La puerta
Pedro Pérez miraba la puerta con una mezcla de asombro y perplejidad. ¿Qué hacía allí? Qué curioso es esto de distraerse y acabar, como quien no quiere la cosa, frente al umbral del viejo piso donde vivió con su esposa casi veinticinco años. Ahora estaba de pie, observando boquiabierto la puerta que tenía justo ante las narices. Una puerta tan corriente como otras tantas del portal.
Forrada en polipiel y rematada con tachuelas de latón en forma de rombos. Solo una tachuela era plateada: Pedro recordaba perfectamente cómo, hace quince años, cuando la original del conjunto se perdió en alguna mudanza, y parte de la tapicería quedó hecha un bulto feísimo, él mismo se animó a arreglarla. Y así, entre el brillo dorado de sus hermanas, esa tachuela plateada lucía como una estrellita fuera de lugar. Pedro se quedó allí, contemplando aquel resplandor, sin prisas por marcharse…
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Los cambios en la vida de Pedro Pérez llegaron justo un año antes, y para qué negarlo, pillándole con ganas. El trabajo, tan tranquilo y rutinario, le tenía hasta el moño; el ambiente doméstico se le antojaba un pantano tibio donde se ahogaba poco a poco, falto de emociones y de vida de la buena, de esa que echa chispas.
Como un náufrago rebuscando en el agua alguna rama a la que agarrarse, Pedro ansiaba salir de la monotonía y lanzarse donde hubiera algo de color, de ruido, de risas; donde el aburrimiento no tuviera cabida y uno pudiese sentirse de verdad vivo. Esa ramita de salvación fue su secretaria, Almudena.
Joven y guapa, Almudena irrumpió como una fiesta: perfumes caros, labios con sabor a cava y música atronadora. Pedro, claro, acabó enamorado como un crío. Pensaba en aquel primer amor por su, entonces futura, esposa; y, honestamente, le parecía ahora tan desvaído, tan tímido, que se reía por no llorar frente a las emociones en barrena que le proporcionaba Almudena…
Su mujer, como si oliera a kilómetros que la cosa se complicaba, se tornó callada y frágil. Pasaba los días lanzando miradas largas y preguntonas a Pedro, como queriendo encontrar una respuesta que siempre ha turbado a todas las mujeres del mundo
El romance con Almudena fue una montaña rusa: Pedro se sintió rejuvenecido, imprescindible, imprescindible. Volcó en esa relación hasta el último euro y minuto que tenía, feliz de no volver a los días en modo abuelito. Pero ni aun así fue capaz de romper con la costumbre: por mucho que cenara ostras, después, a media noche, buscaba en la nevera las croquetas de su señora mucho más sabrosas, para qué negarlo.
Lo que habría durado aquel enredo, nadie hubiera podido decirlo. Pero un buen día Almudena, cansada de ser la amante oficial, se plantó en casa de Pedro, dispuesta a todo: hablar con la esposa y llevárselo puesto. En casa estaban la esposa y el hijo, estudiante universitario. Escucharon en silencio el discurso de Almudena seria y convencida; mientras la esposa trataba de no desmayarse, aferrada a una pastilla de valeriana, el hijo metió la ropa de su padre en una maleta y, ni corto ni perezoso, los largó a los dos por la puerta.
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Comenzó así la nueva vida de Pedro Pérez. Un no parar: cenas, eventos, tiendas de moda, ciudades que no cabían ni en el GPS. Todo discurría a tal velocidad, que Pedro casi no tenía tiempo de enterarse. Nadie sabe exactamente en qué momento empezó a cansarse. Reconocer aunque solo fuera a sí mismo que aquel ritmo no era para él le costó horrores.
Así que se tomó una pausa. En serio: se aposentó en el sillón y, por fin, se miró alrededor, intentando reconocerse en ese mundo de revista. Primero se sorprendió, luego se hartó. Porque resulta que Almudena, por divina que fuera, era totalmente incapaz de manejar las cosas del día a día: ni cocinar un huevo frito, ni poner una lavadora.
Pero lo peor era otra cosa: con Almudena no daba ni para una charla de ascensor. La pobre era sencillamente y sin remedio, cortita. Su vida giraba en torno a billetes crujientes, envoltorios de colores y admiradores de Instagram. Inicialmente, Pedro quiso educar a la criatura con algo útil o interesante, pero pronto descubrió que cualquier intento intelectual la dejaba agotadísima. Lo dejó estar.
Ya ni trataba de cambiar a su novia. Tragaba, resignado, el té aguado preparado con sobrecito ay, ese sabor a rayos y recordaba inevitablemente el té de su exmujer… Ella sí que sabía prepararlo, todavía podía evocarlo nada más cerrar los ojos: aquel aroma, ese calor. Y qué decir de sus cocidos y de sus clásicas croquetas al estilo madrileño. En fin, su antigua esposa era toda una reina de la casa. Por no hablar de esas noches juntos debatiendo sobre libros o alguna película de Almodóvar…
Por una vez Pedro intentó regresar a su antiguo hogar. No para quedarse, solo… bueno, ni él sabría decir por qué aquella noche se presentó ante la vieja puerta. Nadie abrió. Y, mientras escuchaba el sollozo contenido de su esposa al otro lado, se dio media vuelta, se sentó en el parque de enfrente y se quedó, mirando las ventanas que antes fueron las suyas, hasta que se apagaron las luces…
El tiempo pasó, y la brecha generacional entre él y Almudena creció como la obra del AVE. No soportaba ya su tontería, ni ella el carácter plomizo de Pedro. De repente, cada uno hacía su vida, y los atardeceres ya no eran cosa de dos… Así, sin saber cómo, Pedro se encontró una tarde otra vez frente a la puerta de su viejo piso.
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Se quedó mirando ese clavo torcido que él mismo había puesto con más buena intención que maña, y no tenía ni idea de qué hacer. ¿Marcharse? ¿Para dónde, para quién? Hacía tiempo que le era indiferente a Almudena, la joven por la que lo apostó todo. ¿Quedarse? ¿Le recibirían siquiera? ¿Le perdonarían el numerito o le echarían a patadas?
Aquel clavo, caprichosamente ladeado, le traía sin cuidado… y a la vez no. Pedro, sin pensarlo demasiado, tocó el metal frío con la yema del dedo. Increíblemente, la puerta se abrió con facilidad. Un olor denso, familiar, a hogar, le envolvió al instante. Inspiró hondo, cerró los ojos. Cuando los abrió, allí estaba su esposa, al fondo de la cocina, con unas arruguitas nuevas alrededor de los ojos; sonreía. Estoy en casa, pensó Pedro Pérez, dio un paso al frente y cerró la puerta tras de sí.





