La ruptura por defecto — Todo saldrá bien —susurró Vova en voz baja, intentando que su tono sonara seguro. Inspiró hondo, exhaló y pulsó el timbre. La velada se presentaba complicada, pero ¿cómo podía ser de otra manera? Presentarse a los padres era siempre un trance… La puerta se abrió casi de inmediato. En el umbral estaba Doña Alejandra, impecable: el pelo peinado en un recogido perfecto, un vestido de corte sobrio, maquillaje suave en el rostro. Su mirada resbaló por Valeria, se detuvo un instante en la cesta de pastas y apretó apenas los labios, un gesto fugaz que no pasó desapercibido para Valeria. — Adelante —anunció Alejandra sin especial calidez en la voz, apartándose para dejarles pasar. Vova entró procurando no mirar a su madre. Valeria lo siguió, atravesando el umbral con cuidado. El piso, bañado en una luz íntima y una fragancia a sándalo, resultaba acogedor y, a la vez, exageradamente impecable: ni un objeto fuera de sitio, ni un libro dejado a medias ni una bufanda olvidada. Todo en su sitio, como clamando orden y control. Alejandra les llevó al salón: un espacio amplio presidido por una ventana larga oculta tras gruesas cortinas beige. En el centro, un sofá voluminoso tapizado en tela cara, junto a una mesita baja de madera oscura. Les indicó el sofá con un gesto educado. —¿Café o té? —preguntó, aún sin mirar a Valeria, con voz neutra y ceremonial. —Un té estaría bien, gracias —contestó Valeria, intentando que su voz sonara estable y cordial. Puso la cesta en la mesa, desató el lazo y abrió la tapa. El aroma de pastas recién hechas llenó la estancia—. He traído pastas. Las he hecho yo. Si le apetece probar… Alejandra sostuvo su mirada en la cesta un segundo y asintió. —Bien —musitó y fue a la cocina—. Ahora traigo el té. Cuando la madre salió, Vova se inclinó hacia Valeria y susurró: —Perdona. Ella es siempre así… tan reservada. —No pasa nada —sonrió Valeria, estrechando su mano—. Lo importante es que tú estés conmigo. Mientras Alejandra preparaba el té, el silencio se apoderó del ambiente. Valeria observó la decoración: lujosa, ordenada, y sin embargo distante, impersonal, como si fuera un piso piloto. Al poco, Alejandra reapareció con una bandeja: tazas de porcelana con dibujos florales, tetera de plata y un plato pequeño con las pastas ordenadas en círculo. Sirvió el té con parsimonia y se sentó en el sillón de enfrente, cruzándose de piernas. —Bien, Valeria —empezó, analizándola con escrutinio. Su mirada recorría cada detalle: el peinado, la expresión, cómo sujetaba la taza—. Tengo entendido que estudias, ¿educadora era? —Sí, curso tercero —Valeria luchó por parecer serena. Dejó la taza en la mesa para no mostrar que temblaba—. Me gusta tratar con niños, ayudarles a crecer, ver cómo aprenden es importante para mí. —¿Con niños? —Alejandra repitió con ligera ironía, enarcando una ceja—. Es admirable… aunque ya sabe que el sueldo de las educadoras es… modesto. Hoy en día hay que pensar en el futuro, en la estabilidad. Vova reaccionó enseguida: —Mamá, ¿otra vez con el dinero? Lo esencial es que a Valeria le apasiona su vocación. Lo demás se arreglará; el apoyo mutuo es más importante. Alejandra le lanzó una mirada de soslayo, pero no contestó de inmediato. Se limitó a probar el té, pesando las palabras. —Amar el trabajo es fabuloso —contestó al retomar la charla con Valeria—, pero la realidad es que a veces el amor no basta. ¿Ya has pensado en tu vida después de titularte? ¿Tienes objetivos para los próximos años? Valeria respiró hondo. Sentía que aquella pregunta era más un examen que simple curiosidad. —Por supuesto —afirmó con serenidad forzada—. Me gustaría empezar en una guardería; luego, quizá, me forme para trabajar con niños con necesidades especiales. Lo veo como una vocación, aunque sé que será difícil. Alejandra asintió, pensativa, escudriñando sus intenciones. —No tengo intención de depender de Vova —añadió la joven—. Quiero trabajar, crecer, ser independiente. Para mí es vital aportar, pero también realizarme. —Resulta una postura curiosa —dijo Alejandra, ladeando la cabeza—. ¿No has contemplado una profesión mejor pagada? Con tus aptitudes podrías, no sé, probar en ventas o marketing… Suelen pagar mucho más. Vova amagó intervenir, pero Valeria lo detuvo con un gesto. Intuía que ahora debía defenderse sola. —¿Y usted? ¿En qué trabaja? —preguntó de pronto, mirándola fijamente. Aquello tomó a Alejandra desprevenida. Vaciló un instante. —Yo… no trabajo —admitió—. Mi marido mantiene la familia. Llevo la casa, le ayudo, organizo. Es trabajo, aunque no se remunere. —Lo comprendo —dijo Valeria, reforzando su coraje—. Entonces, si usted eligió no trabajar, ¿por qué espera que yo anteponga el dinero a lo que me gusta? ¿Por qué debo sacrificar mis preferencias por un sueldo si ni siquiera pido que Vova me mantenga? Un silencio tenso inundó el salón. Alejandra observó a Valeria como si la revaluara por completo. —Mi marido me lo propuso —dijo finalmente—. Él podía mantenernos. Vova… El chico se removió incómodo; mirar a su madre nunca ayudaba. Cambió la vista a Valeria, que seguía con la cabeza erguida. —Valeria, entiendes que… —empezó inseguro, la voz temblando—. Mamá quiere lo mejor. Sólo quiere evitar problemas. Ella lo miró, atónita. De pronto, quien la defendía parecía dudar. —¿Estás de acuerdo con ella? —preguntó, esforzándose por sonar neutra—. ¿Crees también que no debo seguir lo que me hace feliz? ¿Que debo resignarme sólo por cobrar más? —No es exactamente eso —Vova se encogió de hombros—. Mamá tiene razón en que hay que pensar en el futuro y la estabilidad. No podemos vivir sólo el presente, hay gastos, compromisos… Alejandra lanzó una mirada satisfecha al hijo. Se giró hacia Valeria, con tono algo más suave pero igual de firme. —Dime, Valeria, ¿realmente piensas que mi hijo debe renunciar a su pasión? Siempre quiso ser periodista, viajar… No es un trabajo, es su vocación. ¿Va a renunciar a eso para mantener una familia? Valeria quiso responder, pero Vova se adelantó: —Mamá, yo… —Vova, contesta sinceramente —le cortó Alejandra—. ¿Renunciarías a tus sueños por ella? ¿Dejarías tus viajes y la escritura? Él enmudeció. En los ojos de Valeria había dolor, pero ella permaneció callada. —No quiero dejar de lado mis sueños. Pero tampoco perder a Valeria —balbuceó él—. Creo que podemos hallar un equilibrio. No será fácil, pero lo lograremos juntos. Alejandra suspiró, pero ya no replicó. Se reclinó, dando a entender que había terminado. —Curiosa perspectiva —se rió Valeria, viendo que su pareja no intervenía—. O sea, ¿Vova no debe sacrificar sus sueños, pero yo sí? ¿Debo buscar trabajo bien pagado y él disfrutar de la vida? Suena incoherente, ¿no creen? Vova agachó la cabeza, los dedos temblorosos aferrados a la taza. —Supongo que habrá que combinarlo todo como se pueda… —murmuró. —¿Combinarlo?—repitió Alejandra, un deje de sarcástica certeza en la voz—. Sabes que eso es una ilusión. O es la profesión, o… Se interrumpió, volviendo la mirada de uno a otro. Vova tragó saliva. Sabía que discutir nunca servía con su madre. —Bien, creo que es suficiente por hoy —sentenció Alejandra levantándose airosa—. Ya está anocheciendo y últimamente el barrio está intranquilo. Valeria, mejor vete. Vova, tenemos que hablar. ¡Ahora! No era una sugerencia, sino una orden. —Mamá, ¿puedo acompañar a Valeria siquiera a la parada? —intentó él. —¡Ni pensarlo! —cortó ella sin mirarle—. Me dejarías preocupada. Quédate. Vova se hundió en el sillón. Discutir era inútil. —Perdona, Valeria —susurró sin atreverse a mirarla—. Creo que será mejor así. Mejor coge un taxi, ¿vale? Ella asintió en silencio. Depositó la taza con delicadeza y se puso en pie. —De acuerdo —dijo tranquila aunque sentía hervir la sangre por dentro—. Me voy entonces. Se ajustó el jersey, como si necesitara ese gesto para tomar fuerzas. Ya no intentó sonreír; lo único que quería era irse cuanto antes de aquel piso tan ordenado como ajeno. —Gracias por el té —dijo con educación, dejando entrever cierta frialdad. —Adiós —respondió Alejandra, sin mirarla siquiera. Valeria fue hacia la puerta despacio, pero dentro de sí todo era una tormenta. Al mirar atrás vio a Vova encorvado, la cabeza gacha. No la detuvo, ni dijo nada: su silencio fue definitivo. Salió a la calle y respiró aire fresco, que alivió algo la tensión aunque no borró la mezcla de rabia y decepción. Ya todo era evidente: para Vova, la madre siempre sería lo primero. Empezó a andar, cada vez más deprisa, como huyendo de esos pensamientos. “Ni siquiera intentó defenderme. Prefiere complacerla antes que darme apoyo.” Se le aceleró el paso, el pulso, pero ya las lágrimas no brotaban. Al llegar a casa, cerró la puerta despacio y se sentó en el recibidor. Allí, por fin, se permitió relajarse y dejar de fingir entereza. Comprendía que no era el fin del mundo, solo el final de una historia. Respiró hondo: un nuevo día traería nuevas oportunidades. Y estaba segura de que saldría adelante. ********************* Al día siguiente no contestó las llamadas de Vova. Necesitaba espacio. Sabía que, aunque siguieran, siempre competiría con la madre y que cada decisión pasaría por ese filtro. La idea era descorazonadora. Pasó la semana a su ritmo, absorta en los estudios y sus quehaceres, aunque en automático. Los recuerdos de la última charla y el silencio de Vova volvían una y otra vez. Una tarde, al volver a casa, le vio esperándola al portal. —Valeria… Él se acercó, encorvado y con aspecto apocado. —Tenemos que hablar —titubeó, sin mirarla a los ojos—. Mi madre dice que no eres adecuada para mí. A Valeria le dolió, pero guardó la compostura. —¿Y tú qué piensas? —preguntó. Vova dudó antes de contestar, rehuyendo la mirada. —Bueno… es mi madre. No quiero que sufra. Aquello no era una explicación, sino un débil intento de excusa. —¿Entonces lo aceptas? —insistió Valeria, aunque intuía la respuesta. —No digo que lo acepte —replicó—, pero es mi familia. No puedo darle la espalda. Guardaron silencio. Ella comprendía: nada iba a cambiar. —¿Pero quieres estar conmigo? —preguntó directamente. Él no contestó. Solo bajó los hombros, incapaz de decidirse. Valeria asintió, confirmando lo que ya intuía. Se giró, subió al portal y lo dejó allí. Esa noche, paseó por una calle solitaria. El aire olía a otoño y a libertad. De repente, se rió. Una risa ligera, espontánea. Comprendió que, aunque la vida trajera dificultades, podía afrontarlas. Ya no sentía la necesidad de amoldarse a expectativas ajenas. Era libre. Y eso era lo esencial.

Ruptura por defecto

Todo irá bien susurra Sergio, esforzándose por sonar convencido. Inspira hondo, suelta el aire, y pulsa el timbre. Sabe que la velada será complicada, pero ¿quién dijo que conocer a los padres fuera sencillo?

La puerta se abre de inmediato. En el umbral se encuentra Encarnación Muñoz. Va impecable: el pelo recogido en un moño perfecto, un vestido entallado color burdeos, maquillaje sutil. Su mirada pasa de Celia a la cestita de pastas, y aprieta con discreción los labios. Apenas un gesto, fugaz, pero suficiente para que Celia lo capte.

Adelante dice Encarnación con voz neutra, apartándose un paso.

Sergio entra intentando esquivar la mirada materna; Celia le sigue, cruzando el umbral con cautela. El piso les acoge con una luz tenue y un suave perfume a incienso de sándalo. Todo está ordenado en exceso, ningún libro abandonado en el sofá, ni un pañuelo olvidado en la entrada. Cada objeto reposa en su lugar, transmitiendo una obsesión por el control.

Encarnación los guía al salón: una estancia amplia con un gran ventanal cubierto por cortinas crema. En el centro, un sofá de diseño cubierto por tapicería de lino caro y cerca, una mesa baja de nogal. Con un gesto, les indica que se sienten.

¿Queréis té? ¿Café? pregunta, aún sin mirar a Celia. Su voz parece recitar una obligación, no una bienvenida.

Un poco de té, por favor responde Celia, procurando sonreír. Deja la cesta en la mesa, desata la cinta y descubre el interior. El aroma del hojaldre recién horneado impregna la sala. He traído pastas. Las hice yo misma, si os apetece probarlas

Encarnación observa la cesta, asiente y dice:

Muy bien. Ahora mismo preparo el té.

Mientras ella va a la cocina, Sergio se inclina y susurra:

Perdona. Mi madre es así Un poco reservada.

No pasa nada responde Celia, apretando su mano. Lo importante es que estamos juntos.

Durante la ausencia de Encarnación, el silencio inunda la sala. Celia observa el ambiente: todo transmite clase y orden, aunque le resulta frío, como un piso piloto.

Pronto Encarnación regresa con una bandeja. Sobre ella, tazas de porcelana decoradas con flores, una tetera plateada y los dulces, perfectamente dispuestos. Sirve el té con movimientos pausados y se sienta frente a ellos, cruzando las manos en el regazo.

A ver, Celia empieza, escudriñando su rostro y gestos. Sergio me ha comentado que estudias ¿Magisterio infantil?

Sí, estoy en tercero contesta Celia, dejando la taza para que no le tiemble entre las manos. Me encanta trabajar con niños. Creo que es un trabajo imprescindible, contribuyes a que crezcan y aprendan.

¿Con niños? repite Encarnación, con una leve ironía en su ceja. Es una labor loable, sí Pero, ¿sabes que el sueldo de una maestra en España es modesto? Hoy día hay que pensar en el futuro, en la estabilidad.

Sergio interviene, agitado:

Mamá, ¿de verdad hace falta hablar de dinero? Celia ama lo que hace, y eso es lo importante. El dinero ya llegará. Lo fundamental es apoyarse mutuamente.

Encarnación le lanza una mirada, pero no responde de inmediato. Bebe té con calma, midiendo las palabras.

Amar tu profesión está bien dice, mirando ahora a Celia. Pero la realidad es que a veces con amor no basta. ¿Ya sabes dónde quieres trabajar al acabar la carrera? ¿Tienes planes concretos?

Celia respira hondo y mantiene la serenidad.

Sí, me gustaría entrar en una escuela infantil, ir cogiendo experiencia. Después mi objetivo es formarme para trabajar con niños con necesidades especiales. Es difícil, pero siento que es mi vocación.

Encarnación asiente, aunque sigue observándola como quien calibra sus verdaderas intenciones.

No pretendo vivir a costa de Sergio añade Celia. Quiero ser independiente y aportar, también en lo económico. Pero sobre todo hacer algo que me llene, no solo ganar euros por ganar.

Es un punto de vista interesante Replica Encarnación, ladeando ligeramente la cabeza. Pero, ¿no te has planteado otra profesión, algo con más futuro? Con tu perfil, podrías probarte en ventas, marketing Ahí pagan bastante mejor.

Sergio va a responder, pero Celia le detiene con un gesto. Se siente fuerte y prefiere defender su postura ella misma.

¿Y usted, en qué trabaja? pregunta Celia, mirándola fijamente por primera vez.

La pregunta surge sincera y sin titubeos, sorprendiendo incluso a Celia.

Encarnación vacila, incómoda, pero se recompone.

Yo no trabajo fuera de casa. Mi marido nos mantiene bien y yo llevo la casa, superviso los temas familiares. Es un trabajo aunque no se pague oficialmente.

Entiendo asiente Celia con renovada seguridad. Entonces, ¿por qué si usted escogió no trabajar, yo he de buscar un puesto que no quiero solo por dinero? Yo no le estoy pidiendo a Sergio que me mantenga.

El silencio se instala en la sala. Encarnación no aparta los ojos de Celia, calibrándola de nuevo.

Mi marido me animó a dejar el trabajo. Podía ocuparse él solo de la economía familiar, ¿sabes? Y Sergio

Sergio se revuelve, incómodo por la tensión. Mira a su madre su cara es una máscara imperturbable y luego a Celia, que mantiene la cabeza alta.

Celia, tú entiendes empieza, inseguro. Mi madre se preocupa por nosotros. Quiere evitar problemas innecesarios, eso es todo.

Siente que Sergio se tambalea, y el dolor se le instala en el pecho. Hasta hace poco la apoyaba y ahora parece dudar, justo cuando más le necesita.

¿Quieres decir que estás de acuerdo con ella? pregunta, manteniendo la voz firme. ¿Crees que no debo dedicarme a lo que me gusta? ¿He de trabajar en algo que odio solo porque el salario sea más alto?

No digo eso titubea Sergio. Pero mamá tiene razón, hay que pensar en el futuro, en cómo nos las apañaremos económicamente

Encarnación le mira, complacida; su aprobación no necesita palabras. Se gira a Celia, que siente venir la siguiente pregunta:

Dime, Celia, ¿crees de verdad que Sergio debe renunciar a lo suyo? Él siempre ha soñado con ejercer de periodista, viajar, escribir reportajes No es solo un empleo, es lo que le llena. ¿Esperas que olvide su vocación para mantener a una familia?

Celia intenta responder pero Sergio se adelanta:

Mamá, yo

No, Sergio, contesta sinceramente le interrumpe Encarnación, clavando los ojos en él. ¿Estás dispuesto a sacrificar lo que te apasiona por esta chica? ¿Vas a renunciar a los viajes, las historias, a tu carrera por completo?

Se queda callado. Mira a Celia; ella contiene el dolor, dándole espacio para sincerarse. Dentro de él, la duda es inmensa: defender sus sueños o dar la razón a su madre.

Yo balbucea. No quiero dejar de soñar, pero tampoco perder a Celia. Creo que, con esfuerzo, podemos equilibrar ambas cosas. Quizás no haga tantos viajes como antes, pero podría continuar, y Celia estaría a mi lado, como yo con ella.

Encarnación suspira, resignada. Se echa atrás en el sillón, dejando claro que para ella el tema se ha dicho.

Qué curioso planteamiento irrumpe Celia, dolida por la falta de apoyo. O sea, ¿Sergio sacrificarse ni pensarlo, pero yo sí? ¿Tengo que encajar en un empleo insatisfactorio mientras él puede perseguir su sueño? No lo veo muy lógico.

Sergio baja la vista, nervioso, jugando con la tacita. Sus dedos tiemblan y la porcelana tintinea en el plato. No sabe qué decir.

Bueno quizá podamos hacer un poco de todo murmura por lo bajo.

Un poco de todo se burla Encarnación, cada vez más sarcástica. Sabes de sobra que eso no es viable. O te dedicas a fondo o nada.

Hace una pausa elocuente, mirando alternativamente a su hijo y a Celia. Todo sugiere experiencia y certeza: la vida es o blanco o negro.

Sergio traga saliva. Querría replicar, hablar de conciliación, pero su madre siempre logra reducirle a la infancia con una sola mirada.

Creo que por hoy basta concluye Encarnación, poniéndose en pie con la misma elegancia con la que hace todo. Ya anochece y esta zona se pone fea al caer el sol. Será mejor que te vayas a casa, Celia. Sergio, tenemos que hablar a solas, ahora.

No es una sugerencia, es una orden en tono cordial.

Sergio titubea:

Mamá, al menos acompaño a Celia hasta el metro

¡Ni se te ocurra! ataja Encarnación sin mirarle siquiera. No voy a poder dormir tranquila. Quédate aquí.

Sergio se rinde, los hombros hundidos, las manos inertes sobre las piernas. Sabe que replicar es perder el tiempo.

Lo siento, Celia musita sin levantar la vista. Mejor pide un Cabify, ¿vale? Así te marchas tranquila.

Celia asiente en silencio. No discute, no lleva la contraria. Apoya con suavidad la taza, coge su bolso y se pone en pie.

De acuerdo dice serenamente, aunque por dentro hierva de rabia. Entonces me voy.

Endereza la chaqueta, un gesto mecánico para recuperar la compostura. No intenta sonreír; ya no tiene sentido. Sólo desea marcharse de ese piso en el que todo subraya lo extraña que es allí.

Gracias por el té dice con corrección; su voz suena helada. Buenas noches.

Adiós responde Encarnación, apartando la mirada como si Celia no existiera.

Celia camina hacia la puerta, serena en apariencia, pero con el corazón atenazado. Al salir, mira atrás: Sergio sigue sentado, cabizbajo, sin moverse, sin buscar su mirada ni decir una palabra. Ese silencio es el golpe final.

Ya en la calle, Celia respira profundo; el aire fresco le ayuda a disipar parte de la tensión, aunque no la tormenta emocional. Indignación, tristeza y enfado se mezclan. Lo entiende todo: Sergio siempre priorizará a su madre, aunque eso implique ir en su contra.

Echa a andar por la acera; primero despacio, luego más deprisa, como huyendo de sus pensamientos. No puede dejar de repetirse: Ni me defendió, ni le dijo a su madre que respeta mi elección. Prefiere agradarla a ella antes que estar de mi lado. Aprieta los puños dentro de los bolsillos, resiste las ganas de llorar.

Llega a casa tras anochecer; la calle desierta y el asfalto húmedo bajo la luz de las farolas. Cierra la puerta tras de sí y, al descalzarse, se sienta en el banco de la entrada. Solo el silencio la envuelve y, al fin, puede relajarse.

Contemplando el vacío, Celia siente cómo la tormenta cede paso a una calma templada. Piensa que no es el fin del mundo, solo el final de una historia cuyo desenlace era lógico. Inhala, exhala. Mañana será otro día; hay oportunidades nuevas aguardando. Y sabe que podrá con lo que venga.

*******************

Al día siguiente, Celia ignora las llamadas de Sergio. El móvil vibra varias veces, pero ella sólo lo mira para volver a guardarlo sin aceptar. Necesita tiempo para sí misma, para clarificar sus deseos. Una sola cosa se le repite: incluso si siguen juntos, deberá rivalizar siempre con la madre de Sergio. Y él, siempre dividío.

Varios días repite rutina: va a clase, hace trabajos, se encuentra con compañeras, pero sin verdadera atención. Los pensamientos regresan al salón de la madre, a la falta de apoyo. La herida sigue abierta.

Pasan unos días. Al volver a casa del campus, reconoce una silueta junto al portal.

¡Celia! llama Sergio.

Se vuelve. Sergio la espera, ligeramente encogido, manos en los bolsillos. Su expresión es insegura, sin la resolución de antes. Se aproxima con miedo a que ella se marche sin escucharle.

Tenemos que hablar dice, sin mirarla directamente. Mi madre me habló claro Cree que no eres la indicada para mí.

Celia levanta una ceja, dolida pero calmada.

¿Y tú qué piensas? pregunta serena, sin temblar.

Sergio titubea, baja la mirada, busca palabras.

Es mi madre repite, como disculpa. Solo quiere lo mejor para mí. No quiero disgustarla.

No hay firmeza en su voz, ni decisión. Celia lo observa, preguntándose si de verdad piensa así o solo es incapaz de elegir.

¿Y tú quieres estar conmigo? pregunta, sin rodeos.

Sergio balbucea sin llegar a responder. Finalmente, suspira y baja los hombros, incapaz de ofrecerle lo que ella necesita.

Celia asiente, como confirmando una sospecha vieja. Sin discutir ni exigir, le da la espalda y entra en el portal.

Él la ve desaparecer y una sensación de vacío le recorre. No sabe si ha hecho lo correcto.

Esa tarde, Celia sale a dar un paseo corto. Hace fresco y la calle está tranquila, con las hojas y la lluvia del otoño llenando el aire de un olor limpio. Camina sin rumbo, hasta que de pronto sonríe. Ríe suave, casi liberada. Se detiene, mira las luces lejanas y comprende: aunque vengan dificultades, está preparada. No tiene que satisfacer a nadie más ni probar su valor. Es libre. Eso es lo más importante.

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MagistrUm
La ruptura por defecto — Todo saldrá bien —susurró Vova en voz baja, intentando que su tono sonara seguro. Inspiró hondo, exhaló y pulsó el timbre. La velada se presentaba complicada, pero ¿cómo podía ser de otra manera? Presentarse a los padres era siempre un trance… La puerta se abrió casi de inmediato. En el umbral estaba Doña Alejandra, impecable: el pelo peinado en un recogido perfecto, un vestido de corte sobrio, maquillaje suave en el rostro. Su mirada resbaló por Valeria, se detuvo un instante en la cesta de pastas y apretó apenas los labios, un gesto fugaz que no pasó desapercibido para Valeria. — Adelante —anunció Alejandra sin especial calidez en la voz, apartándose para dejarles pasar. Vova entró procurando no mirar a su madre. Valeria lo siguió, atravesando el umbral con cuidado. El piso, bañado en una luz íntima y una fragancia a sándalo, resultaba acogedor y, a la vez, exageradamente impecable: ni un objeto fuera de sitio, ni un libro dejado a medias ni una bufanda olvidada. Todo en su sitio, como clamando orden y control. Alejandra les llevó al salón: un espacio amplio presidido por una ventana larga oculta tras gruesas cortinas beige. En el centro, un sofá voluminoso tapizado en tela cara, junto a una mesita baja de madera oscura. Les indicó el sofá con un gesto educado. —¿Café o té? —preguntó, aún sin mirar a Valeria, con voz neutra y ceremonial. —Un té estaría bien, gracias —contestó Valeria, intentando que su voz sonara estable y cordial. Puso la cesta en la mesa, desató el lazo y abrió la tapa. El aroma de pastas recién hechas llenó la estancia—. He traído pastas. Las he hecho yo. Si le apetece probar… Alejandra sostuvo su mirada en la cesta un segundo y asintió. —Bien —musitó y fue a la cocina—. Ahora traigo el té. Cuando la madre salió, Vova se inclinó hacia Valeria y susurró: —Perdona. Ella es siempre así… tan reservada. —No pasa nada —sonrió Valeria, estrechando su mano—. Lo importante es que tú estés conmigo. Mientras Alejandra preparaba el té, el silencio se apoderó del ambiente. Valeria observó la decoración: lujosa, ordenada, y sin embargo distante, impersonal, como si fuera un piso piloto. Al poco, Alejandra reapareció con una bandeja: tazas de porcelana con dibujos florales, tetera de plata y un plato pequeño con las pastas ordenadas en círculo. Sirvió el té con parsimonia y se sentó en el sillón de enfrente, cruzándose de piernas. —Bien, Valeria —empezó, analizándola con escrutinio. Su mirada recorría cada detalle: el peinado, la expresión, cómo sujetaba la taza—. Tengo entendido que estudias, ¿educadora era? —Sí, curso tercero —Valeria luchó por parecer serena. Dejó la taza en la mesa para no mostrar que temblaba—. Me gusta tratar con niños, ayudarles a crecer, ver cómo aprenden es importante para mí. —¿Con niños? —Alejandra repitió con ligera ironía, enarcando una ceja—. Es admirable… aunque ya sabe que el sueldo de las educadoras es… modesto. Hoy en día hay que pensar en el futuro, en la estabilidad. Vova reaccionó enseguida: —Mamá, ¿otra vez con el dinero? Lo esencial es que a Valeria le apasiona su vocación. Lo demás se arreglará; el apoyo mutuo es más importante. Alejandra le lanzó una mirada de soslayo, pero no contestó de inmediato. Se limitó a probar el té, pesando las palabras. —Amar el trabajo es fabuloso —contestó al retomar la charla con Valeria—, pero la realidad es que a veces el amor no basta. ¿Ya has pensado en tu vida después de titularte? ¿Tienes objetivos para los próximos años? Valeria respiró hondo. Sentía que aquella pregunta era más un examen que simple curiosidad. —Por supuesto —afirmó con serenidad forzada—. Me gustaría empezar en una guardería; luego, quizá, me forme para trabajar con niños con necesidades especiales. Lo veo como una vocación, aunque sé que será difícil. Alejandra asintió, pensativa, escudriñando sus intenciones. —No tengo intención de depender de Vova —añadió la joven—. Quiero trabajar, crecer, ser independiente. Para mí es vital aportar, pero también realizarme. —Resulta una postura curiosa —dijo Alejandra, ladeando la cabeza—. ¿No has contemplado una profesión mejor pagada? Con tus aptitudes podrías, no sé, probar en ventas o marketing… Suelen pagar mucho más. Vova amagó intervenir, pero Valeria lo detuvo con un gesto. Intuía que ahora debía defenderse sola. —¿Y usted? ¿En qué trabaja? —preguntó de pronto, mirándola fijamente. Aquello tomó a Alejandra desprevenida. Vaciló un instante. —Yo… no trabajo —admitió—. Mi marido mantiene la familia. Llevo la casa, le ayudo, organizo. Es trabajo, aunque no se remunere. —Lo comprendo —dijo Valeria, reforzando su coraje—. Entonces, si usted eligió no trabajar, ¿por qué espera que yo anteponga el dinero a lo que me gusta? ¿Por qué debo sacrificar mis preferencias por un sueldo si ni siquiera pido que Vova me mantenga? Un silencio tenso inundó el salón. Alejandra observó a Valeria como si la revaluara por completo. —Mi marido me lo propuso —dijo finalmente—. Él podía mantenernos. Vova… El chico se removió incómodo; mirar a su madre nunca ayudaba. Cambió la vista a Valeria, que seguía con la cabeza erguida. —Valeria, entiendes que… —empezó inseguro, la voz temblando—. Mamá quiere lo mejor. Sólo quiere evitar problemas. Ella lo miró, atónita. De pronto, quien la defendía parecía dudar. —¿Estás de acuerdo con ella? —preguntó, esforzándose por sonar neutra—. ¿Crees también que no debo seguir lo que me hace feliz? ¿Que debo resignarme sólo por cobrar más? —No es exactamente eso —Vova se encogió de hombros—. Mamá tiene razón en que hay que pensar en el futuro y la estabilidad. No podemos vivir sólo el presente, hay gastos, compromisos… Alejandra lanzó una mirada satisfecha al hijo. Se giró hacia Valeria, con tono algo más suave pero igual de firme. —Dime, Valeria, ¿realmente piensas que mi hijo debe renunciar a su pasión? Siempre quiso ser periodista, viajar… No es un trabajo, es su vocación. ¿Va a renunciar a eso para mantener una familia? Valeria quiso responder, pero Vova se adelantó: —Mamá, yo… —Vova, contesta sinceramente —le cortó Alejandra—. ¿Renunciarías a tus sueños por ella? ¿Dejarías tus viajes y la escritura? Él enmudeció. En los ojos de Valeria había dolor, pero ella permaneció callada. —No quiero dejar de lado mis sueños. Pero tampoco perder a Valeria —balbuceó él—. Creo que podemos hallar un equilibrio. No será fácil, pero lo lograremos juntos. Alejandra suspiró, pero ya no replicó. Se reclinó, dando a entender que había terminado. —Curiosa perspectiva —se rió Valeria, viendo que su pareja no intervenía—. O sea, ¿Vova no debe sacrificar sus sueños, pero yo sí? ¿Debo buscar trabajo bien pagado y él disfrutar de la vida? Suena incoherente, ¿no creen? Vova agachó la cabeza, los dedos temblorosos aferrados a la taza. —Supongo que habrá que combinarlo todo como se pueda… —murmuró. —¿Combinarlo?—repitió Alejandra, un deje de sarcástica certeza en la voz—. Sabes que eso es una ilusión. O es la profesión, o… Se interrumpió, volviendo la mirada de uno a otro. Vova tragó saliva. Sabía que discutir nunca servía con su madre. —Bien, creo que es suficiente por hoy —sentenció Alejandra levantándose airosa—. Ya está anocheciendo y últimamente el barrio está intranquilo. Valeria, mejor vete. Vova, tenemos que hablar. ¡Ahora! No era una sugerencia, sino una orden. —Mamá, ¿puedo acompañar a Valeria siquiera a la parada? —intentó él. —¡Ni pensarlo! —cortó ella sin mirarle—. Me dejarías preocupada. Quédate. Vova se hundió en el sillón. Discutir era inútil. —Perdona, Valeria —susurró sin atreverse a mirarla—. Creo que será mejor así. Mejor coge un taxi, ¿vale? Ella asintió en silencio. Depositó la taza con delicadeza y se puso en pie. —De acuerdo —dijo tranquila aunque sentía hervir la sangre por dentro—. Me voy entonces. Se ajustó el jersey, como si necesitara ese gesto para tomar fuerzas. Ya no intentó sonreír; lo único que quería era irse cuanto antes de aquel piso tan ordenado como ajeno. —Gracias por el té —dijo con educación, dejando entrever cierta frialdad. —Adiós —respondió Alejandra, sin mirarla siquiera. Valeria fue hacia la puerta despacio, pero dentro de sí todo era una tormenta. Al mirar atrás vio a Vova encorvado, la cabeza gacha. No la detuvo, ni dijo nada: su silencio fue definitivo. Salió a la calle y respiró aire fresco, que alivió algo la tensión aunque no borró la mezcla de rabia y decepción. Ya todo era evidente: para Vova, la madre siempre sería lo primero. Empezó a andar, cada vez más deprisa, como huyendo de esos pensamientos. “Ni siquiera intentó defenderme. Prefiere complacerla antes que darme apoyo.” Se le aceleró el paso, el pulso, pero ya las lágrimas no brotaban. Al llegar a casa, cerró la puerta despacio y se sentó en el recibidor. Allí, por fin, se permitió relajarse y dejar de fingir entereza. Comprendía que no era el fin del mundo, solo el final de una historia. Respiró hondo: un nuevo día traería nuevas oportunidades. Y estaba segura de que saldría adelante. ********************* Al día siguiente no contestó las llamadas de Vova. Necesitaba espacio. Sabía que, aunque siguieran, siempre competiría con la madre y que cada decisión pasaría por ese filtro. La idea era descorazonadora. Pasó la semana a su ritmo, absorta en los estudios y sus quehaceres, aunque en automático. Los recuerdos de la última charla y el silencio de Vova volvían una y otra vez. Una tarde, al volver a casa, le vio esperándola al portal. —Valeria… Él se acercó, encorvado y con aspecto apocado. —Tenemos que hablar —titubeó, sin mirarla a los ojos—. Mi madre dice que no eres adecuada para mí. A Valeria le dolió, pero guardó la compostura. —¿Y tú qué piensas? —preguntó. Vova dudó antes de contestar, rehuyendo la mirada. —Bueno… es mi madre. No quiero que sufra. Aquello no era una explicación, sino un débil intento de excusa. —¿Entonces lo aceptas? —insistió Valeria, aunque intuía la respuesta. —No digo que lo acepte —replicó—, pero es mi familia. No puedo darle la espalda. Guardaron silencio. Ella comprendía: nada iba a cambiar. —¿Pero quieres estar conmigo? —preguntó directamente. Él no contestó. Solo bajó los hombros, incapaz de decidirse. Valeria asintió, confirmando lo que ya intuía. Se giró, subió al portal y lo dejó allí. Esa noche, paseó por una calle solitaria. El aire olía a otoño y a libertad. De repente, se rió. Una risa ligera, espontánea. Comprendió que, aunque la vida trajera dificultades, podía afrontarlas. Ya no sentía la necesidad de amoldarse a expectativas ajenas. Era libre. Y eso era lo esencial.