déjate, Ver!escucha Ana, mientras Verónica solo ríe sin enfadarse.

No vas a escaparte, te enamorarás y acabarás casado; al final seré yo quien te tengacanta Verónica.

Si un chico me dijera eso, lo evitaría a toda costa; sería vergonzosopiensa Ana.

En el club, Ana se arregla con esmero; su corazón late con una extraña inquietud. Tiene diecinueve años, con toda una vida por delante, y sueña con casarse con un buen hombre y tener dos hijos.

Zacarías es un buen chico, aunque tenga seis años más, pero sus ojos me ponen un escalofrío en la espaldase dice mientras se mira en el espejo, admirando su nuevo vestido. Me ha llevado a casa tres veces y siempre con discreción; nunca me ha tomado de la mano, a diferencia de otros muchachos que se lanzan a abrazar.

El club está lleno de gente y ruido. En cuanto Ana cruza la puerta, Zacarías la espera, la saluda y la lleva al centro de la pista para bailar al ritmo de Estrella brillante. Sin tiempo de mirar alrededor, ya están girando juntos; él, serio como siempre, muestra una sonrisa fugaz. La cercanía la emociona; Zacarías la sujeta firme de la cintura. Continúan bailando y, de pronto, Verónica aparece, lanzando una mirada envidiosa. Zacarías no deja de invitar a Ana a seguir.

Antes de que termine la canción, Zacarías le propone:

Ana, vamos a dar una vuelta.

Vamosacepta ella y salen del club mientras Verónica sigue bailando.

Caminan fuera del pueblo bajo el silencio de la noche; los grillos cantan, el río sopla fresco y la niebla se cuela en manchas. El aroma de la hierba silvestre les llena la nariz.

Ana, no quiero andarme con rodeos, ¿qué dices? Cásate conmigodeclara Zacarías.

Ana se queda paralizada; no esperaba esa pregunta, solo imaginaba una confesión de amor.

¿Por qué te callas?le dice Zacarías, intrigado.

¡Vaya, Zacarías! No lo esperaba pero sí, aceptoríe nerviosa, y él la abraza y la besa.

La boda es alegre; se casan por amor y ambos son felices. Tras la ceremonia, Ana se muda a la casa del marido, donde viven también sus padres. La familia de Zacarías la recibe con cariño; aunque Ana temía los clichés de suegras y nueras, su relación con ellos resulta excelente.

Ana respeta siempre a su esposo, pues él es mayor y, según ella, el pilar de la familia. Zacarías la apoya en los momentos difíciles. Pronto nace un hijo y Ana se vuelve madre a tiempo completo. La suegra ayuda con el bebé, cuidándolo de noche y acariciándolo.

Tres años después llega una hija; abuelos y abuelas adoran a los nietos, aliviando la carga de Ana. Su madre y la suegra siguen colaborando.

Ana, construiremos una casadice Zacarías un día. Todo hombre debe tener su propio hogar.Ana aprueba y él se pone manos a la obra.

Con cinco años de edad el niño ya juega, la niña es pequeña y Ana no puede dejar de sonreír ante la noticia. Ella anhela vivir independiente, con su propia casa, aunque la convivencia con los suegros sea armoniosa. Sueña:

En mi casa haré todo a mi modo, como me plazca; los niños tendrán su habitación, nosotros la nuestraexpone, y Zacarías cumple sus deseos.

Finalmente la casa está terminada; se mudan y la felicidad inunda a todos. Zacarías corre y juega con los niños como si fuera uno más, incluso adoptan un gatito que persiguen por la estancia.

¿Pensamos en otro hijo?propone Zacarías. Podría ser.

Claro, hay sitio suficiente; mira qué casa tan grandecontesta Ana, riendo.

Pero el destino tiene otro plan. Zacarías sufre repentinamente un ataque al pecho; Ana lo ayuda a recostarse y llama a la ambulancia. Cuando llegan, él ya ha fallecido.

El dolor de Ana es inmenso; ahora debe vivir sola con los hijos en la nueva casa.

Solo quiero seguir viviendo, quizás tener al tercer hijo, pero la muerte se lo llevósolloza, preguntándose por qué se llevan a los buenos hombres.

Al principio llora día tras día, rememorando a Zacarías, pero sabe que debe seguir adelante por sus hijos.

No tengo a nadie más que a mis hijos; tengo que superar esta prueba, no rendirmese convence.

Trabaja en dos empleos para que sus niños no les falte nada; sus padres la apoyan. Poco a poco recupera su apariencia, aparecen hombres que le proponen matrimonio, pero ella no piensa en eso hasta que sus hijos sean mayores.

¿Y si los niños no aceptan a un nuevo padre? ¿Y si él no los respeta?le ronda la cabeza. decide esperar.

Los hijos crecen: el hijo termina la universidad, la hija el colegio, ambos forman sus propias familias; Ana ya tiene dos nietos. Tiene cuarenta y ocho años. Los fines de semana la visitan hijos y nietos. Un día el hijo le dice:

Mamá, todavía eres joven y guapa; no vivas sola, busca a alguien y vuelve a casarte. No tienes que pasar la vida en soledad.

Lo he pensado, hijo, pero no sé si encontraré a otro como Zacarías. Muchos hombres beben, discuten o no trabajan. Yo ya tengo mi casa y mi vida; siempre hay altibajos, lo sabes. Al menos tengo mi artesaníaresponde Ana.

Una vecina le presenta a Gregorio, viudo del pueblo vecino, con hijos ya adultos. Gregorio es un hombre respetable; llega en su coche y trae regalos.

Ana le recibe con pastel y una mesa puesta. Saca una botella de vino que su hijo ha traído de la ciudad; aunque la vecina asegura que Gregorio no bebe, él abre la botella y sirve para ambos.

Mientras comen y beben, Ana observa que Gregorio se ha bebido toda la botella. Ella se abstiene, pero él comenta:

¡Qué buen vino, Ana! ¿De dónde lo sacas? Nunca lo había probado.

Mi hijo lo trajocontesta ella, notando la chispa en los ojos de Gregorio.

Gregorio se anima y dice:

Mira, Ana, viviremos juntos en mi casa. Mi vivienda no es peor que la tuya; la mitad de mi vida ha sido allí y seguiré allí. Mañana te mudas, vendemos la casa y la usamos como quieras.

Gregorio, mis hijos siguen viviendo aquí; la casa es su herencia, la construyó su padrereplica Ana.

¿Y entonces qué traes a mi hogar? No vengo con las manos vacíasreplica él, irritado.

Ana se levanta y responde:

Sabes, Gregorio, no vamos a funcionar. Vuelve a tu casa; somos demasiado diferentes.

¿Solo nos conocemos desde dos horas y ya dices que no?se indigna Gregorio.

No necesito nada más, lo tengo clarodice Ana, cerrándole la puerta.

No habrá otro hombre en esta casa. Viviré sola, con el huerto y la casa, aunque sea aburrido y duro, pero no necesito más hombresse dice en voz alta, y se ríe.

Ana, mejor no pienses en hombres, ya no hay otro como Zacarías. Viviré sola por mis hijos y nietos; la soledad no embellece la vida, pero tampoco quiero vivir con cualquiera. La vida continúa.

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La soledad no pinta la vida de colores