Fuimos algo más, Lucía. En aquel último viaje a Valencia. Todo fue… absurdo.
Bebimos después de la presentación y simplemente… No supe frenarme, Lucía…
¿Y me lo cuentas así, tan tranquilo? la voz de Lucía temblaba como nunca, desgarrada. ¿Mario, acabas de admitir que me has engañado?
No puedo más con esto dentro, bajó la cabeza su marido. Perdóname, Lucía, por favor. Te juro que no volverá a pasar. He comprendido todo…
Lucía dejó la copa sobre la mesa con una delicadeza impropia. Su vida, segundos atrás, se acababa de romper en mil pedazos…
***
Aquella mañana no presagiaba nada extraño. Lucía estaba junto a los fogones, removiendo la leche para el pequeño Hugo, mientras intentaba hacerle una trenza a la pequeña Carmen, de siete años.
¡Mamá, me tiras! chirrió Carmen, moviendo bruscamente la cabeza.
Perdóname, cariño, es que voy con prisa respondía ella, conteniendo el estrés . ¿Dónde demonios está vuestro padre? ¡Va a llegar tardísimo!
Él salió del baño abrochándose la camisa. Por su cara, Lucía supo desde el primer vistazo que andaba de pocas palabras.
¿Hay café? masculló, sin mirarla.
Está en la cafetera. Sírvete, que yo tengo las manos ocupadas.
Él se sirvió. Bebió de pie, mirando a través de la ventana el patio gris donde el conserje, con desgana, amontonaba hojas.
Nada de beso en la mejilla, ni un ¿qué tal has dormido? hace ya un par de años que el interés mutuo era un eco lejano.
Lucía trabajaba como contable en una gran empresa distribuidora, llevaba diez años de casada.
Piso de tres habitaciones aunque hipotecado , coche familiar recién estrenado. Los niños sanos. Todo parecía correcto. Vivir y ser feliz… pero le asfixiaba la rutina, le ahogaba la ausencia de su marido aquel de antes, capaz de bajar a la tienda a las tres de la mañana por un antojo, o abrazarla tan fuerte que casi le dolía.
Alrededor de las dos de la tarde, el móvil vibró sobre la mesa.
¿Te apetece cenar fuera esta noche? Hace mucho que no lo hacemos. Ya le he pedido a mi hermana que se lleve a los niños, Teresa los recoge y duermen allí.
Lucía leyó el mensaje tres veces. El corazón le dio un salto adolescente.
Vaya suspiró. ¿Será que se ha dado cuenta?
El resto del día pasó como entre niebla. Hasta pidió salir una hora antes del trabajo y en casa rebuscó con ansia algún vestido que la convenciera.
Eligió uno azul oscuro, de seda, que realzaba su figura. Más rímel del habitual, un toque de perfume tras las orejas.
En el espejo veía aún a una mujer que quería gustar a su marido.
El restaurante era acogedor: unas velas encendidas, música de fondo. Ella llegó algo después; Mario ya la esperaba, trajeado, afeitado al detalle.
Se puso en pie al verla, y en sus ojos se cruzó una chispa: ¿admiración? ¿Lástima? En ese instante Lucía no lo supo descifrar.
Estás guapísima, Lu, dijo él, acercándole la silla.
Gracias. Me ha sorprendido tu invitación. ¿Algún motivo?
Ninguno especial Simplemente me he dado cuenta de que hablamos ya como desconocidos. Como dos vecinos, nada más.
Cierto, suspiró Lucía, probando el vino. El trabajo, los niños, el día a día nos comen…
Yo pienso igual, Mario giraba nervioso el cuchillo entre los dedos. Es como correr en una rueda y ya ni sabes por qué.
Hablaron durante horas. Recordaron el principio, la boda, los días de alquiler en un piso pequeño con goteras y lo feliz que eran.
Reían con los recuerdos: la primera vez que Mario intentó cambiar un pañal y casi se desmaya del asco.
Aquella velada era de las buenas. Lucía fue sintiendo cómo las distancias se deshacían.
Solo necesitamos escaparnos de vez en cuando, pensó. Volverá a funcionar. Solo estamos cansados…
¿Nos vamos? propuso Mario, cuando trajeron la cuenta. Paro a por una botella de vino. Esta noche, tranquilos por fin, sin niños.
En casa, la ausencia de los gritos infantiles la agrandaba y la llenaba de vacío.
En la cocina, Mario llenó las copas. Todo era cálido hasta que él rompió ese instante.
Lucía, de verdad, necesitamos hacer algo, comenzó serio.
Lo sé, Mario. ¿Por qué no nos vamos solos un finde? ¿A Mallorca, o simplemente a una casa rural? Nos vendría bien desconectar
Sí. Pero no es solo el cansancio Estoy… perdido. Entre tú con los niños y yo volcado en el trabajo, ni nos vemos. El cariño se ha convertido en rutina falta algo. No solo el roce físico, sino esa complicidad.
Lucía se puso rígida.
¿A dónde vas? murmuró helada.
A que he fallado.
Fue entonces cuando lo soltó. Lo de Valencia, lo de la compañera, la traición.
Solo me escuchaba, Lucía, balbuceó Mario, atropellado, temiendo que ella no le dejara acabar. Viajábamos mucho juntos por trabajo. Siempre me preguntaba cómo estaba, de verdad, y me hacía sentir visto.
No me justifico, lo que hice es imperdonable, lo sé. Luché mucho contra ello. Pero esa noche tras unas copas, nos quedamos solos en el bar del hotel…
Lucía callaba. Sentía que una granada había estallado en su pecho, los fragmentos arañando sus entrañas con saña.
Si puedes, perdóname, continuaba él, casi suplicando . No sabes cuánto me avergüenzo. Llevo dos semanas destrozado, ni dormir puedo.
No podía seguir mirándote a los ojos, mintiendo. No quiero perderos. Tú y los niños, sois mi vida. Haría lo que fuera…
¿Lo que fuera? repitió Lucía, sardónica.
Sí. Ya he hablado con mi jefe. Me cambiarán de departamento para no volver a coincidir con ella, César dice que se solucionará en menos de un mes.
He pedido las vacaciones. ¿Nos vamos? Mañana mismo reservo. Solo tú y yo. Empecemos de cero.
Mario intentó rozar su mano, pero ella la retiró seca.
¿De cero? se le escapó una amarga carcajada . ¿Sabes lo que has hecho, Mario?
No es cuestión de acostarte con otra. Me has destruido.
Estaba en la oficina, emocionada por tu mensaje, escogiendo vestido Pensaba que querías recuperarnos
¡Te quiero! exclamó él, visiblemente al borde.
Si me quisieras, no te habrías acostado con ella… Qué atenta, tu compañera. Y yo… ¿yo solo soy la gruñona de casa?
No quería decir eso, intentó justificarse, acercándose para abrazarla.
¡No me toques! le apartó de un empujón. Me repugnas.
Corrió a la habitación, cerró con llave y se desplomó sobre la cama.
Lloró como no recordaba. Mario, tras la puerta, intentó en vano hablarle, pedir perdón. Al final, el silencio. Lucía oyó cómo se quedaba en el sofá del salón.
***
Salió a la cocina al amanecer, la cara aún inflamada. El marido, sin cambiarse, seguía en el sofá. El café intacto.
No me fui anoche solo porque no sabía dónde llevar a los niños dijo helada.
Lucía
No quiero escuchar cómo te sientes. Ahora mismo me da igual.
Lo entiendo.
Dijiste lo de las vacaciones. ¿A dónde pensabas ir?
Un lugar tranquilo. Solo para hablar, pasear
Está bien, se giró. Iremos. Pero no esperes que todo vuelva a ser como antes. Voy para saber si puedo soportar mirarte sin asco.
Mario asintió, dispuesto a todo.
Hoy mismo lo organizo.
Y quiero ver el documento de tu traslado, con el sello de la empresa. Y tu móvil Desde hoy nada de claves.
Como digas.
Él tendió el teléfono, pero Lucía lo rechazó.
Luego. Ahora vete a ducharte. Necesito pensar antes de ir a por los niños a casa de Teresa. No quiero que vean esto.
Cuando el agua del baño empezó a sonar, Lucía se sentó, vacía. Quería irse, dejar a quien hasta ayer quería más que a sí misma. Pero no podía; no solo por ella, también por sus hijos.
***
Los días previos al viaje fueron lentos y fríos. Sólo hablaban lo justo.
¿Tienes ya los billetes?
Sí, para el sábado.
Recoge a Carmen del cole, ¿vale?
Claro.
Los niños lo notaban; Carmen callaba al ver a sus padres juntos, Hugo andaba más irritable de lo usual.
Mamá, ¿por qué papá duerme en el salón? preguntó Carmen una noche, ya en la cama.
Lucía tembló por dentro, arropándola.
Papá trabaja mucho últimamente, cielo. Le duele la espalda y en el sofá duerme mejor.
¿Os habéis peleado?
Estamos cansados, preciosa. Pero vamos a irnos junto al mar, ¿recuerdas?
Carmen asintió, aunque en su mirada aún bailaba la duda. Los niños lo saben todo.
***
El viernes, víspera del viaje, Mario llegó antes de lo habitual traía papeles.
Aquí tienes, dejó sobre la mesa la hoja. Traslado confirmado. Después de las vacaciones, empiezo en el departamento de análisis. Nada de viajes. Ella sigue en compras, en otro edificio.
Lucía comprobó el sello de la empresa.
Bien.
Lucía… dudó en la puerta de la cocina. Estoy avergonzado. Cada hora pienso en lo despreciable que fui.
¡Basta! Tú elegiste entonces. Ahora elijo yo. Decido si me quedo contigo o no.
No le contó que, la noche anterior mientras él dormía, echó un vistazo a su teléfono.
Le asqueaba, le temblaban las manos, pero no pudo evitarlo. El mensaje no estaba borrado:
Todo se acabó. Ha sido un error gigante. No vuelvas a escribirme.
Y la respuesta de ella: Haz lo que quieras, suerte.
¿Se sintió mejor? No. Pero algo, profundo y casi invisible, se removió en su interior. Al menos en esto, él no mentía: quiso cerrar esa herida.
***
El sábado amaneció con un calabobos persistente. Cargaron las maletas sin mirarse.
Él, extrañamente atento: abriéndole la puerta, asegurando las ventanas, comprándole café en la gasolinera. Todo eso a Lucía le dolía más aún.
En Barajas, en la sala de espera, se sentaron juntos, mientras los niños alucinaban con los aviones tras el cristal.
¿Sabes?, murmuró él, perdido en el mismo horizonte . Ayer recordaba nuestro primer viaje juntos al mar, cuando montamos la tienda de campaña y el viento casi nos la lleva.
Lucía esbozó una sonrisa.
Me acuerdo. Tú sujetando la lona toda la noche, yo tapada solo con el chubasquero.
Aquella noche pensé que no existía nadie mejor que tú. Sigo pensándolo, Lucía. Sólo que… me he perdido.
Ambos nos hemos perdido, Mario, y por primera vez en la semana le miró a los ojos.
Él, casi temblando, le tomó la mano. Ella no la apartó, pero tampoco le correspondió. Ella tampoco sabía ya qué sentía.
Quizá acabe perdonándolo, en parte porque no quiere arrastrar a los niños a un divorcio.
Pero antes de perdonar, se encargará de enseñarle la lección de su vida. Para que nunca más le entren ganas de mirar a otra.
Y ese aprendizaje, Lucía, lo empieza allí mesmo, en el viajeEl vuelo despegó. Lucía miró por la ventanilla, viendo cómo la ciudad se convertía en una maraña diminuta, irrelevante, y se preguntó en qué momento su vida se había hecho tan pequeña también.
Durante el trayecto, Mario apenas hablaba. Ella, por primera vez en días, dejó volar su mente lejos de la culpa, del rencor. Se concentró en las nubes y el murmullo de los niños, en la posibilidad remota de que algo bueno surgiera del dolor.
Al llegar al mar, el azul profundo les recibió indiferente y vasto. Se instalaron en un apartamento humilde, con una terraza vertiginosa asomando a la playa.
Nadie dijo nada la primera mañana. Mario llevó a los niños a buscar conchas mientras Lucía, por fin sola, se duchó y dejó caer la cabeza contra el azulejo frío. El agua le resbalaba por la nuca como una caricia tibia.
Aquella tarde salieron todos juntos. Caminaban por la arena húmeda cuando Hugo, cayéndose de risa, y Carmen, llena de salitre, se echaron sobre Lucía y Mario. Terminaron los cuatro tumbados, exhaustos, escuchando cómo rompían las olas.
Lucía se incorporó; observó a Mario, que devolvía la sonrisa abierta a sus hijos. Por primera vez, le pareció vulnerable, casi joven otra vez. No sentía ternura, ni amor, ni odio. Solo la certeza de que tenía en sus manos el poder de elegir.
Vamos a hacer una foto dijo de repente, sacando el móvil.
Los niños brincaron a su lado; Mario dudó, pero luego rodeó los hombros de Hugo.
Lucía extendió el brazo y disparó, inmortalizándolos.
La imagen quedó sobreexpusta, los rayos tiñendo el cabello de todos de oro.
Por la noche, cuando los niños dormían, Lucía salió a la terraza. Mario la siguió, en silencio.
Compartieron el abrigo y un vino tinto barato, sin apenas atreverse a mirarse. Las palabras, por fin, llegaron despacio.
No sé si quiero seguir, Mario. Ni si sabré perdonar. Esto va a costar, mucho.
Lo sé. Pero no me iré hasta que te convenzas, seas capaz de decidir sin miedo ni culpa. Aunque no sea a mi lado.
Lucía sostuvo la copa entre las manos, contemplando las luces parpadeantes del paseo marítimo.
Quiero una vida en la que no me conforme sentenció, por fin. Si al final te elijo, será porque realmente lo merezcas, porque vea a ese hombre capaz de sostener una casa cuando sople el viento. Si no, me llevaré mi parte del sol y el mar. Y seguiré.
Mario asintió, tragando dolor y esperanza a partes iguales.
De fondo, las olas seguían allí, secretas y antiguas, recordándole a Lucía que la vida es cambio, que al dolor lo sigue la marea. Y que toda tormenta, por feroz que sea, termina amainando.
Esa noche, se durmió tranquila por primera vez en mucho tiempo, sabiendo que el perdón no era un regalo para él, sino una puerta abierta para sí misma.
En el móvil quedó su foto bajo el sol, los cuatro fundidos en un instante irrepetible. Lucía la miró una última vez antes de cerrar los ojos, sabiendo que, pasara lo que pasara después, ella no volvería a perderse jamás.







