La siesta del mediodía no ha traído el alivio deseado; sólo ha dejado en mí una sensación densa de inquietud y una sequedad pegajosa en la boca. Me despierto con la extraña impresión física de vacío en las piernas, como si alguien hubiera retirado la bolsa de agua caliente de debajo de las sábanas. Normalmente es Duque, mi golden retriever, quien dormía a mis pies, y su respiración tranquila y profunda me adormecía mejor que cualquier somnífero.
El colchón está ahora vacío y la sábana me enfría la piel de manera desagradable. Me siento en la cama, apoyo los pies en el suelo y me estremezco ante la corriente que parece volar por todo el piso. Reina un silencio amortiguado y hueco en casa, tan profundo que zumban los oídos. No escucho el golpeteo de uñas sobre el parquet, ni el suspiro habitual, ni el sonido agitado del pelaje, nada.
¿Duque? susurro, y mi voz me suena extraña, áspera, ajena.
Nadie responde al llamado. El piso se antoja entonces desmesuradamente grande e inhóspito, despojado de calor y de vida. Camino por el largo pasillo, tocando el papel pintado con los dedos para orientarme. El corazón palpita un ritmo desigual, saltón, que retumba en las sienes.
En la cocina me encuentro con Lucía, mi nuera. Tiene veintiséis años y parece sacada de alguna página de revista, con la piel impecable, el pelo perfectamente ondulado y esa mirada que nunca retiene compasión ni calor. Sostiene un vaso largo con un batido verde espeso, uno de esos smoothies de moda, y pasa el dedo por el móvil, sonriendo a la pantalla como si acabara de ganar el Euromillón.
Lucía, ¿dónde está el perro? le pregunto, apoyándome en el marco de la puerta para disimular el temblor en las piernas.
Ella levanta la vista despacio, con una calma satisfecha y glacial. Da un sorbo pequeño, deja un rastro verde en el labio superior y lo relame con lentitud.
Ay, doña Inés, ¿ya se ha levantado? me contesta con voz empalagosa. Pues mire, con Duque pasó algo… se quejaba, arañaba la puerta, empeñado en salir. Yo pensé: ¿tendrá un dolor de tripa?
Hace un gesto afectado con las manos, luciendo el esmalte rojo brillante.
Abrí la puerta y sólo pretendía ponerle la correa, pero en cuanto vio la oportunidad ¡disparado! Casi me tira al suelo. Le grité, ¡Duque, quieto!, ni se dignó a mirarme. Salió corriendo. Será cosa de instintos, en primavera huele todo No regresará, doña Inés. Dicen que cuando un perro se marcha solo de casa es que va a morir lejos, por no apenar al dueño.
Un giro oxidado, áspero, chirría en mi interior.
¿Primavera, Lucía? Pero estamos en noviembre murmuro, sintiendo que se me enfrían los dedos. Además, Duque está castrado desde hace cinco años. Le dan miedo los ascensores. Y no se separa de mí en la calle ni un solo paso.
Ella se encoge de hombros; en ese ademán hay tanta indiferencia que me mareo. Le es absolutamente igual lo que yo sienta.
A lo mejor estaba harto de estar encerrado. Querría bosque, campo, libertad Es un animal, doña Inés.
En la mesa veo las llaves del coche, tiradas sin cuidado junto al llavero de un conejo blanco de peluche, que hoy me parece el objeto más siniestro del mundo. Las llaves no están en el recibidor, donde deberían. No sólo abrió la puerta. Aprovechó mi sueño para librarse de un miembro de la familia y lo dejó lejos.
Doy media vuelta en silencio y me encamino al recibidor, una determinación fría y densa creciendo en mí. Sé que no podré encontrarlo a pie si lo llevó lejos, pero no puedo quedarme contemplando en silencio aquella expresión de triunfo. Ella limpia el terreno antes de su marcha, deshaciéndose de estorbos.
Las siguientes cuatro horas se convierten en una pesadilla pegajosa y asfixiante. Recorro todo el barrio, me agacho bajo todos los coches, grito hasta que la garganta me escuece y parece de lija. Llamo a los vecinos, con las manos temblando tanto que el móvil se me cae dos veces en la acera. Escribo en el chat comunitario, adjunto una foto de Duque sonriendo, la lengua rosa fuera. Perro perdido, dócil, confía en todos
Nadie lo ha visto. Nadie.
De vuelta en casa, tomo unas gotas para el corazón, pero su sabor amargo sólo acentúa las náuseas. El piso, que mi hijo Javier compró para todos, es ahora un campo de batalla donde he sufrido una derrota total y silenciosa. Lucía pasea a mi lado como si yo fuera un mueble viejo que estorba y olvidaron sacar.
En el pasillo aguarda una maleta rosa abierta, enorme, como la boca de un ogro goloso. Lucía apila dentro bañadores, pareos y cremas caras.
No se amargue tanto, madre me suelta por encima del hombro al pasar con un puñado de vestidos de seda. Para qué quiere usted ese chucho viejo. Llena todo de pelo, huele, babea el parquet Bah. Cómprese un pez. Los peces no ensucian ni hacen ruido. Javier me ha regalado un ultra todo incluido. Yo necesito alegría y usted, todo el día de luto
¿Javier lo sabe? pregunto en voz baja, sin alzar la cabeza.
¿Que el perro se fugó? Todavía no. ¿Para qué molestarle estando de viaje? Cuando vuelva, le contamos. O usted misma le dice que se despistó, se dejó la puerta abierta Sucede.
Se ha deshecho de Duque y ya tiene el guion preparado para que la culpa caiga sobre mí. Y Javier, mi buen Javier, le creerá, porque ella sabe llorar sin destrozarse la cara y yo sólo puedo quedarme muda, asfixiada, temiendo parecer una vieja loca.
Permanezco sentada en el sillón, apretando entre las manos una pelota de goma mordida, la única hebra que me une a la realidad donde mi perro vive y respira.
Fuera, las sombras del atardecer de otoño van devorando los objetos familiares. El viento agita la rama de la lila y su roce contra el cristal es como un chirrido desagradable.
De pronto, el ruido cambia. No es la rama ni el cristal. Es el roce suave, casi temeroso, en la puerta. Un gemido bajo, apenas audible.
Me lanzo al portal, tan deprisa que apenas recuerdo cómo giro la cerradura. Abro la puerta metálica con un tirón.
Sobre el felpudo está Duque, gris por el polvo, temblando. Huele a tierra húmeda, gasolina, miedo salvaje. Sostiene algo en la boca, apretando hasta que las encías se le ponen blancas: un libro rojo de tapas gruesas.
Duque mi valiente has vuelto le acaricio el hocico mojado y sucio sin asco, sintiendo sólo la vida vibrando bajo mi mano. ¿Qué llevas ahí?
El perro, jadeando, afloja la presión y el libro cae en mi mano mojado. Lo limpio instintivamente en la bata. Reluce un escudo dorado a la luz del portal: es un pasaporte. Lo abro con manos dormidas. Desde la foto me mira Lucía peinado perfecto, mirada altiva. Hay un billete de avión entre las páginas, para clase business. Salida: mañana a las seis de la mañana.
En mi mente se ensambla el rompecabezas: Lucía llevó el coche hasta un bosque, tiró de Duque para bajarlo. Él se resistía. Se le abrió el bolso, cayó el pasaporte en el barro. Ella se marchó sin darse cuenta. Duque, al oler el objeto de su dueña, la casa, lo que amaba, regresó por kilómetros a la pata coja sólo para devolverlo.
¿Qué pasa aquí, doña Inés? la voz de Lucía, molesta. ¿Otra vez ha dejado la puerta abierta? ¡Hay corriente!
Sale en bata de seda, ajustando una mascarilla facial. Cuando ve a Duque, se queda helada. La máscara parece su auténtico rostro: rígido, blanco, vacío.
¿T-tú? Pero ¡te dejé en la sierra, más allá de El Escorial! ¡En el bosque! ¡No puede ser!
Duque la reconoce y, por primera vez en su vida, gruñe a una persona. Se pega a mí. Buscando protegerme. O protegerse.
Me enderezo con esfuerzo, pero con una calma helada. El miedo se ha convertido en desprecio.
¿Así que se escapó, dices? ¿Instinto? ¿Por El Escorial, verdad? le tiendo el pasaporte por una esquina.
Lucía mira mi mano y se da cuenta de lo que tengo. Sus ojos se abren, enormes.
¡Devuélvamelo! ¡Es mío! ¿De dónde lo ha sacado? ¡Démelo!
Retiro la mano. Duque ladra bajo, corto. Lucía se detiene, impactada.
¡Mi vuelo es en seis horas! ¡Javier pagó un dineral por el viaje! ¡Entréguemelo ya, vieja!
¿Vieja qué? le respondo, calmada. ¿Bruja? ¿Chiflada? ¿No me llamas así con tus amigas cuando crees que no oigo?
¡Me da igual! ¡El pasaporte!
Ah, pero mira, al perrito le duele la pata. Está cojo, ¿ves? Tendremos que llamar al veterinario radiografías, resonancia todo muy caro, Lucía. Muy caro.
¡Yo pago! ¡Veinte mil euros, treinta! ¡Pero mi pasaporte!
No, Lucía. Aquí la cuestión es de principios. Has abandonado a un ser vivo, a nuestra familia. Lo has condenado a morir solo y helado.
¡Sólo es un perro! grita ella, roja de furia bajo la mascarilla. ¡Un bulto de pelos! ¡Yo quería vacaciones, descanso, y usted con su drama!
Tú no tienes nervios, Lucía. Tienes una calculadora en vez de alma.
Abro el pasaporte; páginas mojadas, pegajosas por la baba. Finjo pesar.
Uy, fíjate, qué lástima. ¿Ves? El documento, dañado. Duque lo ha traído en la boca, veinte kilómetros de barro, saliva no sé si en frontera le gustará este diseño
¡Lo seco con secador! ¡Lo plancho! ¡Dámelo!
Me acerco a la ventana de la cocina, que da al jardín salvaje del bajo, lleno de zarzas y malvarrosas. Más allá, la oscuridad y el viento.
Le diste la espalda a mi amigo. Yo le daré la espalda a tus vacaciones.
¡No! ¡No lo hagas! se lanza, volcando una silla.
Lanzo el pasaporte abierto: vuela en arco y desaparece en la noche. Se oye el crujir de ramas ha caído en el corazón del zarzal.
¡Busca! le ordeno con frialdad. Quizás antes del alba lo encuentres, si pones empeño.
Lucía lanza un alarido de gaviota herida. Corre a la ventana, se asoma casi cayéndose. Afuera sólo hay ramas y viento.
Se gira, me lanza una mirada de aborrecimiento puro y sale de casa en bata y zapatillas. Oigo el portazo del portal.
Cierro la ventana. Hace frío. No es sitio para Duque, que ya viene tiritando. En la alfombra del salón Duque está tumbado, lamiéndose la pata coja. Me siento en el suelo, saco el botiquín. Ya no tiemblan mis manos; siento una ligereza limpia, una claridad olvidada.
Déjame mirar, campeón susurro, encendiendo la lámpara.
No parece roto el hueso, aunque está hinchado y sangra. Entre la lana pegada distingo la espina de un abrojo, duro, clavado profundo.
Aguanta, pequeño, esto pasa ya cojo las pinzas.
Duque ni chilla ni estira la pata. Confía en mí, ciego. Un gesto preciso: saco la espina ensangrentada. Desinfecto, vendo. El animal suspira, me pone la cabeza en las rodillas.
Hogar. Ya está en casa.
Al otro lado de la ventana se oyen chillidos histéricos.
¡Dónde está! ¡Malditas zarzas! ¡Me duele! ¡Os odio!
Lucía se arrastra en la oscuridad, arañándose las manos y el vestido, repartiendo maldiciones contra todos y todo. Yo la escucho y me parece justo: su castigo empieza ahora.
La llave gira suave en la puerta.
No es Lucía; sé que dejó las llaves en casa, presa del pánico.
Javier entra en el recibidor, cansado, sin afeitar, una bolsa colgando del hombro. Ha vuelto un día antes para darnos una sorpresa.
Se queda quieto al ver el perro sucio, la venda, yo en el suelo.
¿Mamá? frunce el ceño. ¿Por qué Lucía está gateando bajo la ventana con la linterna y grita barbaridades? Le he llamado y ni me ha mirado.
Le sonrío, serena, como quien ha sobrevivido a una tempestad.
Entrenando, hijo. Se prepara para Supervivientes. Eso dice clases de vida salvaje.
Javier se descalza, entra en el salón. Duque lo saluda agitando, débilmente, la cola. Mira a Duque, a mí, al botiquín y a la espina sobre la servilleta.
¿Le llevó, verdad? pregunta, tranquilo.
No se perdió. No fue un descuido. Javier entiende todo. Lo llevaba sabiendo mucho tiempo: sus miradas, su desdén, sus pequeñas crueldades. Como tantos hombres, prefería ignorarlo. Pero hoy la realidad le ha estallado en la cara.
Sí le respondo. Más allá de El Escorial. Mientras yo dormía. Inventó que se fue de bodas. Pero Duque ha vuelto.
Se acerca a la ventana, mira la penumbra donde Lucía busca con la linterna y se rompe ramas.
¿Y el pasaporte? Protesta por un pasaporte.
Lo ha encontrado Duque. Donde le abandonaron. Lo ha traído a casa. Pero se ha estropeado en el viaje. Y luego, sin querer, lo he tirado por la ventana. Corrientes de aire.
Javier guarda silencio. Sus mandíbulas tiemblan. A Lucía la quería, o pensaba que sí. Pero a Duque lo trajo él a casa, cachorro, diez años atrás. Formaba parte de su historia, de nuestro pasado. Lo que ha hecho Lucía no se puede perdonar.
Ya veo dice, quitándose la chaqueta para dejarla en la silla. Así que, a Turquía, no va.
No va le sonrío, sirviendo el cuenco de Duque con pienso. El tintinear de las bolitas es ahora el sonido más cálido que existe.
Javier se sienta en el suelo, a su lado. Duque le lame la oreja.
Mejor. Nos vamos nosotros dos, mamá. Con Duque. Buscaremos algún hotel pet friendly, los hay a montones. Os vendrá bien un cambio. Y rehabilitación, para él y para ti.
De la calle, un grito triunfal, luego de pánico, parece sacudir los cristales.
¡Lo tengo! ¡Aaaah! ¿Qué es esto? ¿Qué le has hecho?
Ha encontrado el pasaporte. Y, como yo comprobé antes de lanzarlo, hay un agujero perfecto de colmillo en medio de la página del visado. Inservible.
Javier se levanta y enciende la tetera.
¿Te apetece un té, mamá? ¿Con menta? ¿Fuerte?
Sí, hijo, sí.
Va templándose el piso, el silencio frío da paso al vapor del agua caliente y el repiquetear del pienso contra la loza. Ya estamos en casa, somos familia.
Y Lucía Lucía se ha quedado donde debe estar: fuera, en la oscuridad, sola, arañada, con su odio y su pasaporte agujereado y perdido.
Una semana después volamos de verdad. Un chalet pequeño, junto al mar, donde los dueños adoran a los retrievers.
Duque cojeó un par de días, pero el mar y la brisa hicieron milagros. Lucía Lucía se volvió con su madre. Dicen que pasó meses curando los nervios y arañazos, pero hay cicatrices que nunca se ven en la piel.





