La segunda pedida de mano o la importancia de hacer regalos a los hombres

Diario de Lucía, 12 de junio

Hoy me quedé pensando en mi matrimonio. Ya llevamos ocho años casados y, la verdad, tengo que reconocer lo maravilloso que es Rodrigo conmigo. Siempre me cuida, me protege, me mima. Escucho a menudo, tanto de amigas como de familiares, lo afortunada que soy por tenerle a mi lado. Recuerdo que, hace un tiempo, perdí mi alianza en el Mar Cantábrico mientras veraneábamos en San Sebastián. Rodrigo, sin dudarlo, esa misma semana me sorprendió regalándome una nueva.

Para que todo el mundo sepa que ya estás comprometida y eres mía me dijo sonriendo mientras me entregaba la cajita con la sortija.

Me gusta mucho la atención y los detalles que suele tener conmigo, y no voy a negar que los regalos lujosos me fascinan. Sin embargo, me doy cuenta de que hay una especie de muro de piedra entre lo mucho que él me da y lo poco que yo le devuelvo. Por ejemplo, a él nunca le hago regalos caros por su cumpleaños; a lo sumo, le preparo una cena especial en casa. Mientras que Rodrigo siempre me sorprende con algún detalle original y flores, yo apenas me esfuerzo. Ni siquiera cocino platos especiales para él con frecuencia; me justifico pensando que ambos llegamos cansados del trabajo, y que un bocadillo o pedir algo a domicilio es suficiente.

Él nunca se ha quejado de esto, pero mi madre sí que lo ha hecho.

Tú con tu segundo anillo, y Rodrigo ni siquiera tiene uno propio todavía. ¿No se te ha ocurrido regalarle uno en todos estos años? Todas las chicas le miran, y como no lleva alianza, no saben que está casado.

Esta observación de mi madre me dolió especialmente. Siempre he sentido una pequeña incomodidad cuando otras mujeres se le quedan mirando, porque admito que es demasiado guapo y llama la atención. No había considerado que la ausencia de su alianza facilitaba esas miradas.

En nuestra boda, por falta de dinero, solo pudimos comprar un anillo para mí. Él llevó en la ceremonia un anillo prestado, que tuvo que devolverle enseguida a su amigo Jaime. Con el tiempo, aunque ya podíamos permitirnos ese lujo, nunca concretamos la compra de su alianza propia.

Hoy, sin fechas señaladas ni excusas, decidí que era el momento. Entré a una joyería en la Gran Vía y elegí una alianza de oro sencilla, sin filigranas. Esta noche, cuando Rodrigo volvió del trabajo, la cajita de terciopelo le esperaba sobre la mesilla de noche.

¿Qué es esto? preguntó extrañado. ¿Te has comprado algo nuevo?

No, es para ti respondí tratando de disimular la emoción.

Vi en sus ojos un brillo especial que pocas veces había visto. Al abrir la caja se quedó unos segundos en silencio antes de decir:

¿Lo has comprado tú para mí? se la puso cuidadosamente en el dedo anular y luego me abrazó fuerte. ¡Gracias! Había pensado proponerte que lo eligiésemos juntos, pero recibirlo de tu parte… es tan especial. ¿Esto cuenta como una segunda pedida de mano?

Nos reímos, nos fundimos en otro abrazo, y después, sin hablar más del tema, nos fuimos juntos a la cocina. Decidimos cocinar algo especial para cenar, aprovechando que el fin de semana se asomaba bajo el cielo de Madrid. Con esos pequeños gestos, siento que el amor renace, como el primer día.

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