La segunda suegra
Una mujer vestida con la bata verde de limpieza se asomó tímidamente al despacho del propietario de la clínica de cirugía estética Luminaria. Su nombre era Pilar, y en ese momento trataba de hablar lo más bajo posible, para no incomodar a la directiva.
He oído que hay una vacante de masajista auxiliar.
Fernando Cardona levantó la mirada, fulminándola con sus ojos cansados. Estaba más irritable que nunca: acababan de comunicarle que unas negociaciones cruciales con inversores se habían venido abajo, y sentía que la cabeza iba a estallarle.
¿Y tú, con la fregona en la mano, crees que vas a dar masajes a las clientas?
No, pero he hecho cursos online. Y tengo un currículum, musitó Pilar, colorándose, mientras extendía ante él una hoja arrugada que había guardado en el bolsillo.
En ese momento, el subdirector de Cardona, León Serrano, entró en el despacho. Fernando, masajeándose las sienes, explotó:
León, ¿qué demonios hacen las limpiadoras paseándose y preguntando lo que les da la gana? Sácala ahora mismo de mi despacho. Se ha creído la fregona una fisioterapeuta de renombre. Fuera, a patadas, y haz una reunión para que no vuelvan a venir con semejantes tonterías.
Sin esperar respuesta, arrancó el papel de las manos de Pilar, lo rompió en pedazos y lo tiró a sus pies.
Mordiendo el labio, Pilar se agachó entre sollozos a recoger los jirones de papel. Las lágrimas le empañaban los ojos. León la cogió firmemente del codo y la arrastró por el pasillo, delante de empleados y clientes. Sin miramientos, la metió en el almacén del material de limpieza.
Sentada en el borde de un viejo tambor de arena contra incendios, Pilar rompió a llorar, hundida.
En Luminaria trabajaba desde hacía poco. No soñaba con limpiar suelos, pero allí pagaban bastante más que en otros lados. Además, el propio Cardona era tenido por un hombre hecho a sí mismo, respetado. Decían de él: trabajador infatigable, todo lo levantó con sus manos.
Era verdad. Cardona había crecido en un orfanato. No tenía recuerdos de su madre ni padre, siempre buscó pistas sobre ellos y nunca las encontró. Pero logró primero ser cirujano y luego un experto muy cotizado en medicina estética. Hasta actrices de Madrid y mujeres de la alta sociedad venían a operarse con él por precios de escándalo. Cada año subía tarifas y no se negaba a nada.
Por eso Pilar se atrevió. Supo de la vacante y pensó que tenía que intentarlo.
Soñaba con ser masajista de verdad. Había leído manuales, hecho la parte que pudo de la formación de enfermería. Pero carecer de diploma oficial le cerraba puertas. Iba ahorrando poco a poco para poder pagarse una academia, pero su marido se fugó con todos los ahorros, dejándola sola con una niña pequeña y sin un euro.
Más tarde, descubrió que Javier había estado en la cárcel por pequeños delitos. Era un farsante con biografía inventada. El divorcio fue largo: él nunca acudía a la vista. Pilar aguantó por su hija Lucía, y ahí empezaron los grandes apuros.
Con una niña, nadie quería contratarla. Vivía en un pequeño piso con su madre Ángeles. Nunca les sobraba nada, a veces sobrevivían solo con la pensión de la abuela. Ángeles no perdía la sonrisa: ex gimnasta, fuerte y testaruda, cuidaba a la nieta para que Pilar pudiese trabajar.
Cuando por fin consiguió hacer unos cursos baratos y logró un certificado, lo llevaba en los papeles que Cardona acababa de hacer trizas.
Se secó las lágrimas, se levantó y fue a seguir limpiando pasillos. Todos la miraban de reojo. Al llegar a casa, sin embargo, su madre la recibió con una noticia buena: Lucía había ganado el concurso de dibujo en el colegio. Pilar intentaba comprarle siempre buenas pinturas, porque la niña tenía talento y cursaba el preparatorio de la escuela de arte local. Aquello la hacía feliz.
El cubo de la fregona se le hacía cada vez más pesado. Cuando salió a tirar el agua, fue Manolo, el portero, quien se lo cogió sin una palabra. Era el único en la clínica que no la miraba por encima del hombro. Un hombre ya mayor, que a Cardona le tenía cierto desprecio, como si se burlara de su arrogancia, olvidando de dónde venía él mismo.
Manolo nunca trató mal a Pilar. Al contrario, a veces le traía empanadas caseras y siempre la animaba y escuchaba. Y por él Pilar se sintió capaz de enfrentarse al dueño con aquel currículum ridículo.
Al verle, volvió a romper a llorar.
No llores, hija. Todo cambia, susurró Manolo, palmeándole el hombro.
Mejor habría sido ni intentarlo, sollozó Pilar. Solo me humillé más.
Cardona hoy no está en sí. Vuelve otro día, sugirió él.
Me han dicho que no me acerque más. No sé en qué pensaba. Soñaba con salir de abajo, como él. Creía que era una buena persona pero sólo es un engreído, orgulloso de su diploma.
El portero solo se encogió de hombros. Pilar se guardó el material y volvió andando a casa, haciendo cuentas en su cabeza. Lucía le pedía una muñeca carísima y no tenía ni idea de cómo la conseguiría.
En casa, todo estaba extraño. Ángeles la esperaba apartada, secándose las lágrimas. El corazón de Pilar dio un vuelco: su madre era fuerte. Si lloraba era grave.
Mamá, ¿qué pasa? preguntó, inquieta.
Nada, hija, intentó ella disimular.
Mamá, no me mientas.
La madre calló, luego rompió a llorar.
Estuve en el médico, en la revisión del teatro. Nos pasaron a todas. Han encontrado bueno, algo feo. Necesito operación. Si no, dicen que un año, como mucho. La lista de espera es interminable. Por privado es impagable. Y habría que ir a Madrid. Pruebas, viaje Se ve que ha llegado mi momento.
No digas eso, mamá, Pilar se abrazó a ella. Algo encontraremos.
¿Con mi pensión y la nómina de limpiadora? Anda hija por más que recortes no le vas a coger las costuras a la vida.
Esa noche Pilar no pudo dormir. Repasaba alternativas, pero al amanecer decidió que lo único era volver a pedir trabajo a Cardona, cueste lo que cueste.
Pero esa mañana ni la dejaron entrar en la clínica. La despidieron por un ajuste de plantilla. Le pagaron tres meses de la base mínima y la invitaron a largarse.
Manolo, el portero, la obligó a guardar su número. Pilar lo anotó, pensando que apenas le quedaba para un mes.
Ella no era de rendirse. A su madre le dijo que lo había dejado voluntariamente. Buscó empleo por todas partes. Sin cualificación, todo era mísero. De pronto vio una oferta: interna para señora mayor. No se requería formación, pero sí cocinar, limpiar y ayudarle en casa.
Pilar suspiró: no era peor que limpiar suelos. Mandó su CV. Llamaron a la hora: era una agencia, buscaban para una mujer rica y sola.
La llamaron para la entrevista. Pronto se encontraba sentada frente a Rosario, la jefa de personal.
Le seré sincera, explicó Rosario, seca. La clienta es complicada. Será la décima cuidadora. Nadie aguanta.
Pilar enmudeció, tensando las manos.
Seguro que ha oído hablar de Doña Hortensia Ruiz de Aranda. Es un seudónimo, claro. Cambió su apellido. Fue primera figura del teatro lírico de aquí, con mucho dinero gracias a viejos admiradores. Pero tiene el genio difícil.
Francamente, no estoy para elegir, musitó Pilar.
Y si tiene hija, sepa que Doña Hortensia detesta los niños. Y los animales. Se mueve con andador, pero quiere que la lleven en silla. El periodo de prueba son tres meses. Si sigue, duplicamos sueldo y contrato anual.
Pilar solo asintió. Incluso la base ya doblaba su antigua nómina. Era una oportunidad para ayudar a su madre, y Pilar no pensaba dejarla escapar.
Comenzaba ya al día siguiente, antes de las siete.
Aquella noche, Pilar buscó todo lo que pudo sobre Doña Hortensia. Encontró fotos antiguas: una mujer fuerte, cejas negras y mirada de halcón. Pero jamás se habría imaginado la realidad.
La recibió un guardia de seguridad. Hortensia vivía en una mansión de otro tiempo, en el centro histórico de Madrid. Pilar cruzaba los salones silenciosos, los ojos desorbitados.
¿Qué miras tanto? ¿Buscas qué robar? chirrió una voz áspera.
En una moderna silla eléctrica apareció una mujer diminuta, canosa, como un pájaro caído del nido, con ojos de águila.
Buenos días, Doña Hortensia, musitó Pilar.
¡Habla alto! Y las manos fuera de los bolsillos. Ponte las fundas de los zapatos, ahí hay. Es parquet especial.
Pilar se enfundó unos patucos de tela quirúrgica. Corrió tras la señora.
Péiname, pero con cuidado, ordenó Hortensia bruscamente. No esas horquillas ¡Madre mía, qué torpe! Quita la redecilla y trae la peluca, que hay que peinarla también.
Perdone, no la he entendido bien, tartamudeó Pilar.
Ves, otra inútil. ¿De qué factoría de tontas os sacan? Tráeme el té. Frío. ¡Ahora!
Pilar fue a la cocina.
No hagas ruido, gritó Hortensia. Que por poco me tiras el suelo. Anda con cuidado que me alteras los nervios.
Hortensia miró el té contra la luz, como buscando veneno, luego lo vertió directamente sobre la cara de Pilar.
Me diste con el codo. Es tu culpa.
Pilar respiró hondo.
¿Dónde puedo lavarme?
El baño de servicio está en la entrada gruñó Hortensia, mirándola de arriba abajo. Toallas en la estantería y coge un pijama de invitadas. La ropa a la lavadora.
Pilar obedeció. Y así pasó el día: Hortensia no paraba de acosarla, ponerle trampas, humillarla. Pilar adivinó que era una prueba. Si conseguía aguantar, quizá habría tregua.
Ya por la noche, Hortensia se calmó. Pilar le dio un suave masaje y, al verla dormida, recogió discretamente su cuarto antes de irse. El vigilante la despidió, sorprendido.
¿Qué hiciste a la jefa? Dice la interna que nunca duerme tan bien.
Nada especial, respondió Pilar. Quizá estaba cansada.
Al día siguiente, la señora fue aún más cruel con su ropa y peinado. Pilar asentía paciente mientras preparaba el aseo de la señora. Ya sabía guiar el proceso de la peluca.
Después, Hortensia pidió cita para la manicura, le obligó a ponerle un kimono de seda y a llevarla al boudoir.
Entendía Pilar que era porque esperaban visita de alguien importante.
Tras el almuerzo y el arreglo de uñas, llegó un hombre elegante, pelo blanco, aire de bailarín retirado. Hortensia lo presentó como su viejo amigo Julián. Pilar preparó café en la máquina de cápsulas carísima, temiendo estropearlo, pero salió bien. Con el invitado, la señora se mostraba casi amistosa.
Por la tarde, Hortensia preguntó de repente:
¿Qué me hiciste anoche antes de dormir?
Un masaje, musitó Pilar.
¿Tienes título? quiso saber Hortensia.
No, me formé por mi cuenta.
Bueno. Hazlo otra vez, ordenó la señora.
Esa noche, Pilar repitió el masaje. Hortensia se durmió y Pilar se fue caminando a casa.
Los tres meses de prueba pasaron en un soplo. Pilar tenía un solo día libre y veía poco a Lucía, pero ahora su madre no tenía que trabajar. Ángeles descansaba; en el teatro le hacían mover pesados disfraces.
La relación con Hortensia iba cambiando. Ella parecía observarla, como valorando su tenacidad. Un día, preguntó:
¿Cómo apañan tu madre y tu hija este horario?
Solo tengo a ellas respondió Pilar, recordando el aviso de Rosario. Y no podemos elegir.
¿Y la niña? ¿Cuántos años? ¿Le gusta algo?
Casi seis. Dibuja de maravilla.
Tráela un rato. Quiero conocerla, asintió Hortensia.
Así Lucía empezó a ir a la mansión alguna tarde, sentada en una esquina con sus cuadernos. Un día retrató a Hortensia con tal parecido que quiso que el dibujo se enmarcase y colgara en el salón.
Pilar ya no tenía miedo de perder el trabajo.
La señora sufría una compleja artrosis, imposible de operar. En los días de dolor, Pilar la masajeaba, y a veces lograba calmarla. Una noche, Hortensia pidió que se quedaran a dormir y les cedió el cuarto de invitados.
Pilar, abrazada a Lucía, se imaginó un instante viviendo allí. Ya quería aquel caserón antiguo, con su aire de otros tiempos.
Al día siguiente, después del desayuno, Hortensia mandó a Pilar limpiar su despacho, alegando que solo ella era de fiar. Al ordenar los estantes, Pilar halló un álbum antiguo, amarillento. Cuando acabó, lo llevó al salón.
¿Podemos ver este álbum, Doña Hortensia?
Ay, qué tiempos. Venga, veámoslo.
Las tres se sentaron alrededor de la mesa redonda. Las primeras páginas eran de la infancia de Hortensia. De repente, Lucía exclamó:
¡Si esa es la abuela! ¡Tenemos esa misma foto!
Pilar quedó helada. Ahí estaba Ángeles de joven.
¿Por qué tiene usted una foto de mi madre? susurró Pilar.
Hortensia la observó largo rato, entornando los ojos.
¿Eres hija de Ángeles? Qué tonta he sido Ahora veo a quién te pareces.
¿Se conocían? insistió Pilar.
Juntas de niñas. Éramos inseparables en el barrio de Lavapiés. Ella se escapaba de gimnasia, yo del conservatorio. Juntas a todos lados. Hasta hicimos gimnasia rítmica, pero ella tenía don, yo no quería ser la segundona.
¿Por qué dejaron de verse? preguntó inocente Lucía.
Crecimos, suspiró Hortensia. A tu abuela le gustaba un entrenador, Jorge. Por él discutimos. Jorge se quedó conmigo, y a tu abuela el desamor le costó la plaza en la selección.
Yo no lo sabía, musitó Pilar. ¿Usted tenía otro apellido entonces?
Uy sí rió Hortensia. Me llamaba Serrano. Y Jorge era Martín. Fui su primera esposa, solo tres meses, pero el apellido me gustó.
Desde ese momento, Pilar solo pensaba en reunir a las viejas amigas. El destino le dio la ocasión pronto.
Hortensia pidió de nuevo que se quedaran. Lucía tenía excursión, así que Ángeles fue a recogerla.
Vestida con su sencillo abrigo cosido, Ángeles entró en la mansión justo cuando Hortensia, ya en bata, asomó al recibidor y vio a Pilar recogiendo pinturas de la niña.
¿Quién llega a estas horas? No esperaba visitas.
Hola, Hortensia, dijo Ángeles, fría. No diré que me alegro de verte.
Lo mismo, soltó Hortensia. Veo que la vida no te trató bien.
Como a todos, respondió Ángeles. Al menos tengo hija y nieta. A ti te cuida gente extraña. Tus bodas de oro no sirvieron.
Ni a ti nunca te quisieron casar, bromeó Hortensia. Sigues con tu apellido de soltera.
Ángeles sonrió de golpe.
Ay, Hortensia Yo sí seguí tu carrera. Incluso sentí orgullo de que la chica del barrio fuera primera figura. Y nunca te guardé rencor. ¿Recuerdas una llamada hace cinco años?
Hortensia se puso pálida.
Cuando aquel galán del teatro te quería embaucar, siguió Ángeles. Ya ibas a poner el piso a su nombre. Yo oí tras bambalinas que presumía con un compañero de que te metería en una residencia y se instalaría con una jovencita. Así que llamé, cambiando la voz. Solo eso.
¿Fuiste tú quien me avisó? susurró Hortensia.
Nunca pude odiarte. Siempre sentí lástima. Pero esa vez no me callé.
Hortensia agachó la cabeza.
Me salvaste, dijo muy bajito. Después de tu aviso, contraté a un investigador.
Bien hecho. En fin, nos vamos. Lucía tiene sueño.
Espera Ángeles. ¿Cómo vives ahora?
En un apartamento, modesto. Pero suficiente.
Bueno, se acabó. dijo Hortensia con tono inapelable. Mañana mismo os mudáis aquí. Este caserón está vacío. Para Lucía haré una habitación de princesa. No protestes. Aún tenemos mucho de qué hablar. ¿Quién sabe cuánto nos queda a dos viejas amigas? Yo ya sé mi tiempo.
Ángeles dejó caer el bolso, exhausta.
Unos ocho meses.
¿Cómo? Hortensia palideció. ¿Cáncer?
No, es el corazón. Pero no hay dinero para la operación. Ni lo habrá.
Se acabó. Os mudáis, y ya veremos. Te lo debo. Y hace tiempo que me pesa haberme quedado con Jorge.
Anda, que si citas al guapo del colegio todavía, rió Ángeles. Hoy nos vamos, mañana vemos.
Mi chófer os lleva. Mañana viene con Pilar a por las cosas.
Esa noche, Hortensia no pudo dormir. Habló largo rato con Pilar sobre la enfermedad, sobre los años de juventud y la vida que quizá no mereció la pena. El gesto de su amiga había ablandado su corazón.
Una semana después, la mansión era otra. Llegaban catálogos de telas y azulejos, muebles para la habitación de Lucía. Hortensia orquestaba la mudanza con energía.
Por las tardes, se sentaba con Ángeles a la mesa ovalada, tomaban té y se contaban historias. Cuando acabó la pequeña reforma, una noche Hortensia anunció:
He consultado a mi médico. La operación será en dos semanas. El cirujano es hijo de un famoso profesor de cardiología. Intenta no coquetear mucho con él.
¿De verdad tienes la plaza? sorprendida, Ángeles. ¿Y eso?
¡Plaza ninguna! ¿No ves lo lenta que es la Seguridad Social? Lo pago yo. Te toca operarte y curarte. Lucía necesita abuela joven, porque la otra soy un trasto.
No tenías que gastar tanto, lloró Ángeles.
¿Para qué quiero ya el dinero? No lo llevas al cementerio. Está decidido. Ingreso, Pilar acompaña. Yo vigilo a Lucía. Con tus masajes, créelo, estoy mejor.
A las dos semanas, Ángeles estaba en la mejor clínica privada de Madrid. Su cirujano fue Valentín Cuesta, joven cardiólogo hijo de famoso académico pero que había preferido trabajar en ciudades pequeñas. Era un tipo sencillo y atento. Viendo a Pilar cuidar de su madre, un día le sonrió:
Debe de tener una familia estupenda. Su madre ha tenido mucha suerte. Y seguro que su marido también.
No tengo más que a mi niña, Pilar se sonrojó. Pero es lo mejor del mundo.
No lo dudo, respondió Valentín. Yo no tuve suerte. Me casé joven, ella pensaba que yo heredaría riqueza, pero me fui a una cutre pensión de médicos. El amor se acabó rápido.
Seguro encuentra a la persona adecuada le dijo Pilar en voz baja.
Tal vez ya la haya encontrado respondió él, mirando por la ventana.
Pilar se sorprendió a sí misma mirando al doctor de otra manera. No era como Javier, ese guapo de sonrisa fácil. En Valentín veía nobleza y compasión.
La recuperación de Ángeles fue rápida. Mientras, Hortensia se defendía sola y cuidaba de Lucía, que la llamaba ya abuelita, como si siempre hubiera sido parte de la familia.
Hortensia disimulaba su debilidad, pero Pilar notaba la fatiga y el cansancio, aún con masajes.
Una noche, Hortensia le habló:
Tienes que dejar de ser mi cuidadora.
¿Va a buscar a otra persona? dijo Pilar, asustada.
Ay, que no. Ahora la casa está llena. Lo que quiero es que estudies masaje en serio, en cursos de verdad, con diploma. ¿Podrás?
Por supuesto, asintió Pilar. Pero es mucho dinero
Considera que soy tu hada madrina sonrió Hortensia. Y tener masajista en casa es práctico. Pagaré tu curso de rehabilitación y todos los extras. No me falles.
Pilar aceptó. Hortensia prácticamente mantuvo a su familia, pero Pilar no pensaba vivir de nadie. Sabía que valía la pena invertir en su futuro.
Su profesor fue Simón Herrero, hombre elegante y maestro respetado. Pronto vio el potencial de Pilar. El día que le entregó el diploma, le preguntó:
¿Conoce el spa Vanilla?
Claro. Todos quieren trabajar allí. Es lo mejor de Madrid.
Soy el dueño. Lo he abierto hace poco. ¿Vendrá? Busco a gente con manos firmes y delicadas, y confío en usted.
Pilar asintió, conteniendo las lágrimas.
Desde entonces, se volcó aún más en aprender. Simón incluso le becó parte del curso avanzado. En poco tiempo, Pilar ya atendía clientes en Vanilla, compaginando turnos de mañana con las tardes dedicadas a su madre, Hortensia y Lucía.
A los seis meses, la lista de espera era para Pilar, no solo para el dueño.
Por esa época, creció su relación con Valentín. Primero amistad, después algo más profundo. Valentín se instaló en Madrid buscando liderar la nueva sección de cardiología, soñaba con una vida más allá de la consulta. Los domingos salían con Lucía, iban a teatros, a parques.
Ángeles volvió al teatro, Hortensia pasaba más tiempo en cama. Empeoraba, el dolor aumentaba, el masaje apenas aliviaba.
Valentín empezó a derivar pacientes a Pilar para rehabilitación. Ella se especializaba en recobrar movilidad tras enfermedades cardíacas, y compartía cada vez más temas con él.
Valentín era ya de la familia. Un día, Hortensia le dio la bendición:
Como se te ocurra hacer daño a mis chicas, te las verás conmigo.






