Todo irá bien susurró bajo Jaime, intentando que su voz sonara firme y luminosa, aunque la luna parecía derretirse entre sus dedos. Aspiró hondo el perfume de la noche, lo expulsó junto a una nube de luciérnagas invisibles y pulsó el timbre. Era la hora: el encuentro con los padres, esa ceremonia sagrada y absurda.
La puerta se abrió como suelen abrirse las puertas en los sueños: sin resistencia, sin sonido. Allí estaba Carmen Mateo. Cada hebra de cabello recogida en un recogido imposible, vestido azul marino que parecía tejido por relojes antiguos, un ligero rubor en las mejillas. Sus ojos, dos ventanas cerradas, rozaron a Jimena, se detuvieron apenas en la cesta de pastas y, como una sombra, sus labios se apretaron apenas un instante. Aquello fue sólo un relámpago, pero Jimena lo vio.
Pasad dijo Carmen, con una voz tan neutral que parecía cuchara de madera, templada pero impasible.
Jaime se deslizó dentro, sin mirar a su madre, y Jimena le siguió, con pies de puntillas y alma temblando detrás del ombligo. El piso flotaba entre luces doradas y un vaho de sándalo leve. Todo estaba impoluto y exacto, como un museo de burguesías sepultadas; ni bufanda olvidada ni libro con el lomo abierto, ni una mota fuera de sus coordenadas.
Carmen los guió al salón, un rectángulo suspendido entre cortinajes color almendra. En el centro, un sofá tapizado de terciopelo musgo; a un lado, una mesita baja de roble. Con un gesto, les asignó el sofá como se asignan los sueños ajenos.
¿Té? ¿Café? preguntó sin mirar a Jimena, su voz en el mismo compás. Parecía repasar una fórmula matemáticamente inofensiva.
Un té, por favor dijo Jimena, desatando la cinta de la cestita y mostrando el tesoro hogareño: pastas recién horneadas, aroma tibio que onduló la sala. He hecho pastas, si quiere probar…
Carmen reconoció el gesto con un leve asentimiento, tan quebradizo como el borde de una teja.
Bien musitó, marchándose a la cocina flotando como una ramita en la corriente. Ahora vuelvo.
En cuanto salió, Jaime murmuró:
Perdona… Siempre ha sido así. Contenida.
No pasa nada le sonrió Jimena, apretándole la mano. Lo importante eres tú, que estás aquí.
Mientras Carmen preparaba el té, el silencio llenó el salón como una sábana mojada. Jimena repasaba el entorno: cuadros con mares quietos, muebles con la piel brillante, todo demasiado correcto. Una perfección que no admitía huellas.
Carmen regresó con una bandeja: tazas de porcelana con filigranas, tetera de plata, y una pequeña fuente donde ella, con manos lentas, fue acomodando las pastas en círculo. Sirvió el té y ocupó el sillón frente a ellos, cruzando las manos sobre las rodillas.
Así que, Jimena pronunció Carmen, explorando la cara de la joven con ojos que leían entre párpados. Se detenía en el giro de la coleta, en el modo de sujetar la taza, hasta en el temblor de la respiración. Jaime dice que estudias algo relacionado con la infancia, ¿verdad?
Sí, estoy en tercero de Educación Infantil contestó Jimena, dejando la taza para contener el temblor. Me apasiona. Ver crecer a los niños, ayudarles a descubrir el mundo… es gratificante de verdad.
Educar niños… repitió Carmen con leve ironía, arqueando las cejas. Es una labor loable. Pero sabrás que el sueldo no es precisamente generoso. Hoy hay que pensar en lo que viene, en el mañana, en la estabilidad.
Jaime se irguió un poco.
Mamá, ¿es que sólo importa el dinero? Lo esencial es que le entusiasme su trabajo, y lo demás, ya veremos. Lo importante es apoyarnos, construir juntos.
Carmen se volvió hacia él, pero su respuesta quedó suspendida; sólo sorbió su té, midiendo las palabras en el reloj interior.
Entender la vocación está muy bien musitó por fin . Pero el mundo real suele exigir más. ¿Te has planteado dónde vas a trabajar cuando termines? ¿Tienes planes para los próximos años?
Jimena se guardó dentro el deseo de huida, respiró hondo y contestó:
Por supuesto, he pensado en empezar en una escuela infantil mientras gano experiencia. Luego, quizás, me especialice en atención a niños con necesidades especiales. Sé que no es sencillo, pero creo que ahí está mi sitio.
Carmen asintió, el rostro impenetrable, los dedos pulsando invisibles telarañas de dudas.
Mi intención no es cargarle el peso a Jaime, quiero valerme por mí misma y defender nuestro proyecto. No todo se reduce al dinero; para mí importa también la satisfacción y hacer lo correcto.
Curioso punto de vista concedió Carmen, ladeando la cabeza. Pero, ¿no has considerado una salida más… rentable? Tienes aptitudes para dedicarte a la venta, la comunicación; hay empleos donde podrías ganar bastante más.
Jaime quiso interrumpir, pero Jimena le crispó la mano. Era momento de hablar por sí sola.
¿Y usted, a qué se dedica? preguntó de pronto, firme.
Se hizo un paréntesis suspendido. Carmen dudó, pero al segundo contestó.
Ahora… no trabajo. Mi marido sostiene la casa. Yo administro el hogar, organizo, doy apoyo. Es también un trabajo, aunque no se pague.
Entonces explíqueme por qué para mí es obligación perseguir otro camino. Si usted eligió no trabajar, ¿no puedo yo elegir el mío, aunque no sea el más lucrativo? No pido a Jaime que me mantenga
El silencio cayó espeso. Carmen miraba a Jimena como si escudriñara su silueta en una vitrina de museo.
Mi marido me lo propuso, podía hacerlo. Jaime…
Jaime se removió inquieto entre los pliegues del sofá. Miró a su madre, luego a Jimena, que sostenía la cabeza erguida, pero cuyos ojos titilaban de perplejidad.
Jimena, sabes que sólo está preocupada. Quiere que todo salga bien, que no tengamos sobresaltos.
Jimena lo miró entre el asombro y el dolor. Jaime, que la apoyaba segundos antes, se esfumaba bajo la mirada de su madre.
¿Y estás de acuerdo? ¿Piensas que no debo aspirar a lo que me apasiona? ¿Debo ceder y odiar mi trabajo sólo porque paguen más?
No es eso… pero mamá tiene razón en algo: hay que ser realistas, ver cómo afrontar el día a día, los gastos. No basta con mirar el presente.
Carmen le envió a Jaime una mirada satisfecha, casi invisible, pero clara como un susurro en la cabeza de su hijo. Luego volvió a Jimena, las manos cruzadas, la voz más suave, pero igual de firme.
Dime, Jimena: ¿de verdad crees que mi hijo debe renunciar a su vocación? Siempre ha soñado con ser periodista, viajar, escribir ¿Querrás tú que olvide eso y sólo piense en mantener un hogar?
Jimena abrió la boca para responder, pero Jaime fue más rápido.
Mamá, yo…
No, respóndeme tú le cortó Carmen, fija la mirada. ¿Eres capaz de olvidarte de tus anhelos por ella? ¿De abandonar los reportajes, los viajes, la escritura?
Jaime dudó, miró a Jimena, vio el reproche en sus ojos. Sentía dentro la pelea de dos mitades: una que quería protegerla y otra que creía en la verdad de su madre.
No quiero renunciar a lo que sueño tartamudeó . Pero tampoco quiero perder a Jimena. Buscaré el equilibrio. Continuaré como periodista, quizás a menor escala, pero y Jimena estará conmigo, y yo con ella.
Carmen suspiró, negó con la cabeza, pero ya no insistió. Recostada en el sillón, dejaba claro que nada más tenía que decir.
Qué curioso resulta explotó Jimena, sin el calor de la complicidad de Jaime . O sea, Jaime no ha de dejar sus sueños, pero yo sí. ¿No choca un poco? ¿He de rendirme yo para que él vuele? No lo comprendo.
Jaime apretó la taza, los dedos temblando, mientras en la porcelana rebotaba el miedo.
…Habrá que compaginarlo murmuró, mirando el fondo del té como si ahí nadara una solución.
¿Compaginar? sonrió Carmen, hierro en la voz. Sabes de sobra que eso es imposible. O lo das todo, o…
No terminó la frase. Entre los tres flotó algo denso: sermón de experiencia, sentencia de quien condena los sueños tal como condena la juventud.
Jaime tragó saliva. Quiso protestar, decir que el mundo cambia, que ahora se pueden equilibrar trabajo y familia, pero las palabras le resbalaban por dentro. Su madre siempre conseguía devolverle a la niñez.
Creo que por hoy basta zanjó Carmen levantándose como una sombra. Ya anochece; por aquí conviene recogerse pronto. Será mejor que te vayas, Jimena. Jaime: tenemos que hablar, ahora.
No era una sugerencia; era la ley, ley de madre.
Mamá, ¿puedo acompañarla aunque sea a la parada…?
Ni se te ocurra le cortó sin darle la cara . Me pondría ansiosa. Quédate.
Jaime bajó la cabeza, derrotado. Sabía que protestar era inútil.
Perdona, Jimena murmuró, sin mirar. Mejor llama a un taxi, ¿vale?
Jimena asintió con un hilo de voz, con la rabia ardiendo por dentro. Dejó la taza en la mesa, cogió su bolso y se puso en pie, recta y digna.
Vale dijo, recogiendo fuerzas. Me marcho.
Se alisó el jersey con un gesto mecánico, más para armarse de coraje que para arreglarse. No sonrió, la sonrisa había dejado de encajar en aquel decorado, tan pulcro y tan hostil.
Gracias por el té dijo, y la cortesía sonaba afilada.
Hasta luego dijo Carmen, mirando a una esquina del salón, como si Jimena fuera sólo una mancha de espuma.
Jimena salió sin prisa, aunque el corazón corría. En el umbral se volvió: Jaime seguía allí, frágil y vencido, sin levantar los ojos, sin decirle nada, permitiendo que el silencio sellara el final del sueño.
Al salir, la brisa nocturna la envolvió. Aspiró el aire fresco, como un agua balsámica; no calmaba del todo el pellizco en el pecho, pero ayudaba a sostenerse erguida. El dolor, la rabia, la decepción se abrazaban dentro como un vendaval. Todo estaba claro: Jaime nunca dejaría de ponerse del lado de su madre, aunque eso le cortara las alas.
Jimena caminó por la acera, primero despacio, luego más deprisa, como si pudiera dejar atrás el nudo de pensamientos. Pero el eco la perseguía: Ni siquiera intentó apoyarme. No fue capaz de decirle que respeta mi elección. Sin mirar, aceleró, los puños apretados en los bolsillos, conteniendo el llanto a fuerza de morderse los labios.
Al llegar a casa, ya era casi noche cerrada. La calle olía a tierra y a hojas húmedas, un farol temblaba susurros sobre el asfalto mojado. Jimena entró, cerró con llave y se desplomó sobre el banco del recibidor. La quietud la envolvía, la abrigaba. Por fin se permitió respirar, aflojar los músculos, dejar de fingir.
Sentada allí, la mente limpiándose paso a paso, entendió que aquello no era el fin del mundo. Era sólo el final de un cuento uno que quizás nunca debió empezar. Aspiró hondo y soltó el aire despacio. Mañana sería otro día. Saldría el sol sobre Cibeles y alguien barajaría nuevas rutas. Ella podría con ello.
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Al día siguiente, Jimena decidió no coger el móvil cuando sonaba el nombre de Jaime. Lo miraba parpadear, volverlo a guardar. Necesitaba reconstruirse en soledad, averiguar de verdad lo que quería. Las mismas ideas le rondaban: incluso si permanecían juntos, siempre competiría con Carmen Mateo. Jaime sería para siempre equilibrista entre madre y novia. Veía el futuro: cada decisión pasada por el tamiz materno, cada pequeño paso consultado en voz de otro. Era demoledor.
Durante los días siguientes, su vida siguió con el engranaje del piloto automático: clases, tareas, bares con compañeras. Todo pasaba, pero sin dejar huella. Intentaba distraerse de Jaime, pero en los intersticios regresaba su última conversación. Ese silencio, esa ausencia cuando más lo necesitó.
Hasta que una tarde, bajándose del autobús en la Gran Vía, distinguió su silueta: Jaime aguardando bajo la luz mortecina, con los hombros vencidos. Cuando vio que Jimena iba a entrar al portal, la llamó:
¡Jimena!
Ella se giró apenas, contenida y gélida.
Tenemos que hablar empezó él, sin conseguir mirarla a los ojos . Mi madre piensa que no somos adecuados el uno para el otro.
Jimena arqueó las cejas; la presión le afiló el estómago, pero mantuvo la calma en el gesto.
¿Y tú? preguntó, modulando la voz firme.
Jaime se balanceó, titubeando como quién camina sobre alambres.
Es mi madre No quiero hacerla sufrir.
No había decisión, sólo justificación. Jimena calló, intentando ver más allá de las palabras huecas.
Entonces, ¿estás de acuerdo?
No exactamente… pero es mi familia. No puedo darles la espalda.
Esperó que Jimena le abriera una senda o pusiera palabras a sus dudas. Ella no rellenó el hueco. En su cabeza sonaba una frase: ¿Y esto será siempre así? ¿Siempre segundo plato?.
¿Quieres estar conmigo? preguntó finalmente, mirándolo sin tartamudear.
Jaime pareció encogerse. Quiso responder, pero la garganta se le llenó de golondrinas mudas. Bajó los hombros, incapaz.
Jimena asintió apenas, confirmando sus sospechas. Sin drama, sin ultimátums, giró y entró en el portal, dejando a Jaime bajo el resplandor líquido de la farola.
Él la vio perderse tras la puerta y sintió una corriente de aire vacío. No supo qué palabras le faltaban. Sólo permaneció quieto, estrujando la chaqueta, preguntándose si la culpa arde o vacía.
Jimena, más tarde, salió a pasear. La ciudad era un charco de luces débiles y ramas húmedas. El otoño olía a tierra renovada, a nidos despoblados. Caminó dejándose llevar, sin rumbo ni plan. De pronto, sonrió: una carcajada leve, liberadora, le subió del vientre. Se detuvo bajo el halo amarillento, respiró hondo y supo que, aunque llegarían pruebas, estaba lista para afrontarlas. No debía plegarse nunca más a los sueños ajenos ni demostrar su valía a quien no quería verla. Era libre. Y eso era, por fin, lo verdaderamente importante.







