Isabel llegó a casa agotada, arrastrando bolsas como si hubiera ido a faenar atún al puerto de Vigo. En vez de encontrarse con su marido, lo primero que oyó al abrir la puerta fue una algarabía escandalosa procedente del salón. Allí estaban su marido, Fernando, y su cuñado, Diego, completamente absortos viendo un partido del Real Madrid contra el Barcelona, cerveza en mano y gritando como si les fuera la vida en ello. Indignada, Isabel le recordó a Fernando sus planes para aquella noche, pero él, con cara de cordero degollado, explicó que la mujer de Diego le había echado de casa y que, en teoría, sólo iba a quedarse con ellos una semanita
Al día siguiente, Isabel se despertó sobresaltada por el volumen brutal del televisor: Diego se había apropiado del mando y lanzaba música flamenca a todo trapo. Como a Diego le habían despedido hacía poco maldita crisis, Fernando intentaba conseguirle un puesto en su empresa. Mientras tanto, Isabel, que por fin tenía un día libre, descubría que todo el trabajo doméstico recaía sobre sus hombros. Desde que había llegado el cuñado, las tareas parecían haberse multiplicado por arte de magia, y Fernando había decidido, muy machito él, que limpiar la casa no era cosa de hombres.
La pobre Isabel acabó desbordada, cocinando, limpiando y poniendo lavadoras como si fueran tres Isabeles clonadas. Un día, al llegar a casa reventada del trabajo, se topó con el piso convertido en un auténtico campo de batalla. Harta y sin pelos en la lengua, les echó una bronca a Fernando y Diego por su pasotismo, recordándoles que Diego sólo iba a quedarse una semana, pero ya había pasado más de un mes.
Siguió una bronca monumental y, como dos adolescentes ofendidos, Fernando y Diego se marcharon, dejando a Isabel sumida en el misterio de saber dónde demonios se habrían metido. Pasó una semana con el alma en vilo. Finalmente, Fernando reapareció, reconociendo que la había pifiado. Resultaba que Diego lo había liado en el trabajo hasta tal punto que ambos habían terminado en la cola del paro. Después de una buena discusión, Fernando lamentó no haber hecho caso de las advertencias de Isabel sobre su encantador hermano.
El pobre Fernando no salió del salón ni para tomar churros durante varios días, intentando hacerse perdonar. Y, aunque Isabel tenía motivos para estar mosqueada, al final le perdonó porque, qué le vamos a hacer, el amor es más importante que darle vueltas a las broncas. Aquello fue un toque de atención para los dos, y desde entonces procuraron repartirse las tareas y cuidar mejor de su relación aunque el mando de la tele siga siendo motivo de debate nacional.




