Isabel, en serio, ¿de verdad vas a ponerte ese vestido viejo de lino delante de tu marido? preguntó Carmen, mirándome como si fuera una reliquia con poco valor en el Museo del Traje de Madrid.
Instintivamente bajé la vista y cogí el dobladillo. El vestido estaba suave tras muchos lavados, me sentaba cómodo.
Me gusta.
Te gusta interrumpió Lourdes sin apartar la mirada del móvil . Te gusta quedarte en casa, hacer cocidos, tejer tapetes. ¿Te das cuenta de que la juventud se va? Hay que vivir, no sobrevivir.
Carmen asintió con entusiasmo, sus grandes pendientes de oro repiqueteando al compás de sus gestos.
Ayer salimos con Juan al nuevo restaurante de la Gran Vía. ¡Exquisito! ¿No me digas que otra vez hiciste patatas fritas?
Las hice, y con setas, como le gustan a Antonio. Llegó cansado y se quedó dormido en mi hombro frente al televisor tras cenar dos veces. No se lo conté a mis amigas: ¿para qué? No lo iban a entender.
Hace años las tres nos casamos con apenas unos meses de diferencia. Recuerdo bien aquel año: mi discreta ceremonia en el Registro Civil, la boda de Carmen a lo grande entre orquesta y fuegos artificiales, y luego la fiesta de Lourdes, donde cada invitado recibió una caja de dulces personalizada. Ya entonces noté sus miradas cuando conté que planeábamos pasar el viaje de novios en el pueblo de los padres de Antonio. Carmen bufó en su copa de cava y Lourdes puso los ojos en blanco sin disimulo.
Las bromas se volvieron rutina en nuestras quedadas. Aprendí a ignorarlas, aunque siempre dolía un poco.
Carmen era la típica mujer que entra en una sala y todos la notan: risas sonoras, gestos amplios, muchas historias de cotilleo sobre quién dijo qué y a quién miró con mala cara. Su piso en Chamberí se volvió un ir y venir de amigos, compañeros de trabajo y conocidos de conocidos; dejaban vasos sucios y manchas de Rioja en la alfombra clara.
El sábado vienen quince personas me informó por teléfono. ¡Ven! Juan prepara carne a la brasa.
Rechacé amablemente. Antonio, tras la semana laboral, prefería tranquilidad a desconocidos en casa.
Pues nada, quédate en tu ratonera soltó Carmen, y en su tono se coló algo cercano a la compasión.
Juan al principio hacía de anfitrión. Montaba la mesa, bromeaba con la gente, recogía después. Cuando alguna vez fui, noté sus ojos cansados, la sonrisa forzada y los gestos automáticos. Servía vino, reía cuando tocaba, pero parecía ausente.
¿Qué te pasa, Juan? bromeaba Carmen pellizcándole la mejilla delante de todos. Sonríe, que van a pensar que no te doy de comer.
Juan sonreía, todos reían. Yo pensaba cuánto tiempo se puede llevar puesta una máscara antes de no distinguir el propio rostro.
Diez años después la máscara se rompió. Juan se fue con una compañera de contabilidad: una mujer callada, que le llevaba bizcochos caseros y nunca le gritaba. Carmen fue la última en enterarse, aunque en la oficina ya era rumor.
Me ha dejado lloraba Carmen por teléfono, mientras se oía de fondo algo caerse y romperse. ¡Desagradecido! ¡Le di mis mejores años!
Escuché en silencio. ¿Qué decir? ¿Que Juan durmió diez años bajo risas ajenas y charlas ruidosas? ¿Que en casa no todo puede ser una fiesta?
El divorcio reveló que el piso era hipotecado y las deudas sumaban un apartamento en Castelldefels. Carmen se quedó sola con sus números, y su risa se hizo más escasa.
Lourdes edificaba su imperio de vida perfecta. Sus redes sociales, repletas de fotos de restaurantes, boutiques, playas de Sitges. Instantáneas impecables, grandes maquillajes y frases de felicidad y gratitud al universo. David aparecía al fondo, un perfil borroso que sostenía todo ese escaparate.
Mira me puso el móvil delante de la cara. A Cristina el marido le ha regalado un collar de Tous. ¿Y el mío? Siempre trae cualquier tontería.
¿Quizá le haga ilusión elegirlo él solo?
Lourdes alzó una ceja:
No, le paso la lista, que elija de ahí.
Me callé. Antonio me regaló ayer un libro que tenía ganas de leer; lo encontró él en una pequeña librería en Moncloa, lo envolvió en papel reciclado. No se lo conté, Lourdes se habría reído de semejante pobreza.
Durante cinco años, David cumplió con las expectativas: horas extra, trabajos adicionales, seguía subiendo el listón que Lourdes nunca dejaba de aumentar. Hasta que conoció a una dependienta divorciada, con niño y sin manicura ni bolsos caros. Ella lo miraba como suficiente, sin exigirle nada.
El divorcio fue rápido y doloroso. Lourdes reclamó todo, recibió la mitad, por ley, no por deseo. El presupuesto familiar se habían ido en spas, tratamientos, viajes de compras. No había ahorros.
¿Y ahora cómo voy a vivir? sollozaba Lourdes en una cafetería, lágrimas mezcladas con el café. ¿De qué?
Yo tomaba mi café, pensando en cómo en todos esos años Lourdes jamás me preguntó cómo estaba, qué tal iba Antonio, si estábamos sanos. Siempre giraba sobre ella.
Las dos amigas terminaron sin pareja, sin dinero y sin el estilo de vida habitual. Carmen buscó otro trabajo para tapar agujeros. Lourdes se mudó a un piso más pequeño y dejó de publicar fotos.
Yo seguía con mi vida tranquila. Preparaba cenas a Antonio, escuchaba sus historias, preguntaba por sus reuniones y sus contratiempos. Nunca exigí regalos, ni le armé escenas, ni lo comparé con otros hombres. Simplemente estaba, como una pared fiable, como la luz cálida de la ventana de la cocina.
Eso Antonio lo apreciaba. Un día llegó con una carpeta de papeles y la puso delante de mí en la mesa.
¿Qué es esto?
La mitad del negocio. Ahora es tuyo.
Miré los folios sin atreverme a tocarlos.
¿Por qué?
Porque te lo mereces. Porque quiero que estés protegida. Porque sin ti, nada de esto existiría.
Al año compró otro piso: luminoso, amplio, con grandes ventanales. Lo puso a mi nombre. Lloré con la cara contra su hombro, mientras me acariciaba y repetía que era su tesoro, su refugio.
Las amigas empezaron a venir, primero por curiosidad, luego más seguido. Se sentaban en el nuevo sofá, tocaban los cojines de seda, revisaban los cuadros. Veía sus caras: confusas, desconcertadas, con la envidia apenas disimulada.
¿De dónde sale todo esto? preguntó Carmen, paseando la mirada por el salón.
Antonio me lo ha regalado.
¿Sin más?
Sin más.
Se miraron. Yo les serví café y guardé silencio.
En una de esas visitas, Carmen no aguantó más. Dejó la taza de golpe, salpicando el plato, y soltó:
Explícanos. ¿Por qué nosotras hemos perdido todo y tú, la ratona gris, sigues siendo feliz?
Se hizo el silencio. Lourdes miraba por la ventana como si no le afectara, pero sus dedos giraban un anillo barato, lejos de su antiguo brillante.
Pude haber contestado. Haber hablado de paciencia, de cuidar los detalles, de que el matrimonio feliz no es fiesta sino trabajo diario, de que amar es escuchar y cuidar, no exigir sino dar.
¿Para qué? Veinte años ignorando mi existencia, tratándome como fondo. Veinte años aconsejando vive más y no seas aburrida. Veinte años oyéndose sólo a sí mismas.
Será que tengo suerte respondí sonriendo.
Tras aquella conversación, las visitas se hicieron menos y finalmente cesaron. La envidia pudo más que la amistad, la historia compartida y la lógica. Era más fácil apartar la vista que aceptar que durante años se habían equivocado.
No sufrí por ello. De manera sorprendente, el hueco dejado por esas relaciones se llenó de calma. Como quitarse un zapato apretado y poder respirar.
Pasaron otros diez años. Cumplí cincuenta y cuatro, y me siento bien. Hijos adultos, un nieto, Antonio que sigue trayéndome libros envueltos en papel de estraza. De una antigua conocida me enteré que Carmen nunca volvió a casarse, trabaja en dos sitios y se queja de salud. Lourdes ha cambiado tres parejas, pero repite siempre el mismo ciclo: reproches, exigencias, malentendidos.
Escucho esas noticias sin alegría malsana. Simplemente escucho, y pienso que a veces es la ratona gris la que encuentra la felicidad. Silenciosa, oculta a los ojos, pero invaluable por dentro.
Apagué el móvil y fui a preparar la cena. Antonio había prometido volver temprano y quería patatas con setas para cenar.
Hoy, al escribir esto, he aprendido que la vida tranquila y generosa, sin expectativas desmedidas ni máscaras para los demás, es el verdadero tesoro. Lo demás es humo que se va.







