La segunda pedida de mano o la importancia de hacer regalos a los hombres

La pareja llevaba ocho años casados. Él lo daba todo por ella; la cuidaba, la protegía, la colmaba de mimos y detalles. Desde todos los rincones, ella oía que tenía un marido excepcional. Una vez, perdió su alianza en el mar, y su esposo le regaló otra antes de que la sal dejara de secarse en su piel.

Para que todo el mundo sepa que estás comprometida y que eres mía le explicó él, mientras le entregaba el nuevo anillo, envuelto en el terciopelo azul de una joyería en la Gran Vía de Madrid.

A ella le gustaba aquella atención, el aroma de los regalos caros, el fulgor dorado de los detalles. Siempre a refugio tras el muro que él erigía a su alrededor, no era capaz de advertir que ella ofrecía migas donde él desbordaba manjares. En el cumpleaños de él, apenas preparaba una cena íntima, y, sin embargo, él siempre llegaba con algo inesperado y valioso además de un ramo de rosas relucientes, compradas quizá en los puestos de la Plaza Mayor. La comida tampoco era su fuerte: creía que, tras las jornadas de trabajo, estaban demasiado cansados para entretenerse en la cocina, y se conformaban con un bocadillo o algo traído por el repartidor.

Él jamás le reprochó nada, pero su madre sí lo hacía.

Mira tú, con dos alianzas ya, y tu marido ni una. ¿Nunca se te ha ocurrido comprarle una? Las chicas le miran no saben que es casado.

Aquello tuvo un filo helado para ella. Temía las miradas ajenas sobre él porque sabía que era demasiado apuesto para pasar desapercibido. No se le había ocurrido que la causa era la ausencia de anillo.

En aquel tiempo, no tenían suficiente dinero más que para una alianza para ella en la boda y él prestó una de un amigo, solo para la ceremonia. La devolvió enseguida y, incluso después, cuando pudo permitirse ese «lujo», fue posponiéndolo, como si los días no tuvieran peso.

Sin esperar aniversarios ni fechas marcadas, ella cruzó la Puerta del Sol y entró en una joyería antigua. Adquirió una sencilla sortija de oro, sin ornamentos, como un sol en calma. Aquella misma noche, cuando su marido regresó atravesando la ciudad bañada de luces, encontró sobre la mesilla una pequeña caja de terciopelo.

¿Y esto? preguntó extrañado. ¿Has comprado algo nuevo para ti?

Es para ti dijo ella, conteniendo el temblor en la voz y las manos.

Él no esperaba nada, y al abrir la caja, el tiempo pareció doblarse como un espejo. Se colocó el anillo en el dedo anular y rodeó a su esposa en un abrazo cálido, como si ambos despertasen de repente.

¿Me lo has comprado a mí? ¡No puedo creerlo! Pensaba pedirte que lo eligiéramos juntos, pero recibirlo de ti es tan especial ¡Es como si me hubieses pedido matrimonio una segunda vez!

Rieron, se fundieron en otro abrazo, y juntos caminaron, con los pies casi flotando, hacia la cocina. Prepararon la cena con las manos entrelazadas y las bocas repletas de promesas suaves, sabiendo que el fin de semana se deslizaba, por fin, entre sus dedos.

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