Mira, te cuento una historia que me ha venido a la cabeza, de esas que a veces te hacen pensar en cómo nos vemos a nosotros mismos. Era una mañana fría en Madrid y Claudia se acomodó en el sofá de su cafetería favorita de Malasaña, esperando su café con leche y una napolitana de chocolate, que siempre le alegraban antes de meterse en la oficina.
Por la ventana caía una lluvia que casi parecía nieve. Claudia cerró los ojos y dio un sorbo grande de café humeante. En la mesa de al lado se sentaban dos chicas seguro amigas de toda la vida hablando sin parar.
Tía, el otro día me crucé con la nueva novia de mi ex, y de verdad… ¿Tú la has visto? No destaca nada, ni pizca de gracia. ¿Qué le habrá visto?
Igual cocina unos cocidos madrileños de escándalo contestó la otra entre risas. O a lo mejor es un torbellino en la cama.
¡Venga ya! Mira, mira su foto en Instagram, no es que tenga mucha suerte con los genes, la pobre.
Se rieron y Claudia se quedó en shock, fija en su taza, porque de pronto le vinieron a la cabeza las palabras de su madre, que una vez oyó de pequeña cuando tenía como siete años, hablando con su padre: Claudia no es precisamente guapa. No ha salido agradecida de cara, pero que se esfuerce y demuestre por otras cosas.
Eso, fíjate, se le quedó clavado. Ya de adulta, Claudia se esmeraba en ir bien vestida y arreglada, pero por mucho que lo intentaba, siempre sentía que algo le faltaba, que nunca era suficiente. La madre, con ese tono tan suyo, le decía: Arriba ese ánimo, hija. No habrás salido con la belleza de una modelo, pero tienes cabeza y eso es lo que cuenta. Estudia, esfuérzate, que no quiero que te quedes sola.
En el cole se moría de vergüenza por su cuerpo desgarbado y su cara poco común. Ya en la universidad, aprendió a combinar ropa y maquillarse bien; incluso empezó a salir con un chico. Pero él no se cortaba con bromitas sobre su culo plano o los pies de gigante. Claudia llegó a pensar que ni siendo lista alguien la podía querer de verdad. Al final se fue conformando y tiró palante.
El día pasó volando y, tras terminar el café y la napolitana, fue corriendo al trabajo. A mediodía tenía que pasarse por casa de su amiga Marisol, que estaba de viaje en Tenerife, para darle de comer al minino y regar las plantas. Al marido de Marisol casi no se le veía el pelo, así que ni se preocupó: Si se cruza con Claudia, ni la mira, pensó Marisol al irse.
En casa, Claudia le puso pienso al dormilón de Peluso, y luego se puso con las plantas. De fondo, en el piso de al lado, sonaba una canción de Mecano que reconoció enseguida y se puso a tararearla: Quedate en Madrid… Algo en ese momento la envolvió. Entre las flores, el minino y la canción, sintió una ligereza increíble, se animó a bailar sin darse apenas cuenta, mirándose en el reflejo de la ventana y sonriendo.
De repente, oyó voces detrás.
Se giró y se encontró a dos hombres en la puerta. ¡Álvaro! El marido de Marisol, y no venía solo, que va. Los dos se habían quedado clavados, mirándola. ¡Tierra, trágame!, pensó Claudia.
Hola, Claudia. Este es mi amigo Sergio. Solo veníamos a recoger unos papeles. Bailabas tan bien que nos has dejado embobados. Has hecho bien en disfrutar, perdona la interrupción.
Yo… Marisol me pidió que viniera…
Se puso nerviosa, fue hacia la puerta y, sin ver al gato, tropezó y acabó por los suelos. Todo se le volvió oscuro.
Despertó en una habitación de hospital.
Hola, ¿qué tal? Soy Inés, tu compañera de habitación. Te caíste y solo tienes un leve golpe en la cabeza. Han venido a verte un repartidor y un chico joven con flores le dijo con una sonrisa encantadora.
Gracias fue todo lo que pudo contestar Claudia.
Despacio se levantó y fue a la ventana. En la bolsa había fruta, zumo y, cómo no, sus adoradas napolitanas: seguro de parte de Marisol y su marido. Se acercó a las flores y allí había una nota: Claudia, recupérate pronto. Una chica tan encantadora no debería estar en el hospital. Te invito a la exposición de orquídeas. No acepto un no por respuesta. Sergio.
Claudia hundió la nariz entre las flores blancas, apretó los ojos de felicidad y corrió a abrazar a Inés, su nueva compañera de cuarto…
Porque la belleza, ya sabes tú, no tiene que ser lo que todo el mundo ve a simple vista. Cada una la lleva de una forma. A veces se nota más en lo que somos por dentro que se acaba notando por fuera.







