La ratona gris es más feliz que tú

Carmen, no, pero en serio comenta Marina mientras observa el viejo vestido de lino con una expresión mezcla de curiosidad y desdén, como si se tratara de una reliquia sin valor en el Museo del Traje ¿De verdad te pones este trapo? ¿Con tu marido delante?

Carmen baja la mirada y se ajusta el dobladillo, casi sin pensarlo. El vestido le resultaba cómodo y suave después de tantos lavados.

Me gusta

Que te gusta, dice… A ti te gustan muchas cosas interviene Pilar, sin apartar los ojos del móvil Te gusta estar en casa, hacer cocidos, tejer tapetes… ¿Te das cuenta de que la juventud se te escapa? Hay que vivir la vida, no dejarse llevar.

Marina asiente enérgicamente, haciendo tintinear los aros dorados nuevos, que se balancean de forma llamativa a cada gesto:

Pues ayer estuvimos Javi y yo en el nuevo restaurante de Chueca. ¡Espectacular! ¿Y tú qué? ¿Otra vez freíste patatas?

Carmen sí había freído patatas. Con setas, como le gustan a Miguel. A él, tras una jornada agotadora, le encantan dos platos y quedarse dormido en su hombro frente a la tele. Carmen nunca cuenta esas cosas. ¿Para qué? Sus amigas no lo entenderían.

…Hace ya muchos años las tres amigas se casaron con apenas unos meses de diferencia. Carmen recuerda con nitidez aquel año: su discreta ceremonia en el registro civil, la boda exuberante de Marina con música en directo y fuegos artificiales, y luego la gran fiesta de Pilar, donde cada invitado recibía una cajita de dulces personalizada. Carmen ya notaba entonces cómo las otras se miraban de reojo cuando ella hablaba de pasar la luna de miel en la casa de campo de los padres de Miguel. Marina resopló en el cava y Pilar movió los ojos con tanta exageración que era imposible no darse cuenta.

Desde entonces, los comentarios sarcásticos eran habituales en cada encuentro. Carmen aprendió a ignorarlos, aunque una punzada incómoda siempre quedaba flotando bajo las costillas.

Marina es de esas mujeres que al entrar en una sala atraen todas las miradas: risa ruidosa, gestos abiertos, y siempre alguna historia de quién dijo qué o miró a quién. Su casa con Javier se ha convertido en un lugar de paso: amigos, compañeros de trabajo, conocidos de conocidos; todos aparecen y desaparecen dejando tras de sí vasos usados y manchas de vino tinto en la alfombra clara.

El sábado nos juntamos unos quince anuncia Marina por teléfono Vente, que Javier va a preparar carne.

Carmen rechaza educadamente. Miguel, tras la semana ajetreada, necesita tranquilidad, no una multitud extraña invadiendo la cocina.

Pues sigue en tu madriguera replica Marina, y en su tono se percibe algo parecido a la lástima.

Al principio, Javier apoyaba a su mujer: ayudaba con la mesa, bromeaba con los invitados, recogía después. Carmen lo veía en esas raras reuniones a las que a veces asistía: los ojos cansados, la sonrisa forzada, los movimientos automáticos. Servía el vino, reía cuando tocaba, pero su mirada volaba cada vez más fuera de la escena.

Javi, ¿por qué esa cara? le pellizca la mejilla Marina delante de todos Sonríe, que pensarán que no te doy de comer.

Javier sonríe. Ríen los invitados. Y Carmen piensa en cuánto tiempo aguanta alguien llevando una máscara, hasta que esta se incrusta en la piel. O hasta que uno desea arrancarla de golpe.

…Diez años después, la máscara se resquebraja. Javier se marcha con una compañera del trabajo, una mujer discreta del departamento de contabilidad que, según se rumorea, le lleva empanadas caseras y nunca le levanta la voz. Marina se entera la última, aunque en la oficina ya lo comentaban todos.

Me ha dejado llora Marina al teléfono, y Carmen escucha cómo algo cae al fondo rompiéndose ¡Ingrato! ¡Le he dado los mejores años y se va!

Carmen escucha en silencio. ¿Qué podría decir? ¿Que Javier se había adormecido una década bajo risas ajenas y conversaciones sin fin? ¿Que una casa no es una fiesta perpetua?

Después del divorcio queda claro que el piso está hipotecado y hay deudas acumuladas para comprar casi una avioneta. Marina se queda sola a resolver el desbarajuste económico, y su risa estruendosa empieza a sonar muy de vez en cuando.

Mientras, Pilar construye una imperio de buena vida. Su perfil en redes sociales explota con fotos de restaurantes, boutiques y veranos en la Costa del Sol. Instantáneas perfectas, maquillaje impecable y frases como felicidad y agradecida al universo. Denis aparece borroso al fondo, soporte de todo ese escaparate glamuroso.

Mira Pilar le coloca el móvil a Carmen delante de la cara A Laura su marido le ha regalado un collar de Tous. ¿Y el mío? Seguro que me trae cualquier cosa.

Quizá le guste elegirlo él mismo

Pilar observa a Carmen con extrañeza:

Qué va. Yo le mando la lista y que escoja de ahí.

Carmen se calla. Miguel le regaló ayer un libro que ella quería leer. Lo buscó él mismo en una librería pequeña por la estación, lo envolvió con papel reciclado. Carmen no se lo cuenta a Pilar, que solo se burlaría de la miseria de ese regalo.

Cinco años Denis cumplió con las expectativas: horas extra, trabajos adicionales, siempre persiguiendo la meta que Pilar subía cada vez más alto. Pero un día conoció a una dependienta en una librería: divorciada, con un hijo, sin manicura ni bolsos de marca. Ella lo miró como si ya fuese suficiente. Simplemente suficiente.

El divorcio fue rápido y doloroso. Pilar exigió todo y recibió la mitad, por ley, no por deseo. El saldo familiar quedó exhausto: spas, tratamientos estéticos, infinitas compras. No quedó ni un euro de ahorro.

¿Y ahora qué hago? solloza Pilar en un café, restregándose las lágrimas ¿Con qué voy a vivir?

Carmen toma su café y piensa que Pilar, en todos esos años, jamás le ha preguntado cómo está ella, cómo anda Miguel, si todo va bien en casa. Las preguntas siempre giran en torno a Pilar.

Las dos amigas acaban en la misma situación: sin marido, sin dinero, sin su vida habitual. Marina se busca un segundo trabajo para pagar las deudas; Pilar se muda a un piso más pequeño y deja de subir fotos.

Carmen sigue, como siempre, preparando cenas para Miguel, preguntándole por su día, escuchando sobre reuniones duras o problemas con proveedores. No pide regalos, no monta escenas, no compara con otros matrimonios. Simplemente está. Firme como la pared del salón, cálida como la luz en la ventana de la cocina.

Miguel lo valora. Un día llega a casa con una carpeta de documentos y la deja en la mesa ante Carmen.

¿Eso qué es? pregunta ella.

La mitad del negocio. Ahora es tuyo.

Carmen se queda mirando los papeles, dudando en tocar.

¿Por qué?

Porque te lo mereces. Porque quiero que estés protegida. Porque sin ti esto no sería posible.

Un año después Miguel compra un apartamento luminoso, amplio, con grandes ventanales. Lo pone a nombre de Carmen. Ella llora en su hombro y Miguel le acaricia el pelo y le repite que es su tesoro, su refugio.

Las amigas empiezan a visitar de vez en cuando. Primero poco, luego cada vez más. Se sientan en el sofá nuevo, tocan los cojines de seda y repasan los cuadros en las paredes. Carmen ve sus caras: sorpresa, desconcierto, y una envidia apenas disimulada.

¿Y todo esto? pregunta Marina recorriendo la sala con la mirada.

Me lo ha regalado Miguel.

¿Así, sin más?

Sin más.

Las amigas se miran. Carmen sirve café y no dice nada.

En una de esas visitas, Marina ya no aguanta. Deja la taza bruscamente, salpicando el plato, y suelta:

Explícame. ¿Por qué? ¿Por qué nosotras perdimos todo y tú, ratona gris, sigues siendo tan feliz?

El silencio pesa sobre la mesa. Pilar finge mirar por la ventana, pero sus dedos nerviosos giran una sortija barata en lugar del viejo brillante.

Carmen podría contestar. Hablar de paciencia, de fijarse en los detalles, de que el matrimonio feliz no es una fiesta, sino un trabajo de cada día. Que amar es escuchar, prestar atención, cuidar. No exigir, sino dar.

Pero no lo hace. Veinte años esas mujeres no la vieron, creyéndola parte del mobiliario. Veinte años sus consejos fueron siempre vive más y sé menos aburrida. Veinte años sin escuchar nada que no fuese su propia voz.

Supongo que he tenido suerte dice Carmen, con una sonrisa.

Después de aquella conversación, las amigas dejan de venir, luego desaparecen por completo. La envidia pesa más que la amistad, más que el pasado compartido, más que la sensatez. Es más fácil ignorar que reconocer todos los errores de esos años.

Carmen no sufre. Extrañamente, la ausencia de esas relaciones llena su vida de una serenidad desconocida. Como si al fin pudiera quitarse unos zapatos estrechos y respirar.

…Pasan otros diez años. Carmen cumple cincuenta y cuatro, y la vida va bien. Hijos ya adultos, un nieto, Miguel sigue regalándole libros envueltos en papel reciclado. Por una vieja conocida se entera de que Marina no ha vuelto a casarse y trabaja en dos sitios, siempre quejándose de salud. Pilar ha cambiado de pareja tres veces, pero todas las relaciones acaban igual: demandas, reproches, exigencias.

Carmen escucha esas noticias sin rencor. Piensa que al final, las ratoncitas grises también encuentran su felicidad. Discreta, invisible por fuera, pero invaluable por dentro.

Apaga el móvil y va a preparar la cena. Miguel ha prometido volver pronto y le ha pedido patatas fritas con setas para cenar.

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La ratona gris es más feliz que tú