La ronda matutina En la puerta del ascensor, alguien había pegado de nuevo un folio con celo: «NO DEJÉIS LAS BOLSAS JUNTO AL TUBO DE LA BASURA». El celo ya apenas se sostenía, el papel se doblaba por las esquinas. La luz del rellano parpadeaba, y por eso el mensaje parecía unas veces tajante, otras desvaído, como el tono del chat de vecinos. Nuria Sánchez sostenía las llaves en la mano y escuchaba cómo, tras la pared del sexto piso, una taladradora buscaba su nota, se perdía, volvía a empezar. No le molestaba el ruido en sí. Era otra cosa: cada vez, todo terminaba en juicio vecinal. Alguien escribía con mayúsculas en el chat, otro contestaba con sarcasmo, otro enviaba foto de zapatos ajenos en el portal como prueba de la decadencia moral. Todo eso parecía exigir su participación, aunque hace tiempo que ella solo quería una cosa: silencio en la cabeza. Subió a su piso, dejó la bolsa de la compra en la mesa de la cocina, sin quitarse el abrigo, y abrió el chat. Arriba, un mensaje: «¿QUIÉN HA APARCADO ESTA NOCHE EN EL PARQUE INFANTIL?», seguido de una foto de una rueda invadiendo el bordillo. Después, alguien añadía: «Y QUIÉN NI SALUDA EN EL PORTAL». Nuria Sánchez pasó los mensajes, sintiendo cómo la vieja oleada de irritación crecía en su pecho, y de pronto se sorprendió pensando: estaba cansada de ser testigo de los líos ajenos. Cansada también de su facilidad para echar leña al fuego, aunque fuese en silencio. A la mañana siguiente se despertó temprano, no por haber dormido suficiente. Simplemente el cuerpo, como un despertador viejo, sonaba sin preguntar. La habitación estaba fresca, los radiadores siseaban. Se puso una chaqueta deportiva, encontró en el recibidor las zapatillas que compró «para andar» y apenas usó, y salió al descansillo. Allí olía a portal, como siempre: un poco a polvo, a pintura de las viejas barandillas y a algo neutro, mejor no describir. Junto al ascensor se paró y miró el tablón de anuncios. Había impresos sobre la inspección de los contadores, un gato perdido, «junta de propietarios». Nuria sacó de su bolso el folio que preparó la noche anterior y lo fijó con chinchetas: «Paseos matutinos alrededor del barrio. Sin charla, sin compromiso. Quien quiera, a las 7:15 en el portal. Simplemente andar una vuelta y cada uno a lo suyo. N. S.». Le sorprendió lo fácil que le salió. Ni «vamos a ser amigos», ni «hay que ser humanos» —solo, pasos. A las 7:12 ya estaba junto a la puerta principal, tras comprobar que había apagado el gas y cerrado las ventanas. En la mano, llaves y móvil; en la cabeza, un gorro. Imaginó que pasaría un minuto y acabaría marchándose, disimulando que «era su plan». La puerta del portal se cerró de golpe y salió una mujer de unos cuarenta y cinco, pelo recogido y cara de quien va preparada para el dolor. —¿Usted… por el anuncio? —preguntó, ajustándose la bufanda. —Sí —respondió Nuria—. Soy Nuria. —Soy Isabel. Me duele la espalda, el médico me mandó andar. Pero sola es aburrido —confesó la mujer, y añadió, excusándose—: No soy habladora. —Y no hace falta —contestó Nuria. Al minuto, apareció un hombre, algo encorvado, abrigo oscuro. Asintió, las miró como quien no sabe si debe saludar, y aun así dijo: —Buenos días. Soy Javier. Del quinto. —Del sexto —corrigió automáticamente Nuria, porque sabía quién vivía dónde. Y se sorprendió: el impulso de clasificarlo todo seguía ahí. Javier sonrió: —Pues del sexto, me equivoqué. El cuarto en llegar fue un hombre alto de unos sesenta, gorro deportivo, andar que delataba pasado en el estadio. No preguntó nada, se puso a su lado. —Víctor —dijo escueto—. Yo ya paseo por las mañanas. Pensé que era el único. A las 7:16 salieron. Nuria eligió una ruta simple: alrededor del barrio, pasando por el supermercado, cruzando el patio de la finca de al lado, bordeando el cole y de vuelta. Bajo los pies, nieve apelmazada, algunas zonas resbalaban. Se respiraba frío y los primeros minutos reinaron el silencio, cada uno atento a sus propios pasos. Nuria sintió primero la resistencia del cuerpo y luego cómo se adaptaba. En su cabeza, habitualmente llena de reproches ajenos, se hacía un hueco en blanco, no aterrador, sino útil, como una página en limpio. En la esquina, Javier comentó: —Pensé que era broma lo de «sin hablar». Aquí siempre hay conversaciones. —Si apetece, se puede —dijo Nuria—. Pero sin debates. Isabel se rió bajito, luego hizo una mueca y se llevó la mano a la espalda. —¿Vas bien? —le preguntó Nuria. —Se aguanta. Lo importante es no parar de golpe. Víctor andaba como contando los pasos. Al volver dijo: —Bien. Sin asambleas. Simplemente andar. Volvieron a las 7:38. Al llegar al portal, hubo un instante incómodo, como después de una reunión breve. —¿Mañana? —preguntó Isabel. —Si salís… —dijo Nuria. —Saldré —dijo Javier y alzó la mano como despedida. Al día siguiente, eran tres. Víctor no vino, pero apareció la vecina del cuarto, Carmen, poco más de cuarenta, plumífero colorido y mirada de quien viene a comprobar si esto es una secta. —Solo voy a mirar —soltó, sin presentarse. —Mira tranquila —respondió Nuria, echando a andar, sin explicar reglas. Carmen anduvo junto a Javier y no dijo palabra. En la segunda vuelta, una semana después, ya comentaba sobre «estas uniones». Luego, sobre colectas de dinero, sobre rivales si no se paga. Javier opinó lo mismo. Nuria no preguntó nada tras oír la alusión a un divorcio; sabía que la pena ajena era fácil conversación y fácil munición para el grupo. Los paseos se mantuvieron por repetición. A las 7:15 salían, a las 7:40 se disolvían. A veces faltaba alguien, luego volvía. Isabel traía agua, Javier un día vino sin gorro y refunfuñó todo el trayecto pero no se fue. Carmen al principio aparte, después andando al lado. Lo curioso fue el efecto en el portal. Nuria notó que la gente saludaba más. No por obligación, sino porque por la mañana ya se habían visto sin la coraza habitual. Una tarde, volviendo de la seguridad social, cansada, encontró a Víctor en el ascensor, peleando con el botón atascado. —¿No funciona? —Sí, pero hay que apretarlo con ganas. Lo hizo y subió. En el ascensor, Víctor dijo de pronto: —Gracias por lo de caminar. Pensé que ya no tenía con quién. Ahora… bien. Nuria asintió; sintió calor dentro, pero no se permitió endulzarlo. Solo pensó: alguien se siente mejor. Empezaron a surgir pequeños favores espontáneos. Un día, Javier avisó con la mano a Isabel que se le desataba el cordón. Luego ella lo agradeció en el chat, sin nombres pero con sonrisa. Carmen un día llevó sal para los escalones y dijo: —No es para todos, solo para mí. No me quiero matar bajando. —Gracias igualmente —contestó Nuria. Echaron la sal juntas; luego Carmen refunfuñó algo y dijo: —Bueno, ya que estáis… En el chat disminuyó el uso de mayúsculas. No desapareció, pero sí bajó. Seguían los temas de basura y aparcamientos, pero de vez en cuando se leía: «Hablemos sin gritos, se puede arreglar». Y sonaba menos a consigna y más a recordatorio de que se puede hablar normal. El problema llegó a final de noviembre. En el sexto empezaron obras en la casa de Alex, un joven con perro. No era su primer arreglo, pero el taladro esta vez sonaba por la noche. El chat estalló: «Ya está bien», «Que hay niños», «¿Es que le da igual?», y Carmen sentenció: «Sé quién es. Siempre igual. Le da todo igual». En la caminata de la mañana, Isabel estaba tensa, cada paso le dolía por fuera y por dentro. —Es él —dijo al pasar junto al colegio—. Encima de mi piso. Ayer hasta las diez. Luego me tumbé y seguía oyendo la taladradora por dentro. Javier murmuró: —Por ley, hasta las once puede, si no sobrepasa los decibelios… —No me hables de la ley —cortó Isabel—. No hablo de la ley. Hablo de respeto. Carmen, siempre sarcástica, estaba seria: —Hay que presionarle. Si no, no se entera. Juntar firmas, avisar al presidente. Que lo sepa. Nuria sintió miedo, no del ruido, sino de lo rápido que el grupo se transformaba en «nosotros contra él». —Firmas después —dijo—. Primero hablar. —¿Con él? —Carmen se paró—. ¿En serio? Si… —Es una persona —respondió Nuria—. No somos una comisión. Javier la miró fijamente: —¿Quieres ir tú? Nuria no quería. Quería simplemente que cesara el ruido. Pero si convertían el grupo en tribunal, los paseos matutinos se volverían asamblea de quejas y la cosa se rompería. —Hablo yo —dijo—. Pero necesito a alguien más. Sin multitud. Javier asintió. —Voy contigo. Esa tarde, subieron al sexto. Nuria había escrito antes un privado a Alex: «¿Podemos hablar un momento? Soy Nuria, del portal». En diez minutos Alex contestó: «Sí, pasa, estoy en casa». En la puerta, bolsas de escombros, bien atadas. No una montaña de basura. Nuria tocó. Silencio del taladro. Alex abrió, en camiseta, manos polvorientas. El perro asomó y volvió rápido. —Hola —dijo, tenso—. ¿Qué pasa? —Venimos en son de paz —dijo Nuria, notando lo absurdo de la frase—. Tenemos una petición. Sobre las obras. Javier callaba, pero estaba. —Procuro terminar a las nueve —dijo deprisa Alex—. Pero la empresa no puede por las mañanas, y yo tengo que hacerlo tras trabajar. —Lo entendemos —explicó Nuria—. Solo que encima vive Isabel, tiene la espalda mal, necesita descansar. Y después de las diez, es mucho. Alex suspiró. —No sabía lo de la espalda. Pensé que simplemente… se quejaba el chat, pero a la cara nadie. Nuria sintió una punzada de vergüenza. En persona se hablaba poco. —Hagamos esto —propuso—. Di qué días necesitas trabajar tarde. El resto, termina antes. Y lo de la basura, no la dejes por la noche. Alex miró los sacos. —Mañana los saco en el coche —aseguró—. No me gusta dejarlos aquí. Hoy ya es tarde. —Bien —dijo Javier—. ¿Y el horario? Alex rasco la nuca: —Hasta las nueve garantizado. Algún día hasta las nueve y media. Si me urge, lo aviso en el chat con tiempo y no más de una vez por semana. Nuria asintió. —Y otra cosa. Tu perro, normal, pero por la noche ladra… Alex se ruborizó. —Es cuando me voy. La echo de menos. Le buscaré algo para que no aúlle. Si hay problema, decídmelo… pero no lo pongáis en el chat directamente, ¿vale? Se marcharon, y en la escalera Javier comentó bajito: —Es majo. Solo joven y solo. —Todos aquí estamos solos a nuestra manera —contestó Nuria, asombrada de oírse decir eso. Al día siguiente, Alex puso en el chat: «Vecinos, haré obras hasta las 21:00. Si necesito más, aviso. Basura la saco mañana». Algunos reaccionaron, otros callaron. Carmen posteó: «Veremos». Sin mayúsculas. En el paseo siguiente, Carmen llegó con cara de piedra. —¿Y bien? —preguntó—. ¿Hablasteis? —Sí —respondió Nuria—. Aceptó hasta las nueve y avisar. —¿Eso es todo? —esperaba un triunfo, confirmar su método. —Eso es todo —dijo Nuria—. No hay que ganar. Carmen bufó, siguió andando. Al rato soltó, sin mirar: —Bueno. Si molesta, escribo igual. —Escribe —aceptó pacífica Nuria—. Pero primero a él. Isabel, a su lado, murmuró de pronto: —Gracias por no convertirlo en linchamiento. Yo no aguantaría también eso. Nuria sintió un nudo en la garganta. Inspiró —el aire frío lo disolvió. A la semana, Víctor ya no venía. Nuria le vio junto a los buzones. —¿Ha dejado de venir? —Rodilla —dijo—. El médico me manda parar. —Vaya —respondió. —Os veo pasar por la ventana. Es como si estuviera. Le hizo gracia y le enterneció a la vez. Llegando la Nochevieja, los paseos eran ya costumbre de tres: Nuria, Isabel y Javier. Carmen venía a días, luego desaparecía, luego volvía, comprobando si aquello se había disuelto. Alex salió alguna vez, por desfogarse. Caminaba en silencio, pisando la nieve, marchándose el primero. El portal no era perfecto. Las bolsas seguían apareciendo. Alguien seguía aparcando mal. En el chat, a veces volvían las viejas voces. Pero ahora, para Nuria, en el edificio había no solo crispación, sino memoria de cómo podía ser de otra forma. En enero, una de tantas mañanas, salió a las 7:14. Javier ya estaba, abrochándose el abrigo. Levantó la cabeza: —Buenos días, Nuria. —Buenos, Javier. Isabel llegó, pisando despacio el escalón espolvoreado de sal. —Buenos días. Hoy la espalda aguanta —sonrió, pequeña victoria. Por la puerta salió Carmen, somnolienta, sin su filo habitual. —Voy con vosotras. Pero nada de hablar del chat —murmuró. —Hecho —dijo Nuria. Empezaron a caminar. Los pasos se acompasaron: no perfectos, pero firmes. En la esquina, Javier sujetó a Isabel al resbalar; lo hizo tan natural que nadie dio las gracias. Al volver, junto al portal, estaba Alex con el perro. Asintió. —Buenos días. Saldré más tarde, voy al trabajo. Por cierto… gracias por venir a hablar bien aquel día. Nuria asintió. —Vivimos aquí —dijo. No sonaba a lema. Era solo un hecho, que por fin había dejado de ser motivo para la guerra.

Círculo matinal

Alguien había pegado una nota en la puerta del ascensor con celo barato: NO DEJÉIS BOLSAS JUNTO AL CONTENEDOR. El celo amenazaba con despegarse, el papel ya se doblaba por las esquinas. La luz del vestíbulo parpadeaba, haciendo que el mensaje pareciera ora tajante, ora casi difuminado, como el ánimo del chat de la comunidad.

Milagros Fernández estaba allí, llaves en mano, escuchando cómo detrás de la pared, en el sexto, un taladro afinaba una nota, la perdía y la retomaba. No era el ruido en sí lo que le molestaba. Era otra cosa: la certeza de que todo terminaría en juicio vecinal. Alguien escribiría en el chat en mayúsculas, otro respondería con ironía, un tercero mandaría la foto de unos zapatos ajenos junto a una puerta como prueba del declive moral. Y aquello, inevitablemente, parecía exigir su participación, cuando en realidad Milagros sólo ansiaba una cosa: silencio en la cabeza.

Subió con su compra sin quitarse el abrigo, la dejó sobre la mesa de la cocina y abrió el chat. Arriba flotaba el mensaje: ¿QUIÉN APARCÓ DE MADRUGADA EN EL PARQUE INFANTIL?. Le seguía foto de una rueda sobre el bordillo. Otro: Y QUIÉN NI SIQUIERA SALUDA EN EL PORTAL. Milagros fue bajando los mensajes y sintió aquella ola de irritación querida por costumbre, hasta que se sorprendió pensando: estaba cansada de ser testigo de las trifulcas de otros. Y más aún, de su propia predisposición a echar leña, aun callada.

La mañana siguiente se despertó temprano, no por descanso, sino por ese viejo resorte corporal que actúa como reloj sin permiso. Había fresco en la habitación, los radiadores susurraban. Se puso el chándal, encontró en la entrada unas zapatillas deportivas compradas para andar y casi sin estrenar, y salió a la escalera. Allí olía como siempre: una mezcla de polvo, pintura seca y ese indefinible aroma a edificio antiguo.

Se detuvo junto al ascensor y miró el tablón de anuncios: avisos de revisión de contadores, un gato perdido, reunión de propietarios. Milagros sacó de su bolsa la hoja preparada la víspera y la fijó cuidadosamente con chinchetas:

Paseos matutinos alrededor de la manzana. Sin charlas ni compromisos. Quien quiera, a las 7:15 en el portal. Dar la vuelta y dispersarse. Milagros F.

A ella misma le sorprendió lo fácil que había resultado escribirlo. No era hagamos amistad, ni debemos ser humanos, sólo pasos.

A las 7:12 ya estaba en la puerta, comprobando si el gas y las ventanas estaban cerrados. Llevaba llaves, móvil, gorro de lana. Creía que esperaría un minuto y luego fingiría que irse así era lo previsto.

La puerta dio un portazo y al rellano salió una mujer de unos cuarenta y cinco, el cabello recogido y la expresión de quien espera el dolor de antemano.

¿Por el anuncio? preguntó, tocándose la bufanda.

Sí, soy Milagros.

Marisol. Tengo la espalda El médico me dijo que anduviera, pero sola me aburro confesó, y se apresuró: No soy habladora.

No hace falta respondió Milagros.

Al minuto apareció un hombre algo encorvado, de chaqueta oscura. Saludó con un leve gesto, mirándolas como si dudase de si debía saludar, pero al final sí:

Buenos días. Julio. Del quinto.

Yo del sexto corrigió al instante Milagros, pues sabía muy bien quién vivía dónde. Y se sorprendió: esa obsesión por el orden.

Julio sonrió de medio lado.

Del sexto, tienes razón.

El cuarto en llegar fue un hombre alto, cerca de sesenta, gorro de punto y ese andar que recuerda al de los viejos atletas. No preguntó nada, se colocó a su lado.

Víctor dijo. Yo todas las mañanas ando igual. Creía que era el único.

A las 7:16 se pusieron en marcha. Milagros había escogido la ruta más simple: alrededor de la manzana, pasando por el supermercado, cruzando el patio de otro edificio, siguiendo el muro del colegio y vuelta. La nieve bajo los pies estaba dura, en algunos tramos resbalaba. Era un frío que aclaraba, y durante minutos sólo se oían los pasos y las respiraciones.

Milagros notó cómo el cuerpo primero se resistía, luego se acoplaba. Donde solían zumbar las quejas ajenas en su cabeza, se abría un hueco tranquilo, como una hoja blanca sin escribir.

En la esquina, Julio dijo de improviso:

Creí que era broma lo de sin charlar. Aquí siempre hablamos.

Si apetece, adelante respondió Milagros. Mientras no sean informes.

Marisol se rió, luego se apretó la espalda con una mano.

¿Vas bien? preguntó Milagros.

Mientras no pare bruscamente, sí.

Víctor iba con el paso exacto, casi contando. Poco antes de volver dijo:

Bien así. Sin asambleas. Simplemente andar.

Llegaron a las 7:38. Algún titubeo en la entrada, como tras una reunión breve.

¿Mañana? preguntó Marisol.

Si usted sale contestó Milagros.

Saldré afirmó Julio alzando la mano en vez de despedirse.

Al día siguiente eran tres. Víctor no apareció, pero sí Carmen, la del cuarto, de unos cuarenta y poco, con un abrigo de plumas llamativo, y esa mirada de quien sospecha que está auditando una secta.

Sólo vengo a ver dijo sin presentarse.

Mire replicó Milagros, y avanzó sin esperar aclaraciones.

Carmen fue junto a Julio y guardó silencio. Al segundo paseo, una semana después, ya hablaba:

No me gustan estos grupos. Siempre acaban pidiendo dinero y quien no paga es el enemigo.

Aquí no se recauda aseguró Julio. Yo tampoco quiero. Después del divorcio, a mí me dan alergia las huchas comunes.

Milagros oyó ese divorcio y evitó indagar. Sabía cuán rápido el dolor ajeno se convertía en combustible de charla y arma.

Los paseos seguían por costumbre. Salían a las 7:15, regresaban a las 7:40. A veces alguien faltaba; volvía más tarde. Marisol traía su botella de agua y bebía de camino. Julio un día vino sin gorro y murmuró todo el rato por ello, pero no se volvió. Carmen, al principio distante, luego se acercó al grupo.

Algo extraño empezaba a impregnar el edificio. Milagros observó que la gente saludaba más. No porque tocara, sino porque al amanecer ya se habían cruzado sin coraza.

Una tarde volvía ella de la consulta, cansada, papeles en la bolsa. En el ascensor, Víctor forcejeaba con el botón.

¿No va? preguntó.

Sí, pero hay que pulsar con fe respondió él. Y tras hacerlo, el ascensor respondió. Dentro, la luz temblaba, el espejo arañado. Víctor añadió, inesperado:

Gracias por esto de andar. Creía que ya no tenía con quién. Así bien.

Milagros asintió y notó un calor suave que no dejó crecer demasiado. Simplemente percibió: la gente se sentía menos pesada.

Sin querer, surgieron pequeños servicios. Una mañana, Julio vio que a Marisol se le desataba el cordón y la avisó con un gesto. Marisol luego escribió en el chat: Gracias a quien me avisó del cordón, menuda caída habría sido. Sin nombres, pero con sonrisa.

Carmen un día trajo una bolsa de sal para los escalones.

No para todos dijo dejando la bolsa. Para mí. No quiero romperme la crisma.

Igual se agradece respondió Milagros.

Espolvorearon juntas la sal, Carmen luego se limpió las manos y gruñó:

Ya que estáis aquí

En el chat empezó a haber menos gritos virtuales. No desaparecieron los exabruptos sobre basuras o coches, pero a veces alguien escribía: Sin alboroto, por favor. Hablemos. Ya no sonaba a lema sino a recordatorio de que sabían hablar.

El problema surgió a finales de noviembre, cuando empezó la obra en el sexto, el piso de Andrés, joven con perro. No era su primer reforma, pero esta vez el taladro seguía de noche. El chat hervía: Hasta cuándo, Hay niños, Esto qué es. Carmen avisó: Sé quién es. Siempre igual. Le da igual todo.

En el paseo, Marisol avanzaba rígida, cada paso marcado también por el enfado.

Es él murmuró al pasar junto al colegio. El del sexto. Justo encima. Ayer hasta las diez. Luego, en la cama, el taladro seguía en la cabeza.

Julio bufó.

La norma es hasta las once, si no hay

No me recites la ley le interrumpió Marisol. Hablo de respeto.

Carmen, siempre irónica, esta vez estaba seria.

Hay que ponerle en su sitio. Firmamos y que venga la policía municipal. Que lo sepa.

Milagros sintió que el grupo, ayer cálido, volvía a erigirse en frente. Lo que la asustaba no era el taladro, sino lo fácil que la gente regresaba al nosotros contra él.

Las firmas después dijo. Primero hablar.

¿Con él? Carmen se paró. ¿En serio? Pero si

Es persona afirmó Milagros. No somos inspectores.

Julio la miró con atención.

¿Lo harás tú?

Milagros no lo deseaba. Quería silencio espontáneo. Pero sabía: si hacían escarnio en público, el círculo matutino se disolvería.

Hablaré asintió. Pero no quiero multitudes.

Julio asintió.

Voy contigo.

Esa tarde subieron al sexto. Milagros le había escrito a Andrés: ¿Un minuto para hablar? Soy Milagros del portal. Él contestó tras diez minutos: Sí, claro, pasa.

En el rellano, bolsas de escombro bien atadas. Significativo: ni vertedero, ni desplante, sólo temporalidad. Milagros llamó. El taladro estaba callado.

Andrés abrió, camiseta, manos polvorientas. Su perro, de pelo rojizo, asomó y se retiró rápido.

Hola dijo receloso. ¿Pasa algo?

Venimos sin bronca dijo Milagros, consciente del absurdo, pero sin recurso mejor. Es por la obra.

Julio aguardaba a su lado.

Intento acabar antes de las nueve se defendió Andrés. Pero la cuadrilla no puede de día, así que lo hago tras el trabajo. No quiero molestar.

Lo entendemos dijo Milagros. Pero arriba vive Marisol, con la espalda mal. Necesita descansar. Cuando es hasta las diez, cuesta.

Andrés suspiró.

No sabía lo de la espalda. Creí que era lo de siempre; que escriben en el chat y nunca lo dicen en persona.

Milagros sintió rubor. De verdad, casi nunca se hablaba de frente.

¿Por qué no acuerdas tus días críticos? Seguro si avisas, el resto pueden ser más tranquilos. Y la basura, mejor de día, no a última hora.

Andrés miró sus bolsas.

La saco en coche por la mañana. No quiero que esté aquí. Hoy era tarde, nada más.

Perfecto dijo Julio. ¿Y el horario?

Andrés dudó.

A las nueve sin falta. Alguna vez hasta y media, si no hay otra. Pero aviso en el chat si ocurriera. Una vez a la semana como mucho.

Milagros asintió.

Y otra cosa. Su perro es amable, pero cuando ladra de noche

Andrés se ruborizó.

Es al quedarme solo, le entra la morriña. Compraré algo para que se distraiga. Y si vuelvo a molestar, dímelo, pero no al grupo, ¿vale?

Al salir, Julio comentó en voz baja:

Es buen chaval. Sólo está solo y es joven.

Todos estamos solos a nuestro modo se sorprendió Milagros pensando en voz alta.

Al día siguiente, Andrés escribió en el chat: Vecinos, hoy obra hasta las 21:00. Si hay cambios, aviso. La basura la saco a las 8. Alguien reaccionó, otros callaron. Carmen escribió: Ya veremos. Pero no hubo gritos.

En el círculo, Carmen vino tiesa.

¿Qué, hablasteis?

Sí, aceptó acabar antes y avisar.

¿Sólo eso? parecía querer triunfo, la prueba de que su vía era mejor.

Y ya. No necesitamos ganar respondió Milagros.

Carmen resopló, pero siguió andando. Al rato murmuró sin mirar:

Pues yo, si hay ruido, lo diré.

Dilo. Pero primero a él asintió Milagros.

Marisol andaba a su lado y susurró:

Gracias por no hacer linchamiento. No lo habría soportado.

A Milagros se le hizo un nudo, aspiró aire frío y el nudo se deshizo.

A la semana, Víctor dejó de venir. Milagros lo vio en los buzones.

¿Le hemos perdido? le preguntó.

La rodilla dijo breve. El médico dice que descanse.

Qué lástima dijo ella.

Aun así os veo. Abro la ventana cuando pasáis. Así, es como si anduviese igual.

Era tierno y cómico a la vez.

Llegado enero, los paseos matinales eran ya costumbre de tres: Milagros, Marisol y Julio. Carmen aparecía a ratos, se ausentaba y volvía, probablemente comprobando si el invento seguía vivo. Andrés, cuando la obra le agotaba, salía a pasear callado, pendiente sólo del crujir de la escarcha, y se marchaba el primero.

El edificio no se volvió ideal. Seguían las bolsas junto al cubo, aparcar seguía siendo un arte fallido. El chat a veces recobraba un rugido antiguo. Pero Milagros sentía que en aquella casa había memoria de otra forma posible.

Un martes cualquiera de enero, a las 7:14, salió. Julio la esperaba abrochándose el abrigo. Al verla, levantó la vista:

Buenos días, Milagros.

Buenos días, Julio.

Marisol llegó, midiendo bien los escalones salados.

Hola. Hoy la espalda me deja tranquila dijo, y era una sonrisa de quien ha vencido lo mínimo.

Carmen salió desde la puerta, soñolienta, sin humor amargo.

Voy con vosotras, pero sin hablar del chat masculló.

Hecho confirmó Milagros.

Y emprendieron el paso, juntos pero no idénticos, sólidos aunque imperfectos. Julio sujetó a Marisol cuando resbaló, con tal naturalidad que nadie agradeció nada.

Al regresar, Andrés les esperaba con el perro a la correa.

Buenos días. Yo me uno más tarde, tengo que ir al trabajo. Pero gracias por hacerlo bien la otra vez.

Milagros asintió.

Vivimos aquí dijo únicamente.

Y no era un lema. Era sólo un hecho, por fin despojado de violencia.

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MagistrUm
La ronda matutina En la puerta del ascensor, alguien había pegado de nuevo un folio con celo: «NO DEJÉIS LAS BOLSAS JUNTO AL TUBO DE LA BASURA». El celo ya apenas se sostenía, el papel se doblaba por las esquinas. La luz del rellano parpadeaba, y por eso el mensaje parecía unas veces tajante, otras desvaído, como el tono del chat de vecinos. Nuria Sánchez sostenía las llaves en la mano y escuchaba cómo, tras la pared del sexto piso, una taladradora buscaba su nota, se perdía, volvía a empezar. No le molestaba el ruido en sí. Era otra cosa: cada vez, todo terminaba en juicio vecinal. Alguien escribía con mayúsculas en el chat, otro contestaba con sarcasmo, otro enviaba foto de zapatos ajenos en el portal como prueba de la decadencia moral. Todo eso parecía exigir su participación, aunque hace tiempo que ella solo quería una cosa: silencio en la cabeza. Subió a su piso, dejó la bolsa de la compra en la mesa de la cocina, sin quitarse el abrigo, y abrió el chat. Arriba, un mensaje: «¿QUIÉN HA APARCADO ESTA NOCHE EN EL PARQUE INFANTIL?», seguido de una foto de una rueda invadiendo el bordillo. Después, alguien añadía: «Y QUIÉN NI SALUDA EN EL PORTAL». Nuria Sánchez pasó los mensajes, sintiendo cómo la vieja oleada de irritación crecía en su pecho, y de pronto se sorprendió pensando: estaba cansada de ser testigo de los líos ajenos. Cansada también de su facilidad para echar leña al fuego, aunque fuese en silencio. A la mañana siguiente se despertó temprano, no por haber dormido suficiente. Simplemente el cuerpo, como un despertador viejo, sonaba sin preguntar. La habitación estaba fresca, los radiadores siseaban. Se puso una chaqueta deportiva, encontró en el recibidor las zapatillas que compró «para andar» y apenas usó, y salió al descansillo. Allí olía a portal, como siempre: un poco a polvo, a pintura de las viejas barandillas y a algo neutro, mejor no describir. Junto al ascensor se paró y miró el tablón de anuncios. Había impresos sobre la inspección de los contadores, un gato perdido, «junta de propietarios». Nuria sacó de su bolso el folio que preparó la noche anterior y lo fijó con chinchetas: «Paseos matutinos alrededor del barrio. Sin charla, sin compromiso. Quien quiera, a las 7:15 en el portal. Simplemente andar una vuelta y cada uno a lo suyo. N. S.». Le sorprendió lo fácil que le salió. Ni «vamos a ser amigos», ni «hay que ser humanos» —solo, pasos. A las 7:12 ya estaba junto a la puerta principal, tras comprobar que había apagado el gas y cerrado las ventanas. En la mano, llaves y móvil; en la cabeza, un gorro. Imaginó que pasaría un minuto y acabaría marchándose, disimulando que «era su plan». La puerta del portal se cerró de golpe y salió una mujer de unos cuarenta y cinco, pelo recogido y cara de quien va preparada para el dolor. —¿Usted… por el anuncio? —preguntó, ajustándose la bufanda. —Sí —respondió Nuria—. Soy Nuria. —Soy Isabel. Me duele la espalda, el médico me mandó andar. Pero sola es aburrido —confesó la mujer, y añadió, excusándose—: No soy habladora. —Y no hace falta —contestó Nuria. Al minuto, apareció un hombre, algo encorvado, abrigo oscuro. Asintió, las miró como quien no sabe si debe saludar, y aun así dijo: —Buenos días. Soy Javier. Del quinto. —Del sexto —corrigió automáticamente Nuria, porque sabía quién vivía dónde. Y se sorprendió: el impulso de clasificarlo todo seguía ahí. Javier sonrió: —Pues del sexto, me equivoqué. El cuarto en llegar fue un hombre alto de unos sesenta, gorro deportivo, andar que delataba pasado en el estadio. No preguntó nada, se puso a su lado. —Víctor —dijo escueto—. Yo ya paseo por las mañanas. Pensé que era el único. A las 7:16 salieron. Nuria eligió una ruta simple: alrededor del barrio, pasando por el supermercado, cruzando el patio de la finca de al lado, bordeando el cole y de vuelta. Bajo los pies, nieve apelmazada, algunas zonas resbalaban. Se respiraba frío y los primeros minutos reinaron el silencio, cada uno atento a sus propios pasos. Nuria sintió primero la resistencia del cuerpo y luego cómo se adaptaba. En su cabeza, habitualmente llena de reproches ajenos, se hacía un hueco en blanco, no aterrador, sino útil, como una página en limpio. En la esquina, Javier comentó: —Pensé que era broma lo de «sin hablar». Aquí siempre hay conversaciones. —Si apetece, se puede —dijo Nuria—. Pero sin debates. Isabel se rió bajito, luego hizo una mueca y se llevó la mano a la espalda. —¿Vas bien? —le preguntó Nuria. —Se aguanta. Lo importante es no parar de golpe. Víctor andaba como contando los pasos. Al volver dijo: —Bien. Sin asambleas. Simplemente andar. Volvieron a las 7:38. Al llegar al portal, hubo un instante incómodo, como después de una reunión breve. —¿Mañana? —preguntó Isabel. —Si salís… —dijo Nuria. —Saldré —dijo Javier y alzó la mano como despedida. Al día siguiente, eran tres. Víctor no vino, pero apareció la vecina del cuarto, Carmen, poco más de cuarenta, plumífero colorido y mirada de quien viene a comprobar si esto es una secta. —Solo voy a mirar —soltó, sin presentarse. —Mira tranquila —respondió Nuria, echando a andar, sin explicar reglas. Carmen anduvo junto a Javier y no dijo palabra. En la segunda vuelta, una semana después, ya comentaba sobre «estas uniones». Luego, sobre colectas de dinero, sobre rivales si no se paga. Javier opinó lo mismo. Nuria no preguntó nada tras oír la alusión a un divorcio; sabía que la pena ajena era fácil conversación y fácil munición para el grupo. Los paseos se mantuvieron por repetición. A las 7:15 salían, a las 7:40 se disolvían. A veces faltaba alguien, luego volvía. Isabel traía agua, Javier un día vino sin gorro y refunfuñó todo el trayecto pero no se fue. Carmen al principio aparte, después andando al lado. Lo curioso fue el efecto en el portal. Nuria notó que la gente saludaba más. No por obligación, sino porque por la mañana ya se habían visto sin la coraza habitual. Una tarde, volviendo de la seguridad social, cansada, encontró a Víctor en el ascensor, peleando con el botón atascado. —¿No funciona? —Sí, pero hay que apretarlo con ganas. Lo hizo y subió. En el ascensor, Víctor dijo de pronto: —Gracias por lo de caminar. Pensé que ya no tenía con quién. Ahora… bien. Nuria asintió; sintió calor dentro, pero no se permitió endulzarlo. Solo pensó: alguien se siente mejor. Empezaron a surgir pequeños favores espontáneos. Un día, Javier avisó con la mano a Isabel que se le desataba el cordón. Luego ella lo agradeció en el chat, sin nombres pero con sonrisa. Carmen un día llevó sal para los escalones y dijo: —No es para todos, solo para mí. No me quiero matar bajando. —Gracias igualmente —contestó Nuria. Echaron la sal juntas; luego Carmen refunfuñó algo y dijo: —Bueno, ya que estáis… En el chat disminuyó el uso de mayúsculas. No desapareció, pero sí bajó. Seguían los temas de basura y aparcamientos, pero de vez en cuando se leía: «Hablemos sin gritos, se puede arreglar». Y sonaba menos a consigna y más a recordatorio de que se puede hablar normal. El problema llegó a final de noviembre. En el sexto empezaron obras en la casa de Alex, un joven con perro. No era su primer arreglo, pero el taladro esta vez sonaba por la noche. El chat estalló: «Ya está bien», «Que hay niños», «¿Es que le da igual?», y Carmen sentenció: «Sé quién es. Siempre igual. Le da todo igual». En la caminata de la mañana, Isabel estaba tensa, cada paso le dolía por fuera y por dentro. —Es él —dijo al pasar junto al colegio—. Encima de mi piso. Ayer hasta las diez. Luego me tumbé y seguía oyendo la taladradora por dentro. Javier murmuró: —Por ley, hasta las once puede, si no sobrepasa los decibelios… —No me hables de la ley —cortó Isabel—. No hablo de la ley. Hablo de respeto. Carmen, siempre sarcástica, estaba seria: —Hay que presionarle. Si no, no se entera. Juntar firmas, avisar al presidente. Que lo sepa. Nuria sintió miedo, no del ruido, sino de lo rápido que el grupo se transformaba en «nosotros contra él». —Firmas después —dijo—. Primero hablar. —¿Con él? —Carmen se paró—. ¿En serio? Si… —Es una persona —respondió Nuria—. No somos una comisión. Javier la miró fijamente: —¿Quieres ir tú? Nuria no quería. Quería simplemente que cesara el ruido. Pero si convertían el grupo en tribunal, los paseos matutinos se volverían asamblea de quejas y la cosa se rompería. —Hablo yo —dijo—. Pero necesito a alguien más. Sin multitud. Javier asintió. —Voy contigo. Esa tarde, subieron al sexto. Nuria había escrito antes un privado a Alex: «¿Podemos hablar un momento? Soy Nuria, del portal». En diez minutos Alex contestó: «Sí, pasa, estoy en casa». En la puerta, bolsas de escombros, bien atadas. No una montaña de basura. Nuria tocó. Silencio del taladro. Alex abrió, en camiseta, manos polvorientas. El perro asomó y volvió rápido. —Hola —dijo, tenso—. ¿Qué pasa? —Venimos en son de paz —dijo Nuria, notando lo absurdo de la frase—. Tenemos una petición. Sobre las obras. Javier callaba, pero estaba. —Procuro terminar a las nueve —dijo deprisa Alex—. Pero la empresa no puede por las mañanas, y yo tengo que hacerlo tras trabajar. —Lo entendemos —explicó Nuria—. Solo que encima vive Isabel, tiene la espalda mal, necesita descansar. Y después de las diez, es mucho. Alex suspiró. —No sabía lo de la espalda. Pensé que simplemente… se quejaba el chat, pero a la cara nadie. Nuria sintió una punzada de vergüenza. En persona se hablaba poco. —Hagamos esto —propuso—. Di qué días necesitas trabajar tarde. El resto, termina antes. Y lo de la basura, no la dejes por la noche. Alex miró los sacos. —Mañana los saco en el coche —aseguró—. No me gusta dejarlos aquí. Hoy ya es tarde. —Bien —dijo Javier—. ¿Y el horario? Alex rasco la nuca: —Hasta las nueve garantizado. Algún día hasta las nueve y media. Si me urge, lo aviso en el chat con tiempo y no más de una vez por semana. Nuria asintió. —Y otra cosa. Tu perro, normal, pero por la noche ladra… Alex se ruborizó. —Es cuando me voy. La echo de menos. Le buscaré algo para que no aúlle. Si hay problema, decídmelo… pero no lo pongáis en el chat directamente, ¿vale? Se marcharon, y en la escalera Javier comentó bajito: —Es majo. Solo joven y solo. —Todos aquí estamos solos a nuestra manera —contestó Nuria, asombrada de oírse decir eso. Al día siguiente, Alex puso en el chat: «Vecinos, haré obras hasta las 21:00. Si necesito más, aviso. Basura la saco mañana». Algunos reaccionaron, otros callaron. Carmen posteó: «Veremos». Sin mayúsculas. En el paseo siguiente, Carmen llegó con cara de piedra. —¿Y bien? —preguntó—. ¿Hablasteis? —Sí —respondió Nuria—. Aceptó hasta las nueve y avisar. —¿Eso es todo? —esperaba un triunfo, confirmar su método. —Eso es todo —dijo Nuria—. No hay que ganar. Carmen bufó, siguió andando. Al rato soltó, sin mirar: —Bueno. Si molesta, escribo igual. —Escribe —aceptó pacífica Nuria—. Pero primero a él. Isabel, a su lado, murmuró de pronto: —Gracias por no convertirlo en linchamiento. Yo no aguantaría también eso. Nuria sintió un nudo en la garganta. Inspiró —el aire frío lo disolvió. A la semana, Víctor ya no venía. Nuria le vio junto a los buzones. —¿Ha dejado de venir? —Rodilla —dijo—. El médico me manda parar. —Vaya —respondió. —Os veo pasar por la ventana. Es como si estuviera. Le hizo gracia y le enterneció a la vez. Llegando la Nochevieja, los paseos eran ya costumbre de tres: Nuria, Isabel y Javier. Carmen venía a días, luego desaparecía, luego volvía, comprobando si aquello se había disuelto. Alex salió alguna vez, por desfogarse. Caminaba en silencio, pisando la nieve, marchándose el primero. El portal no era perfecto. Las bolsas seguían apareciendo. Alguien seguía aparcando mal. En el chat, a veces volvían las viejas voces. Pero ahora, para Nuria, en el edificio había no solo crispación, sino memoria de cómo podía ser de otra forma. En enero, una de tantas mañanas, salió a las 7:14. Javier ya estaba, abrochándose el abrigo. Levantó la cabeza: —Buenos días, Nuria. —Buenos, Javier. Isabel llegó, pisando despacio el escalón espolvoreado de sal. —Buenos días. Hoy la espalda aguanta —sonrió, pequeña victoria. Por la puerta salió Carmen, somnolienta, sin su filo habitual. —Voy con vosotras. Pero nada de hablar del chat —murmuró. —Hecho —dijo Nuria. Empezaron a caminar. Los pasos se acompasaron: no perfectos, pero firmes. En la esquina, Javier sujetó a Isabel al resbalar; lo hizo tan natural que nadie dio las gracias. Al volver, junto al portal, estaba Alex con el perro. Asintió. —Buenos días. Saldré más tarde, voy al trabajo. Por cierto… gracias por venir a hablar bien aquel día. Nuria asintió. —Vivimos aquí —dijo. No sonaba a lema. Era solo un hecho, que por fin había dejado de ser motivo para la guerra.