La receta de la felicidad…
Todo el portal observó con curiosidad cómo se mudaban los nuevos vecinos al segundo piso. Era la familia de un jefe de sección de una fábrica reconocida en una pequeña ciudad de Castilla, de esas de provincias, donde todos se conocen.
¿Y cómo es que han decidido vivir en edificio viejo? preguntaba la jubilada Carmen Morales a sus amigas. Con los contactos que tienen, podrían haberse hecho con una vivienda en alguna urbanización nueva.
No juzgues por ti, mamá respondía su hija, la soltera y colorida Lucía Morales, de treinta años. ¿Para qué querrían una urbanización moderna, si en este edificio antiguo las habitaciones son grandes, los techos altos y la galería parece otra estancia? Además, les pusieron teléfono nada más llegar, y aquí solo tres vecinos tienen teléfono en nueve pisos…
Tú siempre con el teléfono le rebatió Carmen. Ya tienes cansados a los vecinos. Ni se te ocurra ir a casa de los nuevos, gente seria y ocupada…
Tan serios, tan serios Tienen una hija pequeña, tiene solo nueve años, se llama Marisa replicó Lucía, molesta. Casi son de mi quinta, bueno, quizás cinco años mayores.
La familia resultó ser amable y educada. Teresa trabajaba como bibliotecaria en el instituto, y Manuel llevaba ya una década en la fábrica.
Lucía contaba todos los chismes nuevos cuando se sentaba a cotillear al atardecer con las vecinas de su madre en el banco del patio.
¿Y tú cómo lo sabes todo ya? le preguntaban las mujeres, medio en broma, medio en serio. Vaya ojo, Lucía.
Es que ellos sí me dejan llamar. No como otras soltaba, aludiendo a las veces en que tocaba puertas y no le abrían, sabiendo que podía quedarse media hora al teléfono con sus amigas hablando de nada y de todo.
Así fue como Lucía conoció a los recién llegados y con frecuencia iba a su casa para hacer llamadas largas: unas veces a amigas, otras a compañeras. No disimulaba su búsqueda de amistad con la pareja, yendo a veces arreglada, otras en bata cómoda.
Un día se dio cuenta de que Manuel, en cuanto ella empezaba a charlar, cerraba con gesto evidente la puerta del salón donde veía la televisión. Se repitió varias veces. Lucía sonreía a Teresa, le agradecía mirando a la cocina, pero Teresa solamente asentía y le pedía cerrar la puerta tras ella.
No puedo cerrarte, tengo las manos enharinadas decía enseñando las manos Teresa, el pestillo se echa solo, es francés.
¿Otra vez haciendo pastas? Siempre hay repostería en tu casa Y yo que no sé hacer nada comentaba Lucía.
Hoy hago mantecadas de requesón para el desayuno. Por la mañana no me da tiempo, así que las preparo ahora respondía Teresa, dándole la espalda y sonriendo al bol con la masa.
Lucía fruncía el ceño y se marchaba molesta cuando veía que no querían más trato.
Teresa, tienes que ponerle un límite decía una tarde Manuel. Nuestro teléfono siempre ocupado por esta muchacha, y luego nadie puede llamarnos en casa.
Sí, me he dado cuenta asintió Teresa. Ya entra en casa como si nada, se instala en la conversación y parece que estuviese en su salón…
Aquel mismo día, Lucía, arreglada y maquillada, ocupó de nuevo el taburete de la entrada y comenzó su larga llamada.
¿A qué hora piensas acabar, Lucía? Esperamos una llamada importante le dijo Teresa a los diez minutos.
Ella lo entendió y colgó el teléfono, pero entonces sacó una tableta de chocolate del bolso y exclamó:
¡Hoy traigo algo dulce! ¿Por qué no celebramos nuestra amistad con un té?
Se plantó directa en la cocina y depositó el chocolate en la mesa.
No, por favor, quítalo. Si Marisa lo ve, se le antojará y no puede, tiene alergia. El chocolate es tabú en casa explicó Teresa, apurada. Lo siento, pero no es posible el té. No te lo tomes a mal.
¿Tabú? Bueno, yo solo quería agradeceros rió nerviosa Lucía, colorada mientras recogía su obsequio.
No hace falta. Pero tampoco es conveniente que sigas usando el teléfono con frecuencia. Solo en caso de emergencia, una llamada de urgencia, al médico o a los bomberos. Nos lo entenderemos, incluso de noche. Pero fuera de eso… mi marido espera llamadas del trabajo y Marisa se distrae, está estudiando dijo Teresa, con amabilidad pese a la incomodidad.
Lucía se fue sonrojada, pensando que la vecina la rechazaba por celos.
Bien sabe que soy más joven y resultona que ella le decía a su madre. Quería ser cordial y ni un té me dieron, y eso que llevaba mi chocolate…
Tú eres terca, hija le reprochó Carmen. No debes meterte en la vida de otras familias así como así. Sus teléfonos no están para darte servicio. Así que te han enseñado la puerta. No pongas celosidades de por medio. Búscate novio, monta tu casa y que vengan las vecinas a llamarte si quieren. Haz amigos así.
Lucía intentó un último acercamiento con Teresa: apareció cuaderno en mano para pedir la receta de las mantecadas.
Quería pedirte la receta, a ver si me atrevo con algo… la apunto y luego lo intento en casa.
Pregúntale mejor a tu madre. Las madres siempre saben y tienen de todo apuntado se sorprendió Teresa. Y además nunca mido ingredientes, lo hago a ojo las manos saben la cantidad. Y ahora me tengo que ir, lo siento. ¡A tu madre, a tu madre!
Lucía se fue roja como un tomate, pero recordó, revisando los estantes de la cocina, el cuaderno manoseado de su madre: lleno de recetas de toda la vida, desde ensaladilla hasta bacalao al pil pil, y muchísima repostería: bizcochos, magdalenas, empanadas…
Pero a Lucía le daba pereza, y además Carmen hacía tiempo que no horneaba, por culpa de la tensión alta. Sin embargo, ese día sacó el cuaderno, hojeó con indiferencia y encontró justo la receta que buscaba, para sorpresa y alegría de su madre.
¿Vas a hornear algo de verdad? saltó Carmen.
¿Por qué te sorprende tanto? Lucía cerró el cuaderno marcando la página.
¿A que tienes asunto otra vez con Álvaro? Pensé que lo habíais dejado, como con los demás pretendientes…
Eso crees tú replicó Lucía. Cuando quiera, vuelve a buscarme.
¡Pues adelante! Ya te toca sentar cabeza. ¿Qué buscabas en el cuaderno, por cierto? Quizá te puedo ayudar.
No hace falta, me lo apunto y ya veré contestó la hija.
A los dos días, cuando Carmen volvió de su paseo vespertino, la casa olía a repostería.
¡Pero qué es esto, huele a mantecadas! exclamó. ¿Estás enamorada? No te reconozco.
No se lo cuentes a nadie, baja la voz rió Lucía. Prueba una, que no son empanadas, son mantecadas. De requesón, como las de antes.
En la cocina hervía el agua para el té; Lucía había dispuesto la mesa con tazas, tetera y una fuente de mantecadas doradas, brillantes.
Te has aplicado dijo Carmen. Hace mucho que no cocinábamos juntas, y pensé que te habías olvidado, pero te han quedado de diez.
No me alabes porque sí. ¿Te gustan de verdad? preguntó Lucía.
¡Prueba tú misma! Aquí no se engaña, está buenísimo insistió la madre. Lucía recordó entonces, con una sonrisa, cómo su padre decía está comible, su máxima expresión de aprobación.
Entonces invitaré a Álvaro. A ver si le gustan tanto como me gustaban a papá sugirió Lucía, esperanzada.
Seguro. No lo dudes. Tu padre era fanático de las mantecadas y cayó rendido a mis pies por ellas rió Carmen. Tú hornea e invita, que yo me voy a casa de la vecina a ver una peli. Al fin estás espabilando. No solo con vestidos y rizos se conquista a un hombre.
No tardó Álvaro en hacerse habitual en casa de Lucía. Parecían más felices, discutían menos, y Carmen se acostumbró a ver a su hija en la cocina, con Álvaro ayudando, entre risas y buen humor.
Cuando Lucía le contó que habían presentado los papeles para casarse, a Carmen se le llenaron los ojos de lágrimas: por fin
Lucía cambió: perdió peso antes de la boda y Álvaro preguntaba:
¿Ya no vas a hacer más mantecadas? ¿Y para la boda harás un pastel?
La noche antes de la boda, celebrada en casa con pocos invitados apenas veinte, todo familia cercana, cocinaron entre Lucía, Carmen y la tía Lola, hermana de Carmen. Fueron dos días de preparativos.
Vivieron en una habitación grande del piso familiar y, al año, todos los vecinos que quisieron tuvieron teléfono instalado. Lucía estaba contenta. Llamaba a todos, pero ya cortaba las conversaciones rápido:
Rosa, perdona, tengo que dejarte. La masa ya ha subido y Álvaro llega enseguida. Hasta luego.
Apresurada, volvía a la cocina, donde la masa crecía generosa en el bol. Lucía, ya embarazada, se preparaba para la baja maternal. Pero no paraba: cocinaba y horneaba para agradar a Álvaro y porque, en el fondo, adoraba las mantecadas de requesón casero. ¡Deliciosas! Y su marido, agradecido, era feliz con sus cuidados y dulces.
Y así fue cómo Lucía descubrió, entre hornadas y cariño, que la felicidad verdadera, la de verdad, se amasa en casa, con manos propias, en pequeños gestos y con los seres queridos. Porque a veces, el secreto no es buscar la receta fuera, sino mirar primero en el propio hogar.





