28 de junio
Nunca imaginé que mi vida tomaría este rumbo, pero aquí estoy, escribiendo en este diario como único refugio de mis pensamientos. A veces me pregunto si todo ha sido casualidad o si el destino está marcado a fuego en la palma de la mano.
En Madrid nadie da recomendaciones en la televisión ni en los periódicos locales por estos servicios, pero mi nombre, Valerio Ortega, y mi número circulaban como el mejor secreto a voces, pasando de boca en boca por el clásico corrillo de amigos y familiares. Necesitas un maestro de ceremonias para un concierto en el Círculo de Bellas Artes, para bodas en la sierra, para comuniones en Aranjuez… ¡pues Valerio es el indicado! Incluso una vez animé una graduación de infantil en Lavapiés: conquisté a los niños… ¡y a sus madres! Algunos padres se hicieron clientes después.
Todo empezó casi sin querer. Fue el año en que mi mejor amigo se casaba. El animador contratado se perdió por las tabernas y nunca apareció, y no había tiempo para buscar a otro. Así me vi, micro en mano, improvisando gracias a los viejos tiempos en la escuela participando en teatro aficionado y en la universidad, siempre candidato a la Tuna y a la resistencia de los concursos culturales. Salió tan bien aquel improvisado show que al terminar la noche en el salón de bodas, dos invitados me pidieron el favor de animar sus propias fiestas.
Al acabar la universidad conseguí un trabajo de técnico en un instituto de investigación, escaso sueldo, apenas para abono transporte y cafés en la Plaza Mayor. Mis primeras ganancias presentando eventos no solo me ilusionaron por lo económico (¡qué bien me vinieron aquellos primeros 700 euros!), sino por la satisfacción que sentía al hacer reír y emocionar a los demás. Muy pronto, ganaba mucho más en fines de semana que en un mes entero en el centro de investigación.
Un año después tuve el valor de dejar el instituto. Con los ahorros compré buen equipo de sonido, me di de alta como autónomo y entré de lleno en el mundo del entretenimiento. Aprovechando mi voz decente, tomé clases de canto; los martes, jueves y sábados era crooner en un restaurante del barrio de Salamanca.
Llegué a la treintena en plenitud: solvente, conocido como el animador que no falla, cantante y DJ, el que puede salvar cualquier evento. No me casé, ¿para qué? Si las chicas caen como uvas en vendimia, basta guiñar a cualquiera para tener compañía… pero poco a poco, viendo a mis amigos formar hogares, hijos corriendo por los parques, empecé a imaginarme mi propia vida tranquila, en familia. Solo que… no daba con nadie que me llenase de verdad. Buscaba autenticidad y profundidad. Una compañera para siempre, no entusiasmos vacíos.
Hay que conocer a una chiquilla joven, educarla a tu medida y cuando cumpla dieciocho, casarte con ella bromeaba un colega.
Me aficioné a presentar graduaciones de bachillerato, pensando que tal vez alguna joven encajaría… pero las chicas modernas distaban mucho de lo que soñaba. Sin embargo, yo persistía, fijándome en las más auténticas, en busca de esa rara avis. Y justo entonces, el destino decidió tomarme el pelo.
Un día recibí la llamada de una señora, muy educada, referida por unos conocidos:
Buscamos animador para una boda. ¿Tiene disponible el 17 de junio? ¡Perfecto! ¿Podemos vernos para concretar?
En la reunión todo cambió. Cuando la vi, supe lo que quiere decir eso de que el suelo desaparece bajo tus pies. La mujer, que se presentó como Eugenia, era sencillamente impactante; nunca había conocido a nadie así. Hablaba con una claridad y firmeza que me desarmaban, pianificando cada detalle de la boda con inteligencia y tranquilidad. Al principio calculé que tendría veinticinco años, a lo sumo unos pocos más. Pero al mencionar que fue miembro de la Juventud Comunista, entendí que debía rondar los cuarenta.
Pactamos cada aspecto y ella, aunque desconfiaba de los contratos, firmó el acuerdo.
No hace falta, su reputación le precede decía.
Pero yo insisto con contratos: hay que estar al día con Hacienda, uno no se la juega por un descuido. Pero, en el fondo, reconozco que necesitaba esa prueba tangible: Eugenia era real, no un sueño.
En ese momento sonó su móvil, recibió un mensaje:
El novio ya ha llegado a buscarme. ¿Le llevo a casa?
Rechacé el ofrecimiento, aunque salí a despedirla como hago siempre: me gusta observar cómo interactúan los novios, si hay confianza o nerviosismo. Pero más que curiosidad, lo que sentí fue envidia y celos. Cuando el prometido bajó del coche, me llevé una sorpresa. Yo esperaba ver a un hombre maduro, pero salió un chico claramente menor que yo.
Eugenia, ¿todo bien?
Ella me sonrió, perfecta. Entró en el coche mientras el chico se giraba hacia mí:
¿Usted será el animador de la boda con Eugenia? Encantado, me habló de usted Pablo, dijo que es el mejor y me tendió la mano. Perdón, no me presenté: Roberto, el novio.
No negaré que mi instinto era lanzarme a por ese Roberto, el novio, borrarle la sonrisa, pero me limité a devolverle el apretón:
Valerio, el placer es mío.
Desde aquel día, ya no tuve paz. Buscaba cualquier excusa para llamar a Eugenia, escuchar su voz, verla. La fecha de la boda se acercaba peligrosamente y yo ya creía estar perdiendo la razón. Un buen amigo, a quien confesé mis tormentos, bromeaba socarrón:
¿Y las quinceañeras? ¿No ibas a hacerte la esposa perfecta a medida?
¿Qué dices? ¡Eugenia es la mujer perfecta! No me hace falta más.
Pues díselo me aconsejaba él. Yo lo cortaba tajante:
¿Estás loco? Ella se casa, está enamorada. ¿Qué voy a pintarle con mis tonterías?
A veces llegaba Roberto, siempre sonriente, a traer algún recado:
Eugenia me pidió que te dejara esto…
Ahí es cuando más le aborrecía. Consideré dejar tirada la boda, ¿qué importa mi reputación? Pero entonces… ¿ya nunca más vería a Eugenia? Y ante ese pensamiento, cobardemente volvía a aceptar.
Dos días antes de la gran fecha, Eugenia vino a repasar el guion para pulirlo todo. El despacho estaba en obras, así que quedamos en mi piso. Hablamos mucho de cosas banales, reímos, conectamos de verdad. Cuando ya estaba todo atado, propuse brindar con cava:
Por una boda perfecta.
¡Faltaría más! respondió, animada.
Reía como nunca, se me antojó más guapa que nunca. El cava me dio el último empujón y la besé. Nunca olvidaré que no se apartó, al contrario. Perdí el sentido de la realidad.
Desperté de madrugada, sobresaltado, en mi cama. ¿Lo había soñado? El perfume en la almohada disipó cualquier duda. Lo sucedido pesaba más que un sueño. Llamé, medio temblando:
Hola…
Respondió como si nada:
¡Hola! ¿Cómo estás? Perdona por irme deslizando, pero ya sabes, mil detalles ¡la boda es mañana!
¿Entonces no se cancela? murmuré.
Claro que no, ¿por qué debería? ¡Todo estupendo!
¿Son todas tan frías? ¿En serio puede mirar a su prometido a la cara mañana? No hallaba consuelo, ni sabía qué hacer. ¿Reventar la boda? Pero, ¿quiero a alguien así de calculadora? Y tenía que admitir: sí, sí la quería. Bajo cualquier circunstancia.
El día siguiente llegué muy temprano al restaurante, mientras las decoradoras remataban los adornos y me sonreían discretamente. Y de pronto…
No daba crédito: Eugenia se me acercó.
He venido directa tras la ceremonia civil. Muero por verte sonreía luminosa. ¿Y a ti qué te pasa, Valerio?
No entiendo nada… ¿Entonces, la boda fue? ¿Y después te largaste?
Claro, cabeza de chorlito. ¿Para qué voy a irme de ruta con los jovencitos, si puedo estar contigo? ¿No te alegras?
Espera, ¿qué jóvenes? ¿No eres tú la novia?
Me miró atónita, y rompió a reír de forma que la contagiosa alegría se me pegó.
Por supuesto que no, tonto se secó una lágrima de la risa. ¡La novia de hoy es mi hija, Lucía! Ella estudia en Barcelona, justo llegó ayer. ¿De verdad creías que era yo?
Y entonces recordé: ni una sola vez Eugenia dijo yo o nosotros, siempre era la novia y el novio. Y Roberto nunca la llamó Lucía, solo Eugenia y de usted. ¿Cómo no me di cuenta antes? Qué ridículo…
Me armé de valor, pregunté lo imprescindible:
¿Tú? ¿Sigues libre?
Cuando asintió, casi sin aliento, no pude contenerme:
Cásate conmigo. Por favor.
La boda fue espectacular, creo que brillaba desde dentro. Los recién casados vinieron a darme las gracias:
No sabemos cómo agradecerte tanto, Valerio.
Ya lo hago yo interrumpió Eugenia. Marchaos al coche, yo vigilo aquí.
La noticia de mi compromiso con una mujer nueve años mayor pronto corrió entre mis primos y tías, que al principio desconfiaron, pero bastó conocer a Eugenia para que todos sentenciaran:
¿Y cómo no enamorarse de una así?
Eugenia y Lucía dieron a luz a sus hijos con tan solo dos semanas de diferencia. Y yo… yo soy el hombre más afortunado de Madrid.







