La preocupación por su hija eclipsó cualquier interés en las festividades.

A Gregorio no le importaban las fiestas. Llevaba tres días en el hospital, sin apenas comer ni dormir, escuchando el entrecortado respirar de Anita. Tan solo una semana antes, su querida esposa estaba sana, preparando la Navidad.

Limpiaba la casa, planeaba el menú festivo, aunque con dos pensiones no se podían permitir grandes manjares. Tampoco necesitaban mucho. Lo importante, le decía Gregorio a Anita, era que el hogar oliera a roscon de Reyes y chocolate caliente. Nunca imaginó que, de un segundo a otro, su mujer caería desmayada como una flor marchita, y los médicos le darían un diagnóstico devastador. Ya no habría aroma de Navidad, ni de hogar en su casa.

En esos días terribles, el pelo de Gregorio se volvió completamente blanco. Pero lo que más le partió el corazón fue cuando el médico le dijo que Anita necesitaba una operación urgente. Y al mencionar el coste, casi se desmaya.

—No tengo esa cantidad— susurró Gregorio, casi sin voz. —Somos jubilados. Vivimos con lo justo. A veces nos ayuda nuestro sobrino, pero tiene su propia familia, sus propios gastos.

El médico solo pudo expresarle su pesar y recordarle que el hospital no cubría esos costes. Gregorio sintió que la vida ya no tenía sentido sin Anita.

Se casaron jóvenes, recién salidos del instituto. Llevaban décadas juntos, viviendo en armonía. Pocas discusiones, y si las había, se reconciliaban al caer la noche. No tuvieron hijos, así que todo su cariño fue para el sobrino de Anita, que vivía en Madrid pero los visitaba de vez en cuando con su mujer y sus hijas. Pero ni él podría ayudar con una suma tan enorme.

Otra noche eterna de angustia pasó mientras Gregorio rumiaba su dolor. Por la mañana, las enfermeras casi tuvieron que arrastrarle para que saliera un rato a descansar. Al llegar a su portal, su vecina Lucía le salió al paso.

—¿Cómo sigue Anita, Gregorio?

El hombre suspiró y le contó la terrible situación. Lucía se llevó las manos al pecho.

—¡Madre mía, qué desgracia! ¿Y cómo van a conseguir ese dinero? Habrá que pedir ayuda en el barrio. Hoy mismo hablaré con los vecinos, a ver si al menos juntamos para las medicinas.

Gregorio, hundido en su pena, le hizo un gesto brusco con la mano. Lucía entendió que no había consuelo posible, así que no insistió. Solo le llevó un plato de cocido caliente.

Poco después, Gregorio volvió al hospital. Anita empeoraba, y él solo podía apretar los puños, impotente.

—Dios mío, sálvala o llévame con ella— repetía mentalmente, mirando al cielo gris por la ventana. El atardecer caía, las nubes arrojaban nieve sobre la ciudad, y Gregorio se sentía completamente solo en el universo.

—Tiene visita, doña Anita— dijo una enfermera, entrando en la habitación.

Gregorio miró confundido. ¿Quién podía ser? Su sobrino estaba de viaje, prometió venir al día siguiente. ¿Acaso Lucía?

Pero detrás de la enfermera había una mujer joven, desconocida. Avanzó unos pasos y preguntó:

—¿No me reconoce? Soy Daría, vivía cerca de ustedes.

Gregorio la observó, pero no la recordaba.

—No se acuerda de mí— continuó ella—. Pero debería. Mi familia era muy pobre, y ustedes nos ayudaron muchas veces. A veces no teníamos ni para comer…

De pronto, los recuerdos afloraron. ¡Era la pequeña de aquella familia numerosa de al lado! Su padre, albañil, murió joven, dejando a su mujer con seis hijos. Tiempos difíciles. Gregorio, que entonces tenía un buen sueldo, y Anita solían llevarles dulces, libros, ropa de abrigo. No soportaban verlos pasar frío con chaquetas raídas y zapatos rotos.

—Gregorio, no se preocupe— interrumpió Daría—. Lucía me contó lo de Anita. Ya he pagado la operación. Va a salir adelante, ya lo verá.

—Daría, hija mía…— tartamudeó él, sin creer lo que oía—. ¿De dónde has sacado tanto dinero? Es una fortuna…

—No se preocupe— le apretó la mano la joven—. Llevo años viviendo en Estados Unidos. Mi marido tiene negocios… Solo venimos a España unas veces al año. Tenemos más de lo necesario, y era hora de devolverles todo lo que hicieron por nosotros.

Dios había escuchado sus plegarias. A la mañana siguiente, operaron a Anita. Fue un éxito. El médico aseguró que se recuperaría, que en unas semanas estaría en casa. Y allí, secándose las lágrimas, Gregorio sabía que volvería a respirar el aroma del hogar.

Daría no se separó de ellos: le llevaba medicinas, le preparaba comida, le daba ánimos. Un día, en la cafetería del hospital, Gregorio le dijo con voz quebrada:

—Niña, no sabes cuánto te agradezco lo que has hecho por mi Anita. Sin ella, el mundo no sería lo mismo. Pero dime… ¿por qué ayudaste a unos desconocidos?

—Ustedes nunca fueron desconocidos— sonrió ella—. Para mí, fueron ángeles. Sobre todo aquel día en el colegio…

—Las niñas se burlaban de mí por ser pobre. Cuando se acercaba mi cumpleaños, tenía miedo. Todos llevaban golosinas para la clase, pero en mi casa no había dinero para eso. ¿Se imagina la humillación? Pero ustedes me regalaron un jersey precioso y una caja de bombones. Ese día fui la niña más feliz.

—Daría, eso fue hace tanto tiempo…— susurró Gregorio, emocionado.

—Da igual— dijo ella, sonriendo—. El bien siempre vuelve. Y ahora, no estarán solos.

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La preocupación por su hija eclipsó cualquier interés en las festividades.