Ruptura por defecto
Todo irá bien susurra Sergio, esforzándose por sonar convencido. Inspira hondo, suelta el aire, y pulsa el timbre. Sabe que la velada será complicada, pero ¿quién dijo que conocer a los padres fuera sencillo?
La puerta se abre de inmediato. En el umbral se encuentra Encarnación Muñoz. Va impecable: el pelo recogido en un moño perfecto, un vestido entallado color burdeos, maquillaje sutil. Su mirada pasa de Celia a la cestita de pastas, y aprieta con discreción los labios. Apenas un gesto, fugaz, pero suficiente para que Celia lo capte.
Adelante dice Encarnación con voz neutra, apartándose un paso.
Sergio entra intentando esquivar la mirada materna; Celia le sigue, cruzando el umbral con cautela. El piso les acoge con una luz tenue y un suave perfume a incienso de sándalo. Todo está ordenado en exceso, ningún libro abandonado en el sofá, ni un pañuelo olvidado en la entrada. Cada objeto reposa en su lugar, transmitiendo una obsesión por el control.
Encarnación los guía al salón: una estancia amplia con un gran ventanal cubierto por cortinas crema. En el centro, un sofá de diseño cubierto por tapicería de lino caro y cerca, una mesa baja de nogal. Con un gesto, les indica que se sienten.
¿Queréis té? ¿Café? pregunta, aún sin mirar a Celia. Su voz parece recitar una obligación, no una bienvenida.
Un poco de té, por favor responde Celia, procurando sonreír. Deja la cesta en la mesa, desata la cinta y descubre el interior. El aroma del hojaldre recién horneado impregna la sala. He traído pastas. Las hice yo misma, si os apetece probarlas
Encarnación observa la cesta, asiente y dice:
Muy bien. Ahora mismo preparo el té.
Mientras ella va a la cocina, Sergio se inclina y susurra:
Perdona. Mi madre es así Un poco reservada.
No pasa nada responde Celia, apretando su mano. Lo importante es que estamos juntos.
Durante la ausencia de Encarnación, el silencio inunda la sala. Celia observa el ambiente: todo transmite clase y orden, aunque le resulta frío, como un piso piloto.
Pronto Encarnación regresa con una bandeja. Sobre ella, tazas de porcelana decoradas con flores, una tetera plateada y los dulces, perfectamente dispuestos. Sirve el té con movimientos pausados y se sienta frente a ellos, cruzando las manos en el regazo.
A ver, Celia empieza, escudriñando su rostro y gestos. Sergio me ha comentado que estudias ¿Magisterio infantil?
Sí, estoy en tercero contesta Celia, dejando la taza para que no le tiemble entre las manos. Me encanta trabajar con niños. Creo que es un trabajo imprescindible, contribuyes a que crezcan y aprendan.
¿Con niños? repite Encarnación, con una leve ironía en su ceja. Es una labor loable, sí Pero, ¿sabes que el sueldo de una maestra en España es modesto? Hoy día hay que pensar en el futuro, en la estabilidad.
Sergio interviene, agitado:
Mamá, ¿de verdad hace falta hablar de dinero? Celia ama lo que hace, y eso es lo importante. El dinero ya llegará. Lo fundamental es apoyarse mutuamente.
Encarnación le lanza una mirada, pero no responde de inmediato. Bebe té con calma, midiendo las palabras.
Amar tu profesión está bien dice, mirando ahora a Celia. Pero la realidad es que a veces con amor no basta. ¿Ya sabes dónde quieres trabajar al acabar la carrera? ¿Tienes planes concretos?
Celia respira hondo y mantiene la serenidad.
Sí, me gustaría entrar en una escuela infantil, ir cogiendo experiencia. Después mi objetivo es formarme para trabajar con niños con necesidades especiales. Es difícil, pero siento que es mi vocación.
Encarnación asiente, aunque sigue observándola como quien calibra sus verdaderas intenciones.
No pretendo vivir a costa de Sergio añade Celia. Quiero ser independiente y aportar, también en lo económico. Pero sobre todo hacer algo que me llene, no solo ganar euros por ganar.
Es un punto de vista interesante Replica Encarnación, ladeando ligeramente la cabeza. Pero, ¿no te has planteado otra profesión, algo con más futuro? Con tu perfil, podrías probarte en ventas, marketing Ahí pagan bastante mejor.
Sergio va a responder, pero Celia le detiene con un gesto. Se siente fuerte y prefiere defender su postura ella misma.
¿Y usted, en qué trabaja? pregunta Celia, mirándola fijamente por primera vez.
La pregunta surge sincera y sin titubeos, sorprendiendo incluso a Celia.
Encarnación vacila, incómoda, pero se recompone.
Yo no trabajo fuera de casa. Mi marido nos mantiene bien y yo llevo la casa, superviso los temas familiares. Es un trabajo aunque no se pague oficialmente.
Entiendo asiente Celia con renovada seguridad. Entonces, ¿por qué si usted escogió no trabajar, yo he de buscar un puesto que no quiero solo por dinero? Yo no le estoy pidiendo a Sergio que me mantenga.
El silencio se instala en la sala. Encarnación no aparta los ojos de Celia, calibrándola de nuevo.
Mi marido me animó a dejar el trabajo. Podía ocuparse él solo de la economía familiar, ¿sabes? Y Sergio
Sergio se revuelve, incómodo por la tensión. Mira a su madre su cara es una máscara imperturbable y luego a Celia, que mantiene la cabeza alta.
Celia, tú entiendes empieza, inseguro. Mi madre se preocupa por nosotros. Quiere evitar problemas innecesarios, eso es todo.
Siente que Sergio se tambalea, y el dolor se le instala en el pecho. Hasta hace poco la apoyaba y ahora parece dudar, justo cuando más le necesita.
¿Quieres decir que estás de acuerdo con ella? pregunta, manteniendo la voz firme. ¿Crees que no debo dedicarme a lo que me gusta? ¿He de trabajar en algo que odio solo porque el salario sea más alto?
No digo eso titubea Sergio. Pero mamá tiene razón, hay que pensar en el futuro, en cómo nos las apañaremos económicamente
Encarnación le mira, complacida; su aprobación no necesita palabras. Se gira a Celia, que siente venir la siguiente pregunta:
Dime, Celia, ¿crees de verdad que Sergio debe renunciar a lo suyo? Él siempre ha soñado con ejercer de periodista, viajar, escribir reportajes No es solo un empleo, es lo que le llena. ¿Esperas que olvide su vocación para mantener a una familia?
Celia intenta responder pero Sergio se adelanta:
Mamá, yo
No, Sergio, contesta sinceramente le interrumpe Encarnación, clavando los ojos en él. ¿Estás dispuesto a sacrificar lo que te apasiona por esta chica? ¿Vas a renunciar a los viajes, las historias, a tu carrera por completo?
Se queda callado. Mira a Celia; ella contiene el dolor, dándole espacio para sincerarse. Dentro de él, la duda es inmensa: defender sus sueños o dar la razón a su madre.
Yo balbucea. No quiero dejar de soñar, pero tampoco perder a Celia. Creo que, con esfuerzo, podemos equilibrar ambas cosas. Quizás no haga tantos viajes como antes, pero podría continuar, y Celia estaría a mi lado, como yo con ella.
Encarnación suspira, resignada. Se echa atrás en el sillón, dejando claro que para ella el tema se ha dicho.
Qué curioso planteamiento irrumpe Celia, dolida por la falta de apoyo. O sea, ¿Sergio sacrificarse ni pensarlo, pero yo sí? ¿Tengo que encajar en un empleo insatisfactorio mientras él puede perseguir su sueño? No lo veo muy lógico.
Sergio baja la vista, nervioso, jugando con la tacita. Sus dedos tiemblan y la porcelana tintinea en el plato. No sabe qué decir.
Bueno quizá podamos hacer un poco de todo murmura por lo bajo.
Un poco de todo se burla Encarnación, cada vez más sarcástica. Sabes de sobra que eso no es viable. O te dedicas a fondo o nada.
Hace una pausa elocuente, mirando alternativamente a su hijo y a Celia. Todo sugiere experiencia y certeza: la vida es o blanco o negro.
Sergio traga saliva. Querría replicar, hablar de conciliación, pero su madre siempre logra reducirle a la infancia con una sola mirada.
Creo que por hoy basta concluye Encarnación, poniéndose en pie con la misma elegancia con la que hace todo. Ya anochece y esta zona se pone fea al caer el sol. Será mejor que te vayas a casa, Celia. Sergio, tenemos que hablar a solas, ahora.
No es una sugerencia, es una orden en tono cordial.
Sergio titubea:
Mamá, al menos acompaño a Celia hasta el metro
¡Ni se te ocurra! ataja Encarnación sin mirarle siquiera. No voy a poder dormir tranquila. Quédate aquí.
Sergio se rinde, los hombros hundidos, las manos inertes sobre las piernas. Sabe que replicar es perder el tiempo.
Lo siento, Celia musita sin levantar la vista. Mejor pide un Cabify, ¿vale? Así te marchas tranquila.
Celia asiente en silencio. No discute, no lleva la contraria. Apoya con suavidad la taza, coge su bolso y se pone en pie.
De acuerdo dice serenamente, aunque por dentro hierva de rabia. Entonces me voy.
Endereza la chaqueta, un gesto mecánico para recuperar la compostura. No intenta sonreír; ya no tiene sentido. Sólo desea marcharse de ese piso en el que todo subraya lo extraña que es allí.
Gracias por el té dice con corrección; su voz suena helada. Buenas noches.
Adiós responde Encarnación, apartando la mirada como si Celia no existiera.
Celia camina hacia la puerta, serena en apariencia, pero con el corazón atenazado. Al salir, mira atrás: Sergio sigue sentado, cabizbajo, sin moverse, sin buscar su mirada ni decir una palabra. Ese silencio es el golpe final.
Ya en la calle, Celia respira profundo; el aire fresco le ayuda a disipar parte de la tensión, aunque no la tormenta emocional. Indignación, tristeza y enfado se mezclan. Lo entiende todo: Sergio siempre priorizará a su madre, aunque eso implique ir en su contra.
Echa a andar por la acera; primero despacio, luego más deprisa, como huyendo de sus pensamientos. No puede dejar de repetirse: Ni me defendió, ni le dijo a su madre que respeta mi elección. Prefiere agradarla a ella antes que estar de mi lado. Aprieta los puños dentro de los bolsillos, resiste las ganas de llorar.
Llega a casa tras anochecer; la calle desierta y el asfalto húmedo bajo la luz de las farolas. Cierra la puerta tras de sí y, al descalzarse, se sienta en el banco de la entrada. Solo el silencio la envuelve y, al fin, puede relajarse.
Contemplando el vacío, Celia siente cómo la tormenta cede paso a una calma templada. Piensa que no es el fin del mundo, solo el final de una historia cuyo desenlace era lógico. Inhala, exhala. Mañana será otro día; hay oportunidades nuevas aguardando. Y sabe que podrá con lo que venga.
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Al día siguiente, Celia ignora las llamadas de Sergio. El móvil vibra varias veces, pero ella sólo lo mira para volver a guardarlo sin aceptar. Necesita tiempo para sí misma, para clarificar sus deseos. Una sola cosa se le repite: incluso si siguen juntos, deberá rivalizar siempre con la madre de Sergio. Y él, siempre dividío.
Varios días repite rutina: va a clase, hace trabajos, se encuentra con compañeras, pero sin verdadera atención. Los pensamientos regresan al salón de la madre, a la falta de apoyo. La herida sigue abierta.
Pasan unos días. Al volver a casa del campus, reconoce una silueta junto al portal.
¡Celia! llama Sergio.
Se vuelve. Sergio la espera, ligeramente encogido, manos en los bolsillos. Su expresión es insegura, sin la resolución de antes. Se aproxima con miedo a que ella se marche sin escucharle.
Tenemos que hablar dice, sin mirarla directamente. Mi madre me habló claro Cree que no eres la indicada para mí.
Celia levanta una ceja, dolida pero calmada.
¿Y tú qué piensas? pregunta serena, sin temblar.
Sergio titubea, baja la mirada, busca palabras.
Es mi madre repite, como disculpa. Solo quiere lo mejor para mí. No quiero disgustarla.
No hay firmeza en su voz, ni decisión. Celia lo observa, preguntándose si de verdad piensa así o solo es incapaz de elegir.
¿Y tú quieres estar conmigo? pregunta, sin rodeos.
Sergio balbucea sin llegar a responder. Finalmente, suspira y baja los hombros, incapaz de ofrecerle lo que ella necesita.
Celia asiente, como confirmando una sospecha vieja. Sin discutir ni exigir, le da la espalda y entra en el portal.
Él la ve desaparecer y una sensación de vacío le recorre. No sabe si ha hecho lo correcto.
Esa tarde, Celia sale a dar un paseo corto. Hace fresco y la calle está tranquila, con las hojas y la lluvia del otoño llenando el aire de un olor limpio. Camina sin rumbo, hasta que de pronto sonríe. Ríe suave, casi liberada. Se detiene, mira las luces lejanas y comprende: aunque vengan dificultades, está preparada. No tiene que satisfacer a nadie más ni probar su valor. Es libre. Eso es lo más importante.







