La Profecía

El Vaticinio

—¿Por qué pones esa cara? Verás como te gusta. El mar, la playa, el sol… —dijo Carmen, intentando captar la mirada de su hija.

Pero Lucía seguía obstinada, volviéndose hacia la ventana, donde se extendían interminables campos y viñedos bajos. Junto a las vías del tren corría una carretera por la que pasaban coches de colores, que desde el vagón parecían juguetes.

A lo lejos, entre la bruma del amanecer, asomaban y desaparecían las siluetas de las montañas. El sol cegador le empezaba a doler en los ojos. Lucía revisó el móvil por centésima vez y, molesta, lo apartó de un manotazo.

*«Ay, los dolores del primer amor»*, pensó Carmen, suspirando por dentro. En voz alta, dijo:

—Seguro que no hay cobertura. Cuando lleguemos…

—Mamá, basta —respondió Lucía sin energía, volviéndose de nuevo hacia la ventana.

—La casa de Margarita está en una colina, desde sus ventanas se ve el mar. A veces incluso se oyen las olas. ¡Y qué jardín! ¡Qué aire! —insistió Carmen—. En unas horas lo verás con tus propios ojos.

—No me digas que tiene un hijo —gruñó Lucía, lanzando una mirada asesina a su madre.

—Tiene uno, pero no es suyo. Margarita no tuvo hijos propios. Crió al hijo de otra. Está estudiando en la universidad, en otra ciudad. Ahora está con los exámenes, lo dudo que lo veas.

—Dijiste que era tu amiga. ¿Cómo os conocisteis si ella vive en el sur y tú en las afueras de Madrid? —preguntó Lucía con curiosidad.

—Ah, esa es una buena historia. Si quieres, te la cuento.

Lucía encogió ligeramente los hombros, sin apartar los ojos del paisaje monótono tras la ventana.

***

Vivíamos en calles cercanas, Margarita y yo, y fuimos juntas al colegio. No era una belleza, pero tenía un pelo extraordinario: rubio ceniza, rizado, que bajo el sol brillaba como oro.

La gente en la calle siempre se giraba a mirarla. A mí me gustaba pensar que parte de esa atención me rozaba a mí también. Antes de los exámenes finales, la clase organizó un paseo en barco y luego fuimos al parque de la ciudad. Allí conoció a un chico y se enamoró al instante. Empezamos a vernos menos, yo no quería entrometerme. Y cuando nos veíamos, solo hablaba de él.

Soñaba con ser actriz, quería entrar en la escuela de arte dramático en Madrid. Pero se enamoró tanto que entró en la politécnica, donde estudiaba su Miguel, para no separarse. Yo ingresé en la universidad.

Cuando nos veíamos, no nos callábamos en horas. Un año después, Miguel le pidió casarse, justo antes de los exámenes. ¡La recuerdo tan feliz en ese momento!

Fuimos con su madre a elegir el vestido. Lo probamos todo. En Margarita, cualquier traje le sentaba perfecto, era cuestión de escoger. También encontramos el velo. Ella insistió en comprarme un vestido azul, como testigo. ¡Dios, qué cansadas salimos ese día! La cabeza me daba vueltas. Mandamos a su madre con las compras en taxi y nos fuimos a pasear por el paseo marítimo. Hacía un calor veraniego para finales de mayo.

Íbamos caminando, y todos se giraban a mirar a Margarita. Estaba espectacular. Pero ella ni se fijaba en las miradas. Comíamos helado, hablábamos de la boda, reíamos.

Hacia nosotros venían dos gitanas. No paraban de abordar a la gente. Cuando nos cruzamos con ellas, la más gruesa nos bloqueó el paso y se dirigió a Margarita:

—Ay, preciosa, déjame leer tu futuro. Te diré toda la verdad —canturreó la gitana mayor con voz melosa.

La otra gitana se quedó al margen. Era fea, flaca y plana. Sus ojos negros miraban con hosquedad, y los dientes tan grandes que no le cerraba la boca. Pensé que parecía un caballo. Luego Margarita me confesó que había pensado lo mismo.

—Ya sé lo que me espera —respondió alegre Margarita, lamiendo su helado en cucurucho.

Intentamos esquivar a la gitana gruesa, pero de pronto agarró la muñeca de Margarita, le examinó la palma, sacudió la cabeza y chasqueó la lengua.

—Te espera una boda, tesoro.

—Eso ya lo sabía yo —Margarita intentó soltarse, pero la gitana no aflojaba.

—No queremos que nos adivinen el futuro. Además, no llevamos dinero —me entrometí, protegiendo a mi amiga.

—Las buenas noticias se pagan, pero la desgracia viene gratis —susurró la gitana con un tono enigmático que me puso los pelos de punta.

Mientras, clavaba los ojos en Margarita, como hipnotizándola. La joven gitana sonreía maliciosamente desde un lado. O quizá solo era por su boca abierta.

—No le hagas caso, Marga, vamos —tiré de la mano de mi amiga.

—Amas mucho, pero tu felicidad será corta. En la boda, caerás del caballo y enfermarás gravemente. Curarás tu dolor junto al mar. No volverás a casarte. Pero hallarás dicha en un hijo —declaró la gitana, sin apartar la mirada de Margarita.

Luego soltó su mano y se marchó. La gitana joven nos lanzó una mirada torva y corrió tras su compañera. Un rato caminamos en silencio, desaparecido el ánimo festivo. Las palabras de la gitana resonaban en mis oídos.

—Marga, ¿en serio te lo crees? No piensas montar en un viejo caballo de esos que usan para pasear niños, ¿no? Iremos al registro en coche. Solo te miró la mano un segundo, no pudo ver nada —intenté distraerla.

—Tienes razón. No voy a montar en ningún caballo —dijo Margarita, como despertando.

—Te dijo esas cosas porque no le dimos dinero —dije con tono despreocupado, y ambas reímos de mi chiste.

La boda se fijó justo después de los exámenes. Luego, los novios irían de vacaciones al mar; un familiar les había regalado el viaje. Olvidamos a la gitana.

Llegó el día de la boda. El novio estaba a punto de llegar. Estábamos en la habitación de Margarita frente al espejo. Ella ajustó el velo y de pronto dijo:

—Mi padre llama “caballo” a su todoterreno. No iré en ese coche.

—Claro que no. Cogerás otro —la apoyé.

—No, no iré en ningún coche. El registro está cerca, iremos caminando —anunció Margarita, mirándome en el espejo con alegría.

—Qué divertido. No todos los días se ve a una novia paseando en traje nupcial —nos reímos, nerviosas.

Costó lo suyo convencer a Miguel de ir andando al registro. Sus padres también protestaron, pero Margarita se mantuvo firme. Dijo que o iban caminando, o no se casaba. Y así fue.

No pasó nada. Bajo la marcha nupcial, Margarita y Miguel se intercambiaron anillos, se besaron y se convirtieron en marido y mujer. Ahora sí podían subir al coche. Pero Margarita se empeñó en ir al parque a hacerse fotos. Y era precioso: flores coloridas, arcos cubiertos de hiedra y enredaderas.

—Vamos, os saco una foto en el carrusel —dijo el fotógrafo.

Era un carrusel brillante, con caballitos de madera.Miguel ayudó a Margarita a montar en el caballo blanco, mientras ella reía con el vestido desplegado como alas, pero al girar la música, un grito ahogado cortó el aire cuando su pie resbaló y cayó al suelo, rompiendo en mil pedazos el futuro que habían planeado.

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